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Compañeras de piso en Valencia inventan un robo falso para echar a su amiga, pero una cámara lo graba todo

Compañeras de piso en Valencia inventan un robo falso para echar a su amiga, pero una cámara lo graba todo

PARTE 1

En Valencia, cuando el calor aprieta incluso en noviembre y la humedad se te pega a la espalda como una tía pesada en una comida familiar, la convivencia en un piso compartido puede convertirse en una prueba de resistencia emocional. Eso lo sabía perfectamente Lucía, que llevaba ocho meses viviendo en un cuarto interior de un piso en Benimaclet, con una ventana que daba a un patio donde siempre había alguien tendiendo bragas, discutiendo por teléfono o friendo algo con ajo.

El piso no estaba mal, si uno rebajaba sus expectativas hasta el subsuelo. Tenía un salón luminoso con un sofá verde que había visto más dramas que una sobremesa de Telecinco, una cocina estrecha donde el microondas hacía un ruido sospechoso y un baño con un pestillo tan traicionero que todos habían acabado entrando alguna vez en un momento que no tocaba. En teoría, vivían tres chicas: Lucía, Marta y Sandra. En la práctica, también vivía Croqueta, el gato de Lucía, que tenía más personalidad que las tres juntas y una clara superioridad moral sobre todo ser humano que respirara cerca de él.

Lucía trabajaba por las mañanas en una cafetería cerca de Blasco Ibáñez y por las tardes estudiaba un máster online. Era de esas personas que intentaban hacerlo todo bien sin molestar a nadie. Compraba su leche, etiquetaba sus táperes, limpiaba la vitro después de cocinar y nunca dejaba pelos en la ducha, algo que en un piso compartido debería estar penado con una medalla civil. Tenía la costumbre de hablarle a Croqueta como si el gato fuera un señor jubilado con criterio político.

—Croqueta, no me mires así. Ya sé que el pienso de salmón no te convence, pero estamos a día diecinueve, cariño. No estamos para exquisiteces.

El gato la observaba desde la encimera, con cara de inspector de Hacienda.

—No pongas esa cara. Tú no pagas alquiler.

Marta, en cambio, era todo intensidad. Intensidad para entrar en una habitación, intensidad para contar una anécdota que no tenía interés, intensidad para suspirar cuando alguien dejaba una cucharilla en el fregadero. Era de Alicante, pero llevaba tres años en Valencia y ya decía “nano” con una seguridad que rozaba la apropiación cultural. Trabajaba en una agencia de eventos y siempre iba con el móvil en la mano, hablando de “briefings”, “clientes complicados” y “necesito desconectar” mientras subía doce historias seguidas a Instagram.

 

Sandra era más silenciosa, pero no por tranquila, sino porque siempre parecía estar acumulando información para usarla después. Estudiaba oposiciones de manera muy flexible, lo cual significaba que tenía un temario abierto sobre la mesa, cinco subrayadores ordenados por colores y una capacidad admirable para pasarse tres horas viendo vídeos de organización de escritorio. Su frase favorita era “yo no quiero malos rollos”, que en boca de Sandra significaba exactamente lo contrario.

Al principio, las tres se habían llevado razonablemente bien. Habían compartido cenas improvisadas, quejas contra el casero, memes sobre el precio del aceite y alguna salida por Ruzafa que terminaba siempre con Marta diciendo que conocía un sitio “súper auténtico” y llevándolas a un bar donde una caña costaba lo mismo que media compra semanal. Lucía pensaba que, con sus rarezas, eran buenas compañeras. No íntimas, pero sí de esas personas con las que puedes convivir sin esconder el queso.

Pero desde hacía un mes, el ambiente había empezado a cambiar.

No fue una explosión. Fue más bien como cuando se atasca un desagüe y al principio solo huele raro si te acercas. Marta y Sandra empezaron a hablar más bajo cuando Lucía entraba en el salón. Dejaban de reírse de golpe, como si Lucía trajera consigo una nube de inspección laboral. Hacían planes sin preguntarle. Cambiaron el grupo de WhatsApp del piso, o al menos eso sospechaba Lucía, porque antes todo se discutía allí: el papel higiénico, la factura de la luz, quién había dejado medio limón seco en la nevera como si fuera una reliquia. Ahora, en cambio, muchas decisiones parecían llegar ya tomadas.

Una tarde, Lucía encontró una nota pegada en la nevera.

“Hay que hablar de la organización del piso. Urgente.”

No ponía firma, pero la letra redonda con corazoncitos encima de las íes era de Marta. Incluso para anunciar una crisis doméstica, Marta necesitaba estética.

Lucía dejó la mochila en su habitación, acarició a Croqueta, que estaba tumbado encima de su portátil cerrado, y salió al salón. Marta estaba sentada en el sofá, con una taza de té que no estaba bebiendo. Sandra ocupaba la silla junto a la ventana, con los brazos cruzados y cara de persona que ha ensayado mucho delante del espejo.

—¿Qué pasa? —preguntó Lucía—. ¿Se ha roto otra vez la lavadora?

 

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