El termómetro de la farmacia de la esquina marcaba treinta y ocho grados a las siete de la tarde, una cifra que en Madrid se siente como si alguien te estuviera dando masajes en los pulmones con un secador de pelo industrial. Elena subía las escaleras de su bloque en Chamberí con el paso de quien viene de una guerra de hojas de Excel y reuniones que podrían haber sido un correo electrónico. El portal olía a lo de siempre: una mezcla de humedad antigua, cera de muebles y el guiso de la vecina del segundo, que parecía empeñada en cocinar legumbres incluso cuando el asfalto se derretía.
Al abrir la puerta del piso, lo primero que la recibió no fue el frescor del aire acondicionado —que Alberto siempre olvidaba encender hasta que ella estaba a punto de cruzar el umbral— sino un silencio denso, de esos que tienen textura. Alberto estaba sentado en el sofá, extrañamente erguido, con la mirada fija en una televisión apagada. Parecía un extra de una película de espías al que le han dicho que actúe con naturalidad y acaba pareciendo un robot con un cortocircuito.
—Hola —dijo ella, soltando las llaves en el cuenco de la entrada con un estruendo que a él le hizo dar un pequeño respingo.
—¡Hombre, Elena! Qué pronto. O qué tarde. No sé, he perdido la noción del tiempo con este calor. Es inhumano, ¿verdad? He leído que es la ola de calor más larga desde los ochenta. O desde que se inventaron los termómetros. No me hagas mucho caso. ¿Qué tal el trabajo? ¿Muchos planos? ¿Mucha gente pidiendo cosas imposibles?
Elena no respondió de inmediato. Se quitó los zapatos de tacón, sintiendo el alivio del parqué frío bajo sus pies, y avanzó hacia el salón. Fue entonces cuando lo vio. Sobre la mesa de centro, esa mesa de madera recuperada que les había costado un riñón y parte del otro en una tienda de diseño de Malasaña, no había una, sino dos copas de vino.
Eran las copas “de las buenas”. Las de cristal fino, las que Elena solo sacaba cuando venía alguien a quien realmente quería impresionar o cuando celebraban algo importante. Las copas estaban vacías, salvo por un resto mínimo de un líquido granate que ya empezaba a oxidarse, dejando ese cerco pegajoso tan característico del Ribera del Duero.
—¿Vino? —preguntó ella, señalando la mesa con un gesto vago de la barbilla.
Alberto se levantó del sofá como si el cojín tuviera muelles. Se pasó una mano por el pelo, alborotándose más de lo habitual.
—Ah, eso. Sí. Bueno, es que… —hizo una pausa dramática, buscando las palabras en el techo— vino un amigo.
—¿Un amigo? —Elena arqueó una ceja. Conocía perfectamente el inventario de amigos de Alberto. Estaba Nacho, que solo bebía cerveza artesana y hablaba de lúpulos como si fueran sus propios hijos; estaba Javi, que era abstemio desde el “incidente” de la Nochevieja de 2019; y estaba Carlos, que jamás subiría a un cuarto sin ascensor solo para tomarse una copa de vino a media tarde.
—Sí, un amigo. Pasaba por aquí, ¿sabes? Se le rompió el coche… bueno, no el coche, la moto. Se le recalentó la moto justo en la puerta. Y claro, no le iba a dejar ahí tirado con este solazo. Sería de mala persona. Y tú sabes que yo, ante todo, soy un hombre hospitalario. Es mi gran defecto, supongo. La generosidad extrema.
Elena se acercó un paso más a la mesa. La disposición de las copas era curiosa. No estaban enfrentadas, como en una charla formal, sino ligeramente ladeadas, como si quienes se sentaron allí hubieran estado compartiendo confidencias o mirando algo juntos en el portátil. El ambiente del salón todavía conservaba un rastro de perfume. No era el olor a sudor y gasolina que solía traer Carlos, ni el aroma a tabaco de liar de Nacho. Era algo sutil, floral, con un toque de vainilla.
—¿Y qué amigo era? —insistió ella, cruzándose de brazos—. Porque no recuerdo a nadie de tu círculo que sepa distinguir un tinto de verano de un reserva, y mucho menos que use estas copas. Sabes perfectamente que si se rompe una, nos quedamos con el juego cojo y me da un parraque.
—Era… era… —Alberto tragó saliva. Se notaba que su cerebro estaba trabajando a tres mil revoluciones por minuto, intentando encajar las piezas de un puzle que no tenía esquinas—. ¡Borja! Sí, Borja, el del máster. ¿Te acuerdas de Borja? Aquel que se fue a vivir a Londres y volvió porque echaba de menos el jamón y la luz del sol. Ha vuelto. Está aquí de visita y me llamó de repente. “Alberto, tío, estoy en tu calle, mi moto parece una cafetera hirviendo, ¿tienes algo frío?”. Y claro, yo miré en la nevera y solo había ese vino que abrimos el sábado. No le iba a dar agua del grifo, Elena, que Borja ahora es muy de club social y cosas de esas en Londres.
Elena caminó alrededor de la mesa, como un tiburón rodeando a una presa que ya sabe que no tiene escapatoria. Se fijó en la botella, que estaba sobre el aparador. Estaba casi vacía. Habían bajado más de media botella en lo que parecía haber sido una visita “rápida” por una avería mecánica.
—Borja. El que se hizo un injerto capilar en Turquía y no para de subir fotos a Instagram enseñando el flequillo —dijo ella con un tono que no presagiaba nada bueno—. Curioso que no me hayas dicho nada de que estaba en Madrid.
—¡Si es que ha sido todo muy loco! —exclamó Alberto, ganando confianza con su propia mentira—. Me ha contado unas historias de Londres… parece que aquello es la jungla. Y la moto, pobrecilla, hacía un ruido que parecía que iba a estallar. Le he dicho: “Borja, descansa, tómate una copa, que el vino asienta el alma”. Y oye, nos hemos liado a hablar de los viejos tiempos, de los exámenes de economía, de cuando nos saltábamos las clases para irnos al Retiro… y se nos ha pasado el tiempo volando. Se acaba de ir hace diez minutos. Si hubieras llegado un poco antes, te lo cruzas en el portal.
Elena se inclinó sobre la mesa. Su mirada, afilada como un bisturí, se posó en el borde de una de las copas. No era la copa de Alberto. Él siempre dejaba la marca de sus dedos en el cristal porque agarraba el recipiente por el cáliz, a pesar de las mil veces que ella le había dicho que se agarraba por el tallo para no calentar el vino. La otra copa, sin embargo, estaba impoluta. Excepto por un detalle.
Un rastro circular, semicircular más bien, de un color rosáceo, casi fucsia, decoraba el borde del cristal. Un resto de labial, perfectamente definido, que brillaba bajo la luz de la lámpara del techo como una prueba incriminatoria en una escena del crimen.
—Vaya —soltó Elena, con una calma que a Alberto le resultó más aterradora que un grito—. Así que Borja.
—Sí, Borja. Está muy cambiado, ¿sabes? El aire de Londres le ha sentado bien. Más cosmopolita, más… no sé, con más mundo.
Elena señaló el borde de la copa con el dedo índice, sin llegar a tocarlo.

—¿Y Borja también dejó labial? —preguntó ella, clavando sus ojos en los de su pareja.
El silencio que siguió a esa pregunta no fue un silencio normal. Fue un vacío absoluto, una ruptura en el continuo espacio-tiempo donde Alberto pudo sentir cómo se le cerraba la garganta y cómo su elaborada historia sobre motos averiadas y amigos londinenses se desintegraba como un azucarillo en un café hirviendo.
Parte 2: La teoría del bálsamo labial
Alberto abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Durante tres segundos exactos, pareció un pez fuera del agua intentando recordar cómo se respiraba. Su mente, que en situaciones normales era capaz de articular excusas creativas para no ir a las cenas con los padres de Elena, estaba ahora mismo en modo “formateo completo”. Miró la copa, miró el labial, y luego miró a Elena, que seguía con el dedo apuntando al cuerpo del delito como si fuera el fiscal general del Estado.
—¿Labial? —consiguió balbucear por fin—. ¿Eso? No, hombre, Elena. ¿Cómo va a ser labial? Eso es… es… ¡pimentón!
—¿Pimentón? —Elena ni siquiera parpadeó.
—¡Sí! Es que… verás. Borja trajo un poco de embutido. De ese bueno, de León. Chorizo de ese que mancha solo con mirarlo. Y claro, el tío es un poco bruto, se estaba comiendo una rodaja, se tocó el labio porque le picaba y luego bebió. Y se quedó ahí la marca. Es la grasa del chorizo, que es muy traicionera. Tú sabes cómo es el pimentón de la Vera, eso se pega al cristal que no lo quitas ni con aguarrás.
Elena suspiró, un suspiro largo y profundo que recorrió todo el salón. Se acercó a la mesa, cogió la copa por el tallo con una elegancia que contrastaba con el nerviosismo de Alberto, y la elevó a la altura de sus ojos.
—Alberto, mírame —dijo ella—. He trabajado en el estudio de arquitectura con gente que intenta colarme que un muro de carga se ha movido por el viento. He visto de todo. Pero nunca, en mis treinta y dos años de vida, he visto un chorizo que deje una marca de “Fuchsia Dream” de la colección de verano de Sephora. Esto tiene purpurina, Alberto. Micro-purpurina. A menos que a Borja le guste el embutido con acabado brillante, tenemos un problema de narrativa.
Alberto se dejó caer en el sofá. El plan del pimentón había durado menos que una alegría en casa del pobre. Tenía que cambiar de táctica. El humor. Siempre le quedaba el humor.
—Vale, vale. Me has pillado —dijo, intentando forzar una sonrisa—. No es pimentón. Es que… Borja ha vuelto de Londres muy cambiado, te lo he dicho. Ha empezado un tratamiento para los labios. ¿Sabes esa gente que tiene los labios muy cortados por el frío de Inglaterra? Pues le han mandado una pomada especial. Es una cosa regeneradora profunda que se ve que tiene un color así… un poco llamativo. Me dijo: “Alberto, no me mires, que parezco una puerta recién pintada, pero es que si no se me caen los labios a trozos”. Y yo, como buen amigo, no le dije nada. Me aguanté la risa toda la tarde por respeto a su sufrimiento cutáneo.
—¿Y la purpurina, Alberto? ¿La pomada regeneradora londinense viene con acabado de fiesta de Nochevieja? —Elena dejó la copa sobre la mesa con un “clac” seco que resonó en todo el piso.
—¡Es que los ingleses son así! —insistió él, gesticulando con las manos—. Todo lo hacen con espectáculo. Hasta las pomadas de farmacia. “Sparkling Healing”, se llamaba. O algo así. Yo qué sé, Elena, no me puse a leer el prospecto. Estábamos hablando de cosas profundas, de la vida, de la soledad del expatriado. No iba a interrumpirle para preguntarle por qué sus labios brillaban como una bola de discoteca.
Elena empezó a caminar por el salón, recogiendo un cojín del suelo, ordenando una revista que estaba fuera de sitio. Cada movimiento era medido, letal.
—Es fascinante —dijo ella—. Borja viene a Madrid, se le rompe la moto justo en nuestra puerta, sube a casa, se bebe media botella de nuestro mejor vino, deja una marca de labial fucsia con purpurina en una copa de cristal de Bohemia y se va diez minutos antes de que yo llegue. Y todo esto sin que tú me pongas un solo WhatsApp para decirme “Oye, Elena, está Borja en casa, trae algo de picar”.
—Es que… quería darte una sorpresa —dijo Alberto, dándose cuenta en el mismo instante de que esa era la peor excusa de la historia de las excusas—. Quería que llegaras y verlo aquí sentado, y que dijeras: “¡Oh, Borja, qué alegría!”. Pero luego él tenía prisa porque había quedado con su madre para cenar. Ya sabes cómo son las madres de los que viven fuera, si no llegas a la hora de la sopa te desheredan.
Elena se detuvo frente al espejo del pasillo y se miró el reflejo. Se retocó el pelo, manteniéndose de espaldas a él.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de los detalles, Alberto? Que no mienten. Las personas sí. Las personas son expertas en adornar la realidad, en ponerle filtros de Instagram a las tardes de martes. Pero los objetos… los objetos son honestos. Una copa con labial es una copa con labial. No es un chorizo de León, no es una pomada británica. Es una prueba de que alguien estuvo sentado aquí. Alguien que no es Borja. A menos que Borja haya decidido transicionar y no nos hayamos enterado.
Alberto sintió un sudor frío que no tenía nada que ver con la temperatura de Madrid. Sabía que Elena estaba disfrutando de esto. No porque estuviera enfadada —que lo estaba— sino porque le gustaba el juego intelectual. Era como un gato jugando con un ratón que ya tiene la pata atrapada.
—Está bien, Elena. Tienes razón. No fue Borja —dijo Alberto, bajando la voz y fingiendo una seriedad solemne—. No quería decírtelo porque sé que te vas a enfadar, pero fue… mi hermana.
—¿Tu hermana? ¿Bea? ¿La que vive en Cuenca y odia Madrid porque dice que el aire tiene tropezones de polución?
—¡Esa misma! Vino de sorpresa. Quería darme un susto. Y oye, me lo dio. Apareció aquí con una maleta, diciendo que no aguantaba más en Cuenca, que necesitaba asfalto, que necesitaba movimiento. Se puso el labial ese que usa ella, que ya sabes que le gusta mucho destacar, y nos tomamos una copa para que se desahogara. Luego se sintió mal, dijo que no quería molestar, que se iba a un hotel a reflexionar.
Elena se giró lentamente. Tenía una sonrisa pequeña en los labios, una sonrisa que Alberto conocía bien. Era la sonrisa de “acabas de caer en mi trampa”.
—Qué curioso, Alberto. Porque he hablado con tu madre hace una hora por teléfono. Me llamó para preguntarme si sabíamos algo de una receta de croquetas. Y me dijo que Bea estaba en el dentista, en Cuenca. De hecho, me dijo que le habían sacado una muela del juicio y que tenía la cara como un mapa. No creo que estuviera para muchos viajes, ni para beber vino, ni mucho menos para pintarse los labios de fucsia y venir a Chamberí a contarte sus penas.
Alberto cerró los ojos. Podía oír el tic-tac del reloj de la cocina. Podía oír incluso a los vecinos del quinto discutiendo por el aire acondicionado. Pero lo que más oía era el latido de su propio corazón, que parecía estar gritando: “¡Ríndete ya, pringado!”.
Parte 3: El misterio del “Amigo” invisible
Alberto se quedó petrificado en el sofá, con la mirada perdida en un punto indeterminado de la alfombra. El silencio en el salón era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. Elena, mientras tanto, seguía de pie, con la calma de un ajedrecista que acaba de cantar jaque mate y está esperando a que el oponente simplemente tumbe al rey.
—¿Y bien? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. ¿Vas a seguir intentando convencerme de que la marca de la copa es un fenómeno paranormal, o vamos a empezar con la versión real? Porque a este paso vamos a llegar a la cena y yo sigo aquí esperando a saber quién es la misteriosa persona del labial fucsia que tiene tanto interés en nuestro Ribera del Duero.
Alberto suspiró, pero esta vez fue un suspiro de derrota total. Se frotó la cara con las manos, un gesto que en él siempre indicaba que la maquinaria de las mentiras se había quedado sin combustible.
—Vale, Elena. Tienes razón. No fue Borja, ni fue Bea, ni fue un repartidor de Amazon con gustos estéticos peculiares. Fue… fue una situación muy rara. ¿Te acuerdas de Sandra?
Elena arqueó una ceja.
—¿Qué Sandra? ¿La de tu oficina? ¿La que te manda memes de gatos a las once de la noche porque dice que “tienen una conexión creativa”?
—Esa. Pero no es lo que parece, te lo juro por lo más sagrado. Verás, Sandra estaba pasando por un momento… crítico. Resulta que su novio, el que es monitor de CrossFit y solo come claras de huevo, la ha dejado por una que hace yoga extremo en Bali. Y la pobre estaba destrozada. Me llamó llorando, estaba aquí al lado, en la plaza de Olavide, y me dio pena. Me dijo: “Alberto, no puedo estar sola ahora mismo, necesito hablar con alguien que no me hable de sentadillas ni de proteínas”.
Alberto se levantó y empezó a gesticular, tratando de inyectar realismo a su nueva historia.
—Y claro, yo le dije que subiera. Pero solo un momento. Para que se desahogara. Le serví una copa porque la vi muy pálida, de verdad, parecía un fantasma de esos de las películas góticas. Y se sentó ahí, donde estás mirando tú. Empezó a contarme todo lo del monitor de CrossFit, que si el tío es un narcisista, que si solo se mira al espejo… y claro, entre lágrima y lágrima, se retocó el labio porque dice que verse con mala cara la deprime más. Por eso el labial. Y por eso la purpurina, porque dice que el brillo le da “energía positiva”.
Elena escuchaba con una expresión de escepticismo profesional. No interrumpía, lo cual era mucho peor. Dejaba que él se cavara su propia fosa, palabra por palabra.
—¿Y por qué no me lo dijiste desde el principio? —preguntó ella con una voz sospechosamente suave—. Si era una emergencia emocional de una compañera de trabajo, ¿por qué inventarse todo el rollo de Borja y la moto averiada? ¿Por qué ocultar que Sandra, la de los memes de gatos, estaba aquí sentada bebiéndose nuestro vino “de las buenas ocasiones”?
—¡Pues porque te conozco, Elena! —exclamó Alberto, intentando pasar al ataque, que siempre es la mejor defensa—. Sé cómo eres con el tema de Sandra. Siempre que sale su nombre pones esa cara de “ya está la intensa esta dando la tabarra”. No quería que pensaras mal. Sabía que si te decía que estaba aquí, ibas a montar un mundo de una tontería. Quería ahorrarte el disgusto. Quería que llegaras a casa y estuviéramos tranquilos, sin dramas de oficina. He mentido para proteger tu paz mental, ¿entiendes? Ha sido un acto de amor, en el fondo.
Elena soltó una carcajada seca, sin una pizca de alegría. Se acercó a la mesa y cogió la botella de vino. La miró a trasluz, comprobando el nivel del líquido.
—Un acto de amor. Qué bonito, Alberto. Deberías escribir tarjetas de San Valentín. El problema es que tu “acto de amor” ha dejado media botella vacía. Sandra debe de haber llorado mucho para necesitar tanta hidratación vinícola. Y otra cosa… —Elena dejó la botella y se acercó a él, invadiendo su espacio personal— si Sandra estaba tan mal, tan hundida, tan desesperada por una ruptura… ¿por qué hay dos platos de postre en el lavaplatos con restos de esa tarta de queso que compramos ayer? Porque supongo que Sandra no solo necesitaba “energía positiva” del labial, sino también del azúcar, ¿no?
Alberto sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se le había olvidado el detalle de los platos. El maldito lavaplatos, ese electrodoméstico traicionero que él mismo había llenado con prisas antes de que Elena abriera la puerta.
—Es que… es que Sandra tiene el azúcar bajo cuando se disgusta —improvisó—. Me dijo: “Alberto, me va a dar un parraque, necesito algo dulce”. Y yo, que soy un anfitrión de primera, le saqué un trocito de tarta. Pero un trocito de nada, apenas una lágrima de tarta. Ella se comió el suyo y yo, por acompañar, por no dejarla comiendo sola, me comí otro. No iba a dejar que la pobre se sintiera como una glotona en medio de su crisis existencial.
Elena asintió lentamente, como si estuviera procesando una información científica de gran complejidad.
—Ya veo. Sandra, la crisis del CrossFit, el labial con energía positiva y la tarta de queso terapéutica. Es una historia redonda, Alberto. Casi me la creo. El único detalle, el pequeñísimo detalle que no me cuadra… es que Sandra subió una foto a su Instagram hace exactamente veinte minutos. Está en el aeropuerto de Barajas, con una maleta y un pie de foto que dice: “Destino: Cancún. A tomar por saco el CrossFit”. Y sale con unos labios rojos, rojo pasión, nada de fucsia con purpurina.
Alberto se quedó mudo. No tenía más cartas. No tenía más amigos imaginarios, ni hermanas en el dentista, ni compañeras de trabajo con bajones de azúcar. La tecnología, esa gran enemiga del mentiroso contemporáneo, le había propinado el golpe de gracia.
—Elena… —comenzó él, con un tono de voz que ya no buscaba la excusa, sino la clemencia.
—No, Alberto. No digas nada más. Estás a una mentira de que te haga dormir en el rellano, y hoy hace demasiado calor incluso para eso. Lo que más me duele no es que haya venido alguien. Lo que me duele es que me tomes por tonta. Que pienses que voy a comprarte la historia del pimentón o de la pomada de Londres.
Se produjo un silencio pesado, roto solo por el zumbido de la nevera. Alberto bajó la cabeza, derrotado. Elena seguía mirando la copa de vino, el labial fucsia brillando como un neón en medio de la mentira.
—¿Quién ha sido, Alberto? —preguntó ella, esta vez sin rastro de burla en la voz—. Y más vale que la respuesta sea la verdad, porque no voy a preguntar una tercera vez.
Parte 4: La verdad desnuda (y con purpurina)
Alberto se levantó del sofá con la pesadez de quien lleva el mundo sobre los hombros. No miró a Elena a los ojos; prefirió centrar su atención en sus propios pies, como si fueran lo más interesante del salón. Caminó hacia la ventana y corrió un poco la cortina, observando el tráfico de Chamberí, que a esa hora empezaba a calmarse.
—Vale. Se acabó el teatro —dijo con la voz apagada—. No ha sido Sandra. Ni Borja. Ni nadie de la oficina.
Se giró y se apoyó en el marco de la ventana, enfrentándose por fin a la mirada inquisidora de Elena. Ella seguía allí, de pie, como un monolito de paciencia y perspicacia.
—Ha sido mi madre —soltó él.
Elena parpadeó, desconcertada por el giro de los acontecimientos.
—¿Tu madre? Pero si acabo de decirte que he hablado con ella y estaba en Cuenca… ah, no, esa era tu hermana Bea. Con tu madre no he hablado. ¿Me estás diciendo que tu madre, la mujer que considera que el vino es “sangre de demonio” y que solo bebe agua con gas, se ha sentado aquí a beberse un Ribera del Duero y se ha pintado los labios de fucsia?
—No, no ha sido mi madre —corrigió Alberto rápidamente, dándose cuenta del error—. Es decir, ha sido… ha sido un lío de mi madre. Verás. Ella tiene una amiga, la Paqui, que se ha separado hace poco. Sí, la Paqui, la que tiene la peluquería en el barrio. Mi madre me llamó esta mañana: “Alberto, hijo, que la Paqui está en Madrid para unos recados y está muy deprimida, pásate por su hotel y llévale algo de comer”. Y yo le dije que por qué no venía ella a casa un momento, que estaba más cerca de donde ella tenía los recados.
Elena no dijo nada. Simplemente esperó.
—Vino la Paqui, Elena. Y la Paqui es… bueno, tú la conoces. Es excesiva. Se planta el labial ese que brilla desde el espacio, se pone esos vestidos de flores que parecen un jardín botánico y tiene una lengua que no para. Se sentó ahí, se bebió dos copas de vino seguidas porque decía que tenía “el gaznate seco de tanto disgusto” y se comió la tarta de queso como si no hubiera un mañana. Estuvo aquí dos horas contándome por qué su marido es un impresentable. Y yo… yo no sabía cómo decírtelo.
—¿Y por qué no podías decirme que estaba la Paqui? —preguntó Elena, empezando a perder la paciencia de verdad.
—¡Porque me daba vergüenza, Elena! —exclamó Alberto, alzando un poco la voz—. Me daba vergüenza que me vieras así, haciendo de paño de lágrimas de una amiga de mi madre que no para de soltar barbaridades. Y sabía que si te lo decía, te ibas a reír de mí durante un mes. Que si “Alberto el psicólogo de peluqueras”, que si “vaya tarde te ha dado la Paqui”. Quería borrar el rastro antes de que llegaras para que no tuviéramos que hablar de ella. Quería que esta tarde fuera nuestra, solo nuestra.
Elena guardó silencio durante un largo minuto. Miró la copa, miró a Alberto y luego volvió a mirar la copa. Se acercó a la mesa, cogió la servilleta de papel que estaba al lado y, con un movimiento lento y deliberado, limpió el labial del borde del cristal.
—Alberto —dijo ella, con una voz que mezclaba la fatiga con una pizca de ternura sarcástica—. Eres un desastre. Un desastre absoluto.
—Lo sé —admitió él.
—Pero eres un desastre que no sabe mentir. La Paqui usa un labial rojo coral, tirando a naranja. Lo sé porque el verano pasado me regaló uno igual por mi cumpleaños y todavía lo tengo muerto de risa en el cajón del baño. El fucsia con purpurina no es de la Paqui.
Alberto se quedó de piedra. Otra vez. Estaba empezando a pensar que Elena tenía una base de datos mental sobre todos los cosméticos del planeta.
—¿Entonces? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. ¿Quién era?
Alberto se hundió hombros. Se sentó de nuevo en el sofá y escondió la cara entre las manos.
—Era… era… —su voz salía amortiguada por los dedos— era una chica que conocí en la cola del supermercado hace una semana. Se llama Valeria. Nos pusimos a hablar de los tomates, luego de la vida, y nos intercambiamos el teléfono. Me escribió hoy diciendo que estaba por aquí. Me apetecía verla, Elena. Solo hablar. No ha pasado nada, te lo juro. Solo nos tomamos el vino y hablamos. Pero me sentí tan culpable en cuanto sonó el timbre que empecé a inventar tonterías. Y cuanto más inventaba, más me hundía.
Elena se quedó quieta en el centro del salón. La atmósfera cambió de golpe. Ya no era un juego de ingenio, ya no era una comedia de enredos madrileña. Era algo real, algo que dolía en el silencio del piso de Chamberí.
—¿Valeria? —repitió ella.
—Sí. Lo siento, Elena. De verdad. Ha sido una estupidez. Un momento de debilidad, de querer sentir algo diferente, no sé… pero me he dado cuenta de que no tiene sentido. En cuanto se fue, me sentí el tipo más idiota del mundo. Por eso lo de Borja, lo de la moto, lo de Sandra… porque no quería perderte por una tarde de vino y tarta con una desconocida.
Elena suspiró. Se acercó a la mesa de centro y cogió su propia copa, la que estaba limpia. La llenó con lo poco que quedaba en la botella y bebió un sorbo largo. Luego, miró a Alberto con una expresión indescifrable.
—¿Sabes qué es lo más gracioso de todo esto, Alberto? —dijo ella, con una voz gélida—. Que mientras tú te inventabas a Borja, a Sandra y a la Paqui para ocultar a tu Valeria de los tomates… yo estaba pensando en cómo decirte que las llaves que he dejado en el cuenco no son las mías. Son las de un piso en el que he estado esta tarde. Un piso que he alquilado para irme unos meses.
Alberto levantó la cabeza, con los ojos como platos.
—¿Qué?
Elena dejó la copa vacía sobre la mesa, justo al lado de la otra.
—Los detalles nunca mienten, Alberto. Tú te fijaste en el labial, pero no te fijaste en que hoy no traigo el bolso de siempre. No te fijaste en que he llegado tarde no por el trabajo, sino porque estaba firmando un contrato. Llevo semanas viendo cómo te alejabas, cómo inventabas excusas para todo, cómo tu cabeza ya no estaba aquí. Lo del vino ha sido solo la confirmación de lo que ya sabía.
Se hizo un silencio absoluto. El calor de Madrid parecía entrar por las ventanas, pesando más que nunca. Elena caminó hacia la habitación y volvió con una maleta pequeña que ya debía de tener preparada.
—Disfruta de la tarta que quede, Alberto —dijo ella, dirigiéndose a la puerta—. Y un consejo de arquitecta: para la próxima, limpia mejor las copas. Los detalles… siempre acaban delatándonos.
La puerta se cerró con un chasquido metálico que puso fin a la función. Alberto se quedó solo en el salón, rodeado de dos copas vacías, media botella de vino y el eco de una mentira que había crecido tanto que acabó devorándolo todo. Se fijó en la mesa. Allí, sobre la madera recuperada, quedaba una última mancha de humedad. Un pequeño círculo que, poco a poco, se iba secando bajo el calor implacable de julio.
Los detalles, pensó, son unos hijos de perra.