PARTE 1: El despertar de una estrella (o el fin de mi paciencia)
Eran las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.
El calor de mayo empezaba a apretar, de ese que te deja la cabeza un poco tonta tras el cocido.
En la mesa del comedor no quedaba más que el rastro de la grasa en los platos y el olor a café recién hecho.
Mi suegra, Conchi, estaba sentada en su trono habitual: la silla de mimbre que cruje cada vez que respira.
Tenía las gafas de cerca por la mitad de la nariz, esas que llevan una cadena de perlas para no perderlas.
Y sostenía el móvil como si fuera una granada de mano a punto de explotar.
Yo, Marta, intentaba recoger los restos de la batalla culinaria con la esperanza de que el ruido de los platos me salvara de la conversación.
Pero con Conchi no hay plato roto que valga como escudo.
Ella estaba absorta en la pantalla, moviendo el dedo índice con una violencia innecesaria.
De repente, soltó una carcajada de esas que te retumban en el esternón.
—¡Pero mira esto, Marta! ¡Si es que la gente no tiene vergüenza! —exclamó, dándole un golpe a la mesa que hizo bailar las cucharillas.
Me acerqué con la bayeta en la mano, temiendo lo peor.
En la pantalla aparecía una señora de unos ochenta años bailando reguetón con un chándal de leopardo.
—Es una “influencer”, Conchi, se lleva mucho ahora —dije yo, intentando volver a mi fregadero.
—¿Influencer? ¿Eso es lo que dicen ahora por no decir que está como una regadera? —replicó ella, ajustándose las gafas.
Se quedó mirando el video un par de veces más, en bucle, con esa mirada analítica que usa para inspeccionar si he limpiado bien las juntas de los azulejos.
—Pues te digo una cosa, hija —soltó de repente, dejando el móvil sobre el mantel de hule—. Esa señora no tiene ni la mitad de salero que tengo yo.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Era el mismo tono de voz que usó cuando decidió que podía arreglar la caldera ella sola con un clip y un vídeo de YouTube.
—No me digas más, Conchi —murmuré, cerrando los ojos.
—Que sí, Marta, escúchame bien. Que yo tengo mucha gracia, siempre me lo dice la Paqui la de la pescadería.
—La Paqui te dice eso para que te lleves el cogote de merluza, Conchi, no me jodas.
—¡Marta, ese lenguaje! —me riñó, aunque sin apartar la vista de su reflejo en la pantalla apagada—. Lo digo en serio. Ayúdame a hacerme un TikTok de esos.
Solté la bayeta. El silencio en la cocina era denso, solo interrumpido por el zumbido de una mosca que parecía más inteligente que nuestra conversación.
—¿Un TikTok? ¿Usted sabe lo que es eso? —le pregunté, apoyando las manos en la cadera.
—Pues claro que lo sé. Es donde la gente sale haciendo tonterías y luego les dan dinero por el “pos-tu-re-o”.
Me froté las sienes. El café se me estaba empezando a agriar en el estómago.
—Conchi, para hacer eso hace falta paciencia, saber de luces, de música, de edición… Y sobre todo, no ofenderse cuando un niño de doce años te llame “boomer” en los comentarios.
—¿Boomer? ¿Eso es un chicle? A mí no me asusta nada, que yo he criado a tres hijos en un piso de cuarenta metros sin ascensor.
Se levantó de la silla con una determinación que me dio auténtico pánico.
—Hija, ayúdame a hacerme un TikTok de esos, que tengo mucha gracia y el mundo tiene que verme.
—Lo que me faltaba —susurré para mis adentros—, tener que aguantar sus críticas también en formato video vertical.
Ella no me escuchaba, ya estaba intentando desbloquear el móvil con el dedo manchado de membrillo.
—Imagínate, Marta. Yo enseñando a la gente cómo se hace un sofrito de verdad, no esas guarrerías que ponen ahora con aguacate.
—Eso ya existe, Conchi, se llaman canales de cocina.
—Pero yo lo haré con “chispa”. Con mis frases. Con mi toque.
—Su toque suele ser decir que yo no sé ni freír un huevo, no sé si eso es contenido de calidad —le solté, con un rictus de ironía.
Conchi me miró de arriba abajo, como si estuviera midiendo mi potencial como cámara profesional.
—Seguro que tengo más seguidores que tú en una semana, que tú eres muy sosa para las redes esas.
Aquello me dolió. Yo, que tengo mi Instagram cuidado, con mis filtros de Valencia y mis fotos de platos de diseño.
—¿Más seguidores que yo? Conchi, tengo mil quinientos seguidores y me ha costado tres años de fotos de atardeceres.
—Eso es porque no tienes gancho, hija. Eres como un caldo sin sal. Pero yo… yo soy dinamita.
Me entró una risa nerviosa. La situación era tan absurda que rozaba lo cinematográfico.
Mi suegra, la mujer que me llama por teléfono para preguntarme cómo se pone la arroba, quería ser la nueva reina de internet.
—Está bien —dije, rindiéndome al destino—. Vamos a intentarlo. Pero no quiero quejas si luego le escribe gente rara.
—A mí la gente rara me encanta, que en este barrio ya nos conocemos todos y estoy aburrida de verle la cara al del estanco.
Conchi se sentó de nuevo, esta vez con la espalda recta, como si estuviera esperando a que empezara la entrevista con la BBC.
—Venga, enséñame. ¿Dónde hay que darle para que salga la música esa de los jóvenes?
—Primero hay que crear una cuenta, Conchi. Necesitamos un nombre de usuario.
Ella se quedó pensativa, mirando al techo donde una mancha de humedad parecía darle la respuesta.
—Ponme “La Conchi de España”.
—Ese nombre seguro que está cogido, hay muchas Conchis en este país.
—Pues pon “La Conchi y sus verdades”. Que a mí me gusta decir las cosas claras.
Escribí el nombre en la aplicación con los dedos temblorosos.
—Ya está. “La Conchi y sus verdades”. Ahora necesitamos una foto de perfil.
—¡Espera! ¡No me la hagas así! Que tengo los pelos como si me hubiera dado un calambre.
Se fue corriendo al pasillo, hacia el espejo del recibidor, y oí cómo sacaba el peine de su bolso con la urgencia de una modelo de pasarela.
Mientras tanto, yo miraba la pantalla vacía de TikTok, sintiendo que acababa de abrir una puerta al infierno.
O, al menos, a una nueva dimensión de vergüenza ajena.
—¡Ya estoy! —gritó desde el pasillo.
Apareció con los labios pintados de un rojo tan intenso que brillaba en la oscuridad y una laca que podría detener una bala.
—Hazme la foto, pero que se me vea el perfil bueno, el izquierdo, que el derecho lo tengo un poco “caído”.
Hice la foto. Ella salió con una sonrisa forzada que parecía más una amenaza que un saludo.
—Perfecto —dije con sarcasmo—. Ya es usted oficialmente una “influencer” en potencia.
—Ahora, a por los seguidores. Prepárate, Marta, que vamos a grabar el primer video ahora mismo.
Me temblaron las manos al sostener el móvil. Sabía que esto era solo el principio del fin de mi tranquilidad dominical.
PARTE 2: El primer “vlog” y el caos de los filtros
Habíamos pasado la fase de registro, pero lo peor estaba por llegar.
Conchi no quería simplemente estar en TikTok; quería “dominar” TikTok.
—A ver, Marta, ¿qué es lo que se lleva ahora? —preguntó, paseándose por la cocina como un sargento en prácticas.
—Se llevan los bailes, los retos o los consejos diarios —respondí, intentando mantener la calma.
—Bailar no, que me duele la ciática desde el martes por culpa de la humedad.
—Pues consejos, Conchi. Usted tiene muchos consejos para dar.
Se le iluminaron los ojos. Esa era su especialidad. Dar consejos que nadie le había pedido.
—¡Eso! Voy a explicar cómo se organiza una despensa para que no parezca el cuarto trastero de un chatarrero.
Miré mi propia despensa, que ella siempre criticaba, y suspiré.
—Vale. Yo grabo. Usted hable a la cámara como si fuera su vecina la del cuarto, pero sin insultarla.
—Yo no insulto, Marta, yo describo la realidad con adjetivos fuertes.
Me puse en posición. Sujeté el móvil en vertical, como mandan los cánones de la generación Z.
—Tres, dos, uno… ¡Ya!
Conchi se transformó. Se acercó tanto a la cámara que solo se le veían los ojos y un trozo de frente.
—¡Hola, mundo! ¡Soy la Conchi! —gritó, casi dejándome sorda.
—¡Más lejos, Conchi! ¡Que parece que se va a comer el teléfono! —le grité yo por lo bajo.
Ella retrocedió dos pasos, tropezando con el comedero del perro.
—¡Ay, carajo! ¡Corta, corta! —exclamó mientras recuperaba el equilibrio.
—No se corta así como así, esto no es Hollywood. Siga grabando, que eso le da “naturalidad”.
—¿Naturalidad es que me mate en directo? Bueno, vale.
Se recolocó el delantal y volvió a la carga.
—Como os decía, hoy os voy a enseñar cómo guardar los garbanzos para que no críen bichos. Porque hay gente, y no quiero señalar a mi nuera, que los deja en la bolsa abierta con una pinza de la ropa. ¡Y eso es un pecado mortal!
Me quedé de piedra tras la cámara. Empezamos bien.
—Conchi, no hace falta que me use de ejemplo negativo en el primer video —le recriminé.
—Calla, que estoy en racha.
Continuó hablando durante cinco minutos seguidos sobre la importancia del tarro de cristal hermético y la hoja de laurel.
Hablaba con las manos, con las cejas, con toda la energía de una mujer que ha guardado verdades durante décadas.
Cuando terminamos, estaba sudando.
—A ver, enséñame cómo ha quedado. ¿Salgo guapa?
Le di al “play”. El video era un caos de movimientos bruscos y primerísimos planos de su dentadura.
—Conchi, esto es un poco largo. En TikTok los videos son cortos, directos.
—¿Cortos? Pero si no me ha dado tiempo a explicar lo de las lentejas.
—La gente no tiene paciencia para las lentejas, Conchi. Quieren impacto.
Ella me arrebató el móvil de las manos y empezó a trastear con los botones que no entendía.
De repente, activó sin querer el filtro de “cara de dibujo animado”.
Se vio en la pantalla con unos ojos gigantes y una voz de pito.
—¡Ay, Dios mío! ¡Marta! ¡Que me he quedado ciega o el móvil se ha roto! —empezó a gritar, alejando el aparato de su cara.
—Es un filtro, Conchi. Es para hacer la gracia.
Se miró de nuevo. Empezó a mover la cabeza de un lado a otro, viendo cómo sus ojos de dibujo la seguían.
—Pues oye… —dijo suavizando el tono—, me quita todas las arrugas de la frente. ¿Se puede dejar puesto siempre?
—No, la gente se dará cuenta de que usted no es una princesa de Disney de setenta años.
—Pues es una pena, porque me veo mucho más descansada.
Después de media hora intentando editar el video de los garbanzos, logramos subirlo.
Puse unos hashtags que me parecieron apropiados: #SuegraInfluencer #CocinaTradicional #LaConchi.
—Ya está subido. Ahora a esperar —le dije, dejándome caer en el sofá.
—¿A esperar qué? ¿A que me llame la televisión?
—A que alguien lo vea, Conchi. Al principio no te ve nadie, solo tus amigos.
—Pues voy a llamar ahora mismo a la cuadrilla de la parroquia. ¡Se van a enterar de quién es la reina del internet!
Empezó a marcar números en el fijo, porque para ella el móvil era solo para “trabajar” de influencer.
—¡Oye, Merche! Que sí, que soy yo. Que te metas en el tic-tac ese. Que he subido un video de los garbanzos que te vas a cagar. ¡Busca “La Conchi y sus verdades”!
Yo la miraba desde el sofá, alternando entre la risa y el llanto.
Mi suegra estaba haciendo “marketing de guerrilla” por teléfono fijo.
A los diez minutos, el móvil empezó a pitar.
Notificación: @paquita_pesca ha comentado tu video.
—¡Mira, Conchi! ¡Tu primer comentario!
Ella se lanzó sobre el sofá como si fuera una adolescente.
—¿Qué dice? ¿Dice que estoy guapa?
Leí en voz alta: “Conchi, te has dejado el fuego encendido detrás en el video, ten cuidado no te quemes la cocina”.
Nos quedamos las dos mirando la pantalla. Efectivamente, en el video se veía una pequeña llama azul en el fondo.
—Es que el realismo es lo que se busca ahora, Marta. Eso es “ambientación” —dijo ella, sin inmutarse.
Pero la cosa no se quedó ahí.
A los veinte minutos, el video tenía cincuenta visualizaciones.
Y tres comentarios más.
Uno era de un tal “User8473” que decía: “Esa señora me recuerda a mi abuela, pero con más mala leche”.
Conchi se indignó.
—¿Mala leche yo? ¡Si soy un ángel! Contéstale, Marta. Ponle que su abuela seguro que no sabe ni freír un pimiento.
—¡Que no, Conchi! ¡No podemos empezar guerras en el primer video!
—¿Por qué no? La guerra da audiencia, eso lo sé yo de ver el programa de las tardes.
Empezaba a darme cuenta de que había creado un monstruo.
Un monstruo con laca, un delantal de flores y un conocimiento infinito sobre legumbres.
—Seguro que en una semana tengo más seguidores que tú —repitió, con esa sonrisa de suficiencia que tanto me irritaba—. Porque yo conecto con el pueblo, Marta. Tú solo conectas con los que comen lechuga.
Me mordí la lengua. El reto estaba echado.
Pero lo que ninguna de las dos sabía es que el video de los garbanzos estaba empezando a compartirse en un grupo de Facebook de “Amas de casa desesperadas de Cuenca”.
Y eso, amigos, es el principio de la viralidad más peligrosa.
PARTE 3: El estallido viral y la crisis de identidad digital
El lunes por la mañana me desperté con treinta mensajes de WhatsApp.
Todos eran de mi marido, Javi, que estaba en el trabajo.
“Marta, ¿qué le habéis hecho a mi madre?”, decía el primero.
“¿Por qué sale en un video gritando sobre botes de cristal?”, decía el segundo.
“Me están mandando el video mis compañeros de la oficina”, decía el último, acompañado de un emoji de calavera.
Entré en TikTok con el corazón en un puño.
El video de los garbanzos tenía… ¡Cien mil reproducciones!
Cien mil personas habían visto a mi suegra casi prender fuego a la cocina mientras me criticaba por las pinzas de la ropa.
Los comentarios eran una mezcla de adoración absoluta y desconcierto total.
“Es la jefa de España”, decía uno.
“Por fin alguien que dice la verdad sobre las pinzas”, decía otro con cinco mil likes.
Había nacido una estrella, y yo era su mánager involuntaria.
Sonó el timbre de mi casa. Era ella.
Venía con unas gafas de sol enormes, de esas que cubren media cara, y un bolso nuevo.
—Marta, abre. Tenemos que hablar de mi carrera —dijo nada más entrar.
—Conchi, ¿ha visto el móvil? Es usted viral.
—¿Viral? ¿Eso es malo? ¿Tengo que ir al médico?
—No, mujer. Significa que la ha visto muchísima gente. ¡Cien mil personas!
Ella se quedó quieta en el recibidor. Se quitó las gafas de sol muy despacio, con un gesto dramático.
—Cien mil… Eso son casi tres estadios del Bernabéu, ¿no?
—Más o menos, Conchi.
Se sentó en el sofá y se abanicó con la mano.
—Pues me parece poco para la calidad del contenido que estamos ofreciendo.
Me quedé sin palabras. La humildad no era una de sus nuevas estrategias de marketing.
—La gente me para por la calle, Marta. Bueno, me ha parado la del quiosco y me ha dicho que salgo muy favorecida con el filtro de los ojos grandes.
—Conchi, tenemos que aprovechar el tirón. Si queremos seguir, hay que grabar algo hoy mismo.
—Hoy quiero hacer un “un-bosing” —dijo, tropezando con la palabra.
—¿Un “unboxing”? ¿De qué? ¿Le han mandado algo las marcas?
—Me he comprado una faja nueva en el mercadillo y quiero que la gente vea la calidad de la licra. Eso a las mujeres de mi edad les interesa mucho.
Me imaginé a mi suegra enseñando una faja color carne ante cien mil personas y sentí que el prestigio de mi familia se hundía en el Atlántico.
—Mejor no, Conchi. Vamos a hacer un “Preguntas y Respuestas”. La gente quiere saber quién es usted.
—Pues soy Concepción García, viuda de honrada memoria y experta en quitar manchas de vino tinto.
Preparamos el set en el salón. Moví los cojines, puse una lámpara para iluminarla mejor y le pedí que se sentara derecha.
—Vale, Conchi. Yo le leo las preguntas que han dejado en los comentarios y usted responde. Sea natural.
—Natural como la vida misma. Dispara.
Empezamos la grabación.
—Primera pregunta: “¿Cuál es el secreto para aguantar a una nuera?”, pregunta un tal “HartoDeTodo”.
Conchi me miró de reojo. Yo mantenía el móvil con firmeza.
—Mira, “Harto”, el secreto es la paciencia y el saber que ellas, las pobres, no han tenido nuestra educación. Mi nuera, por ejemplo, es buena chica, pero si la dejas sola en una cocina te hace un sándwich mixto y se piensa que ha ganado una estrella Michelin.
—¡Oiga! —exclamé desde detrás de la cámara.
—¡Cállate, que estoy creando “engagement”! —me susurró ella con una velocidad asombrosa.
Continuó respondiendo preguntas. Que si prefería el detergente en polvo o líquido (polvo, siempre), que si qué opinaba de la gente que usa calcetines con sandalias (cárcel directa).
Pero entonces llegó la pregunta fatídica.
—”¿Qué opina del amor a los setenta años?”.
Conchi se quedó seria. El humor desapareció de su cara por un momento.
Se arregló un mechón de pelo y miró fijamente a la cámara.
—Pues mira, hijo o hija, quien seas. El amor a mi edad es como un buen guiso. Ya no tiene ese fuego fuerte de cuando eres joven, que se te quema todo por las ganas. Ahora es un fuego lento, de los que alimentan de verdad. Yo echo de menos a mi Paco todos los días, pero eso no quita que me guste verme guapa y que quiera que el mundo sepa que las viejas todavía tenemos mucha guerra que dar.
Me quedé helada. Fue un momento de una sinceridad aplastante.
—Eso ha sido… precioso, Conchi —dije, bajando el móvil.
—¿Lo has grabado todo? —preguntó ella, recuperando su tono habitual.
—Sí, todo.
—Pues ponle una música de esas que dan ganas de llorar, de las que ponen en los entierros de las películas. Y súbelo ya.
El video fue un éxito aún mayor.
En menos de tres horas, “La Conchi” ya no era solo una señora graciosa. Era “La Abuela de España”.
Le empezaron a llover mensajes. De marcas de sartenes, de tiendas de lanas y de un señor de Murcia que decía que quería invitarla a comer un arroz caldero.
—¿Ves, Marta? Te dije que tenía más seguidores que tú.
Miré su cuenta. Diez mil seguidores en veinticuatro horas.
Yo seguía con mis mil quinientos y mis fotos de tostadas con aguacate que a nadie le importaban.
—La tecnología es pan comido —decía ella, mientras intentaba usar el iPad como si fuera un abanico—. Solo hay que tener personalidad.
Pero la fama tiene un precio.
Y el precio llegó en forma de notificación de “Live” (Directo).
—Marta, ¿qué es este botón rojo que pone “En Vivo”? —preguntó apretando la pantalla sin querer.
—¡No, Conchi! ¡No le dé ahí!
Demasiado tarde. Estábamos emitiendo en directo para tres mil personas.
Y yo estaba en pijama, con los pelos de loca, y Conchi estaba en mitad de una confesión sobre lo que realmente pensaba de la vecina del quinto.
—…porque la Puri, que se hace la santa, tiene el congelador lleno de comida precocinada, que lo he visto yo cuando me asomo al patio de luces…
—¡Conchi, que nos están viendo! —grité, intentando quitarle el móvil.
—¿Quién nos ve? ¡Si aquí no hay nadie!
—¡Tres mil personas en internet!
Ella se acercó el móvil a la cara, como si pudiera ver a la gente dentro del aparato.
—¡Hola! ¡Puri, si me estás viendo, que sepas que lo de las croquetas congeladas se nota en el rebozado!
Aquello era un desastre monumental. O una obra maestra del entretenimiento.
Empecé a leer los comentarios que subían a la velocidad de la luz.
“¡Dale caña, Conchi!”, “¡Dile lo del suavizante!”, “¡Qué viva la suegra!”.
La tensión cómica estaba en su punto álgido. Yo intentaba apagar el directo, pero el móvil se había bloqueado por la cantidad de notificaciones.
—Marta, no me quites el protagonismo —decía ella, apartándome con el codo—. Que ahora les voy a contar cómo se limpia el horno con bicarbonato y vinagre, que es mano de santo.
Y así estuvimos una hora. Ella dando lecciones de vida y yo intentando salvar lo que quedaba de nuestra dignidad familiar.
Cuando finalmente logramos cerrar la aplicación, Conchi estaba exultante.
—Esto cansa más que una boda, pero oye, qué a gusto me he quedado.
—Ha insultado a media comunidad de vecinos, Conchi. Mañana no va a poder ir a comprar el pan.
—¿Qué dices? Mañana voy a ir con la cabeza bien alta. Soy una estrella, Marta. Una “influ-enciadora”.
Me desplomé en el sillón. Estaba agotada.
—¿Mañana más? —pregunté con voz débil.
—Mañana vamos a hacer un video sobre cómo doblar las sábanas bajeras, esas que son un demonio. Eso nos va a dar el millón de seguidores, ya lo verás.
Cerré los ojos. La suegra influencer no había hecho más que empezar.
PARTE 4: El clímax de la fama y la gran pregunta final
Pasó una semana y la vida tal como la conocía había dejado de existir.
Mi casa se había convertido en un set de grabación permanente.
Había focos en la cocina, un trípode en el baño y Conchi tenía una agenda más apretada que un ministro.
—Marta, ¿dónde está mi crema de manos? Que hoy tenemos que hacer un “tutorial” de manicura para señoras con artrosis —gritaba desde el pasillo.
Yo ya no era su nuera; era su productora, guionista, iluminadora y sufridora a tiempo completo.
Habíamos llegado a los cincuenta mil seguidores.
Las marcas empezaban a mandar paquetes de verdad.
Teníamos una caja de caldos preparados (que ella criticó en directo por tener demasiada sal) y un juego de cuchillos que cortaban el aire.
Pero el éxito le estaba subiendo a la cabeza.
—Marta, he pensado que mi nombre de usuario es un poco corto. Quiero algo más internacional. ¿Cómo se dice “La Conchi” en inglés?
—”The Conchi”, supongo —respondí sin ganas.
—Mejor no, que suena a marca de detergente. Me quedo como estoy. Pero quiero un logo. Uno con mi cara y una corona.
—¿Una corona, Conchi? ¿No le parece un poco mucho?
—Hija, si la de los leopardos puede, yo que tengo tres apellidos castellanos puedo llevar una corona y un cetro si me hace falta.
Esa tarde, el conflicto final estalló.
Conchi decidió que era el momento de hacer un video colaborativo.
—He hablado con la Paqui la de la pescadería. Vamos a hacer un “reto” de esos de comer cosas picantes.
—¿Picantes? Conchi, que usted tiene ardor de estómago solo con oler la pimienta.
—Es por los seguidores, Marta. El “picante-challenger” ese es lo que da visitas.
La grabación fue un espectáculo dantesco.
Puse el móvil sobre la mesa. Paqui y Conchi estaban sentadas frente a frente con un plato de alitas de pollo bañadas en una salsa que parecía lava volcánica.
—¡Hola a todos mis “conchitos” y “conchitas”! —así llamaba ahora a sus seguidores—. Hoy vamos a ver quién es más valiente, si la tierra o el mar.
Empezaron a comer. Al primer bocado, la cara de Conchi pasó de un rosa pálido a un violeta intenso.
Empezó a abanicarse con la servilleta mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.
—¡Ay, la virgen de la Fuencisla! —gritaba—. ¡Esto no es comida, esto es veneno para ratas!
La Paqui, por su parte, intentaba mantener el tipo, pero acabó bebiéndose el agua de un florero que había cerca.
El video, por supuesto, fue lo más visto de la historia de la cuenta.
Pero al terminar, mientras Conchi se recuperaba con un vaso de leche fría, me miró con una seriedad nueva.
—Marta… —dijo con voz ronca por el picante—. Esto de ser famosa es muy sacrificado, ¿verdad?
—Se lo dije, Conchi. No es solo ponerse delante de la cámara.
—Me duele la lengua, tengo el pelo frito de tanta laca para los videos y la Puri ya no me habla por lo que dije del congelador.
Se quedó mirando el móvil, que no paraba de vibrar con notificaciones.
—A veces echo de menos cuando solo te criticaba a ti en la intimidad —confesó con una media sonrisa.
—Yo también lo echo de menos, Conchi. Al menos no tenía que editarlo luego.
Nos echamos a reír. Fue el primer momento de paz real que tuvimos en diez días.
Ella cogió el móvil y miró su perfil. Cincuenta y ocho mil seguidores.
—Sabes qué, hija… —dijo mientras bloqueaba la pantalla—. Voy a subir un último video por hoy.
—¿De qué? ¿De cómo recuperarse de un ataque de chile?
—No. Un video para preguntarles algo a ellos. Porque esto de la tecnología está muy bien, pero a veces me pregunto si soy la única loca.
Se puso frente a la cámara una vez más. Esta vez sin filtros, con el pelo un poco desordenado y la cara lavada.
—A ver, familia —dijo con tono cercano—. Que aquí una servidora ya ha hecho de todo por un puñado de “likes”. He cocinado, he bailado, he llorado y casi me muero con una alita de pollo radioactiva. Pero ahora os quiero preguntar a vosotros…
Me miró y me hizo una señal para que me acercara. Me puse a su lado, saliendo por primera vez en su canal.
—¿Vuestra suegra se maneja bien con la tecnología o es un desastre como yo, que casi quemo la casa por un video de garbanzos? ¿O sois de las nueras que tienen que tener una paciencia de santa para no tirar el router por la ventana?
Le dio al botón de finalizar.
—Ya está —dijo Conchi, suspirando—. Ahora, quítame estos focos de aquí y vamos a tomarnos un anís, que me lo he ganado.
—¿Y los seguidores, Conchi? ¿Y la fama internacional?
—Que esperen. Que ahora mismo, lo único que quiero es ver una telenovela sin que nadie me pida un “tutorial”.
La miré con orgullo. Mi suegra seguía siendo una pesada, una crítica y una mandona.
Pero ahora era una pesada con cincuenta y ocho mil personas dándole la razón.
Y yo, bueno… yo al menos ya sabía cómo iluminar un set de grabación por si algún día decido que mis fotos de tostadas con aguacate merecen una segunda oportunidad.
¿Y vosotros qué? ¿Tenéis una “Conchi” en vuestra vida que piensa que un hashtag es un tipo de embutido, o vuestra suegra os da mil vueltas con el Instagram?