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TAGÜEÑA: tenía 26 años y era el general que más miedo le daba a Franco

Para entender a Tagüeña, tienes que olvidarte del estereotipo del héroe de guerra. Él no era un hombre de acción desde pequeño. No era ese niño que jugaba a los soldaditos y soñaba con batallas. era todo lo contrario. Era un estudiante brillante, metódico, apasionado por los números y la lógica. Nació en Madrid en 1913 en una familia de clase media, en un mundo donde la guerra parecía algo lejano, algo del pasado.

Estudió en la Universidad Central de Madrid, matemáticas, física, disciplinas donde lo que importa no es la fuerza bruta, sino la precisión, donde un error de cálculo no se corrige con más esfuerzo, sino con más pensamiento, donde la solución siempre existe. si sabes buscarla con la metodología correcta. Esa manera de pensar, esa forma de ver el mundo como un sistema de problemas resolubles fue exactamente lo que lo convirtió en un genio militar.

Porque la guerra al final es también un problema de matemáticas, de recursos, de posiciones, de tiempos, de ángulos, de probabilidades. Itahüeña lo entendió instintivamente cuando la mayoría de los generales todavía pensaban en términos de caballería y trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pero en julio de 1936 todo eso estaba en el futuro.

En julio de 1936, Tagüeña era simplemente un estudiante de 23 años, viendo cómo su país se incendiaba. Se afilió a las juventudes socialistas unificadas, la organización juvenil que agrupaba a los jóvenes comprometidos con la República. No era un militante fanático, era un joven que creía en la democracia. en la educación, en la posibilidad de una España moderna que no estuviera gobernada por generales y curas.

Una idea que en 1936 bastaba para que los franquistas te pusieran contra una pared. Cuando estalló la guerra, no lo dudó. Cogió un fusil y se unió a las milicias republicanas. Las milicias de los primeros meses eran un caos glorioso y desesperante al mismo tiempo. Hombres y mujeres sin entrenamiento, sin uniformes, sin jerarquía clara, armados con lo que podían conseguir, luchando con una valentía enorme y una disciplina inexistente.

Ganaban batallas por pura determinación y las perdían por falta de coordinación. Tagüña lo vio claro desde el principio. El entusiasmo no bastaba. La valentía sin organización era una forma de suicidio colectivo. Si la República quería ganar esta guerra, necesitaba un ejército de verdad, con disciplina, con táctica, con mando claro.

Y él empezó a construirlo desde abajo, desde cero. Sus superiores lo notaron rápidamente. Había algo diferente en ese joven. No britaba, no intimidaba. No imponía autoridad a golpe de arrogancia. Explicaba, analizaba, preguntaba. Cuando la situación parecía imposible, se sentaba, estudiaba el mapa y encontraba la solución que nadie más había visto.

En se meses pasó de miliciano a comandante de compañía. En un año comandaba un batallón. Los ascensos llegaban tan rápido que hasta él se sorprendía. Pero el ejército republicano estaba tan desesperadamente necesitado de gente competente, de gente que supiera pensar bajo presión, que no podían permitirse desperdiciarlo en un cargo menor.

El problema era que la guerra también lo estaba cambiando. No hay nadie que salga igual de una guerra. Ninguno. El joven estudiante de matemáticas que había cogido un fusil en julio de 1936 ya no existía a principios de 1937. En su lugar había algo diferente, alguien más duro, más frío, alguien que había visto morir a compañeros a su lado, que había dado órdenes sabiendo que esas órdenes costarían vidas, que había aprendido a separar las emociones de las decisiones porque en el campo de batalla la emoción mata. No se había

vuelto cruel, se había vuelto preciso. Y la precisión en la guerra es más peligrosa que la crueldad. La guerra lleva un año y España está destruyéndose a sí misma con una eficiencia aterradora. Franco ha conseguido apoyo masivo de la Alemania nazi y la Italia fascista. La Legión cóndor alemana experimenta sus bombardeos sobre ciudades españolas, perfeccionando técnicas que luego usará en toda Europa.

Guernica arde en abril. El mundo observa horrorizado y hace poco casi nada. La República, mientras tanto, lucha con armas soviéticas que llegan irregularmente, con brigadas internacionales de voluntarios de todo el mundo que vienen a morir por una causa que sus propios países han abandonado y con una unidad política tan frágil que a veces parece que los republicanos se odian más entre ellos que a Franco.

En ese contexto imposible, Tagüeña sigue ascendiendo. demostrado algo que el ejército republicano necesita desesperadamente, la capacidad de estabilizar frentes que se están derrumbando. Hay generales más experimentados, más veteranos, con más años de carrera. Pero cuando la situación se vuelve crítica, cuando el frente está a punto de colapsar y el pánico se apodera de las tropas, hay un patrón que se repite una y otra vez.

Llamanüeña. El joven de las matemáticas llega, evalúa la situación en minutos. Reorganiza las posiciones, redistribuye los recursos y estabiliza lo que parecía imposible de salvar. No siempre gana, pero casi nunca permite el desastre total. Sus hombres lo idolatran. Y esto es importante porque en un ejército donde la moral es a menudo el único recurso que no falta, la lealtad que inspira Tagüeña vale tanto como los tanques que no tienen.

¿Por qué le seguían sus soldados con esa devoción? No era porque fuera un comandante fácil. Era exigente, meticuloso, intolerante con los errores evitables. Pero había algo fundamental. Sus hombres sabían que él nunca los usaba como carne de cañón, que cada operación estaba pensada para maximizar el resultado y minimizar las bajas propias.

que Tagüña no mandaba a sus soldados a morir por gestos heroicos inútiles. Los mandaba a morir solo cuando era absolutamente necesario. Y esa diferencia en la guerra lo es todo. Para finales de 1937, con apenas 24 años, Tagüeña comanda un cuerpo de ejército. Miles de hombres bajo su mando directo.

Responsabilidad sobre sectores enteros del frente. Los generales soviéticos que asesoran al ejército republicano, hombres curtidos en la revolución y en las purgas de Stalin, hablan de él con respeto, algunos con algo parecido a la admiración. Y Franco empieza a escuchar ese nombre. Tagüeña. Tagüeña. Tagüeña. Cada vez que hay un problema en el frente republicano que debería haberse convertido en una victoria franquista y no lo hace.

El nombre de Tagüeña aparece en los informes de inteligencia. Cada vez que una ofensiva que debería haber roto las líneas republicanas se detiene inesperadamente, los análisis apuntan en la misma dirección. Hay un joven general en el otro lado que sabe exactamente lo que está haciendo. Franco no es un hombre que admite fácilmente la competencia del enemigo.

Su ego no lo permite, pero es también un superviviente nato, un hombre que ha llegado a donde está porque sabe leer la realidad aunque no le guste. Y la realidad que le reportan sus generales es incómoda. El ejército republicano tiene un problema, un solo problema que vale por todos los demás. Se llama Tagüeña.

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