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Eran las nueve y cuarto de una mañana de domingo en un barrio cualquiera de Madrid.

Eran las nueve y cuarto de una mañana de domingo en un barrio cualquiera de Madrid.

El sol entraba por la persiana a medio bajar, dibujando rayas de luz sobre el parqué desgastado.

Elena respiró hondo, sintiendo el peso de la semana en los párpados.

Sus párpados pesaban como si estuvieran hechos de hormigón armado.

Había trabajado sesenta horas esa semana en la gestoría, aguantando a clientes que no sabían ni lo que era un IVA soportado.

Se quedó mirando el techo, contando las grietas de la moldura de yeso.

Una, dos, tres… y esa mancha que parecía el mapa de Italia.

A su lado, Carlos roncaba con la cadencia de un tractor de los años setenta.

Era un ronquido rítmico, casi reconfortante si no fuera porque Elena tenía una misión.

Miró el rincón de la habitación.

Allí estaba ella.

La Dyson.

El arma de destrucción masiva contra la pelusa y el abandono doméstico.

Elena sabía que encenderla un domingo a esa hora era el equivalente a declarar la guerra en los Balcanes.

Pero no tenía otra opción.

El pasillo era un desierto de bolas de polvo que parecían tener vida propia.

Había visto una rodar por el salón que casi le saluda al pasar.

Se levantó de la cama con el sigilo de un ninja con lumbago.

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