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La Terrible Historia del Banco Popular: El Colapso que Arruinó a Millones de Españoles en 24 Horas

 El crédito promotor inmobiliario era el ciclo más largo y más rentable que el sistema financiero español había vivido desde la posguerra. El precio de la vivienda subía año tras año. Los promotores construían y vendían con márgenes que habrían parecido ficticios en cualquier otro momento histórico. Los bancos y cajas prestaban con una generosidad que la subida continua de los activos hacía parecer prudente retroactivamente y todo el sistema estaba lubricado por unos tipos de interés bajos que la entrada de España en el euro había

importado de Alemania. Sin importar también los fundamentos económicos alemanes que justificaban esos tipos, el popular fue más tarde y más cauteloso que la mayoría en ese ciclo. Sus provisiones eran más altas, su exposición al suelo era más controlada que la de las cajas y durante los años más calientes del boom, resistió la presión de sus propios accionistas para crecer más rápido, porque sus consejeros más conservadores advertían de que los precios no podían seguir subiendo indefinidamente, pero la presión de los mercados sobre

los bancos cotizados en una época en que todos los competidores están creciendo y todos los indicadores de rentabilidad están mejorando es una presión que pocos equipos directivos pueden resistir indefinidamente. La comparación trimestral con la competencia, las preguntas de los analistas sobre por qué el popular crecía menos que el Santander o el BBV a en el negocio más caliente del momento.

La sensación de que quedarse fuera del ciclo significaba quedarse fuera del negocio fue erosionando la cautela histórica del banco durante los años centrales del boom. Y cuando el popular entró, entró con la energía de quien llega tarde y necesita compensar el tiempo perdido. Los créditos promotores se multiplicaron, la cartera de suelo creció, los estándares de concesión de riesgo se relajaron en la dirección en que se estaban relajando en todo el sector.

 Y cuando la burbuja estalló en 2008, el popular tenía en su balance una exposición al ladrillo que era más grande de lo que sus propios sistemas de control de riesgo habían cuantificado correctamente. Hay un número que resume, mejor que cualquier otro, la magnitud del error colectivo que cometió el sistema bancario español durante los años del boom.

 En el pico del ciclo inmobiliario, España construía más viviendas al año que Alemania, Francia y el Reino Unido juntos. Tres países con una población combinada, cinco veces mayor que la española, construían menos casas que España, no porque hubiera una demanda real de esa cantidad de viviendas, sino porque el sistema de financiación las hacía posibles, porque los bancos y las cajas prestaban el dinero para construirlas, porque los promotores tenían incentivos para seguir construyendo mientras los préstamos fluyeran.

 Y porque los reguladores miraban ese ciclo y concluían que si todos los actores del mercado estaban haciendo lo mismo, la responsabilidad de frenarlo no era suya, era el pensamiento de rebaño en su versión institucional. Nadie quería ser el primero en decir que el rey estaba desnudo porque el rey seguía repartiendo beneficios.

El popular no fue diferente del resto del sector en ese proceso de aplazamiento, pero la magnitud de su exposición específica al crédito promotor y al suelo, combinada con el tamaño relativamente más pequeño de su base de capital comparado con los grandes bancos, hacía que el margen de maniobra para absorber las pérdidas sin recurrir a los accionistas fuera más estrecho.

 Y a diferencia del Santander o del BBVA, que tenían exposición internacional en mercados que amortiguaban las pérdidas españolas, el popular era esencialmente un banco doméstico, lo que significaba que cuando España cayó, él cayó con ella sin red de seguridad exterior que suavizara el golpe. El estallido de la burbuja inmobiliaria española fue uno de los más brutales de la historia financiera europea.

 Los precios de la vivienda cayeron entre el 30 y el 50% según la zona. El volumen de construcción colapsó de un año para otro. Los promotores que habían tomado créditos multimillonarios para construir urbanizaciones que nunca se venderían quebraron en oleadas sucesivas y los bancos que habían financiado esas promociones se encontraron de repente con activos adjudicados, pisos y solares y edificios a medio construir que valían una fracción de lo que sus balances decían que valían.

 El sistema bancario español tardó años en reconocer el tamaño real. parcialmente porque reconocerlo de golpe habría producido una crisis de solvencia inmediata, parcialmente porque la contabilidad bancaria tiene suficiente flexibilidad como para aplazar el reconocimiento de pérdidas durante tiempo y parcialmente porque los reguladores, el Banco de España y la Comisión Nacional del Mercado de Valores no empujaron con la dureza necesaria para que ese reconocimiento ocurriera antes.

 El popular no fue diferente del resto del sector en ese proceso de aplazamiento, pero la magnitud de su exposición específica al crédito promotor y al suelo, combinada con el tamaño relativamente más pequeño de su base de capital comparado con los grandes bancos, hacía que el margen de maniobra para absorber las pérdidas sin recurrir a los accionistas fuera más estrecho.

 Entre 2012 y 2016, el banco realizó tres ampliaciones de capital que captaron en total alrededor de 4000 millones de euros de inversores que confiaron en los argumentos de la dirección sobre que el banco estaba solucionando el problema, que los activos problemáticos estaban bajo control, que la reestructuración estaba avanzando según el plan.

 Esos inversores, muchos de ellos pequeños ahorradores, que compraron acciones a través de sus propias oficinas del popular, convencidos por sus gestores de que era una buena inversión a precios de derribo, perderían todo su dinero cuando el banco colapsara. La ampliación de capital de 2016, la última antes del colapso, merece atención especial porque sus circunstancias específicas se convirtieron en el centro de gran parte del litigio posterior.

 Fue una ampliación de 2,500 millones de euros anunciada en mayo de 2016 con la justificación de que el banco necesitaba reforzar capital para acelerar el saneamiento de sus activos problemáticos. El folleto de la ampliación describía la situación del banco con el lenguaje cuidadosamente calibrado que los departamentos jurídicos y de comunicación producen cuando quieren ser técnicamente verídicos mientras crean una impresión que es sustancialmente más optimista que la realidad.

 Los riesgos estaban listados, como exige la ley, pero de manera tan exhaustiva y tan general que resultaban prácticamente indistinguibles unos de otros, los inversores que pusieron dinero en esa ampliación lo hicieron confiando en que el banco, su banco, el banco con el que llevaban décadas operando, les estaba diciendo la verdad sobre su situación.

 18 meses después sabían que esa confianza había sido mal depositada. Lo que hace la historia del popular especialmente oscura no es que el banco tuviera activos problemáticos. Todos los bancos españoles los tenían después de la burbuja, sino la diferencia entre lo que la dirección decía en público sobre el estado real de esos activos y lo que los números mostraban cuando se miraban sin las conveniencias contables que el sector aplicaba con la aquiescencia de sus reguladores.

En las presentaciones a inversores, en las comunicaciones a la CNMV, en las entrevistas de sus presidentes y consejeros delegados con la prensa financiera, el popular describía un proceso de saneamiento que avanzaba ordenadamente hacia la normalización, en los balances reales que auditores internos y analistas externos que hicieron el trabajo con suficiente detalle podían leer de manera diferente.

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