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El resplandor azul en el búnker de Malasaña

Parte 1: El resplandor azul en el búnker de Malasaña

Eran las once de la noche de un martes que pesaba como si fuera un domingo de resaca existencial. El salón del piso de Javi y Elena, un tercero interior en el corazón de Malasaña que conservaba ese encantador aroma a humedad histórica y tuberías con personalidad propia, estaba sumido en la penumbra. Solo había una fuente de iluminación: el resplandor azulado y casi radiactivo que emanaba de la pantalla del iPhone de Elena, proyectando sombras alargadas sobre la pared de pladur y haciendo que sus ojos parecieran dos faros perdidos en medio de la niebla digital.

Javi, por su parte, estaba hundido en el sofá de IKEA que ya pedía la jubilación anticipada. Tenía la cabeza echada hacia atrás, mirando una mancha de humedad en el techo que, con un poco de imaginación y tres cervezas, se parecía sospechosamente al mapa de Cuenca. Estaba en ese estado de duermevela donde uno se cuestiona si merece la pena levantarse a lavarse los dientes o si es mejor aceptar que la gingivitis es parte del destino.

— Javi, ¿tú has visto esto? —soltó Elena de repente, rompiendo el silencio con una voz que mezclaba la admiración con una envidia mal disimulada.

Javi ni siquiera abrió los ojos. Sabía perfectamente lo que venía. Llevaban tres años juntos y conocía los ritmos de Elena mejor que los horarios del Metro de Madrid. Sabía que ese tono de voz precedía invariablemente a una comparación odiosa, a un “mira qué vida llevan estos” que terminaba siempre con ellos sintiéndose como dos figurantes en una película de bajo presupuesto.

— Si es otro vídeo de un Golden Retriever cocinando tortitas, ya te digo que no me interesa, Elena —masculló Javi sin moverse—. Ya hablamos de que no vamos a meter un perro de treinta kilos en un piso de cuarenta metros cuadrados. El perro terminaría durmiendo en el microondas y nosotros en el descansillo.

— Que no es un perro, pesado. Son Borja y Natalia. Acaban de subir un reel. Están en las Maldivas. Otra vez. Javi, es el tercer viaje que hacen en lo que va de trimestre. El tercero. Que yo me pregunto, ¿esta gente de qué vive? ¿Comen purpurina y pagan con sonrisas? Porque Natalia trabaja en una agencia de comunicación que es básicamente una habitación con cuatro Mac y una planta que se está muriendo, y Borja… bueno, Borja dice que es “consultor creativo”, que en mi pueblo significa que no da un palo al agua desde que se cayó del columpio en primaria.

Javi abrió un ojo, solo uno, para observar el perfil de su novia. Elena estaba scrolleando con una furia rítmica, como si quisiera atravesar la pantalla y aparecer directamente en una tumbona de arena blanca.

— Maldivas… —repitió Javi con un bostezo—. Pues muy bien por ellos. Allí habrá una humedad que te deja el pelo como un estropajo y los mosquitos deben de tener el tamaño de un dron de la Guardia Civil. Además, seguro que se pasan el día discutiendo por ver quién saca la mejor foto del coco con el sol de fondo. Comparar nuestra relación con Instagram, cariño, es como comprar frustración en las rebajas de enero: sabes que te vas a llevar algo que no te queda bien y que encima te va a hacer sentir gorda.

Elena se giró hacia él, indignada. Se incorporó en el sofá, dejando que el móvil descansara sobre su regazo, aunque la pantalla seguía encendida, mostrando una foto de Natalia riendo espontáneamente (con una espontaneidad que requería al menos catorce tomas y un reflector portátil) mientras un chorro de agua cristalina le caía por la espalda.

— No es comprar frustración, es observar la realidad —replicó Elena, señalando el móvil como si fuera una prueba judicial—. Mira esa piel. Mira esa luz. Mira cómo la mira él. Se les ve felices, Javi. No es solo el viaje, es la actitud. Parece que tienen un hilo invisible que los conecta, una armonía cómica que nosotros… bueno, nosotros aquí estamos, tú mirando el techo y yo con este pijama de peluche que tiene una mancha de tomate frito desde el jueves pasado.

Javi se incorporó también, suspirando con esa resignación de quien sabe que la noche se va a alargar más de lo previsto. Se rascó la barba de tres días y miró a su alrededor. El salón estaba decorado con una mezcla de muebles de segunda mano, libros apilados que nunca leían y una colección de tazas desparejadas que habían ido acumulando de diversas promociones de gasolinera.

— Escúchame una cosa, Elenita —dijo Javi, usando ese diminutivo que ella solo aceptaba en momentos de extrema ternura o de extrema tensión—. Natalia y Borja son profesionales del postureo. Tú ves el reel de treinta segundos, pero no ves las tres horas de edición, los filtros de suavizado que le quitan hasta las huellas dactilares, ni la bronca monumental que habrán tenido cinco minutos antes porque él no ha sabido captar “su esencia” en la foto del desayuno. Seguro que discuten fuera de cámara con una saña que dejaría a los concursantes de Gran Hermano como si fueran monjas de clausura. La felicidad digital es como el césped artificial: desde lejos queda muy bonito, pero si te acercas, huele a plástico y te quema los pies.

— Ya estamos con el cinismo —bufó ella, volviendo a la pantalla—. Siempre tienes una excusa para quitarle mérito a los demás. “¿Y si simplemente son felices?”. ¿Y si Borja es un tío detallista que le organiza sorpresas y Natalia es una mujer que se siente valorada? Mira, mira este post de hace una semana. Él le regaló un ramo de flores “porque sí”. “Porque hoy es martes y te quiero”, puso en el caption. Tú el último martes que me regalaste algo fue un kebab mixto con mucha salsa blanca porque te daba pereza cocinar.

Javi se quedó en silencio un momento. El golpe del kebab había sido bajo. Fue un gesto de supervivencia, no de falta de amor, pero en el tribunal de Instagram, un kebab mixto no puntúa frente a un ramo de peonías frescas con filtro “Vintage Glow”.

— El kebab estaba buenísimo y te comiste hasta la última patata, no me vengas ahora con remilgos —se defendió Javi—. Y además, ¿quién te dice a ti que ese ramo no era para compensar que Borja se había gastado el dinero del alquiler en un juego de la Play o que le había dado un like a su ex? En las redes sociales, el amor se mide por el exceso de azúcar en los pies de foto. Cuanto más empalagoso es el mensaje, más grietas hay en la pared de la cocina, te lo digo yo. Nosotros somos felices a nuestra manera, una manera analógica, con manchas de tomate y techos con humedades.

Elena soltó un suspiro largo, de esos que parecen vaciarte los pulmones de toda esperanza. Se dejó caer otra vez contra el respaldo del sofá, dejando que la luz azul la bañara de nuevo.

— No digo que no seamos felices, Javi. Solo digo que a veces me gustaría que nuestra felicidad fuera un poco más… fotogénica. Que no fuera todo tan de “estar por casa”. Siento que nos estamos acomodando en la rutina de las series, el sofá y las quejas del curro. Y luego abro esto y veo a gente de nuestra edad que parece que está viviendo una aventura constante. Es inevitable comparar. Te sientes como si estuvieras jugando en segunda división mientras ellos están ganando la Champions en cada story.

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