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Billetes de Ópera en el Liceu de Barcelona

El olor a jazmín y a pólvora vieja fue lo primero que me golpeó. No debería haber rastros de pólvora en el Palco número 14 del Gran Teatre del Liceu, el santuario de la alta sociedad barcelonesa. Era una noche de gala. Afuera, la lluvia de noviembre lavaba los adoquines de Las Ramblas, pero dentro, el aire estaba saturado del perfume de la riqueza, de diamantes fríos y seda caliente.

Yo, Alejandro Vargas, a mis treinta y ocho años, poseía la mitad de los bienes raíces de la ciudad. Había construido un imperio de cristal y acero sobre las cenizas de un corazón que dejó de latir hacía exactamente doce años. Había comprado este palco cerrado, no por amor al arte, sino por el estatus y el silencio que me proporcionaba. Estaba solo. O eso creía.

Justo cuando las luces de la inmensa lámpara de cristal de Murano comenzaron a atenuarse, presagiando el inicio de Tosca, la puerta de caoba de mi palco se abrió con un crujido imperceptible. Una figura envuelta en una capa de terciopelo carmesí se deslizó en la penumbra y se sentó en la butaca vacía a mi derecha.

Iba a llamar a seguridad. Iba a levantarme y exigir una explicación, pero antes de que mis pulmones pudieran llenarse de aire, sentí la presión fría y circular del cañón de un arma de fuego presionando directamente contra mis costillas, oculta bajo el pliegue de su capa.

—No hagas ningún movimiento brusco, Alejandro —susurró una voz.

El mundo entero se detuvo. El murmullo de las dos mil personas en el teatro se desvaneció, reemplazado por un zumbido ensordecedor en mis oídos. Esa voz. Era un susurro ronco, bañado en el acento andaluz que tantas veces me había cantado al oído en las madrugadas frente al mar.

Giré la cabeza lentamente, desafiando la amenaza del arma. La mujer dejó caer la capucha de su capa. La escasa luz que rebotaba del foso de la orquesta iluminó su rostro.

Era Valeria.

Doce años después, sin una carta, sin una llamada, sin un solo rastro. La mujer que había sido el sol de mi universo, la que se había evaporado una mañana de martes dejándome al borde del suicidio, estaba sentada a mi lado. Estaba más hermosa de lo que recordaba, aunque sus ojos verdes, antes llenos de una luz salvaje, ahora albergaban un abismo lúgubre y aterrador.

—Si intentas alertar a alguien —continuó ella con una calma glacial, sus labios rozando mi oído mientras fingía una intimidad de amantes frente al resto del teatro—, el hombre de la tercera fila de la platea, el del esmoquin gris, detonará el explosivo plástico que está adherido debajo de tu asiento. Tienes exactamente dos horas, el tiempo que dura la ópera, para escucharme. Y luego, uno de los dos no saldrá vivo de este teatro.

Mi respiración se cortó. El choque no fue la amenaza de muerte. Era ella. El hombre implacable que yo había llegado a ser, el tiburón de los negocios que destrozaba corporaciones antes del desayuno, se desmoronó en un segundo.

—Valeria… —pronuncié su nombre, y la palabra se sintió como tragar cristales rotos.

—No hables —me interrumpió, y noté un ligero temblor en la mano que sostenía el arma contra mi costado—. Mira hacia el escenario. Sonríe. Eres Alejandro Vargas, el rey de Barcelona. Actúa como tal.

El telón de terciopelo rojo se levantó majestuosamente. Los primeros acordes dramáticos de Puccini inundaron la sala, llenos de fatalidad y pasión. Mi corazón latía desbocado, no por el arma, sino por la fricción de su brazo contra el mío. El calor de su cuerpo era el mismo. Su aroma, ese maldito perfume de jazmín que había buscado inútilmente en miles de mujeres vacías a lo largo de una década, me estaba embriagando de nuevo.

Doce años atrás, Valeria y yo éramos apenas unos estudiantes soñadores en el Barrio Gótico. Compartíamos un diminuto apartamento donde el agua caliente era un lujo y las paredes estaban forradas de bocetos de arquitectura y poemas robados. Nos amábamos con una ferocidad que rozaba la locura. Ella era pintora; yo, un aspirante a empresario con más ambición que sentido común. Lo éramos todo el uno para el otro. Hasta aquella mañana en que desperté y encontré la cama fría, los armarios vacíos y ni una sola nota de despedida. Su abandono me destrozó, pero también encendió en mí una ira fría y calculadora que utilicé como combustible para conquistar el mundo financiero. Quería ser tan grande, tan intocable, que ella tuviera que ver mi nombre en cada edificio, en cada periódico, rogando por haber cometido el error de dejarme.

Pero ahora estaba aquí, amenazándome de muerte.

—¿Por qué? —susurré, mis ojos fijos en el escenario donde el pintor Mario Cavaradossi cantaba sobre su amor por Tosca. Mantuve una sonrisa congelada en mi rostro, interpretando el papel de espectador satisfecho—. ¿Por qué desapareciste? ¿Y por qué vuelves ahora con una pistola?

Valeria bajó ligeramente el arma, aunque no la retiró del todo. Suspiró, un sonido que delataba un cansancio milenario.

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