Posted in

CANTINFLAS encontró a su mejor amigo viviendo en POBREZA EXTREMA… y la verdad lo dejó en SHOCK

 Hay amistades que se forman en la infancia y se quedan grabadas en el alma con una fuerza que ni el tiempo ni la distancia pueden borrar. La de Mario y Aurelio era de esas. Se habían conocido en 1920 en el barrio de Tepito, cuando los dos tenían apenas 10 años y la vida era una mezcla de hambre, risas y la  promesa difusa de que algo bueno tenía que llegar.

 Los dos habían crecido en familias de escasos recursos. Los dos habían aprendido a leer gracias  a las monjas del oratorio de San Felipe de Jesús y los dos habían descubierto al mismo tiempo que el mundo era más soportable si uno sabía hacerlo reír. Mario tenía el don. Eso siempre estuvo claro.

 Desde niño era capaz de imitar al patrón de la tienda de abarrotes, al cura de la parroquia, al diputado que llegaba en su automóvil a prometer escuelas que nunca  se construirían. tenía ese instinto raro de ver el ridículo donde otros solo veían poder. Pero Aurelio también tenía algo, una voz  profunda y hermosa, una manera de contar historias que hacía que uno se olvidara del tiempo y, sobre todo, una lealtad inquebrantable hacia todo lo que amaba.

 Durante años, la gente del barrio dijo que si Mario Moreno se volvía famoso, sería en parte gracias a Aurelio, porque fue Aurelio quien lo convenció de subir al escenario por primera vez. Fue Aurelio quien le dijo aquella noche de 1930 cuando Mario dudaba frente al telón del teatro Folis Berger en la calle de Dolores. “Súbete, Mario.

 El miedo que sientes ahora es exactamente lo que te falta sentir para ser grande.  Nadie más lo sabía, nadie más lo recordaba, pero Mario Moreno Reyes lo recordaba perfectamente. Y ahora ese hombre que lo había empujado hacia la gloria estaba vendiendo periódicos atrasados en una esquina polvorienta de la guerrero.

 Mario cruzó la calle despacio. El corazón le pesaba de una manera que no sabía bien cómo describir. No era lástima. La lástima es una emoción de distancia de quien mira desde arriba. Lo que sentía Mario era algo más cercano al dolor físico, como cuando uno descubre que algo que creía intacto lleva años roto.

 Aurelio dijo en voz baja. El viejo tardó un segundo en levantar la vista. Cuando lo hizo, sus ojos, que alguna vez habían sido de un café brillante, llenos de chispa, mostraron primero confusión, luego reconocimiento, y, finalmente, algo que Mario nunca olvidaría. Vergüenza, Mario”, murmuró  Aurelio y trató de enderezarse como si pudiera recuperar en un segundo la dignidad de décadas.

 “No te muevas”, dijo Mario y se arrodilló junto a la caja de madera sin importarle el gabán de Casimir, sin importarle que en cualquier momento podía pasar alguien que lo reconociera. “¿Qué pasó, Aurelio? ¿Qué pasó con todo?” Y entonces Aurelio Jiménez Villanueva dijo algo que Mario no esperaba, algo que no encajaba con lo que él creía saber sobre la vida de su amigo, algo que revelaría en los minutos siguientes una historia de traición, de promesas incumplidas  y de una deuda que el mundo del espectáculo

mexicano jamás reconoció públicamente. No es lo que crees dijo Aurelio. No es que me haya ido mal, es que me robaron. Me robaron todo. Para entender lo que Aurelio quiso decir con esas palabras, hay que retroceder casi 30 años. Hay que volver a 1928, cuando la Ciudad de México era todavía una ciudad de poco más de un millón de habitantes, cuando el cine mexicano apenas empezaba a balbucear sus primeras palabras y cuando dos muchachos de Tepito decidieron que el mundo del espectáculo era el único mundo que les

pertenecía de derecho. En aquellos años, Mario Moreno y Aurelio Jiménez formaban parte de una pequeña compañía de variedades que recorría los teatros de segunda categoría en el Distrito Federal. Actuaban en el teatro lírico, en el FIS, en el principal. ganaban poco, a veces nada, pero actuaban con una entrega total, con esa mezcla de hambre y vocación que solo  tiene quien sabe que no tiene otra cosa a que aferrarse.

 Lo que casi nadie sabe es que en esos años Aurelio Jiménez era en muchos sentidos más talentoso que Mario. Tenía una presencia escénica natural, una capacidad vocal extraordinaria y una habilidad para improvisar diálogos que dejaba sin palabras al público. Hay testimonios, cartas guardadas en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional que demuestran que varios productores de la época consideraron a Aurelio antes que a Mario para sus primeras producciones importantes.

 Pero algo sucedió, algo que cambió el rumbo de los dos para siempre. En el verano  de 1929, un productor de nombre Ernesto Villalobos Garza, hombre de dinero viejo. De esos que heredaban fortunas construidas durante el porfiriato y las administraban con la misma arrogancia con que sus padres habían administrado haciendas, llegó al teatro lírico, Una noche de estreno.

 Villalobos no era conocido por su generosidad ni por su sensibilidad artística, pero sí era conocido por su olfato para el dinero y por su capacidad para apoderarse de los talentos ajenos, con la misma naturalidad con que otros se apoderan de un taxi en la lluvia. Esa noche, Villalobos vio a Aurelio actuar y al día siguiente  mandó llamar a los dos muchachos a su oficina en el edificio del centro, sobre la avenida Madero, donde el brillo del mármol del piso contrastaba de manera casi obsena con la ropa gastada que traían Mario y

 Aurelio. “Tengo un proyecto”, les dijo Villalobos sin levantar la vista de sus papeles. “Una obra grande con dinero de verdad. Necesito a uno de los dos. Villalobos quería a Aurelio, no a Mario. Eso es un hecho que Mario Moreno jamás contó en entrevistas, jamás mencionó en sus memorias y que solo salió a la luz décadas después a través de cartas que Aurelio guardó toda su vida en una caja de lata debajo de su cama.

 Cartas en las que el propio Villalobos le ofrecía a Aurelio ser la estrella principal de lo que él llamaba el espectáculo más grande que México haya visto. Y Aurelio rechazó esa oferta. la rechazó porque en ese cuarto sentado a su lado, estaba su amigo Mario y Aurelio no podía imaginar un escenario sin él.

 “Os o ninguno”, le dijo Aurelio a Villalobos aquella mañana en la oficina del edificio de Madero. Villalobos los miró a los dos con la frialdad de quien ha aprendido a no desperdiciar emociones en negocios. Luego sonrió de una manera que no era una sonrisa, sino una calculación.  “Muy bien”, dijo los dos. Pero las palabras de los hombres como villalobos no pesan lo mismo que las palabras de los hombres comunes.

 Las palabras de los hombres como villalobos pesan exactamente lo que a ellos les conviene que pesen. Y en los meses siguientes, Mario Moreno fue adquiriendo un protagonismo cada vez mayor en el proyecto, mientras Aurelio fue quedando en un papel cada vez más periférico. Hasta que llegó el momento en que Aurelio ya no era parte del proyecto en absoluto. Nadie le explicó nada.

Nadie le dijo que estaba despedido, simplemente los ensayos empezaron a programarse en horas en las que Aurelio no se le avisaba. Las reuniones con el director ocurrieron cuando Aurelio estaba actuando en otro lugar y Mario, que en esos días estaba siendo absorbido por la maquinaria del espectáculo con una velocidad que él mismo no terminaba de comprender, fue dejando pasar los días sin decirle nada a su amigo.

Read More