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El silencio antes de la tormenta en el portal 4

Parte 1: El silencio antes de la tormenta en el portal 4

El eco de los pasos de Manuel resonaba en el mármol gastado del portal con una solemnidad casi religiosa, aunque lo que estaba a punto de suceder distaba mucho de ser una bendición. Eran las ocho y cuarto de una tarde de martes de esas en las que el bochorno de Madrid se queda pegado a la piel como una pegatina de propaganda de cerrajero 24 horas. Manuel, un hombre que se enorgullecía de su capacidad para pasar desapercibido entre los geranios del patio interior, apretaba el acta de la reunión anterior contra su pecho como si fuera un escudo de vibranium.

A medida que se acercaba a la puerta del cuarto de contadores —ese espacio angosto donde la comunidad de propietarios celebraba sus concilios—, el murmullo de voces ya filtraba una tensión eléctrica. No era un murmullo cualquiera; era ese sonido sordo de gente que lleva rumiando una queja desde que se levantó para ir a trabajar.

En el umbral, apoyado contra el marco de madera desconchada, estaba Paco. Paco era el vecino del 3ºB, un hombre que parecía haber nacido con un palillo en la comisura de los labios y una sabiduría infinita sobre el reglamento de la propiedad horizontal. Al ver a Manuel, Paco arqueó una ceja, exhaló una nube de humo de su cigarrillo electrónico —sabor a café con leche, curiosamente— y le dedicó una mirada de veterano de guerra que ve llegar a un recluta novato al frente.

— Hombre, Manuel —dijo Paco, con esa voz raspada por décadas de quejarse de la presión del agua—. Pensé que hoy te ibas a quedar en casa viendo el fútbol. Vienes con cara de haberte tragado un sapo.

Manuel se ajustó las gafas, que se le resbalaban por el puente de la nariz debido al sudor.

— Qué va, Paco. Hoy solo vengo a escuchar. De verdad. No tengo ni una sola queja. Mi vida es una balsa de aceite —mintió Manuel, tratando de proyectar una paz interior que no sentía.

Paco soltó una carcajada seca, un sonido que recordaba a un arranque de motor diesel en una mañana de invierno.

— ¿A escuchar? No me hagas reír, Manuel, que tengo el labio cortado. En este edificio nadie viene a escuchar. Eso es una leyenda urbana, como lo de la chica de la curva o lo de que el administrador es transparente con las cuentas. Aquí todos venís con el hacha de guerra afilada en el maletero.

— Que no, te lo juro —insistió Manuel, aunque sus dedos jugueteaban nerviosos con la esquina del papel—. Quiero ver cómo va lo de la derrama del ascensor, por curiosidad intelectual, nada más.

— Ya, y yo soy el rey emérito veraneando en Sanxenxo —Paco dio un paso hacia él, bajando el tono como si estuviera revelando un secreto de Estado—. Mira a tu alrededor. ¿Ves a la señora Angustias? Está ahí sentada en su silla plegable, la de la playa, porque dice que las sillas del cuarto de contadores le dan alergia. Lleva media hora repasando una libreta de espiral donde tiene apuntadas todas las veces que el perro del 4ºC ha ladrado fuera de horario. ¿Y a don Julián? Ese lleva el Código Civil en el bolsillo de la chaqueta. Nadie viene a escuchar, Manuel. Todos vienen enfadados por defecto. Es el estado natural del copropietario español.

Manuel suspiró, dejando que los hombros se le hundieran un par de centímetros. La fachada de indiferencia se estaba desmoronando más rápido que la pintura de la fachada exterior.

— Bueno… un poco sí que vengo quemado —admitió por fin—. Es que lo del vecino de arriba y sus clases de claqué a las tres de la mañana es algo que escapa a la lógica humana. ¿Quién aprende claqué en un piso de cuarenta metros cuadrados con tarima flotante?

Paco le dio una palmadita en el hombro, una mezcla de consuelo y bienvenida al club de los amargados.

— Ahí lo tienes. La verdad te hará libre, pero la reunión de vecinos te hará hipertenso. Bienvenido a la democracia del portal, Manuel. Pasa, coge sitio donde puedas y prepárate, porque hoy el ambiente está más caldeado que el motor de un Seat Panda subiendo el puerto de Navacerrada.

Dentro del cuarto, el aire era denso. La luz de un fluorescente parpadeante bañaba la estancia con un tono amarillento y enfermizo que hacía que todos parecieran personajes de una película de terror de bajo presupuesto. La mesa central, una reliquia de formica que en algún momento de los años setenta debió de ser moderna, estaba cubierta por los papeles del administrador, un hombre joven llamado Borja que vestía un traje de una talla menos y lucía la sonrisa de alguien que preferiría estar recibiendo un tratamiento de conducto sin anestesia.

— Buenas tardes a todos —empezó Borja, intentando imponer un orden que todavía no existía—. Vamos a empezar por el primer punto del día: la lectura del acta anterior.

— ¡Ni acta ni narices! —gritó la señora Angustias desde su silla de playa, agitando su libreta—. Aquí lo que queremos saber es quién ha dejado la bolsa de basura orgánica chorreando en el ascensor el domingo por la noche. ¡Que parecía que habían sacrificado a un buey allí dentro!

— Señora Angustias, por favor —suplicó Borja—, eso entraría en el apartado de “Ruegos y preguntas”, si es tan amable de esperar…

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