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El despertar de una estrella (o el fin de mi paciencia)

PARTE 1: El despertar de una estrella (o el fin de mi paciencia)

Eran las cuatro de la tarde de un domingo cualquiera en Madrid.

El calor de mayo empezaba a apretar, de ese que te deja la cabeza un poco tonta tras el cocido.

En la mesa del comedor no quedaba más que el rastro de la grasa en los platos y el olor a café recién hecho.

Mi suegra, Conchi, estaba sentada en su trono habitual: la silla de mimbre que cruje cada vez que respira.

Tenía las gafas de cerca por la mitad de la nariz, esas que llevan una cadena de perlas para no perderlas.

Y sostenía el móvil como si fuera una granada de mano a punto de explotar.

Yo, Marta, intentaba recoger los restos de la batalla culinaria con la esperanza de que el ruido de los platos me salvara de la conversación.

Pero con Conchi no hay plato roto que valga como escudo.

Ella estaba absorta en la pantalla, moviendo el dedo índice con una violencia innecesaria.

De repente, soltó una carcajada de esas que te retumban en el esternón.

—¡Pero mira esto, Marta! ¡Si es que la gente no tiene vergüenza! —exclamó, dándole un golpe a la mesa que hizo bailar las cucharillas.

Me acerqué con la bayeta en la mano, temiendo lo peor.

En la pantalla aparecía una señora de unos ochenta años bailando reguetón con un chándal de leopardo.

—Es una “influencer”, Conchi, se lleva mucho ahora —dije yo, intentando volver a mi fregadero.

—¿Influencer? ¿Eso es lo que dicen ahora por no decir que está como una regadera? —replicó ella, ajustándose las gafas.

Se quedó mirando el video un par de veces más, en bucle, con esa mirada analítica que usa para inspeccionar si he limpiado bien las juntas de los azulejos.

—Pues te digo una cosa, hija —soltó de repente, dejando el móvil sobre el mantel de hule—. Esa señora no tiene ni la mitad de salero que tengo yo.

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