Fue un momento en el que ella simplemente se quebró. me dijo que no podía seguir, que el contenido de la carrera se había vuelto demasiado abrumador para su sensibilidad y decidí no presionarla más, aunque le faltaba tan pooco para ser criminóloga. El día que su padre falleció, todo fue muy caótico y extraño, ya que su familia en Estados Unidos intentaba localizarla desesperadamente sin éxito.
Así que terminaron llamándome a mí mientras yo estaba en la terapia de lenguaje de mi otra hija. Me sorprendió mucho porque ellos ya no solían contactarme, pero me explicaron que Carolina no atendía el teléfono y necesitaban darle la noticia de que Jorge había muerto. De inmediato saqué a la pequeña de su sesión y mientras conducía hacia donde ella estaba, le marqué para preguntarle por qué no respondía a sus tíos.
Al llegar a su edificio, le pedí que me abriera el portón principal y recuerdo perfectamente su expresión de desconcierto absoluto al asomarse por la ventana. Bajó las escaleras con esa mirada tan expresiva que tenía, totalmente ajena a la tragedia que estaba a punto de escuchar. Le soltaron la noticia de golpe, sin anestesia ni rodeos.
le explicaron que su padre había sufrido un impacto fatal en la cabeza y que su partida fue instantánea. Fue un impacto emocional devastador para ella enterarse de esa manera tan cruda. A raíz de ese trágico accidente, se desencadenó todo un proceso legal en el que efectivamente ella terminó recibiendo una compensación económica tras decidir que era momento de cerrar ese capítulo judicial.
Aunque prefiero ser reservada y no me siento cómoda confirmando cantidades exactas ni cifras específicas sobre el patrimonio que se manejó, no puedo negar que el monto que llegó a sus manos en aquel entonces fue una suma considerablemente importante. Fue un recurso que llegó tras una pérdida irreparable.
Y aunque entiendo el interés que genera, prefiero mantener la prudencia sobre los detalles financieros por todo lo que estamos viviendo ahora. Desde el primer día que se mudaron a la Ciudad de México, allá por diciembre, establecimos una rutina de comunicación constante. Ella me hizo un recorrido virtual por todo el departamento, mostrándome la recepción y cada rincón del segundo piso donde vivían.
Hablábamos por videollamada a diario y durante horas, principalmente porque yo quería que mi nieto reconociera mi rostro y mi voz para que no me sintiera como una extraña cuando volviéramos a vernos. Tengo muchísimas capturas de pantalla de esos momentos donde el bebé ya reaccionaba al verme. Por eso, cuando el silencio empezó, la angustia me invadió por completo.
Para intentar distraer mi mente y no desesperarme ante sus llamadas perdidas, me puse a cocinar unos flanes aquí en la casa tratando de ignorar ese presentimiento de que algo andaba mal. Lo último que recibí de ella fue un mensaje el miércoles a las 10:20 de la mañana después de que la noche anterior estuviéramos platicando y yo le insistiera, como siempre hacía, en que me enviara fotos de lo que estaba comiendo para estar tranquila.
Nuestra comunicación era constante. Casi siempre hablábamos alrededor de las 10 u 11 de la mañana, pero ese miércoles a las 10:20 solo recibí un texto avisándome que la madre de Alejandro acababa de presentarse en el departamento. Le respondí de inmediato preguntándole si era una broma, porque me aterraba que su visita retrasara o cancelara el viaje que mi hija tenía planeado para Encenada al día siguiente.
Sin embargo, ya no hubo respuesta. Con el paso de las horas, mi angustia escaló. Le marqué por videollamada, le envié mensajes rogándole que me contestara y hasta le puse emojis de llanto porque su silencio me estaba matando, aunque intentaba calmarme pensando que quizás solo estaban paseando la señora. Pasé una noche terrible y el jueves, en un intento desesperado por despejar mi mente, me puse a preparar unos flanes, pero mientras lavaba los trastes me invadió una corazonada espantosa. Empecé a llamar sin parar,
incluso intenté contactar a Erika María porque Carolina me había dicho que ella estaba ahí, pero la llamada no entraba. También buscaba a Alejandro y él tampoco me atendía. Mi inquietud crecía por momentos. Finalmente, a la 1:35 de la tarde del jueves, volví a marcarle a mi consuegra y aunque dio tono, no me respondió.
Justo al colgar entró una llamada de Alejandro y en ese instante sentí que mi corazón se detenía porque mi alma ya presentía que algo atroz había ocurrido. En ese momento, el pánico me paralizó. Me invadía un temor profundo por lo que estaba a punto de escuchar, ya que Alejandro nunca me llamaba a esa hora menos que fuera para mostrarme al niño durante sus paseos matutinos.
Al ver su nombre en la pantalla, justo después de mi intento fallido por localizar a su madre, sentí que la vida se me escapaba. Le pregunté desesperada si todo estaba bien y por qué habían guardado tanto silencio, pero el solo rompió en un llanto incontrolable. Cuando finalmente pudo hablar, me soltó aquellas palabras que me desgarraron el alma.
me dijo que le habían disparado a mi hija. Mi primera reacción fue preguntar quién había sido y su respuesta me dejó en SC al confesarme que su propia madre era la responsable. Yo me negaba a creerlo. Incluso escuché una voz femenina de fondo y con la esperanza rota le supliqué que me pasara a Carolina pensando que era ella quien hablaba, pero él me aclaró que estaba la fiscalía rindiendo declaración.
El mundo se me vino encima cuando confirmó que la agresión había sido mortal. Mis gritos de dolor fueron tan desgarradores que los vecinos corrieron a mi auxilio. Salí a la calle totalmente fuera de sí, gritando a los cuatro vientos que me habían arrebatado a mi hija. En medio de ese caos, mi único instinto fue tratar de localizar a mi hijo mayor para darle la noticia, sembrándome la misma angustia que ya me estaba consumiendo por dentro.
Le envié un audio desesperado a mi hijo mayor porque recordé que el micrófono de su celular fallaba y solo así podría escucharme. Cuando le solté que me acababan de avisar que le habían quitado la vida a su hermana, él se quedó en Sock y solo pudo pedirle a la pequeña Isabela que se retirara a su habitación para que no escuchara el horror.
En ese momento yo ya no coordinaba. Mi vecina entró a la casa con alcohol y unas pastillas para tratar de frenar el temblor incontrolable que se apoderó de mi cuerpo mientras yo solo podía repetir lo que me habían dicho. Alejandro fue sumamente frío y cortante. Me dio la noticia con una brevedad que me pareció inhumana y me colgó rápidamente con la excusa de que debía atender a los oficiales en la fiscalía, dejándome hundida en un mar de dudas porque yo juraba haber escuchado una voz de mujer al otro lado de la línea. A
pesar de estar totalmente ida, mi único instinto fue salir corriendo por mi hija pequeña a la escuela. Por suerte, mi vecina no me dejó sola, me calmó como pudo y me llevó en su auto, porque en ese estado yo no era capaz ni de sostener el volante mientras el mundo se me caía encima. Mi apariencia en la escuela debía ser aterradora, con el rostro completamente descompuesto por el horror, porque en cuanto pedí llevarme a mi hija, no me pusieron ningún impedimento. El director se acercó
consternado y al explicarle entre soyosos que mi hija mayor había sido asesinada, me ofreció todo su apoyo y el tiempo necesario para enfrentar la tragedia. Al regresar a casa acompañada por mi vecina, intenté mantener la compostura frente a Isabela para no asustarla más de la cuenta, pero el ambiente se volvió tenso cuando ella notó que nuestra tranquilidad habitual de ermitañas se rompía con la llegada repentina de familiares y amigos.
Fue un contraste doloroso ver la casa llena de gente cuando lo que más disfrutábamos era nuestra soledad. Me obligué a sacar fuerzas de donde no tenía por mi hija pequeña, recordando con nostalgia ese vínculo tan especial que las unía. A pesar de la diferencia de edad, Carolina siempre conservó ese espíritu juguetón y se encerraba con su hermanita a cantar las canciones de Frozen, recreando esas escenas de películas donde se llamaban a través de la puerta.
Eran inseparables, unidas por una complicidad llena de canciones y risas que ahora se ha transformado en un vacío imposible de llenar. Incluso a la distancia, ella jamás descuidó su papel como hermana mayor. Recuerdo que para el último San Valentín, Alejandro le obsequió varios lienzos y materiales de pintura.
Así que ella e Isabela organizaban sesiones de arte por videollamada. Se sentaban a pintar juntas durante horas y el último recuerdo que tengo de eso es a mi hija pequeña dibujando Luca, uno de sus perritos, mientras Carolina creaba algo desde la ciudad de México. Siempre fue una hermana excepcional, no solo con la niña, sino también con Ruly.
Y como hija, su presencia era constante y absoluta. Mucha gente pregunta por sus mascotas, Luca y Mali, y puedo decir que ellos se encuentran bien dentro de todo este caos. Sin embargo, cuando intento recordar los días posteriores al crimen y esa conversación con Alejandro que tanto se menciona, siento que mi mente se bloquea por completo.
Aquella llamada donde le cuestioné sobre por qué Carolina terminó en el suelo es una nebulosa de dolor. En ese momento, el impacto fue tan fuerte que mis sentidos se nublaron y me cuesta trabajo reconstruir cada palabra exacta, aunque la angustia de imaginar a mi hija en esa situación no me abandona. El impacto fue tan devastador que no sé si lo que viví fue un sock profundo o un bloqueo mental absoluto.
Mi mente no paraba de dar vueltas y el insomnio se volvió mi único compañero. Me costaba horrores procesar la información que recibía. Le preguntaba lo mismo una y otra vez, no porque él cambiara su versión, sino porque mi capacidad de comprensión estaba totalmente fracturada ante semejante tragedia.
Recuerdo que el viernes por la tarde, rodeada de mis cuñadas y sobrinas, que no me han dejado sola ni un segundo, de pronto me asaltó una duda que me quemaba. Si todo ocurrió el miércoles, ¿cómo era posible que el aviso llegara hasta el jueves? Esa incongruencia me perseguía. Incluso cuando la psicóloga que atendía Alejandro me contactó ese jueves por la tarde para explicarme el protocolo de levantamiento del cadáver, me quedé gélida al descubrir que apenas en ese momento iban por ella.
¿Cómo que apenas ahora? Le cuestioné. Y cuando me confirmó que el suceso había sido el día anterior, algo en mí se rompió aún más. En medio de esa confusión, mi única prioridad era saber dónde y cómo estaba mi nieto, mientras trataba de asimilar que debían trasladar a mi hija a un lugar de servicios forenses en Álvaro Obregón.
Era demasiada información terrible para una madre que apenas podía mantenerse en pie. Cuando finalmente asimilé que debían realizarle los exámenes forenses de rigor, las piezas en mi cabeza empezaron a chocar y la lógica me golpeó con fuerza. Si la tragedia ocurrió el miércoles, no encontraba sentido a que el reporte se diera hasta el jueves.
Necesitaba respuestas, así que confronté a Alejandro directamente y le pregunté cómo pudo quedarse ahí inmóvil con mi hija tendida en el suelo sin hacer nada. Él me respondió cuestionando si mi pregunta era en serio. Aunque se ofreció a repetirme su versión las veces que fuera necesario, su única justificación fue que también se había quedado paralizado por el impacto emocional.
Es difícil para mí procesar esto. Una parte de mí se siente culpable por no retener bien la información en medio de este caos, pero otra no deja de pensar que cualquier persona con un mínimo de sensatez habría buscado ayuda de inmediato. Me duele profundamente considerar que esos minutos u horas de silencio pudieron ser la diferencia entre la vida y la muerte para mi hija.
Pensar que pudo haber tenido una oportunidad si se hubiera actuado con humanidad es algo que me atormenta, porque el tiempo que se perdió fue simplemente crítico. Intento ser sumamente prudente con lo que digo porque no quiero que mis palabras se malinterpreten en un ámbito legal, pero si lo analizamos desde un punto de vista puramente humano, la respuesta es clara.
Si yo viera que alguien a quien amo, ya sea mi hijo o mi pequeña, está sufriendo un daño o su vida corre peligro, mi reacción instintiva y natural sería buscar auxilio médico o llamar a la policía en ese mismo segundo. No hay otra opción lógica para mí. Ante una emergencia así, lo primero es intentar salvar a la persona sin dudarlo.
Es inevitable pensar que en una situación tan extrema la prioridad absoluta debe ser socorrer a quien tienes frente a ti, porque cada minuto cuenta y podría marcar la diferencia. Yo sinceramente habría agotado cualquier posibilidad de ayuda pidiendo una ambulancia o dando parte a quien fuera necesario con tal de no quedarme de brazos cruzados mientras el tiempo se escapaba.
Por eso me cuesta tanto procesar que no se actuara con esa urgencia que dicta el corazón cuando alguien que supuestamente amas está en riesgo. Me resulta inconcebible que tras tantos años compartiendo una vida desde que comenzó la pandemia, la reacción no fuera el auxilio inmediato. Al margen de cualquier expediente o detalle técnico, mi razonamiento se basa en lo que dicta la conciencia.
Yo no podría haber permanecido en ese lugar sin actuar. Si uno presencia incluso un incidente menor en la calle, como un choque entre vehículos donde alguien intenta huir, lo natural es involucrarse, anotar una placa y buscar que se haga justicia. Con mucha más razón lo haría si se tratara de la vida de un ser querido.
Mi instinto habría sido contactar de forma urgente a una patrulla o solicitar una unidad médica en ese mismo instante. No cabe en mi mente la posibilidad de quedarme en silencio o intentar descansar sabiendo que algo tan terrible ha ocurrido bajo mi propio techo sin alertar a nadie. Simplemente mi forma de proceder hubiera sido dar parte a las autoridades sin perder un solo segundo, porque el silencio en esos momentos es algo que no puedo llegar a comprender desde un plano humano.
Tengo la firme convicción de que las autoridades no detendrán su labor ahora. Confío en que una vez que se logre el traslado de la señora Erica María, el proceso avanzará interrogatorios profundos que revelen la verdad absoluta. Mi exigencia es única y no tiene matices. Reclamo justicia total por lo que le arrebataron a mi hija, sin importar a quien señalen las investigaciones finales.
Entiendo que este camino es sumamente complejo para mí, pues me enfrento a una encrucijada emocional devastadora, ya que Alejandro representa el único lazo que me queda con el ser que más amé en este mundo, que es mi nieto. por ese pequeño por quien mi hija vivía, que debo medir cada paso que doy. Sin embargo, no puedo ignorar las dudas que me atormentan y que no se apartan de mi mente ni un segundo.
A pesar de la incomodidad que me generan ciertos cuestionamientos, mi prioridad absoluta sigue siendo que se esclarezca cada detalle de lo sucedido, porque el vacío que dejó Carolina exige respuestas claras y que se llegue hasta las últimas consecuencias. Jamás tuve la intención de pedirle recursos económicos a mi hija.
Por el contrario, mi mayor deseo siempre fue ganarme las cosas por mi cuenta, pidiéndole que me diera empleo en lugar de apoyo financiero. De hecho, el año pasado me encargaba de la limpieza de su hogar una vez por semana. Y lo digo con total orgullo, no tengo el más mínimo interés en ese patrimonio.
Mi única convicción es que cada centavo debe permanecer intacto para el futuro de mi nieto, tal como ella lo habría querido. Desconozco por completo los detalles legales, los beneficiarios o si existe algún documento firmado, pero lo que tengo claro es que ese legado le pertenece exclusivamente al niño. Respecto a la relación con su suegra, las fricciones eran una realidad constante que ella me confiaba con frecuencia.
Aunque muchos lo vean como conflictos típicos, la situación se tornó verdaderamente crítica cuando mi hija, con toda la razón del mundo, decidió establecer límites claros y firmes ante la llegada del bebé, buscando proteger su espacio y su maternidad. Mi hija me pidió con mucha calma que no me sintiera mal, explicándome que tras el nacimiento del bebé en Estados Unidos, curiosamente en el mismo hospital donde ella también nació, habían decidido no aceptar visitas para proteger al recién nacido. [música]
Yo, por supuesto, acepté su decisión de inmediato, porque siempre fui sumamente respetuosa con su forma de pensar y con su autonomía como madre. Sin embargo, cuando Carolina le comunicó esta misma postura a su suegra, la reacción fue totalmente opuesta. La señora lo tomó de forma muy agresiva, cuestionando de manera burlona si planeaba meter al niño en una burbuja.
A partir de esos límites, tan claros de no permitir que nadie cargara al bebé durante la cuarentena, la tensión entre ellas empezó a subir de tono peligrosamente. Carolina me contaba que incluso recibía insultos indirectos, como cuando la señora pasaba junto a ella llamándola perra en voz baja.
Ella sentía que el ataque era directo y personal. En un intento por quitarle peso a esa violencia y tratar de animarla, le dije en broma que la próxima vez que escuchara algo así simplemente le ladrara de vuelta, lo que nos sacó una risa momentánea en medio de un ambiente que cada vez se sentía más hostil y asfixiante.
Carolina le comentó a Alejandro entre risas la sugerencia que le hice de ladrar cada vez que recibiera esos insultos. Mi intención nunca fue fomentar una burla malintencionada, sino simplemente evitar que ella se hundiera en la amargura por esos ataques. La situación se volvía cada vez más insoportable porque la señora cuestionaba constantemente la maternidad de mi hija, asegurando que su forma de criar al bebé, como el hecho de no permitir que llorara sin consuelo, le estaba causando un daño irreversible.
En medio de esa presión, Carolina me compartía su angustia por mensajes, enviándome fotos de su desesperación, a lo que yo siempre le aconsejaba que buscara el respaldo de su esposo. Alejandro, según me contaba ella, intentó poner un alto definitivo pidiéndole a su madre que respetara su hogar y que dejara de interferir, recordándole que aunque la valoraba, Carolina era su esposa y ambos estaban recorriendo juntos el proceso de aprender a ser padres por primera vez.
Al ver lo que estaba ocurriendo, intenté hacerle entender a mi hija que Alejandro se encontraba en una posición sumamente complicada, atrapado entre el respeto a su madre y el compromiso con su esposa. Por eso mismo, le supliqué que dejara de revisar los chats de la señora para no seguir atormentándose.
Recuerdo una ocasión en la que estaban por salir a disfrutar de una comida y ella terminó cancelando todo, completamente desanimada por lo que leía. Fue entonces cuando le advertí que no pusiera a su esposo entre la espada y la pared y que ignorara esas conversaciones de una vez por todas. Después de finales de marzo, preferí no tocar más el tema para no ser repetitiva y ella guardó silencio, probablemente para evitar que yo la regañara por seguir pendiente de esos mensajes llenos de hostilidad. En
cuanto a mi percepción de la señora Erika María, mi trato con ella fue limitado. Siempre la noté como una persona sumamente distante y con un aire de superioridad, alguien que se sentía inalcanzable y que mantenía una actitud fría y arrogante hacia nosotros. Jamás hubo una conexión genuina ni calidez en su trato.
Siempre proyectó esa imagen de ser alguien inalcanzable y con una actitud bastante pesada. Solo coincidí con ella en una ocasión, justamente el pasado febrero, cuando acompañamos a Carolina a Tijuana para elegir su vestido de novia. De hecho, aún conservo grabaciones de ese día. Antes de ese encuentro, yo siempre le insistía a mi hija que me presentara a su suegra, pero ella bromeaba diciendo que nuestras personalidades chocarían porque yo soy sumamente platicadora y efusiva, mientras que la
señora siempre se mostraba como alguien extremadamente reservado y distante. Me decía que ella era demasiado prudente y callada y yo solo me reía pensando que eventualmente alguna de las dos tendría que adaptarse a la otra. Finalmente, tras aquella comida en un restaurante después de comprar el vestido, no volví a verla hasta que semanas después me la crucé por casualidad en una florería cerca de donde llevaba a mi hija pequeña a clases.
Al reconocer el auto de Carolina estacionado, me bajé llena de entusiasmo para saludarla, pero su reacción fue gélida. ni siquiera pareció recordarme y se limitó a un saludo seco y serio cuando le aclaré que yo era la mamá de Caro. Mi forma de ser es recordar cada detalle, la ropa que alguien llevaba o lo que compartimos, pero ella se quedó totalmente descolocada, como si mi presencia le resultara incómoda.
Así que al notar su frialdad y que estaba ocupada con sus flores, preferí no insistir y retirarme. Aunque el recibimiento fue gélido, no quise interpretarlo como una falta de respeto porque mi hija siempre me advirtió sobre su carácter extremadamente reservado. Mientras yo trataba de ser amable y entablar una conversación, ella parecía más concentrada en pagar sus flores que en prestarme atención.
Aún así, yo seguía hablando, explicándole que solo me detenía a saludar porque mi niña estaba en clases a la vuelta. Al subirme a mi camioneta, le mandé un mensaje a Carolina contándole lo apenada que me sentía por la situación, pero ella solo me repitió que así era su personalidad y que no debía tomármelo como algo personal.
Esa fue prácticamente la última vez que interactuamos de forma real. Nunca volvimos a coincidir, ni siquiera por el nacimiento del bebé. Hubo una ocasión fugaz en la que yo estaba realizando la limpieza en el departamento de Carolina y ella pasó a dejar algunas cosas, pero el intercambio no pasó de un saludo protocolario y cortante.
Realmente nunca permití que su actitud me afectara, a pesar de que su distancia era evidente y nunca hubo interés de su parte por acercarse a nosotros. Sinceramente, nunca me detuve a pensar si ella me miraba con aires de superioridad o desprecio por mis labores, porque mi mente no funciona de esa manera.
Yo tiendo a creer que el resto de las personas ven el mundo con la misma nobleza que yo. Mi hija siempre fue muy clara conmigo y me decía que esas tareas eran una forma de darme una mano mientras yo conseguía algo estable. Pero sí recuerdo que en una ocasión me soltó una pregunta que me dejó pensando. Me cuestionó si no me daría vergüenza que su suegra se mudara con ellos y me viera ahí encargándome del departamento.
Yo le respondí de inmediato que no tenía por qué sentir pena, que mi trabajo era digno, aunque ella insistía en que la señora estaba al tanto de que esa era la forma en que ellos me apoyaban económicamente. No sabría decir si ella era una persona clasista o si me veía hacia abajo, porque me cuesta trabajo imaginar que alguien sea capaz de juzgar a otros por su situación.
Pero lo cierto es que mi hija sí parecía preocupada por cómo ese entorno podría afectarme o por la reacción que su suegra pudiera tener al verme allí. Más allá de tratar de encajar las piezas del pasado o de buscarle sentido a su frialdad y a esos desplantes que ahora parecen señales, lo único que martilleéa mi mente día y noche es una pregunta desgarradora.
¿Cómo es posible que ella, siendo madre, fuera capaz de infligirle este nivel de agonía a otra mujer que comparte su misma condición? No logro asimilar como alguien que conoce el vínculo con un hijo pudo planear fríamente arrebatarme al mío. Es un vacío de comprensión que me deja totalmente bloqueada.
Mi percepción sobre ella se fracturó por completo, pues aunque nunca llegué a conocerla a fondo, jamás imaginé que en su interior pudiera gestarse una maldad de tal magnitud como para orquestar el fin de Carolina. En este punto no se trata solo de la tristeza, sino de una confusión absoluta que no me permite cerrar este ciclo, porque siento que la verdad me ha sido entregada a cuentagotas y de forma distorsionada.
Vivo en un mar de incertidumbres donde el duelo se ha transformado en una búsqueda desesperada por entender que sucedió realmente en esos últimos momentos. Algo que me atormenta porque las explicaciones que he recibido no terminan de calmar la inquietud que llevo por dentro. Al recibir esa llamada el jueves por la tarde, mis primeras dudas fueron directas.
Quería saber el paradero de su madre y el origen del arma, pero él solo me respondió entre lágrimas que lo ignoraba todo. En ese instante, mi mente estaba sumergida en una neblina tan densa que apenas podía procesar la realidad. Mi única obsesión era confirmar si realmente habían acabado con la vida de mi hija.
Incluso cuando llegó el momento del velorio, una parte de mí se negaba a aceptar lo que estaba pasando. Sentía tal incredulidad que pedí entrar a verla a solas primero, porque todavía guardaba la esperanza de que no fuera ella quien descansaba en ese ataú. Entre el tumulto de la gente, las preguntas constantes y el ruido de esos días, no tuve el espacio ni el silencio necesario para cuestionar cómo es que ella pudo marcharse o qué decisiones se tomaron en esas horas cruciales.
Simplemente me aferré a la versión que me dieron porque no tenía fuerzas para más, ignorando en ese momento los vacíos de una historia que ahora, con la cabeza más fría, me genera una angustia que no puedo silenciar. Existe un documento de la funeraria que guardo con recelo y que en una de esas noches interminables de insomnio me atreví a examinar con minuciosidad.
Leí cada palabra del acta y ahí encontré la cifra exacta, aunque es algo que me cuesta horrores verbalizar. Siento una resistencia interna muy fuerte al intentar compartir ese dato, porque al final del día se trata de la integridad y la memoria de mi propia hija y me duele profundamente exponer detalles tan crudos de su tragedia.
Hay términos técnicos en ese papel que incluso me resultaron difíciles de descifrar. Y mientras intentaba asimilar el impacto de lo que estaba leyendo, sentía que el corazón se me aceleraba de una forma incontrolable. Prefiero mantener esa información en la intimidad de mi dolor, pues aunque entiendo que existen muchas dudas en el aire, para mí no es solo un número, sino el rastro del horror que ella tuvo que padecer.
Me invade una sensación de agobio cada vez que intento profundizar en esos pormenores. Y en este momento mi mente simplemente necesita un respiro ante tanta oscuridad. Aunque los rumores en las plataformas digitales se han salido de control y la gente inventa cifras astronómicas solo por obtener atención.
La realidad que yo vi en los documentos no coincide con esas historias exageradas de dos impactos. Según lo que pude procesar en medio de mi aturdimiento, la cifra real era mucho menor, quizás cuatro o cinco. Me niego a participar en este espectáculo mediático que se ha formado, porque para muchos esto es solo contenido, pero para mí es la vida de mi hija.
Cuando llegó el momento de enfrentarme a la realidad en la funeraria, mi prioridad absoluta fue verificar con mis propios ojos que era ella quien estaba allí. Exigí entrar a la capilla antes que nadie, pidiendo ese espacio de soledad absoluta para asimilar el golpe. Recuerdo que hablé con la encargada de lugar porque me habían asegurado que el cuerpo ya venía preparado y listo desde las instalaciones anteriores, pero yo necesitaba ese último instante de conexión privada solo con mis hijos más cercanos, para confirmar
la identidad de Carolina y despedirme antes de que el resto del mundo irrumpiera en nuestro dolor. Les entregué una muda de ropa que había seleccionado especialmente para ella, pidiéndoles encarecidamente que la vistieran y que me permitieran supervisar el maquillaje, ya que ella siempre prefería un estilo muy sutil y natural.
Mi verdadera intención, más allá de los retoques estéticos, era tener ese último encuentro a solas para corroborar con mis propios ojos que era ella. Necesitaba observar su rostro, sus manos y cada detalle antes de que alguien más entrara. Cuando finalmente me dejaron en la sala, me invadió una parálisis dolorosa.
Me sentaba, intentaba caminar hacia ella, pero el valor se me escapaba y retrocedía, incapaz de afrontar esa imagen. Cuando por fin logré acercarme, inspeccioné su cuello y sus acciones, notando como su cabello había sido acomodado con cuidado para ocultar el horror de lo ocurrido. En ese instante, decidí que no quería que nadie más la viera en ese estado.
Permanecí junto a ella unos 20 minutos, sumida en un monólogo desesperado, preguntándole por qué le había pasado esto. Sumida en una incredulidad absoluta. Al salir les pedí a mis padres y a su esposo que respetara mi voluntad de mantener el féretro cerrado, aunque mi propia madre me suplicaba verla por última vez, porque sentía la necesidad imperiosa de proteger la memoria de su imagen vital y no permitir que nadie se quedara con esa última impresión tan devastadora.
He guardado silencio durante mucho tiempo, pero las mentiras tienen un límite. Dicen por ahí que si me interesa el dinero, que si busco los ahorros de mi hija, qué poco conocen el corazón de una madre. Yo no necesito ni un centavo que no me haya ganado con mis propias manos, como cuando limpiaba su casa con orgullo.
Ese patrimonio es sagrado. Es el futuro de mi nieto, el único lazo de sangre que me queda con Carolina y pobre de aquel que intente ponerle una mano encima. La gente se pregunta por qué no lloro frente a las cámaras, por qué parezco de piedra. La verdad es que mis lágrimas se secaron el día que tuve que entrar a esa capilla sola, muerta de miedo, para comprobar si el cuerpo en ese ataúd era el de mi niña.
Me acerqué temblando, le revisé las manos, el cuello, su cara y ahí estaba ella, apagada por la mano de una mujer que se dice madre. Erika María no es una madre, es un monstruo que planeó el horror. ¿Cómo pudo alguien que dio vida arrebatar la vida de otra mujer con tanta frialdad? Me hablan de Alejandro, me preguntan por qué no llamó a la ambulancia, por qué se quedó ahí sentado mientras mi hija se desangraba.
Esas son las dudas que me queman el alma. Él dice que estaba en Soc, que no sabía qué hacer, pero yo lo tengo claro. Si ves una injusticia, si ves que alguien sufre, actúas. No te quedas mirando cómo se escapa la asesina. Mi hija puso límites. Quiso proteger a su bebé de un ambiente tóxico y de una suegra que la llamaba perra entre dientes.
Y por ese pecado capital, por querer ser una madre independiente, me la quitaron. Pero escuchen bien, esto no se va a quedar así. El circo mediático puede seguir inventando disparos y teorías conspirativas, pero la justicia real está por llegar. No me importa lo poderosa o lo prudente que se crea esa señora. Ahora que la estraditen, tendrá que sostenerle la mirada a la ley.
Mi dolor no es debilidad, es el combustible que va a encender la verdad hasta que no quede un solo rincón oscuro. En este caso, Carolina no está aquí para defenderse, pero yo soy su voz y no voy a descansar hasta que el peso de la justicia caiga sobre quien tenga que caer.