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El Arte del “Bajón”

Parte 1: El Arte del “Bajón”

El grupo de WhatsApp “Los de Siempre (y Javi)” echaba humo, pero no de ese humo productivo de cuando se organiza una barbacoa y alguien sabe dónde comprar carne de la buena. Era ese humo tóxico, denso, cargado de notificaciones que vibran en la mesita de noche como una abeja cabreada. Eran las ocho de la tarde de un sábado de mayo en Madrid, esa hora crítica en la que el sol se niega a marcharse y el aire todavía huele a asfalto caliente y a la esperanza desesperada de quienes creen que la noche les va a cambiar la vida.

Javi estaba tumbado en el sofá, en esa posición fetal que solo adoptan los que han decidido que el mundo exterior es un lugar hostil. Llevaba puesto un pantalón de chándal con una mancha de lejía que databa de la primera mudanza y una camiseta promocional de una caja de ahorros que ya ni existía. Su mirada estaba fija en el techo, analizando una grieta que juraría que ayer no estaba allí. El móvil, a su lado, era una granada de mano a punto de explotar.

— ¿Vienes al final? — El mensaje de Álex apareció en la pantalla, iluminando la penumbra del salón con un brillo azulado que a Javi le pareció agresivo, casi personal.

Álex era el tipo de amigo que no acepta un “no” como respuesta porque ni siquiera contempla la posibilidad de que alguien prefiera estar en su casa mirando el goteo de un grifo antes que tomándose una caña de siete euros en una terraza atestada de Malasaña. Para Álex, la vida era un evento constante, una sucesión de “mañana nos reiremos de esto” y “venga, que solo es una”.

Javi suspiró. Un suspiro de esos que te vacían los pulmones y te dejan el alma como un calcetín del revés. Tecleó, borró, volvió a teclear. ¿Qué excusa quedaba en el cargador? ¿La abuela? No, la abuela ya había muerto tres veces en lo que iba de año fiscal. ¿El coche? No tiene coche. ¿Una intoxicación alimentaria? Demasiado escatológico, Álex pediría fotos del ticket del médico o, peor aún, se presentaría en su casa con un Aquarius y ganas de hablar.

— Uf, me ha dado bajón social —escribió finalmente.

Le dio a enviar con el dedo índice tembloroso, como quien pulsa el botón de detonación de un puente. “Bajón social”. La frase del siglo XXI. El comodín de la generación que prefiere el algoritmo de Netflix al contacto humano con olor a tabaco y colonia barata.

La respuesta no tardó ni diez segundos. Álex estaba claramente con el móvil en la mano, ya en el bar, probablemente ocupando una mesa para seis en la que solo estaban él y su impaciencia.

— ¿Bajón social? ¿Eso qué es, una nueva marca de ginebra o que te has vuelto de cristal de repente? —replicó Álex. — Javi, que hemos quedado todos. Hasta ha venido Nacho, que vive en la quinta puñeta y ha tardado una hora en Metro. No me jodas, tío.

Javi cerró los ojos. Podía oler el ambiente del bar desde su salón: ese aroma a fritanga, a cerveza Mahou tirada con demasiada prisa y al griterío ensordecedor de veinte personas intentando tener cinco conversaciones distintas a la vez. Pensó en sus calcetines. Eran suaves. El sofá, aunque hundido por el lado derecho, le abrazaba con una familiaridad que ningún taburete de madera sin respaldo podría igualar jamás.

— Es que no es cansancio físico, ¿sabes? Es como si se me hubiera acabado la batería de aguantar gente —respondió Javi, entrando en el terreno pantanoso de la explicación psicológica que nadie ha pedido. — Necesito mi espacio. No es por vosotros, es por mí.

— Tú no cancelas planes, tú produces decepción en directo —sentenció Álex con esa puntería cruel que solo tienen los mejores amigos. — Eres un terrorista emocional, Javi. Un francotirador de las expectativas.

Javi se incorporó un poco, sintiéndose injustamente atacado. ¿Decepción en directo? Ni que fuera el final de una serie de éxito que decepciona a los fans. Solo era un tipo de treinta y pocos que no quería ponerse unos vaqueros ajustados y fingir que le interesaba la nueva inversión en criptomonedas de Nacho o los problemas sentimentales de la prima de alguien que ni siquiera recordaba cómo se llamaba.

— Gracias por entenderme tan mal —tecleó Javi, cargando las palabras de ese sarcasmo defensivo tan típico de quien sabe que, en el fondo, tiene la culpa pero no piensa admitirlo. — Siempre es lo mismo. Si digo que me duele la espalda, me traéis un voltarén. Si digo que mi salud mental me pide sofá y silencio, soy un “decepcionador”. Qué sociedad, de verdad.

— No me vengas con discursos de Paulo Coelho de garrafón —escribió Álex. — La “salud mental” se usa para ir a terapia o para pedir una baja si tu jefe es un psicópata, no para dejar colgados a tus amigos un sábado noche porque te ha dado pereza ducharte. Que te conocemos, Javi. Que sabemos que estás viendo vídeos de gente restaurando alfombras turcas o alguna mierda así.

Javi miró la pestaña abierta en su televisor. Efectivamente, un hombre con barba estaba a punto de pasar una hidrolimpiadora por una alfombra que no se había limpiado desde la caída del Imperio Otomano. Se sintió observado, casi violado en su intimidad algorítmica.

— Es un proceso terapéutico —se defendió Javi, aunque sabía que estaba perdiendo la batalla. — Ver cómo sale la suciedad de las fibras me da una paz que tú no podrías comprender entre grito y grito de “¡otra ronda!”.


Parte 2: La Escalada del Chantaje

La pantalla del móvil volvió a encenderse. Esta vez no era un mensaje individual. Era el grupo. Álex había decidido elevar el conflicto al tribunal popular.

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