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El nacimiento de la incertidumbre en la Gran Vía

Parte 1: El nacimiento de la incertidumbre en la Gran Vía

El sol de justicia de una tarde de mayo en Madrid no perdona a nadie, y menos aún a dos amigos que caminan por la Gran Vía sorteando turistas con palos de selfie y grupos de adolescentes que parecen no tener prisa por llegar a ninguna parte. Sergio caminaba con un ritmo marcial, esquivando carritos de bebé y patinetes eléctricos con la destreza de un torero en horas bajas. A su lado, Dani mantenía un paso mucho más relajado, casi perezoso, como si el asfalto que quemaba a través de sus suelas fuera una playa de Formentera y no el centro neurálgico del caos capitalino.

Sergio llevaba dándole vueltas al asunto desde que salieron de Callao. Se ajustó las gafas de sol, que se le resbalaban por el puente de la nariz debido al sudor, y lanzó un suspiro que buscaba desesperadamente una reacción. Pero Dani estaba ocupado mirando el escaparate de una tienda de zapatillas de edición limitada, con esa cara de concentración que solo ponía para las cosas que no tenían ninguna importancia vital.

— Oye, Dani, que no me has contestado a lo de antes —soltó Sergio, aprovechando un semáforo en rojo que les obligó a detenerse junto a una papelera que rebosaba cajas de pizza—. Que mi madre ya está organizando el despliegue logístico. Tú sabes cómo es ella. Si le digo que somos cuatro, compra comida para un batallón de infantería. Si le digo que somos cinco, alquila un castillo.

Dani apartó la mirada de las zapatillas y miró a su amigo con una expresión de vacío existencial, como si estuviera intentando recordar quién era ese tal Sergio y por qué le hablaba de logística militar un viernes por la tarde.

— ¿Lo del domingo? —preguntó Dani, arrastrando las palabras.

— Sí, lo del domingo. La comida. Mis padres. El arroz con cosas de mi madre, que ella llama paella pero que todos sabemos que es un experimento sociológico. Vienen mi hermana, el pesado de su novio y, en teoría, tú. Llevas tres meses esquivando la bala, tío. Mi padre ya piensa que eres un personaje de ficción que me he inventado para no parecer un solitario ante la familia.

Dani se rascó la nuca, un gesto que en su código genético equivalía a una señal de alarma de nivel cuatro. Miró al cielo, buscó una nube que no existía y finalmente bajó la vista hacia los cordones de sus zapatos. El semáforo se puso en verde y la masa de gente empezó a empujarlos hacia adelante.

— Ya veremos, Sergio —dijo Dani, con una suavidad que pretendía ser diplomática pero que a oídos de Sergio sonó como el chirrido de una tiza en una pizarra—. Es que el domingo… no sé, tengo un par de cosas en el aire. El curro está fatal, y creo que me va a tocar adelantar algo de la presentación del lunes. Además, creo que la lavadora está haciendo un ruido raro y no me fío de dejarla sola.

Sergio se detuvo en seco en mitad de la acera, provocando que una señora con tres bolsas de una tienda de ropa chocara contra su espalda y le dedicara un insulto castizo sobre su árbol genealógico. Él ni se inmutó. Se giró hacia Dani con los ojos entrecerrados tras las gafas de sol.

— ¿Ya veremos? —repitió Sergio, saboreando las sílabas con una amargura casi poética—. ¿De verdad me acabas de soltar un “ya veremos” a bocajarro? Dani, llevamos siendo amigos desde que las pesetas eran de curso legal. Conozco tus trucos. He visto a magos de Las Vegas con menos capacidad de distracción que tú. Ese “ya veremos” en tu idioma, en el dialecto “Dani-Español”, significa un “no” como una catedral de grande. Es un “no” con mayúsculas, subrayado y con luces de neón.

Dani intentó poner cara de ofendido, esa expresión de dignidad herida que ensayaba frente al espejo cuando sabía que no tenía razón.

— No seas dramático, tío. Significa lo que significa: que lo pensaré. Que tengo que cuadrar la agenda. Que no soy un hombre de decisiones impulsivas cuando hay un arroz con cosas de por medio. “Ya veremos” es una ventana abierta a la posibilidad, es la física cuántica aplicada a los planes del fin de semana. Hasta que no llegue el domingo a las doce, el gato está vivo y muerto a la vez, y yo voy y no voy a tu casa simultáneamente.

— No, Dani, no me vengas con milongas de Schrödinger —replicó Sergio, reanudando la marcha pero sin apartar la vista de su amigo—. Significa que quieres que me canse de preguntar. Es una estrategia de desgaste. Sabes perfectamente que si me dices que no ahora mismo, te voy a dar la turra durante los próximos tres kilómetros explicándote por qué eres un antisocial y por qué mi madre se va a sentir profundamente herida en su orgullo de cocinera. Así que lanzas la bomba de humo del “ya veremos” para ganar tiempo, esperando que llegue el domingo, yo me olvide de ti entre tanta caña y tanto aperitivo, y tú puedas quedarte en tu sofá viendo repeticiones de programas de cocina en calzoncillos.

Caminaron unos metros en silencio. El ruido del tráfico y el murmullo constante de la ciudad llenaban el hueco que dejaba la discusión. Sergio sentía que la tensión cómica estaba alcanzando el punto de ebullición. No era solo por la comida, era por la estructura misma de la amistad en España, ese delicado equilibrio entre el compromiso familiar y la libertad individual de no querer hacer nada que implique quitarse el pijama un domingo por la mañana.

— Es que me metes mucha presión —protestó Dani, esquivando a un mimo que intentaba imitar su paso cansino—. Conocer a los padres es un paso importante. Es como el examen de conducir, pero sin profesor que te frene si vas a atropellar el protocolo. ¿Y si le digo a tu padre algo que no debe? ¿Y si tu madre detecta que no me gusta el pimiento verde? Son riesgos que uno no puede tomar a la ligera sin una reflexión previa.

— Mi madre usa el pimiento verde como arma arrojadiza, Dani, eso lo sabe todo el mundo —dijo Sergio, soltando una carcajada nerviosa—. Pero ese no es el punto. El punto es que el “ya veremos” es la herramienta de tortura psicológica más eficaz de nuestra generación. Es el limbo de los planes. Es dejar a alguien colgado de un hilo de esperanza mientras tú ya estás decidiendo qué serie de Netflix vas a empezar el domingo a las dos de la tarde. En serio, prefiero que me digas “Sergio, prefiero que me saquen las muelas con un alicate antes que ir a tu casa” a que me dejes con ese cadáver lingüístico en las manos.

Parte 2: La anatomía de la excusa en la Plaza de España

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