El PADRE ADAM KOTAS habló sobre los mexicanos y su mensaje sorprendió a todos s
Soy de Polonia, pero yo soy mexicano porque la cigüeña se equivocó cuando me dejó en Polonia. Me quiso dejar en México, pero eso no importa tanto, porque los mexicanos nacemos donde nos da la tingada gana. Un hombre polaco que llegó a Estados Unidos indocumentado, sin hablar inglés, sin familia cerca, durmiendo donde podía y comiendo lo que encontraba, está parado hoy en una tienda mexicana en Las Vegas con un mandil que dice: “Yo amo a México”, un sombrero tricolor en la cabeza y una gelatina de rompope en la
mano, diciéndole al mundo entero algo que muchos mexicanos llevan años queriendo escuchar, pero que muy pocos se atreven a decir así: sin guion y sin pena. Los mexicanos nacemos donde nos da nuestra chingada gana. No lo dijo un político en un discurso de independencia. No lo dijo un artista en un concierto con el escenario iluminado.
Lo dijo un polaco en una tienda de abarrotes en el desierto de Nevada con el mismo tono natural con que alguien dice que va a comprar tortillas. Y eso es exactamente lo que lo hace imposible de ignorar. Su nombre es Adam Cotas. Tiene 41 años. Nació en un pueblo de Polonia donde no había agua corriente ni baño en la casa y donde toda la familia dormía junta en una cama durante los inviernos.
Llegó a Estados Unidos de niño como migrante indocumentado y lo que encontró no fue el sueño americano, fue la soledad, el abandono y los maltratos de quien no encaja en ningún lado. Lo que lo salvó fue una comunidad que tampoco encajaba del todo, la comunidad mexicana. Eso es lo que vamos a contar hoy. Adam Cotas no llegó a querer a México desde la comodidad, llegó desde el dolor.
Cuando era niño, sus padres emigraron a Estados Unidos buscando lo que buscaban todos, una vida mejor. Él llegó después solo, sin papeles, sin inglés, sin nadie que lo esperara con los brazos abiertos. Padeció abandono, soledad, maltratos físicos y psicológicos. Desarrolló trastornos alimenticios. Era un chico polaco perdido en un país que no lo entendía y al que él tampoco entendía.
Entonces apareció un vecino mexicano y en su casa colgada en la pared estaba la Virgen de Guadalupe. Ese encuentro lo cambió todo, no de manera dramática ni instantánea, de la manera en que cambian las cosas de verdad, poco a poco, a través de conversaciones, de comidas compartidas, de un idioma que fue aprendiendo no en un salón de clases, sino en la calle, en las cocinas, en las misas, en las tiendas de abarrotes.
Aprendió español con acento mexicano porque los mexicanos fueron su familia cuando no tenían ninguna y eso no se olvida ni se negocia. La galana Tapatía es una tienda mexicana en Las Vegas, Nevada, de esas que existen en cada ciudad americana donde hay comunidad mexicana, con sus salsas regionales, sus dulces, sus mopos de México que no se deshacen como los de China, sus gelatinas de rompope y sus mandiles con frases que solo tienen sentido si creciste en ciertos lugares.
El padre Adam llegó sin avisar. La dueña Rosaura no tuvo tiempo de arreglarse ni de preparar nada y él lo convirtió en el mejor momento del video porque la humanizó exactamente así, sin protocolo, sin escenario preparado. Recorrió cada rincón de esa tienda como quien vuelve a casa. Conocía los productos, sabía que era cada cosa, entendía el valor de lo que tenía enfrente.
Eligió un mandil, lo pagó, se lo puso y no se lo quitó en todo el video. Ese gesto simple dice más que cualquier discurso sobre identidad cultural. No vino a estudiar a los mexicanos ni a hacer contenido exótico. Vino porque ese espacio también le pertenece. En algún punto de ese live, el padre Adam soltó algo que no estaba en ningún guion y que vale la pena escuchar con atención.
habló de los ancianos mexicanos en los asilos de Estados Unidos. Dijo que lleva años visitándolos y que nunca ha encontrado a un mexicano abandonado. Y solo porque cuando un mexicano se enferma, los doctores no saben qué hacer con tanta familia que aparece en el hospital y que cuando un americano se enferma no lo pela nadie.
Eso no es un chiste, es una observación de alguien que ha estado en esos cuartos y que vio la diferencia con sus propios ojos. También habló de su padre, que vivió en Estados Unidos, y casi muere por falta de atención médica, que tuvo que llevarlo a vivir a México porque allá sí lo cuidaron. habló de Chicago, de los tiroteos, de la violencia que nadie menciona cuando compara los dos países.
No lo dijo con rabia ni con discurso político. Lo dijo como alguien que vivió en los dos lados y sabe exactamente lo que vio en cada uno. Cuando un mexicano se enferma, los doctores y enfermeras no saben qué hacer con tanta familia que está en el hospital. Y cuando un gringo está enfermo, nadie lo pela.
En octubre de 2024, el padre Adam abrió el santuario San Benito en Las Vegas, no como parte de ninguna diócesis grande ni con el respaldo institucional de la Iglesia Católica Romana, solo con su comunidad en un local que convirtió en espacio de fe para miles de personas que lo siguen, no por obligación, sino por elección. Porque hay algo que vale la pena decir con claridad.
Adam Cotas no es sacerdote de la Iglesia Católica Romana desde 2021 cuando se separó para unirse a la Iglesia Católica Nacional polaca. La Arquidiócesis emitió un comunicado oficial diciendo que tiene prohibido realizar sacramentos en nombre de la Iglesia Católica. Eso generó polémica, críticas y división de opiniones. Y sin embargo, miles de mexicanos siguieron yendo, siguieron viéndolo en redes, siguieron recibiéndolo en sus tiendas y en sus casas.
¿Por qué? Porque para esa comunidad lo que importa no es el título institucional, sino algo mucho más simple y mucho más difícil de fabricar. La sensación de que alguien los vea, sin estadísticas migratorias, sin debates sobre fronteras. Los ve como personas con historia y eso en el mundo en que viven hoy vale más que cualquier credencial.
Hay algo que la historia del padre Adam revela sobre la comunidad mexicana en Estados Unidos que muy pocos análisis políticos logran capturar. Esa comunidad no está esperando ser rescatada. Construyó su propio México donde llegó. Tres tiendas de abarrotes en Las Vegas con salsas de yualica, gelatinas artesanales y mopos traídos de allá.
Bancas de iglesia llenas un domingo en Nevada. Banderas en las ventanas de apartamentos en Chicago. Eso no es nostalgia, es identidad viva que se niega a desaparecer, aunque nadie la vea en los noticieros. Y el padre Adam lo entendió antes que muchos, que esa comunidad no necesita lástima ni discursos, necesita que alguien entre a su espacio, conozca sus productos, aprenda su idioma de verdad y les diga con naturalidad que lo que son vale.
