Posted in

GIRÓN DE VELASCO: el ministro que asustaba a empresarios y aplaudían trabajadores

El hambre no era una metáfora en aquella España, era una realidad cotidiana. silenciosa y sistemática que se llevaba a los niños pequeños y dejaba a los adultos envejecidos antes de tiempo. El joven Girón ve todo esto, lo respira, lo lleva en el cuerpo como se llevan las cosas que te marcan antes de que tengas palabras para describirlas.

Y cuando llega a la edad en que los jóvenes buscan respuestas, cuando empieza a preguntarse por qué el mundo es como es y si puede ser de otra manera, encuentra una organización que le ofrece exactamente lo que busca, la falange española. Y aquí hay que parar un momento, porque esto es crucial para entender todo lo que viene después.

La falange de los años 30 no era exactamente lo que muchos imaginamos cuando escuchamos esa palabra hoy. No era todavía el aparato burocrático y represivo en que se convertiría después de la guerra. Era un movimiento joven, contradictorio, mezclado, que tomaba ideas de aquí y de allá con la inconsistencia característica de los movimientos que aún no han llegado al poder.

Tenía elementos claramente fascistas, sí, pero también tenía un discurso de justicia social. que hablaba directamente a gente como Girón, gente que había visto la miseria de cerca y buscaba una explicación y una solución que no fuera ni el liberalismo de los ricos ni el comunismo de los soviéticos. José Antonio I de Rivera, el fundador de la Falange, hablaba de un estado que pusiera fin a la lucha de clases, no a través de la revolución marxista, sino a través de la integración corporativa, el capital y el trabajo unidos bajo la autoridad del Estado. Una España donde

el obrero tuviera derechos, donde la propiedad estuviera limitada por la función social, donde la justicia no fuera un privilegio de los que podían pagársela. Era una utopía, era una utopía peligrosa, mezclada con nacionalismo exacerbado y con una violencia que la haría cómplice de crímenes terribles. Pero era una utopía que a un joven extremeño que había visto a campesinos morir de hambre mientras los señoritos cazaban en sus fincas le sonaba a verdad.

Girón se hace falangista, se hace con la convicción total de los jóvenes que creen haber encontrado la respuesta definitiva. Y cuando estalla la guerra civil en 1936, toma partido por Franco sin dudar, pero hay algo en él que no encaja del todo con el molde. La guerra civil española fue muchas guerras al mismo tiempo. Fue una guerra de clases.

Fue una guerra ideológica. Fue una guerra entre el campo y la ciudad, entre la tradición y la modernidad, entre el pasado y un futuro que nunca llegó a nacer. Pero también fue para muchos de los que la vivieron una guerra que los cambió de maneras que no habían previsto. A Girón la guerra lo forja como soldado. Combate en varios frentes, asciende, demuestra valentía, capacidad de mando, esa cualidad indefinible que hace que los hombres te sigan en situaciones extremas.

Cuando Franco gana en 1939, Girón tiene 28 años, un historial militar respetable y una carrera política por delante que muchos envidiarían. Pero el joven vencedor hace algo inesperado. Cuando otros buscan los puestos más glamurosos del nuevo régimen, los ministerios de asuntos exteriores, de gobernación, de los grandes negocios del estado, Girón pide el Ministerio de Trabajo.

trabajo, el Ministerio de los Obreros, el ministerio que tenía que gestionar a los perdedores de la guerra, a esa clase trabajadora que en su mayoría había estado del otro lado de las trinceras, que había descendido a la República con sus vidas y que ahora vivía bajo la bota de quienes habían ganado.

¿Por qué? ¿Qué le mueve exactamente? La respuesta oficial, la que él mismo daría en sus memorias años después, es ideológica. Él es un falangista que creen en nacional sindicalismo, en un estado obrero que supere la lucha de clases integrando a los trabajadores en el proyecto nacional. El Ministerio de Trabajo es el lugar desde donde construir ese proyecto.

Pero hay algo más, algo que los historiadores que han estudiado sus papeles personales mencionan con cuidado. Girón no olvida Extremadura, no olvida los jornaleros de su infancia, no olvida las caras de los hombres que vio trabajar de sol a sol por salarios que no alcanzaban para nada. Y aunque este recuerdo no lo convierte en un revolucionario, aunque no lo saca nunca del marco ideológico en que se ha instalado, sí lo convierte en algo que en aquel gobierno era extraordinariamente raro.

Un ministro que tiene información real sobre cómo vive la gente real. En 1941, Franco lo nombra ministro de trabajo. Es el hombre más joven del gabinete. Tiene 29 años y desde el primer día hace algo que descoloca a todo el mundo a su alrededor. pide los informes reales, no los informes oficiales, esos documentos pulidos y reconfortantes que los funcionarios preparaban para que los ministros pudieran dormir tranquilos sin saber lo que pasaba realmente en el país.

Los informes reales, los que describían sin adornos las condiciones de trabajo en las minas asturianas, donde los hombres morían de silicosis a los 40 años. Los que contabilizaban la tuberculosis en los barrios obreros de Barcelona y Bilbao, donde familias enteras vivían acinadas en habitaciones sin ventilación, los que documentaban los accidentes laborales que las empresas registraban como descuidos del trabajador para no pagar compensación alguna.

Girón lee todo eso, lo lee y lo procesa, y lo que hace a continuación va a cambiar para siempre la historia social de España, aunque nadie, entonces ni ahora, quiera reconocerlo del todo, porque reconocerlo supone admitir una verdad incómoda, que algunos de los pilares del Estado del Bienestar español, esas protecciones sociales que hoy consideramos conquistas democráticas, fueron construidos ladrillo a ladrillo dentro de la dictadura, por un ministro falangista, por un hombre que votó a Franco, que defendió a Franco, que nunca renegó de

Franco. La historia, como siempre, se niega a ser sencilla y la de Girón de Velasco apenas acaba de empezar. Hay un decreto que nadie recuerda, un papel firmado en Madrid en 1942 que hoy duerme en algún archivo del Ministerio de Trabajo, sin que nadie lo cite en los discursos del primero de mayo, sin que nadie lo mencione cuando se habla de los derechos laborales en España, sin que aparezca en los libros de texto que estudian los niños españoles.

Un decreto que si hubiera sido firmado en Francia o en Suecia estaría en los museos. que si lo hubiera firmado un ministro socialista en una democracia, tendría una calle con su nombre en cada ciudad del país. Lo firmó Girón de Velasco y establecía algo que en la España de 1942 sonaba directamente a locura, el derecho de todos los trabajadores españoles a 15 días de vacaciones pagadas al año.

Para entender lo que eso significaba, hay que entender lo que era España en 1942. Han pasado solo tres años desde el final de la Guerra Civil. El país está en ruinas, literalmente. La producción industrial ha caído a niveles que no se veían desde el siglo XIX. El racionamiento de alimentos es obligatorio. Hay cartillas de racionamiento para el pan, para el aceite, para el azúcar.

En algunas provincias la gente está pasando hambre de verdad, no el hambre metafórica de los discursos políticos, sino el hambre física concreta, que te encoge el estómago y te quita el sueño. En ese contexto, un empresario español de 1942 tiene una relación con sus trabajadores que se parece mucho más a la del siglo XIX que a la del siglo XX.

Read More