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Nadie respetaba al empleado más pobre… él lo ayudó — años después todo cambió

 Se cayó de un andamio sin arnés porque los patrones de entonces  no pagaban equipo de seguridad. Llegó pidiendo trabajo, cualquier trabajo, con los ojos hinchados de llorar en las noches y secos  en el día, porque las madres pobres no tienen permiso de llorar frente a sus  hijos. Doña Elvira Villalobos, la señora de la casa, la miró de arriba a abajo con esa manera que tienen  las mujeres ricas de medir a las pobres, como si calcularan cuánto trabajo se les puede sacar  antes de que se rompan. Y le

dijo que sí, que necesitaban alguien para la cocina y la limpieza.  pero que el niño no podía estar ahí, que en esa casa no se toleraban distracciones. Rosario aceptó sin pensarlo dos veces. No tenía con qué elegir. Dejaba a su hijo Emiliano con doña Chui, una vecina anciana que le cobraba lo poco  que podía pagar a cambio de cuidarlo desde el amanecer hasta el anochecer.

 Rosario salía de su casita de adobe  cuando todavía estaba oscuro. Caminaba 2 km por el camino de tierra y llegaba a la mansión de los Villalobos antes de que el sol tocara los  tejados. En invierno caminaba con los zapatos rotos, metidos en bolsas de plástico para que no se le mojaran los pies.

 Ahí empezaba su jornada. Encender  la estufa grande de seis quemadores, preparar el desayuno para siete personas, barrer los pisos de mármol italiano, lavar la ropa a mano, aunque hubiera lavadora, porque doña Elvira decía que las prendas  finas no se confiaban a las máquinas. Sus manos se agrietaron con los años.

 El jabón le comía la piel hasta dejársela áspera como lija vieja. En invierno se le partían los nudillos y sangraban sobre los platos que lavaba, pero ella  seguía porque Emiliano necesitaba zapatos y cuadernos y un plato de frijoles en la mesa, porque una madre no se detiene, ni aunque el cuerpo  le pida tregua. Doña Elvira tenía tres hijos.

Los dos mayores, Ricardo y Fernanda, habían crecido mirando a Rosario como se mira a un mueble viejo, con la certeza de que siempre estaría ahí y sin el menor interés en saber su nombre completo. Ricardo le decía, “Oye, tú, Fernanda, ni siquiera eso.” Pero había un tercer  hijo, el más pequeño, se llamaba Matías.

 Matías era un niño flaquito, enfermizo, que a los 6 años todavía no aprendía a caminar bien porque tenía un problema en una pierna. Los  doctores decían que necesitaba terapias caras en la capital, pero doña Elvira estaba demasiado ocupada con sus reuniones de sociedad y sus viajes. Y don Ernesto, el  padre, vivía encerrado en su oficina contando el dinero que no le alcanzaba para mirar a su propio hijo.

 Matías  era, en esa casa grande, el más solo de todos. Pasaba los días en el jardín trasero sentado  bajo un naranjo viejo, dibujando en cuadernos que ya nadie usaba. Y Rosario, cada vez que pasaba cargando canastas de ropa o cubetas de agua, lo miraba de reojo. Un día de mayo, cuando el  calor apretaba fuerte, Rosario encontró al niño llorando bajo el árbol.

 Tenía la pierna morada, hinchada. Se había caído intentando caminar solo hasta la cocina para pedir un vaso de agua. Rosario dejó la cubeta en el suelo, se arrodilló frente a él sin importarle que el delantal se le manchara de tierra. Le tomó la pierna con esas manos agrietadas, pero tibias y le dijo bajito, “No llores, mi hijito, que aquí estoy yo.  Aquí estoy.

” Lo cargó hasta la cocina, aunque le pesaba la espalda. Le puso hielo envuelto en un trapo limpio,  le dio agua con azúcar, como le daba a Emiliano cuando se raspaba jugando. Y mientras el niño se calmaba, Rosario le contó historias. Historias de su pueblo,  de los coyotes que aullaban en las noches de luna llena, de su abuela que curaba con hierbas del monte, de los santos que protegían a los niños buenos.

 Matías escuchó con los ojos muy abiertos porque nadie en esa casa grande  le había contado nunca una historia. A nadie se le había ocurrido que un niño pudiera necesitar una. Desde ese día, Matías buscaba a Rosario. Cuando terminaba sus tareas de la escuela en casa, bajaba a la cocina cojeando despacito y se sentaba en un banquito a verla cocinar.

 Rosario le daba pedacitos de masa para que jugara con las manitas.  le enseñó a hacer tortillas chuecas que salían siempre raras y siempre sabrosas. Le enseñó a rezar el Padre Nuestro porque el niño un día le preguntó qué era Dios y ella se dio cuenta de que nadie se lo había dicho a un niño rico que no sabía quién  era Dios.

Rosario sintió que se le partía algo adentro. Doña Elvira se enteró una  tarde, entró a la cocina buscando a la cocinera y encontró a su hijo con las manos llenas de harina.  riéndose con la sirvienta como si fueran madre e hijo. Le gritó a Rosario delante del niño, “¿Quién te crees para meterle esas ideas de pobre a mi hijo? Él no va a ser como tú.

 Él es un Villalobos. Que no te vuelva a ver cerca de Matías o te he echo a la calle sin un peso.” Rosario bajó la cabeza. Matías empezó a llorar y desde esa tarde,  cada vez que el niño intentaba acercarse a la cocina, su madre lo mandaba a su cuarto con castigos, le quitaba los cuadernos, lo dejaba sin postre, pero Rosario encontraba formas.

 Le dejaba galletitas envueltas en servilletas debajo de la almohada cuando iba a cambiar las  sábanas. Le metía dibujos chiquitos en los bolsillos del uniforme cuando lavaba su ropa. Le escribía en papelitos con letra temblorosa. Diosito te quiere, mi hijito. No estás solo. Aquí Rosario reza por ti. Y Matías en silencio, guardaba cada uno de esos papelitos en una cajita de zapatos debajo de su cama como si fueran el tesoro  más grande del mundo.

Los años pasaron, Matías creció. Lo mandaron a un internado en la capital cuando cumplió 12  años. El día que se fue, Rosario estaba fregando el piso del recibidor de rodillas. El  niño, ya casi un jovencito, se acercó, se arrodilló junto a ella sin importarle el agua sucia y le dio un abrazo fuerte sin decir nada.

 le dejó en la mano un dibujo doblado. Era ella, con su delantal, con los ojos sonrientes y debajo decía con letra de niño, “Mi segunda mamá”. Rosario guardó ese dibujo en su Biblia y ahí se quedó por 20 años. Antes de seguir con lo que pasó después, queremos  preguntarte algo. ¿Desde qué rincón del mundo nos estás acompañando hoy? Déjanos en los comentarios tu país o tu ciudad.

 Nos llena el corazón saber de dónde llegan estas historias, porque cada lugar cuenta, cada alma cuenta y cada corazón que se conmueve con la bondad nos recuerda que todavía hay esperanza en este mundo. Los años siguieron pasando  como pasan los años para los pobres. Rápido por fuera, lentos por dentro.  Emiliano creció, se hizo mecánico honesto, se casó con una muchacha del pueblo, le dio dos nietos a Rosario, que eran su alegría entera, pero ella siguió trabajando en la casa de los Villalobos porque don Ernesto había 

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