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JULIO CÉSAR CHÁVEZ: POR QUÉ LOS GRINGOS LO ODIABAN Y MÉXICO LO AMABA MÁS POR ESO

JULIO CÉSAR CHÁVEZ: POR QUÉ LOS GRINGOS LO ODIABAN Y MÉXICO LO AMABA MÁS POR ESO

Las Vegas, 17 de marzo de 1990. El MGM Granda Arena lleva tres horas rugiendo, pero hay algo raro esa noche, algo que los comentaristas americanos no saben cómo explicar. Las gradas están llenas de banderas mexicanas. En Nevada, en pleno territorio americano. Miles de hombres con sombreros de charro gritando un nombre que los locutores de ESPN pronuncian mal cada vez que abren la boca.

 Y en el ring, un tipo de Culiacán que habla cero inglés, que nunca dio una entrevista en otro idioma que no fuera el suyo, que llegó a Las Vegas desde un barrio donde la gente no tenía para comer. Ese tipo está a punto de hacer algo que nadie en la historia del boxeo había hecho antes. 125 peleas. 125 y ninguna derrota. Los americanos lo odiaban, no porque fuera sucio, ni porque insultara, ni porque hiciera trampa.

 Lo odiaban porque ganaba siempre y porque cuando ganaba las gradas mexicanas estallaban como si hubieran ganado ellos, como si cada knockout de Chávez fuera una deuda que México le cobraba al mundo. Lo que muy poca gente sabe es por qué, por qué los gringos lo odiaban tanto? Porque México lo amaba con esa intensidad que da miedo. ¿Y qué había detrás de ese hombre que durante 12 años fue sin discusión el mejor boxeador del planeta? Eso es lo que vamos a contar hoy.

 Julio César Chávez nació en 1962 en Ciudad Obregón, Sonora, séptimo de 10 hermanos. Su padre era ferroviario. Su madre hacía lo que podía con lo que había, que casi nunca era suficiente. La familia se movió a Culiacán cuando Julio era chico. Y Culiacán en los años 70 era un lugar donde aprendías rápido o te quedabas atrás.

 Las calles no enseñaban filosofía, enseñaban a sobrevivir. Julio aprendió a pelear antes de aprender a leer bien. Primero en el barrio, después en un gimnasio que olía a cuero viejo y sudor, donde un entrenador llamado Ramón Félix vio algo en ese chamaco flaco que nadie más estaba viendo. Lo que vio Félix era simple. Chávez aguantaba.

Cuando otros se rendían, él seguía. Cuando otros lloraban, él apretaba los dientes. Tenía algo adentro que no se aprende en ningún gimnasio del mundo. A los 17 años hizo su primera pelea profesional. Ganó por knockout en el cuarto round. Cobró lo equivalente a unos cuantos dólares y al día siguiente volvió a entrenar. Eso fue en 1980.

Lo que pasó en los siguientes 12 años cambió la historia del boxeo mexicano para siempre, pero también generó algo que muy pocos se detienen a analizar. un odio sistemático, organizado, casi institucional por parte del establishment americano del boxeo, hacia un hombre que se negaba a perder en su territorio.

 Y ahí es donde empieza la historia que realmente importa, porque Chávez no solo peleaba contra los rivales que ponían enfrente, peleaba contra algo más grande, contra un sistema que durante décadas había decidido quién merecía ser campeón y quién no. contra promotores que manejaban el negocio como si fuera su rancho particular, contra jueces que veían el boxeo con otros ojos cuando el que peleaba era mexicano.

 ¿Cómo sobrevivió a todo eso? Eso lo vamos a ver ahora. Culiacán en los 70 tenía dos salidas para un chamaco pobre. El camino corto que nadie necesita que le expliquen cuál era, y el trabajo, el trabajo duro, el que te destroza las manos y te levanta antes del sol. Julio César Chávez vio a su padre tomar el segundo camino toda su vida y verlo no le alcanzó. Quería algo más.

 No sabía qué, pero sabía que estaba en ese gimnasio maloliente donde Ramón Félix lo hacía golpear la bolsa hasta que los nudillos sangraban. Sus hermanos peleaban también. La familia Chávez tenía esa fibra, pero Julio tenía algo extra que sus hermanos no tenían. Una paciencia de piedra adentro del ring y una rabia fría afuera de él.

 Cuando perdía en el gimnasio, no pateaba las cosas ni insultaba, se quedaba callado y al día siguiente llegaba más temprano. Félix entendió desde el principio que ese chamaco necesitaba un plan, no solo entrenamiento. Le enseñó a estudiar a los rivales, a no gastar energía de más, a esperar, a construir la pelea round a round como se construye una casa.

Primero los cimientos, luego las paredes, al final el techo. Chávez absorbió todo eso y lo convirtió en algo propio. A los 19 años ya era conocido en Sinaloa. A los 21 todo México sabía su nombre. A los 22, los promotores americanos empezaron a preguntar quién era ese mexicano que noqueaba a todo el que ponían enfrente.

 Su primera pelea grande en Estados Unidos fue en 1984. Los Ángeles Sports Arena lo pusieron contra un tipo llamado Rubén Castillo, californiano, con buena base de fanáticos locales. La idea era darle una pelea difícil al mexicano en territorio americano, ver si aguantaba la presión. Chávez ganó por decisión unánime y las gradas llenas de mexicanos que habían cruzado desde el este de Los Ángeles rugieron como si hubiera ganado la guerra.

 Esa imagen se quedó grabada en la memoria de los promotores americanos y no les gustó nada. Don King llevaba una década controlando el boxeo americano cuando Chávez empezó a hacerse grande. King era el promotor más poderoso del mundo, el hombre que manejaba a Muhammad Ali, a Larry Holmes, a todos los que importaban. Y King tenía una manera muy clara de hacer negocios.

Los campeones eran los que él decidía que fueran campeones. Chávez no era de King, Chávez era de México, de un promotor mexicano llamado Búfalo Rodríguez, que no tenía ni la mitad del poder ni la mitad de los contactos, pero tenía algo que King no podía comprar, la lealtad de un boxeador que no traicionaba a los suyos.

 Esa independencia le costó cara. Durante años, los mejores rivales se negaron a pelear con Chávez. Los pretextos eran siempre distintos, pero el fondo era el mismo. Nadie quería arriesgar un cinturón contra un mexicano que peleaba en Las Vegas con 50,000 paisanos en las gradas gritándole. La presión era demasiada, la probabilidad de perder demasiado alta.

 Chávez esperó, siguió ganando, siguió noqueando a quien le pusieran enfente y el odio americano fue creciendo en proporción directa a su racha de victorias. Los comentaristas de la televisión americana tenían una manera muy particular de narrar sus peleas. Cuando Chávez noqueaba a un americano, el tono bajaba, la celebración se enfriaba, se pasaba rápido a los comerciales.

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