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Un padre fue quemado vivo por defender a la Virgen de Guadalupe… Pero Ella mostró su poder

 

Allí me defenderás y yo te defenderé. Desperté sobresaltado con el corazón latiendo como tambor. Durante minutos enteros no supe si aún estaba dormido. Esa voz se quedó grabada en mi memoria con una fuerza indescriptible. Intenté convencerme de que había sido fruto del cansancio de las muchas horas de confesión y oración, pero no pude.

 Algo en mi interior sabía que aquello era más que un sueño. Tres días después, mientras me preparaba para la misa de la tarde, una anciana entró a la parroquia. Era menuda con el rostro cubierto de arrugas profundas y ojos brillantes que parecían atravesar el alma. se confesó con voz baja y temblorosa y al terminar, antes de irse tomó mis manos con fuerza sorprendente.

Hermanos, nunca olvidaré lo que me dijo padre Juan. La señora del Tepellac me envía con usted. Me ordenó decirle que muy pronto su fe será probada como el oro en el fuego. No tema, porque ella lo cubrirá con su manto. Antes de que pudiera preguntarle más, la mujer se santiguó y salió rápidamente. Intenté seguirla, pero al salir a la calle ya no estaba.

Pregunté a los feligreses si la conocían, pero nadie la había visto jamás. fue como si hubiera desaparecido en el aire. Desde ese día, mi corazón quedó inquieto. Pasaron semanas y las señales se multiplicaron. Durante una misa dominical, al elevar la  consagrada, sentí un calor intenso en mis manos, como si las llamas del altar quisieran tocarme.

Algunos feligreses aseguraron después que vieron un resplandor dorado alrededor del cáliz, aunque yo no vi nada. Un monaguillo, un niño inocente llamado Emiliano, se acercó al final y me dijo con toda sinceridad, “Padre, anoche soñé que usted estaba amarrado en una cruz y que una señora hermosa lo cubría con su manto para que el fuego no lo consumiera.

¿Por qué lo querrían quemar, padre?” Sus palabras atravesaron mi alma. Él no sabía nada de mi sueño ni de la anciana misteriosa. Yo comencé a temblar. El Señor me estaba hablando y lo hacía a través de voces inocentes de pequeños profetas. La confirmación final llegó semanas más tarde cuando recibí una carta del obispo.

 Era un documento oficial con el sello de la arquidiócesis en el que me informaba que había sido designado para una misión especial. Debía viajar a un pueblo remoto de Oaxaca llamado San Miguel de las Sombras, un lugar al que no había ido sacerdote residente en más de 15 años. El obispo me escribió algo que me erizó la piel.

 Padre Juan, en mi oración he sentido que usted es el indicado para esta misión. Este pueblo necesita un defensor de la Virgen de Guadalupe, alguien que no tema proclamar su nombre. Sé que encontrará dificultades, pero confío en que nuestra madre santísima irá con usted. Cuando leí esas palabras, mis rodillas temblaron. Todo encajaba los sueños la anciana, las palabras del niño.

 Todo apuntaba hacia San Miguel de las sombras. Esa noche apenas pude dormir. Soñé de nuevo, pero esta vez la visión fue aún más clara. Vi un fuego inmenso y en medio de las llamas, una silueta brillante de mujer vestida con manto azul estrellado y túnica rosada. No sentí miedo, sino una paz indescriptible. La Virgen de Guadalupe me decía, “Donde el fuego arde, allí estaré.

 Donde quieran destruirte, allí te cubriré.” Al despertar, comprendí que mi vida estaba a punto de cambiar para siempre. Hice mis maletas con el corazón dividido entre el temor y la esperanza. Sabía que no iba a una misión cualquiera, algo grande, algo terrible y glorioso al mismo tiempo me esperaba en esas montañas olvidadas.

Y así, hermanos, comenzó el camino hacia el destino donde el cielo y el infierno se enfrentarían, y donde yo, un simple sacerdote, sería testigo de un poder que ninguna llama humana puede apagar. El día señalado para partir hacia San Miguel de las Sombras llegó más pronto de lo que imaginaba. Todavía recuerdo esa mañana con absoluta claridad.

El cielo de la Ciudad de México estaba cubierto de nubes grises y un viento frío recorría las calles como presagio de lo que me esperaba. Me despedí de algunos feligreses que se habían enterado de mi misión y aunque me sonreían, pude ver en sus ojos una mezcla de orgullo y temor, como si intuyeran que aquel viaje no sería sencillo.

Subí a un autobús antiguo con los asientos desgastados y las ventanas empañadas por la humedad. Llevaba conmigo una pequeña maleta con lo indispensable algunos ornamentos litúrgicos. mi breviario, una Biblia gastada y sobre todo una estampita de la Virgen de Guadalupe que había estado conmigo desde el día de mi ordenación.

Esa imagen era mi tesoro más grande. Antes de subir al autobús, la besé y le pedí a la Virgen que no me soltara de su mano. Las primeras horas del viaje fueron tranquilas. Dejamos atrás el ruido de la ciudad, las avenidas repletas de autos, los puestos callejeros, los gritos de los vendedores.

 Poco a poco el paisaje se transformaba. Primero campos abiertos de maíz y agabe, luego colinas cubiertas de matorrales y después montañas que se elevaban como murallas imponentes. El autobús avanzaba lento chirriando en cada curva, mientras la niebla comenzaba a descender, envolviendo todo en un velo misterioso. Yo rezaba en silencio, repasando los misterios gozosos del rosario cuando sentí que algo extraño sucedía en el aire.

Hermanos, el cielo que había estado encapotado desde la mañana comenzó a abrirse justo sobre nuestra ruta. Era como si una mano invisible apartara las nubes, dejando un sendero de claridad únicamente para nosotros. Los demás pasajeros parecían no notarlo, pero yo sí lo sentía en la piel, en los huesos, en el alma.

Una señal. Hicimos una parada en un pequeño pueblo llamado Santa Rosa del Camino, un lugar olvidado entre montañas y barrancos. Bajé a estirar las piernas y comprar un poco de pan. Allí conocí a un anciano vendedor de frutas. Se acercó a mí con paso lento, pero seguro, y sin que yo le dijera nada sobre mi destino, me habló con una voz ronca casi profética.

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