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El último bolero en Málaga

El calor en Málaga aquella noche de julio no era simplemente atmosférico; era una bestia densa y pegajosa que se adhería a la piel y asfixiaba los pulmones. El Teatro Cervantes estaba abarrotado, un mar de abanicos temblorosos en la penumbra y murmullos expectantes. Era mi última noche. Mi retiro. Después de veinte años desgarrándome el alma en los escenarios, derramando mis tragedias personales en cada estrofa de cada bolero, había decidido que la voz de Mateo Cruz debía silenciarse. Ya no quedaba sangre que exprimir de mi corazón.

El reflector me bañó en un halo de luz dorada. El piano comenzó a llorar las primeras notas de Cenizas de Mar, la canción que me catapultó a la fama, la canción que escribí sobre su tumba. Cerré los ojos, como siempre hacía, dejándome llevar por la marea del dolor destilado.

«Y en la espuma de las olas, busco el rostro que perdí…»

Cante con la garganta rota, sintiendo el escalofrío habitual que me recorría la espina dorsal. Pero esta noche, algo en la acústica del teatro, algo en la energía del aire, se sentía profano. Hostil. Abrí los ojos lentamente para conectar con mi público, para entregarles mi último aliento escénico. Mi mirada descendió desde los palcos hasta el patio de butacas, barriendo la primera fila.

Y entonces, mi corazón se detuvo. Literalmente. Un silencio gélido, absoluto e irreal, engulló el sonido del piano y el latido de la audiencia.

Allí estaba él.

No era un truco de las luces. No era el humo del escenario. Era él. Alejandro.

La nota se quebró en mi garganta, convirtiéndose en un sonido ahogado, un estertor de animal herido. El pianista me miró alarmado, improvisando un acorde para cubrir mi fallo, pero yo no podía moverme. Mis manos, aferradas al pie del micrófono, temblaban con tal violencia que el metal repiqueteaba contra la base.

Alejandro. El hombre al que amé con la furia de los condenados. El hombre al que vi, o creí ver, reducido a un amasijo de carne calcinada y metal retorcido en el fondo de un barranco en la carretera de Ronda, hace exactamente seis años. El hombre al que lloré hasta secarme, el espectro que me dictaba las letras de mis canciones cada madrugada.

Estaba sentado en la butaca número siete, justo en el centro. Llevaba un traje de lino oscuro, impecable, de un corte caro que el Alejandro que yo conocí —un pintor bohemio con los bolsillos vacíos— jamás habría podido permitirse. Su cabello, antes un caos de rizos azabaches, ahora estaba cortado al ras, revelando una dureza inédita en sus facciones. Pero eran sus ojos. Esos ojos de un verde turbio, como el mar antes de una tormenta, que ahora me miraban con una fijeza depredadora, desprovistos de cualquier asomo de amor, nostalgia o culpa.

Me miraba como a un extraño. Peor aún, me miraba como a una presa.

El teatro entero pareció contener la respiración. El público, notando mi colapso, comenzó a murmurar. Yo me asfixiaba. La sala daba vueltas. El sudor frío me empapaba la camisa de seda. Seis años atrás, yo mismo había elegido el ataúd de madera de roble. Yo mismo había esparcido las cenizas simbólicas en la playa de la Malagueta. Me había tragado el informe policial, los registros dentales que confirmaban que el cuerpo irreconocible del conductor era el suyo.

Pero el hombre en la primera fila levantó lentamente su mano derecha. Llevaba un anillo de sello de oro en el dedo índice. Y con un movimiento casi imperceptible, frotó el pulgar contra el nudillo de su dedo medio.

Un, dos, tres.

El gesto. El tic nervioso que Alejandro hacía cada vez que mentía, cada vez que estaba nervioso, cada vez que tramaba algo.

Un grito mudo pugnaba por escapar de mi pecho. ¿Era un fantasma? ¿Me había vuelto loco finalmente, consumido por la melancolía de mis propios boleros? El hombre curvó los labios en una sonrisa. No era la sonrisa cálida y torcida que iluminaba nuestros amaneceres. Era una sonrisa afilada, cínica, cargada de un secreto macabro.

—Perdón… —logré balbucear por el micrófono. Mi voz sonó como papel de lija. El público calló en seco.— Yo… necesito… un momento.

No esperé a ver sus reacciones. Me di la vuelta y huí. Huí del escenario como un cobarde, tropezando con los cables, empujando a los tramoyistas que me miraban atónitos. Llegué a mi camerino, cerré la puerta de un portazo y pasé el pestillo. Me derrumbé contra la madera, deslizándome hasta el suelo de baldosas frías, jadeando en busca de aire.

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