Posted in

El preámbulo del patíbulo

Parte 1: El preámbulo del patíbulo

Mateo se miraba en el espejo del pasillo con la misma intensidad con la que un desactivador de explosivos observa un cable rojo. No era para menos. Se estaba ajustando una camisa de lino azul claro que, según Lucía, le daba un aire respetable, aunque él sentía que le daba más bien un aire de sospechoso esperando a declarar ante la Audiencia Nacional. En la cocina, el ruido de los tacones de Lucía contra el suelo de gres marcaba un ritmo frenético, casi marcial. Ella estaba preparando una tortilla de patatas para llevar, porque ir a casa de su madre con las manos vacías era, en términos diplomáticos, una declaración de guerra total.

— ¿Crees que esta camisa dice “tengo un futuro prometedor” o más bien “por favor, no me preguntes por mi cuenta de ahorros”? —gritó Mateo desde el pasillo, forcejeando con el último botón.

Lucía asomó la cabeza por la puerta de la cocina, con el delantal puesto y una espumadera en la mano que blandía como si fuera un cetro real.

— Mateo, por favor, no empieces. Es solo una cena. Mi madre no es el Tribunal Supremo, aunque a veces lo parezca. Te pones de un tinto que no hay quien te aguante cada vez que vamos a su casa. Es una cena, tío, ni que te fueran a sacar las muelas sin anestesia.

— Una cena, dice —bufó Mateo, entrando finalmente en la cocina y esquivando un charco invisible de aceite—. La última vez que estuvimos allí, tu madre me preguntó cuánto gano exactamente después de impuestos. Y no lo hizo así, de pasada, mientras pasaba la sal. No, no. Dejó los cubiertos sobre el plato, se limpió la comisura de los labios con la servilleta de hilo y me clavó esos ojos de rayos X que tiene. Me sentí como en un interrogatorio de la Interpol, Lucía. Solo faltaba el flexo apuntándome a la cara y un poli malo haciendo ruiditos con un bolígrafo.

Lucía soltó una carcajada que a Mateo le pareció dolorosamente despreocupada. Ella siempre le quitaba hierro al asunto, claro, era su madre. Pero para él, doña Sagrario era una fuerza de la naturaleza, una entidad capaz de detectar una mentira o una debilidad financiera a kilómetros de distancia.

— Es curiosa, Mateo. Es de esa generación que piensa que el dinero y el trabajo son lo único que define a un hombre. Quiere saber que su hija no va a terminar viviendo debajo de un puente comiendo latas de atún de marca blanca. No es maldad, es interés antropológico.

— Interés antropológico, mis narices —replicó él, sentándose en la banqueta de la cocina—. Es una auditoría externa sin previo aviso. Y luego está lo otro. Lo de los niños. Que si “la casa es muy grande para dos”, que si “a vuestra edad yo ya tenía tres y un perro”. Lucía, me hizo un examen oral sin chuleta y casi me quedo en blanco en la pregunta de la descendencia.

Mateo recordaba aquel momento con una nitidez espantosa. Estaban a mitad del segundo plato —un cordero lechal que estaba delicioso, todo hay que decirlo— cuando Sagrario soltó la bomba. “¿Y para cuándo el heredero, Mateo? Que se os va a pasar el arroz y luego vienen los lamentos”. Lucía, en aquel momento, decidió que era el instante perfecto para ir a la cocina a por más agua, dejándolo solo ante el peligro.

— Es directa, vale, te lo concedo —dijo Lucía, dándole la vuelta a la tortilla con una destreza que siempre envidiaba—. Pero tú también eres un poco exagerado. Mi madre te aprecia. A su manera, pero te aprecia. El otro día me preguntó si seguías con aquel proyecto de la consultoría.

— ¿Ves? —Mateo señaló el aire con el dedo índice—. ¡Lo ve todo! Tiene un historial de mi vida profesional más actualizado que mi propio perfil de LinkedIn. No es que sea directa, Lucía, es que es una estratega militar. Analiza mis puntos débiles, busca las fisuras en mi defensa y luego ataca. Entrar en ese salón es como entrar en el foso de los leones, pero con alfombras de lana y olor a ambientador de lavanda.

Lucía apagó el fuego y dejó la tortilla reposar. Se acercó a él y le arregló el cuello de la camisa con una sonrisa tierna, de esas que a Mateo le hacían olvidar por un segundo que estaba a punto de enfrentarse a su némesis.

— Mira, vamos a hacer un trato. Si empieza con las preguntas del tercer grado, tú me haces una señal. Un guiño, un toque por debajo de la mesa, lo que sea. Y yo cambio de tema. Hablaré de la reforma del baño de la tía abuela Paquita o de cualquier chorrada de la tele. Pero intenta relajarte, que pareces un palo de escoba.

— No es tan fácil —suspiró él—. El problema no es solo lo que pregunta, sino cómo lo pregunta. Tiene esa forma de arquear la ceja izquierda que te hace dudar hasta de tu propio nombre. El otro día, cuando me preguntó lo del sueldo, casi le confieso que robé un chicle en primaria. Te juro que tiene un aura de jueza de paz que me descoloca por completo.

Se quedaron un momento en silencio, solo interrumpido por el tic-tac del reloj de la cocina. Mateo se imaginaba ya sentado en la mesa de caoba de su suegra, rodeado de porcelana fina y cubiertos de plata que pesaban una tonelada. Cada vez que iba allí, sentía que estaba en una entrevista de trabajo que nunca terminaba. No importaba que llevaran tres años de relación, Sagrario seguía evaluándolo como si fuera un becario en periodo de prueba.

— ¿Y qué le vas a decir hoy si vuelve a la carga con lo de los niños? —preguntó Lucía con un brillo travieso en los ojos.

— Le voy a decir que estamos esperando a que el euríbor baje un par de puntos para que el bebé nazca con una hipoteca asumible —respondió Mateo, intentando ponerle humor al asunto—. O que estamos esperando a que descubran la fuente de la eterna juventud para que ella pueda hacer de canguro durante los próximos ochenta años sin cansarse.

Read More