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¡Mi novio me pide un tiempo y descubro que está comprando un piso en secreto para mi hermanastra en Málaga

¡Mi novio me pide un tiempo y descubro que está comprando un piso en secreto para mi hermanastra en Málaga

PARTE 1

La primera vez que Sergio me dijo “necesito un tiempo”, yo estaba untando tomate en una tostada con la concentración de una restauradora del Museo del Prado. Hay gente que recibe las malas noticias sentada en un banco frente al mar, con el viento moviéndole el pelo como si estuviera en un anuncio de perfume. Yo no. Yo recibí la frase más sospechosa del idioma español con una tostada de pan cateto en la mano, un chorreón de aceite amenazando con caerme en la blusa y una señora en la mesa de al lado discutiendo con su marido porque él había pedido café solo en vez de nube.

Estábamos en una cafetería de Málaga, cerca de la plaza de la Merced, de esas que por la mañana huelen a café, churros y conversaciones ajenas. Sergio había insistido en vernos temprano. “Tenemos que hablar”, me había escrito la noche anterior. Y ya se sabe que “tenemos que hablar” nunca significa “he encontrado una oferta estupenda en detergente” ni “me he acordado de sacar la basura”. Significa problemas. Problemas con mayúsculas, con banda sonora de violín triste y con tu amiga Carmen mandándote audios de cinco minutos diciendo: “Tía, eso pinta regulinchi”.

Sergio llegó con diez minutos de retraso, que en él no era raro, pero sí fue raro que no me diera un beso en la frente como siempre. Sergio era de esos hombres que habían aprendido tres gestos románticos y los repetían como si fueran recetas de Arguiñano: beso en la frente, mano en la espalda al cruzar la calle y mensaje de “descansa, preciosa” a las once y media. A mí me parecían gestos bonitos, no voy a mentir. Una se cree muy moderna hasta que alguien le escribe “descansa, preciosa” y se le derrite el criterio como mantequilla al sol de agosto.

Pero aquella mañana no hubo beso. Ni mano. Ni sonrisa. Se sentó frente a mí, pidió un café con leche, removió el azúcar aunque siempre lo tomaba sin azúcar y empezó a mirar la cucharilla como si dentro estuviera el sentido de la vida.

—Lucía —dijo.

Cuando alguien pronuncia tu nombre completo, sin diminutivo, sin “Lu”, sin “cari”, sin nada, ya puedes ir preparando el chaleco emocional.

—Dime —respondí, intentando que no se me notara que estaba analizando hasta el parpadeo.

—Llevo unos días pensando.

—Eso siempre es peligroso.

Él levantó la vista. Tenía cara de no haber dormido, o de haber dormido mal, o de haber dormido perfectamente pero querer parecer atormentado. Con Sergio nunca se sabía. Trabajaba en una gestoría y había aprendido a poner cara grave incluso para decirte que el IVA trimestral salía a devolver.

—Creo que necesito un tiempo.

Ahí se paró el mundo. Bueno, se paró mi mundo. El resto de la cafetería siguió funcionando con una normalidad insultante. La señora del café nube se rió, un camarero gritó “¡dos molletes con zurrapa!”, una moto pasó fuera haciendo más ruido del necesario y yo me quedé mirando a Sergio con la tostada en suspensión.

—¿Un tiempo? —repetí.

—Sí.

—¿Como cuando metes una pizza en el horno?

—Lucía, por favor.

—No, es que quiero entender el concepto. ¿Un tiempo cuánto es? ¿Diez minutos? ¿Tres semanas? ¿Hasta que el Málaga vuelva a Primera?

—No hagas bromas.

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