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“TE DOY MI RANCHO SI DOMAS ESTE CABALLO SALVAJE” — EL MILLONARIO SE RÍO, PERO ERA JESÚS DISFRAZADO

Mateo se encerró en su habitación y rompió una botella contra la pared. Isabel se quedó junto a la ventana, viendo al forastero sentado en el cobertizo con Fuego Negro al lado, como si el caballo salvaje hubiera encontrado al único hombre del mundo que no quería vencerlo. Doña Carmen rezó hasta que las velas se consumieron.

Don Álvaro, en cambio, caminó por su despacho como un animal enjaulado.

—Imposible —murmuraba—. Nadie sabe esas cosas. Nadie.

Abrió el cajón de su escritorio y sacó una vieja fotografía: él, con once años, descalzo, junto a su padre y una mula flaca. El recuerdo le quemó las manos.

La puerta sonó.

—¿Quién?

—Soy yo —dijo Isabel.

—Vete.

Ella entró de todos modos.

—Mañana debes cancelar mi compromiso con Sebastián.

—No me digas lo que debo hacer.

—Entonces dime que no es verdad. Dime que Mateo no vendió mi vida para cubrir su deuda.

Don Álvaro se dejó caer en la silla.

—No sabía el monto.

—Pero sí sabías que algo estaba mal.

—En los negocios siempre hay algo mal.

Isabel se acercó.

—Padre, ¿alguna vez pensaste en preguntarme qué quería?

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