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Eran las ocho y cuarto de la mañana de un sábado que prometía ser, cuanto menos, agotador.

PARTE 1

Eran las ocho y cuarto de la mañana de un sábado que prometía ser, cuanto menos, agotador.

El sol de Madrid empezaba a filtrarse por las rendijas de la persiana de la cocina, dibujando líneas de polvo suspendido en el aire.

Pero no era el sol lo que despertaba a Lucía, sino ese sonido rítmico, constante y desesperante.

Ploc.

Tres segundos de silencio.

Ploc.

Era el grifo del fregadero, una pieza de acero inoxidable que, según el folleto de la tienda, tenía “garantía de por vida”.

Al parecer, la vida de aquel grifo había decidido terminar justo después de que la garantía expirase.

Lucía suspiró, apretando los párpados con fuerza mientras buscaba a ciegas la cafetera en la encimera.

Tenía el pelo revuelto, las ojeras de quien no ha dormido más de cinco horas y una paciencia que se deshilachaba por momentos.

Bajó la mirada hacia el fregadero y vio el pequeño charco que ya empezaba a desbordarse hacia el mármol.

— Javi, por favor, dime que has llamado al fontanero —gritó hacia el pasillo, con la voz todavía pastosa.

No hubo respuesta inmediata, solo el sonido de un bostezo lejano y el arrastrar de unas pantuflas.

Javi apareció en el umbral de la cocina, rascándose la nuca y mirando el grifo con la misma cara con la que un neandertal miraría un motor de combustión.

— He llamado a tres, Lucía —contestó él, con tono de disculpa—.

— ¿Y? —insistió ella, cruzándose de brazos.

— Pues que es sábado, cari.

— Uno me ha dicho que hasta el lunes nada.

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