PARTE 1: EL DESPLIEGUE DE LAS FUERZAS
Eran las diez de la mañana de un domingo de agosto en Madrid.
El termómetro de la farmacia de la esquina ya marcaba los veintinueve grados.
Javi sentía una gota de sudor recorriéndole la columna vertebral.
No era solo por el calor.
Era por el silencio que flotaba en el rellano del cuarto piso.
Ese silencio espeso que precede a las grandes batallas de la historia.
Javi sujetaba tres bolsas del Mercadona que pesaban como si llevaran lingotes de plomo.
Dentro, el arsenal: dos tortillas de patatas, filetes empanados y una sandía que amenazaba con reventar el plástico.
—¿Lo tenemos todo, Javi? —preguntó Marta, su mujer, saliendo del piso.
Marta llevaba las gafas de sol puestas, aunque todavía estaban en el pasillo.
Era su armadura de combate.
Llevaba las llaves del coche en la mano derecha, sujetándolas con la firmeza de un estandarte.
—Creo que sí, cariño —respondió Javi, intentando que no le temblara la voz.
—¿Has cogido la nevera azul? —insistió ella.
—Está en el maletero desde anoche.
—¿Y los manguitos de los niños?
—También.
Marta asintió, pero sus ojos escrutaban el fondo del pasillo.
Allí, en la penumbra de la última habitación, se oyó un ruido de tacones.
No eran tacones de aguja, eran esos tacones anchos de zapato de “señora que va a una boda pero con respeto”.
Doña Concha apareció en escena.
Iba impecable, como si en lugar de ir a una barbacoa en la sierra fuera a recibir una audiencia con el Papa.
Llevaba un abanico de madera colgado de la muñeca y un bolso de piel que pesaba más que las bolsas de la compra.
—Hijo, ¿ya nos vamos? —preguntó Concha, ignorando olímpicamente a Marta.
—Sí, mamá, el coche está en doble fila.
—Ay, Dios mío, las multas —suspiró Concha, santiguándose mentalmente—. Qué estrés, Javi, qué estrés me das.
Bajaron en el ascensor en un silencio sepulcral.
Solo se oía el roce de las bolsas de plástico y el “clac-clac” rítmico del abanico de Concha contra su palma.
Marta miraba fijamente el número de los pisos descendiendo.
Javi rezaba para que el ascensor se quedara encallado entre el segundo y el primero.
Una hora, quizás dos, de paz mecánica antes del conflicto inevitable.
Pero el ascensor llegó a la planta baja sin incidentes.
Salieron al portal y el calor los golpeó como una bofetada húmeda.
El Seat Ateca blanco esperaba en la puerta, brillando bajo el sol inmisericorde.
Era un buen coche, espacioso, moderno, con climatizador bizona.
Pero para lo que estaba a punto de ocurrir, hasta un tanque Leopard se habría quedado pequeño.
Los niños, Hugo y Carla, ya estaban allí, apoyados en la chapa caliente, peleándose por quién tenía más batería en la tablet.
—¡Abuela! —gritaron al unísono.
Concha los besó con una parsimonia exasperante, uno a uno, recolocándoles las camisetas.
—Pobrecitos míos, qué calor vais a pasar ahí atrás —dijo Concha, lanzando la primera granada de fragmentación.
Marta no dijo nada, pero apretó el mando a distancia y el coche pitó.
Las luces parpadearon.
Era la señal de inicio de las hostilidades.
Javi se apresuró a abrir el maletero para esconderse allí dentro el mayor tiempo posible.
Empezó a encajar las bolsas con una precisión de tetris profesional.
—La tortilla que no se vuelque, Javi, que luego el coche huele a huevo tres meses —advirtió Marta.
—Que sí, Marta, que lo sé.
—Y la sandía debajo de todo no, que me la vas a machacar —añadió Concha, asomándose por encima del hombro de su hijo.
Javi sentía el aliento de las dos mujeres en su nuca.
—Mamá, por favor, déjame que yo sé cómo va esto.
—Yo solo digo, hijo, que las cosas de comer son sagradas.
Marta cerró la puerta del copiloto con un gesto seco, solo para marcar territorio.
Concha lo vio.
Vaya si lo vio.
Sus ojos se entrecerraron, calculando la trayectoria del ataque.
—Bueno —dijo Concha, sacando un pañuelo de encaje para secarse una gota invisible de sudor—. Pues habrá que ir subiendo, que me estoy mareando ya solo de estar de pie.
Marta se colocó al lado de la puerta del copiloto.
Concha dio un paso hacia el mismo lugar.
Se quedaron a escasos veinte centímetros la una de la otra.
El aire vibraba, y no era por el asfalto caliente.
Javi cerró el maletero con un golpe seco.
Se quedó allí un segundo, con la frente apoyada en el cristal trasero, cerrando los ojos.
“Por favor, que no pase hoy, que es domingo”, pensó.
Pero sabía que era inútil.
Era el viaje anual a la casa del pueblo.
Y en ese viaje se dirimían las jerarquías del resto del año.
El asiento del copiloto no era un asiento.
Era el trono de hierro.
Era el centro de mando.
Era la declaración de quién mandaba realmente en la familia.
Javi caminó hacia la puerta del conductor, intentando parecer distraído.
—Venga, todo el mundo arriba, que nos pilla el atasco en la A-6 —dijo, intentando sonar jovial.
Nadie se movió.
Marta puso la mano sobre el tirador de la puerta delantera derecha.
Concha hizo lo mismo, pero un poco más arriba, sobre el marco de la ventanilla.
—Hijo —dijo Concha, con esa voz melosa que solo usaba para las peticiones de alto calibre.
—Dime, mamá.
—Me voy a poner aquí delante, que ya sabes que últimamente me mareo mucho si voy detrás.
La frase cayó como un bloque de hormigón en medio del salón.
Marta ni siquiera se giró para mirarla.
Mantuvo la vista al frente, hacia el parabrisas.
—Suegra —dijo Marta, con una calma aterradora—, el sitio del copiloto es el mío.
Concha fingió una sorpresa digna de un Oscar.
—Ay, hija, no sabía que los asientos tuvieran nombre en esta casa.
—No tienen nombre, pero tienen lógica —replicó Marta—. Yo soy la que ayuda a Javi con el GPS y la que le pasa el agua.
—Para pasar un agua no hace falta un máster, digo yo —apostilló Concha.
—Y para no marearse, hay unas pastillas maravillosas que se llaman Biodramina.
Concha se llevó la mano al pecho, ofendida en lo más profundo de su ser.
—La química a mi edad me sienta fatal, Marta, tú lo sabes bien.
—Lo que le sienta fatal es ir detrás con los niños, que es donde le toca.
—¿Donde me toca? ¿Como si fuera un bulto? —preguntó Concha, mirando a Javi en busca de auxilio.
Javi, que ya estaba sentado en el puesto del conductor, se aferró al volante como si fuera un salvavidas.
No quería mirar por el retrovisor.
No quería ser el juez de esa contienda.
—Mamá, Marta… por favor, que nos estamos asando —suplicó Javi.
—Dile a tu mujer que tenga un poco de respeto por mis cervicales, Javi —dijo Concha.
—Dile a tu madre que deje de hacer teatro, Javi —dijo Marta.
El conflicto acababa de pasar a la fase de “hablar a través del intermediario”.
La fase más peligrosa.
Los niños en el asiento trasero estaban inusualmente callados.
Sabían que cualquier movimiento en falso podría atraer el fuego cruzado hacia ellos.
—¡Qué falta de respeto a tus mayores! —exclamó finalmente Concha, elevando el tono para que lo oyera hasta el vecino del quinto.
—¡Qué falta de sentido común! —respondió Marta, abriendo la puerta del copiloto con decisión.
Pero Concha no se retiró.
Se quedó allí, bloqueando el acceso con su cuerpo, menuda pero inamovible como una roca de granito.
PARTE 2: LA GUERRA DE NERVIOS Y EL FACTOR BIOLÓGICO
El interior del coche empezaba a parecer un horno de convección.
Javi puso el aire acondicionado a tope.
El chorro de aire frío golpeó su cara, pero no servía de nada para enfriar el ambiente exterior.
Marta seguía con la mano en la puerta abierta, esperando que Concha se apartara.
Concha seguía allí, con el abanico cerrado ahora, usándolo como un dedo acusador.
—En mis tiempos —empezó Concha, la frase que Javi más temía en el mundo.
—En sus tiempos los coches no tenían airbags, suegra —cortó Marta de raíz.
—En mis tiempos la nuera dejaba que la madre de su marido fuera cómoda.
—En mis tiempos, que son estos, la pareja va delante y la familia detrás.
—¡Familia! ¡Escuchadla! ¡Como si yo fuera una extraña que han recogido en la gasolinera!
Concha miró al cielo, buscando quizás la intervención divina o un rayo que fulminara el Ateca.
—Mamá, nadie ha dicho eso —intervino Javi desde el interior—. Solo es un asiento.
—¡Ah! ¡Solo es un asiento! —gritó Concha—. ¡Entonces que se siente ella detrás con los niños y el olor a ganchitos!
Marta suspiró, cerrando los ojos por un segundo para recuperar la paciencia.
—Suegra, el coche es pequeño atrás para tres personas, lo sé.
—¡Pequeño dice! ¡Es una lata de sardinas! —exclamó la mujer mayor.
—Pero usted es la más delgada de todos, cabe perfectamente entre las dos sillitas de los niños.
—¡Claro! ¡Encajonada! ¡Para que en una curva me rompa la cadera!
—No exagere, que va a ir como una reina con sus nietos.
—Mis nietos me dan patadas en las pantorrillas, Marta, no me cuentes cuentos.
Hugo, desde el fondo, decidió intervenir en el peor momento posible.
—Abuela, si vienes aquí me puedes sujetar la tablet, que me canso.
Marta sonrió con aire triunfal.
Concha lanzó una mirada fulminante al nieto, que se encogió en su sitio.
—¿Ves? Hasta los niños te reclaman —dijo Marta.
—Me reclaman para que les sirva de criado, no te amuela.
Javi miró el reloj del salpicadero.
Llevaban diez minutos parados en la puerta.
Un autobús de la EMT empezó a pitar detrás de ellos porque el coche ocupaba medio carril.
—¡Javi, que nos van a multar! —gritó Concha, aprovechando el ruido del claxon para añadir presión.
—¡Pues subid ya! —estalló Javi, golpeando el volante.
Hubo un segundo de silencio.
Javi nunca gritaba.
Era un hombre pacífico, de los que piden perdón a las farolas si choca contra ellas.
Ese arrebato de autoridad sorprendió a ambas.
Marta aprovechó el desconcierto para intentar sentarse, pero Concha fue más rápida de reflejos de lo que su artrosis sugería.
Metió el bolso de piel directamente sobre el asiento del copiloto.
Fue un movimiento maestro.
Una ocupación de territorio por la vía de los hechos consumados.
—¡Uy, se me ha caído el bolso! —dijo Concha con una sonrisa falsa—. Ya que está ahí, pues me subo yo a recogerlo.
Marta se quedó con la boca abierta, mirando el bolso de piel como si fuera una bomba de relojería.
—Suegra, quite eso de ahí ahora mismo.
—Es que pesa mucho, hija, no puedo estar cargando con él.
—¡Javi, dile que quite el bolso!
Javi miró el bolso. Era un bolso grande, marrón, con hebillas doradas.
Parecía un animal dormido en su asiento preferido.
—Mamá, por favor… —empezó Javi con voz de derrota.
—Hijo, que me mareo de verdad. Que anoche no cené bien. Que tengo el azúcar por los suelos.
Concha empezó a abanicarse con una velocidad frenética.
—Me está dando el parraque, Javi. Me está dando.
Marta se cruzó de brazos, apoyada en la carrocería.
—No le está dando nada. Es el mismo parraque de todos los domingos de excursión.
—¡Eres una desalmada! —dijo Concha, aunque su cara seguía perfectamente rosada—. ¡Quieres que me dé un síncope en plena carretera!
—Lo que quiero es viajar al lado de mi marido.
—¿Y yo qué soy? ¿La vecina del quinto? ¡Yo lo traje al mundo! ¡Yo le cambié los pañales cuando tú ni habías nacido!
—Eso no le da derecho de propiedad sobre el asiento derecho del coche.
El conductor del autobús volvió a pitar, esta vez con una nota de desesperación y odio.
Un vecino desde un balcón gritó: “¡Queréis iros ya de una vez, pesados!”.
Javi se hundió en el asiento. Quería desaparecer. Quería que el coche se tragara a sí mismo.
—Marta, de verdad, déjala esta vez —susurró Javi.
Marta miró a Javi con una expresión que prometía una semana de cenas de sobre cerrado y silencios prolongados.
—¿Perdona? —dijo ella—. ¿Me estás diciendo que me rinda?
—Es que no vamos a salir nunca, Marta. Son las diez y cuarto.
—Es una cuestión de principios, Javi. Si hoy cedo el asiento, mañana me quita el mando de la tele y pasado me dice cómo tengo que hacer el sofrito.
—¡Eso ya lo hago! —gritó Concha desde fuera—. ¡Porque le echas demasiada cebolla y repite!
Marta se giró hacia su suegra con los ojos inyectados en sangre.
—¿Veis? —dijo Marta—. Es una invasión en toda regla.
Concha, viendo que tenía a Javi de su parte por puro agotamiento, decidió rematar la faena.
Se agarró al pilar del coche y empezó a subir con un gemido de esfuerzo que parecía sacado de una tragedia griega.
—Ay… mi espalda… ay… el lumbago…
—¡Pero si ayer estaba bailando en el centro de mayores! —exclamó Marta, indignada.
—¡Era una jota terapéutica! —replicó Concha mientras encajaba sus posaderas en el asiento de cuero sintético.
Ya estaba dentro.
Se abrochó el cinturón con una rapidez que contradecía todos sus quejidos anteriores.
Hizo clic.
Ese clic sonó como un disparo en la mañana silenciosa de Madrid.
Concha se recolocó la falda, cerró el bolso sobre sus rodillas y miró al frente con la dignidad de una reina en su carroza.
—Ya podemos irnos, hijo. No quiero que nos multen por mi culpa.
Marta se quedó fuera, bajo el sol, con el pelo empezando a encresparse por el calor y la rabia.
Miró a Javi.
Javi evitó su mirada, fingiendo que estaba muy interesado en la configuración del Bluetooth del coche.
—Marta, sube atrás con los niños, por favor… —dijo Javi con voz apenas audible.
—No me lo puedo creer —dijo Marta—. Simplemente no me lo puedo creer.
—Venga, mami, que quiero jugar al Roblox —dijo Carla desde atrás.
Marta suspiró. Fue un suspiro largo, cargado de años de convivencia y de futuras venganzas.
Cerró la puerta del copiloto con una fuerza que hizo vibrar todo el chasis.
Concha ni parpadeó.
Marta rodeó el coche, abrió la puerta trasera y se metió entre Hugo y Carla.
El espacio era, efectivamente, minúsculo.
Las rodillas le chocaban con el respaldo del asiento del conductor.
—¿Estás cómoda, hija? —preguntó Concha con una voz cargada de veneno azucarado.
Marta no respondió.
—Javi, arranca —ordenó Marta.
Javi metió primera, soltó el freno de mano y el coche empezó a moverse.
Pero el viaje no había hecho más que empezar.
Y el espacio cerrado de un coche es el peor escenario para una guerra fría.
PARTE 3: EL TRAYECTO DEL REPROCHE
El coche se incorporó a la autopista.
El aire acondicionado empezó a fluir con más fuerza, pero la tensión ambiental seguía a mil grados.
Concha iba tocando todos los botones de su zona.
—Hijo, ¿esto qué es? ¿Para que salga el aire por los pies? Que se me enfrían los tobillos y luego me da calambre.
—Es el climatizador, mamá. No toques mucho, que lo tengo configurado.
—Ay, hijo, es que me da justo en la cara. Me va a dar una parálisis facial.
Concha giró las rejillas del aire hacia la izquierda.
Es decir, hacia Javi.
—Mamá, que me estás congelando la mano de los cambios —protestó él.
—Pues quítalo, que así ahorramos gasolina.
Marta, desde el asiento de atrás, soltó una carcajada seca y amarga.
—Claro que sí, suegra. Apaguemos el aire a treinta y ocho grados para que usted esté contenta.
—Yo solo miro por el bolsillo de mi hijo, Marta. Que la vida está muy cara.
—La vida está cara, pero el divorcio más —murmuró Marta para sí misma, aunque lo suficientemente alto para que se oyera.
Javi subió el volumen de la radio.
Sonaba una canción de estas modernas que no tienen letra, solo un ritmo machacón.
—Quita eso, Javi, que me retumba en la cabeza —dijo Concha—. Pon la COPE, a ver qué dicen del tiempo.
—Mamá, quiero escuchar música.
—Esa música de saltimbanquis no es música, hijo. Es ruido.
Marta, viendo su oportunidad de contraatacar, sacó su teléfono.
—Niños, ¿queréis que pongamos la lista de reproducción de Disney?
—¡Sí! —gritaron los dos.
—No —dijo Javi—. Por favor, Frozen otra vez no.
—Es lo que quieren tus hijos, Javi —dijo Marta con una sonrisa maliciosa—. Y como yo voy aquí detrás con ellos, soy la que manda en el entretenimiento.
Empezó a sonar “Suéltalo” a todo volumen.
Concha se puso las manos en las orejas.
—¡Ay, qué suplicio! ¡Parece que están matando a un gato!
—Es cultura popular, suegra —dijo Marta, acomodándose como podía entre los niños.
Hugo empezó a darle patadas al asiento de Concha siguiendo el ritmo de la canción.
—¡Niño, deja de darme golpes en los riñones! —gritó Concha.
—¡Hugo, para! —dijo Javi.
—Es que no tengo sitio, papá —se quejó el niño—. La abuela ha echado el asiento muy para atrás.
Marta miró el espacio de las piernas de su hijo.
—Es verdad, suegra. Eche el asiento hacia adelante, que el niño no cabe.
Concha se indignó.
—¡Si lo echo hacia adelante me pegan las rodillas en la guantera!
—Pues prefiero que le peguen a usted las rodillas a que mi hijo vaya encogido.
—¡Pero qué poca vergüenza! —Concha se giró, ignorando el cinturón, para mirar a Marta—. ¡Encima que me vengo con vosotros para no quedarme sola como un perro!
—Usted se viene con nosotros porque hay piscina y le gusta que le sirvan la comida, no nos engañemos.
Javi sentía que el coche se volvía cada vez más pequeño.
Las paredes del Ateca parecían cerrarse sobre él.
Estaban a la altura de Las Rozas y ya quería darse la vuelta.
—¿Podemos tener un viaje tranquilo? —preguntó Javi, casi llorando—. Solo una vez.
—Yo estoy muy tranquila, hijo —dijo Concha, sacando un caramelo de menta del bolso y haciendo un ruido infernal con el envoltorio—. Es tu mujer la que tiene el día cruzado.
—¿Yo? —Marta se inclinó hacia adelante—. ¡Usted ha asaltado el coche como si fuera un comando de los GEO!
—Yo he pedido por favor ir delante por mi salud.
—¡Su salud es de hierro cuando hay que ir a las rebajas!
—¡Eso es mentira! ¡En las rebajas del Corte Inglés me dio un vahído en la sección de zapatería!
—Sí, después de estar tres horas probándose sandalias.
El coche entró en un túnel y el ruido del motor se amplificó.
Javi aprovechó para acelerar un poco, deseando llegar cuanto antes al destino.
Pero el destino estaba a una hora y media todavía.
Una hora y media de indirectas, de suspiros y de guerra psicológica.
De repente, Concha empezó a hacer ruidos extraños con la garganta.
—Uuuuuh… uuuuuh… —gemía.
Javi la miró de reojo.
Concha se había puesto pálida (o quizás era el reflejo de las luces del túnel).
—¿Qué te pasa, mamá?
—El túnel… me agobia… el aire cerrado… me estoy mareando, Javi…
Marta resopló desde atrás.
—Ya estamos. El acto segundo de la obra.
—¡No es teatro, Marta! —dijo Javi, preocupado—. Mamá, baja la ventanilla un poco.
—No, que entra el humo de los camiones —protestó Concha—. Ay… que se me revuelve la tortilla…
—Si vomita en la tapicería nueva, suegra, le juro que la dejo en el arcén —advirtió Marta.
—¡Marta, por Dios! —exclamó Javi.
—¡Lo veis! —gritó Concha—. ¡Quiere que me muera de un asco! ¡En este coche no se puede respirar!
Concha empezó a abrir y cerrar la guantera con nerviosismo buscando algo.
—¿Qué buscas, mamá?
—Mi abanico… ¡no lo encuentro! ¡Me falta el aire!
—Lo tiene en la mano, suegra —dijo Marta con voz gélida.
Concha miró su mano. Efectivamente, ahí estaba el abanico.
—Ah… es que los nervios me nublan la vista.
Se puso a abanicarse con tal ímpetu que parecía que iba a salir volando del asiento.
El aire que generaba le daba directamente a Javi en la oreja derecha.
—Mamá, para, que me estás desconcentrando.
—¡Es que me ahogo, hijo! ¡Es que este asiento está muy bajo!
Concha empezó a tocar la palanca lateral para subir la altura del asiento.
El motor eléctrico zumbó.
Concha subió y subió hasta que casi tocaba el techo con la laca del pelo.
—Ahora veo mejor —dijo, como si fuera un vigía en un barco pirata—. Pero me da el sol.
Bajó el parasol con violencia.
El espejo de cortesía se abrió y empezó a reflejar la luz del sol directamente a los ojos de Javi.
—¡Mamá, que no veo! ¡Cierra eso!
—¡Es que me quemo la cara, Javi! ¡Que tengo la piel muy delicada!
Marta, desde atrás, ya no podía más.
Se puso de rodillas sobre el asiento (ignorando la seguridad vial por completo) y se asomó entre los dos asientos delanteros.
—¡Se acabó! —gritó Marta—. ¡Javi, para en la próxima gasolinera!
—¿Para qué? —preguntó Javi asustado.
—¡Para que tu madre se pase atrás y yo me ponga delante! ¡Esto es insoportable!
—¡Ni muerta! —gritó Concha—. ¡De aquí no me saca ni la Guardia Civil!
—¿Ah, sí? —Marta sacó su arma secreta—. Pues si no se cambia, suegra, este año no hay fotos de los nietos para su Facebook.
Concha se quedó petrificada.
Sus fotos con los nietos eran su moneda de cambio en el barrio.
Eran su orgullo, su estatus ante las otras abuelas de la parroquia.
—No serías capaz… —susurró Concha.
—Pruébeme —dijo Marta con una mirada de acero.
PARTE 4: EL TRATADO DE PAZ Y EL CIERRE FINAL
Javi vio el cartel de una estación de servicio a quinientos metros.
Era una de esas gasolineras grandes, con tienda de embutidos y olor a café quemado.
Sin decir una palabra, puso el intermitente.
El coche bajó de velocidad y entró en la vía de servicio con una suavidad de entierro.
Aparcó lejos de los surtidores, bajo la sombra de un tejadillo de uralita.
Apagó el motor.
El silencio que siguió fue absoluto.
Solo se oía el clic-clic del motor enfriándose.
Javi se quitó las gafas de sol y se frotó el puente de la nariz.
—Bajad todos —dijo Javi con una voz que no admitía réplica.
—Pero hijo… —empezó Concha.
—Fuera. Ahora mismo.
Todos salieron del coche.
El calor de la gasolinera era pegajoso, mezclado con el olor a diésel.
Se quedaron los cinco de pie junto al coche, como en un duelo del viejo oeste.
Los niños se fueron directos a ver una máquina de bolas de chicle.
Javi miró a su madre y luego a su mujer.
—Estamos haciendo el ridículo —dijo Javi—. La gente nos está mirando.
—A mí me da igual —dijo Marta, cruzada de brazos—. Yo no sigo un kilómetro más en ese agujero trasero mientras ella va aquí dando órdenes.
—Y yo no puedo ir detrás porque mi cuerpo no lo aguanta —insistió Concha, aunque ya con menos convicción.
Javi suspiró. Miró al horizonte, donde la carretera vibraba por el calor.
—Mamá —dijo Javi, acercándose a ella—. Te quiero mucho. Eres mi madre.
Concha sonrió con suficiencia hacia Marta.
—Pero —continuó Javi—, Marta tiene razón en una cosa. Este es nuestro coche, es nuestro viaje y ella es mi mujer.
La sonrisa de Concha se evaporó más rápido que un charco en el desierto.
—¿Me estás echando del asiento, Javi? ¿A tu propia madre?
—No te echo, te pido que colabores. Si de verdad te mareas, te vas a tomar una Biodramina ahora mismo en la tienda. Yo te la compro.
—¡Me da alergia! —mintió Concha desesperadamente.
—No te da alergia, mamá. Te la tomaste en el viaje a Benidorm y estuviste tan a gusto.
Marta mantenía una expresión de triunfo contenido.
—Y tú, Marta —dijo Javi girándose hacia ella.
Marta borró la sonrisa.
—Tampoco hace falta que entres en guerra por cada detalle. Podrías haber tenido un poco más de mano izquierda.
—He tenido mano izquierda durante tres años, Javi. Hoy se me ha acabado.
Javi miró el coche.
—Propongo un trato —dijo Javi—. Mamá, vas detrás. Pero vamos a quitar una de las sillitas de los niños y la vamos a poner en el medio, para que tú vayas en la ventana. Tendrás más aire y verás el paisaje.
—¿Y los niños irán seguros? —preguntó Concha, intentando salvar los muebles.
—Irán perfectamente. Y Marta, tú vas delante, pero te encargas de que tu suegra tenga agua, caramelos y de que la radio no esté alta.
Las dos mujeres se miraron.
Fue una tregua armada.
—Está bien —dijo Concha, con un suspiro de mártir—. Lo haré por mis nietos. Para que vean que su abuela es una mujer sacrificada.
—Y yo lo haré por la paz mundial —añadió Marta—. Y por no acabar en el telediario.
Javi entró en la tienda de la gasolinera.
Compró una caja de Biodramina, un paquete de pañuelos, dos helados para los niños y una botella de agua fría.
Cuando volvió, vio una imagen insólita.
Marta y Concha estaban juntas frente al maletero, discutiendo cordialmente sobre cómo reorganizar las bolsas para que la sandía no sufriera.
—Es que la sandía, si se calienta, no vale nada, Marta —decía Concha.
—Tiene razón, suegra. La pondremos en este hueco que le da más el fresco.
Javi sonrió para sus adentros.
El conflicto no se había resuelto para siempre, eso lo sabía bien.
El asiento del copiloto seguiría siendo un territorio en disputa en futuros viajes.
Pero, por hoy, la jerarquía se había restablecido.
Todos volvieron al coche.
Marta se sentó en el asiento del copiloto y lo primero que hizo fue ajustar el espejo para no deslumbrar a Javi.
Concha se sentó atrás, al lado de la ventana, con su abanico y su dignidad intacta.
—¿Estás bien ahí, suegra? —preguntó Marta con un tono casi amable.
—Bueno… voy apretada, pero sobreviviré. Soy de otra generación, estamos hechas de otra pasta.
Javi arrancó el motor.
—¿Ponemos algo de música suave? —preguntó Javi.
—Pon lo que quieras, hijo —dijo Concha desde atrás—. Mientras no sea la de la niña esa que suelta cosas de hielo…
Marta rió.
El Ateca salió de la gasolinera y volvió a la autopista.
El viaje continuó.
A veces, la guerra no se gana con una gran batalla, sino con un pequeño ajuste en el reparto de los espacios.
Javi conducía mirando al frente, con una mano en el volante y la otra buscando la de Marta.
Ella se la apretó con cariño.
—Por cierto, Javi —dijo Concha desde el asiento de atrás, rompiendo el momento romántico—. En el próximo pueblo paramos, que con la pastilla me han entrado ganas de ir al baño.
Marta y Javi se miraron y suspiraron al unísono.
La vida seguía igual.
Pero al menos, Marta iba delante.
Y en ese pequeño universo sobre ruedas, eso lo era todo.
El coche se perdió en el horizonte de la meseta castellana, bajo un sol que ya no parecía tan terrible.
Habían sobrevivido a la crisis del asiento del copiloto.
Al menos, hasta el viaje de vuelta del próximo domingo.