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El sol de domingo entraba con una mala leche impropia de finales de noviembre por el ventanal del salón.

PARTE 1

El sol de domingo entraba con una mala leche impropia de finales de noviembre por el ventanal del salón.

Era esa luz cegadora que solo existe en las casas de los suegros y que parece diseñada para resaltar el polvo acumulado sobre las figuras de Lladró.

Manolo estaba repantingado en su sillón orejero de skay marrón, el trono desde el cual gobernaba su pequeño imperio de recuerdos y desconfianza.

Tenía un palillo entre los dientes que movía de un lado a otro con una destreza casi quirúrgica.

En la televisión, un programa de sobremesa emitía imágenes de gente gritando sin que nadie supiera muy bien por qué.

Elena, su nuera, estaba sentada al borde del sofá, con los hombros tensos y la mirada clavada en la pantalla de su iPhone.

El teléfono no dejaba de vibrar, emitiendo ese zumbido metálico que a Manolo le recordaba a un enjambre de avispas enfurecidas.

—¿Otra vez el aparatito ese, Elena? —gruñó Manolo sin apartar la vista de la tele.

—Es el grupo del curro, suegro, que me están estresando —respondió ella, suspirando con una mezcla de cansancio y resignación.

—A tu edad, nosotros en el trabajo nos hablábamos a la cara, no por señales de humo electrónicas.

Elena puso los ojos en blanco, pero decidió no entrar al trapo, al menos no todavía.

Tenía una misión que cumplir y sabía que tratar con Manolo requería la paciencia de un monje tibetano en plena mudanza.

—Escuche, Manolo, que se me va a pasar el plazo —dijo ella, bloqueando el móvil y mirándole fijamente.

—¿El plazo de qué? ¿Es que ahora te ponen multas por no mirar el cristalito?

—No, hombre, el plazo para pagar la lotería de Navidad de la oficina.

Manolo soltó un bufido que hizo que el palillo saltara un milímetro hacia arriba.

—La lotería… otra forma de que el Estado nos robe con nuestra propia esperanza —sentenció con tono de filósofo de bar.

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