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El ruido de la Castellana y el silencio de la cocina

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Parte 1: El ruido de la Castellana y el silencio de la cocina
Mira que yo siempre he dicho que Madrid es una ciudad que te roba el alma por entregas. Te la va quitando en cada transbordo de metro, en cada semáforo que se pone rojo cuando llegas tarde y en cada café que te tomas de pie porque el tiempo te persigue como un cobrador del frac. Yo soy Javi, y como editor de contenidos, mi vida se mide en clics, en métricas y en “entregas para ayer”. Vivo en esa urgencia constante que nos hace creer que el mundo se va a detener si no publicamos ese video o si no respondemos ese correo de un cliente que, seguramente, ni siquiera se acuerda de nuestro nombre.

Aquel martes de abril amaneció con ese cielo gris metalizado que a veces tiene la capital. Yo estaba en casa de mis padres, en Chamberí, porque me había quedado a dormir después de una cena familiar que se alargó más de la cuenta. Recuerdo que mi despertador sonó a las siete, pero yo ya llevaba media hora despierto, repasando mentalmente la presentación que tenía que hacer en una agencia de la Castellana. Era el proyecto de mi vida, o eso creía yo entonces.

La última vez que vi a mi papá, él ya estaba en la cocina. Mi padre, Manuel, era un hombre de hábitos inamovibles. A sus setenta y dos años, se levantaba antes que el sol, preparaba una cafetera de las de toda la vida —de esas que silban cuando el café sube— y se sentaba a leer el periódico de papel, porque decía que las noticias en el móvil “no tienen peso”.

Entré en la cocina con el maletín en una mano y el cargador del portátil en la otra. El olor a café recién hecho inundaba la estancia, un aroma que para mí siempre había sido sinónimo de seguridad, de hogar, de que todo estaba en orden. Pero aquel día, para mí, era solo ruido de fondo.

—¿Te pongo una taza, nene? —me preguntó sin levantar la vista del diario.

—No, papá, no me da tiempo. Me tomo un chicle por el camino —respondí yo, revisando frenéticamente las notificaciones de mi móvil. Tenía tres mensajes del jefe y un aviso de tráfico: la M-30 estaba colapsada.

Él bajó un poco el periódico y me miró por encima de sus gafas de cerca. Tenía esos ojos cansados pero limpios, unos ojos que habían visto pasar muchas crisis y muchos lunes de mierda, pero que siempre conservaban una chispa de paz que yo, en mi vorágine de “creativo de éxito”, era incapaz de entender.

Parte 2: La tiranía del cronómetro y el maletín de cuero
El tiempo en Madrid no corre, vuela bajo. Y ese martes, el reloj era mi peor enemigo. Yo tenía prisa, una prisa de esas que se te mete en los huesos y te vuelve un extraño para los que más te quieren. Estaba obsesionado con llegar diez minutos antes, con repasar las diapositivas, con que el nudo de la corbata quedara perfecto.

Me movía por la casa como un vendaval. Busqué las llaves del coche por todo el salón, removiendo los cojines del sofá donde mi padre se sentaba cada tarde a ver los documentales de la 2. Él se levantó de la cocina y vino hacia el pasillo, arrastrando un poco las pantuflas, ese sonido rítmico que yo conocía desde niño.

—Javi, nene, ¿has mirado el aceite del coche? Ayer me pareció oír que el motor te hacía un ruidito raro al arrancar —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.

—¡Papá, por favor! —exclamé con una irritación que ahora me quema por dentro—. El coche está bien. Es un coche nuevo, no una de tus cafeteras. Y ahora mismo lo que menos me importa es el aceite, que llego tarde a la reunión más importante del año.

Él no se enfadó. Mi padre nunca se enfadaba con mis salidas de tono. Se limitó a asentir con esa paciencia infinita de los que saben que la juventud es una enfermedad que se cura con los años, a veces de la forma más dura. Se quedó ahí parado, viéndome pelear con el cierre de mi maletín de cuero, ese que él mismo me había regalado cuando conseguí mi primer contrato serio.

—Si quieres te acerco yo en la furgoneta y así no tienes que aparcar —insistió.

—¿En la furgoneta, papá? ¿Te imaginas que llego a una agencia de lujo en una furgoneta de reparaciones de fontanería? —solté una risita nerviosa y condescendiente—. Deja, de verdad. Ya me busco yo la vida.

Miré el reloj de pulsera. Las 08:12. Si no salía en ese preciso instante, el tráfico de Nuevos Ministerios me devoraría vivo. Agarré la chaqueta, me la puse de cualquier manera y me dirigí a la puerta principal. El mundo exterior me llamaba con su ruido de claxon y su promesa de éxito profesional, y yo estaba ansioso por lanzarme a sus brazos.

Parte 3: El beso que se quedó en el aire
A veces, la vida te da una última oportunidad de hacer las cosas bien y tú la desperdicias porque crees que los momentos son infinitos. Yo estaba ya con el pomo de la puerta en la mano, listo para salir disparado hacia el ascensor. Mi padre dio un paso hacia mí, con la intención de decirme algo más, quizá de darme un consejo sobre la presentación o simplemente de desearme suerte.

Ni siquiera lo abracé. Me limité a darle un beso rápido en la mejilla, un roce fugaz que apenas llegó a ser un contacto físico real. Fue uno de esos gestos protocolarios que hacemos por inercia, sin alma, como quien ficha en el trabajo. No me detuve a oler su perfume a colonia barata y tabaco de liar, ni a notar la aspereza de su barba de dos días, ni a sentir el calor de su mano en mi hombro.

—Venga, papá, que me cierran el parking —le dije, ya medio cuerpo fuera del piso.

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