El hambre no era una metáfora en aquella España, era una realidad cotidiana. silenciosa y sistemática que se llevaba a los niños pequeños y dejaba a los adultos envejecidos antes de tiempo. El joven Girón ve todo esto, lo respira, lo lleva en el cuerpo como se llevan las cosas que te marcan antes de que tengas palabras para describirlas.
Y cuando llega a la edad en que los jóvenes buscan respuestas, cuando empieza a preguntarse por qué el mundo es como es y si puede ser de otra manera, encuentra una organización que le ofrece exactamente lo que busca, la falange española. Y aquí hay que parar un momento, porque esto es crucial para entender todo lo que viene después.
La falange de los años 30 no era exactamente lo que muchos imaginamos cuando escuchamos esa palabra hoy. No era todavía el aparato burocrático y represivo en que se convertiría después de la guerra. Era un movimiento joven, contradictorio, mezclado, que tomaba ideas de aquí y de allá con la inconsistencia característica de los movimientos que aún no han llegado al poder.
Tenía elementos claramente fascistas, sí, pero también tenía un discurso de justicia social. que hablaba directamente a gente como Girón, gente que había visto la miseria de cerca y buscaba una explicación y una solución que no fuera ni el liberalismo de los ricos ni el comunismo de los soviéticos. José Antonio I de Rivera, el fundador de la Falange, hablaba de un estado que pusiera fin a la lucha de clases, no a través de la revolución marxista, sino a través de la integración corporativa, el capital y el trabajo unidos bajo la autoridad del Estado. Una España donde
el obrero tuviera derechos, donde la propiedad estuviera limitada por la función social, donde la justicia no fuera un privilegio de los que podían pagársela. Era una utopía, era una utopía peligrosa, mezclada con nacionalismo exacerbado y con una violencia que la haría cómplice de crímenes terribles. Pero era una utopía que a un joven extremeño que había visto a campesinos morir de hambre mientras los señoritos cazaban en sus fincas le sonaba a verdad.
Girón se hace falangista, se hace con la convicción total de los jóvenes que creen haber encontrado la respuesta definitiva. Y cuando estalla la guerra civil en 1936, toma partido por Franco sin dudar, pero hay algo en él que no encaja del todo con el molde. La guerra civil española fue muchas guerras al mismo tiempo. Fue una guerra de clases.
Fue una guerra ideológica. Fue una guerra entre el campo y la ciudad, entre la tradición y la modernidad, entre el pasado y un futuro que nunca llegó a nacer. Pero también fue para muchos de los que la vivieron una guerra que los cambió de maneras que no habían previsto. A Girón la guerra lo forja como soldado. Combate en varios frentes, asciende, demuestra valentía, capacidad de mando, esa cualidad indefinible que hace que los hombres te sigan en situaciones extremas.
Cuando Franco gana en 1939, Girón tiene 28 años, un historial militar respetable y una carrera política por delante que muchos envidiarían. Pero el joven vencedor hace algo inesperado. Cuando otros buscan los puestos más glamurosos del nuevo régimen, los ministerios de asuntos exteriores, de gobernación, de los grandes negocios del estado, Girón pide el Ministerio de Trabajo.

trabajo, el Ministerio de los Obreros, el ministerio que tenía que gestionar a los perdedores de la guerra, a esa clase trabajadora que en su mayoría había estado del otro lado de las trinceras, que había descendido a la República con sus vidas y que ahora vivía bajo la bota de quienes habían ganado.
¿Por qué? ¿Qué le mueve exactamente? La respuesta oficial, la que él mismo daría en sus memorias años después, es ideológica. Él es un falangista que creen en nacional sindicalismo, en un estado obrero que supere la lucha de clases integrando a los trabajadores en el proyecto nacional. El Ministerio de Trabajo es el lugar desde donde construir ese proyecto.
Pero hay algo más, algo que los historiadores que han estudiado sus papeles personales mencionan con cuidado. Girón no olvida Extremadura, no olvida los jornaleros de su infancia, no olvida las caras de los hombres que vio trabajar de sol a sol por salarios que no alcanzaban para nada. Y aunque este recuerdo no lo convierte en un revolucionario, aunque no lo saca nunca del marco ideológico en que se ha instalado, sí lo convierte en algo que en aquel gobierno era extraordinariamente raro.
Un ministro que tiene información real sobre cómo vive la gente real. En 1941, Franco lo nombra ministro de trabajo. Es el hombre más joven del gabinete. Tiene 29 años y desde el primer día hace algo que descoloca a todo el mundo a su alrededor. pide los informes reales, no los informes oficiales, esos documentos pulidos y reconfortantes que los funcionarios preparaban para que los ministros pudieran dormir tranquilos sin saber lo que pasaba realmente en el país.
Los informes reales, los que describían sin adornos las condiciones de trabajo en las minas asturianas, donde los hombres morían de silicosis a los 40 años. Los que contabilizaban la tuberculosis en los barrios obreros de Barcelona y Bilbao, donde familias enteras vivían acinadas en habitaciones sin ventilación, los que documentaban los accidentes laborales que las empresas registraban como descuidos del trabajador para no pagar compensación alguna.
Girón lee todo eso, lo lee y lo procesa, y lo que hace a continuación va a cambiar para siempre la historia social de España, aunque nadie, entonces ni ahora, quiera reconocerlo del todo, porque reconocerlo supone admitir una verdad incómoda, que algunos de los pilares del Estado del Bienestar español, esas protecciones sociales que hoy consideramos conquistas democráticas, fueron construidos ladrillo a ladrillo dentro de la dictadura, por un ministro falangista, por un hombre que votó a Franco, que defendió a Franco, que nunca renegó de
Franco. La historia, como siempre, se niega a ser sencilla y la de Girón de Velasco apenas acaba de empezar. Hay un decreto que nadie recuerda, un papel firmado en Madrid en 1942 que hoy duerme en algún archivo del Ministerio de Trabajo, sin que nadie lo cite en los discursos del primero de mayo, sin que nadie lo mencione cuando se habla de los derechos laborales en España, sin que aparezca en los libros de texto que estudian los niños españoles.
Un decreto que si hubiera sido firmado en Francia o en Suecia estaría en los museos. que si lo hubiera firmado un ministro socialista en una democracia, tendría una calle con su nombre en cada ciudad del país. Lo firmó Girón de Velasco y establecía algo que en la España de 1942 sonaba directamente a locura, el derecho de todos los trabajadores españoles a 15 días de vacaciones pagadas al año.
Para entender lo que eso significaba, hay que entender lo que era España en 1942. Han pasado solo tres años desde el final de la Guerra Civil. El país está en ruinas, literalmente. La producción industrial ha caído a niveles que no se veían desde el siglo XIX. El racionamiento de alimentos es obligatorio. Hay cartillas de racionamiento para el pan, para el aceite, para el azúcar.
En algunas provincias la gente está pasando hambre de verdad, no el hambre metafórica de los discursos políticos, sino el hambre física concreta, que te encoge el estómago y te quita el sueño. En ese contexto, un empresario español de 1942 tiene una relación con sus trabajadores que se parece mucho más a la del siglo XIX que a la del siglo XX.
El obrero trabaja, cobra lo que el dueño decide que cobra. Si enferma es su problema. Si se accidenta, es su problema. Si quiere irse de vacaciones, es su problema también. Y normalmente lo soluciona perdiendo el jornal o perdiendo el trabajo. Los sindicatos están prohibidos, las huelgas están prohibidas. La negociación colectiva en el sentido real de la palabra no existe.
Y en ese preciso momento histórico, Girón firma el decreto de vacaciones pagadas. La reacción de los empresarios es inmediata y furiosa. Los representantes de la patronal industrial, esos hombres que habían financiado el alzamiento de Franco en parte precisamente para librarse de los sindicatos y de las reivindicaciones obreras, se presentan en los despachos del ministerio con caras de tormenta.
Las reuniones son tensas. Los argumentos son siempre los mismos. Esto arruinará a las empresas. Esto hará imposible competir en los mercados internacionales. Esto es una medida soviética disfrazada de decreto español. Girón los escucha, los deja hablar y cuando terminan hace algo que ningún ministro del régimen haría nunca con ellos. Los ignora.
El decreto sale adelante, pero eso es solo el principio, porque Girón no ha terminado. Girón apenas ha empezado. En los meses siguientes vienen más medidas. La regulación de los accidentes de trabajo, que hasta entonces era una zona gris donde las empresas hacían prácticamente lo que querían. La creación del seguro obligatorio de vejez e invalidez, el SOBI, un sistema de pensiones rudimentario, pero real, por primera vez en la historia de España garantiza a los trabajadores mayores algo más que la caridad de sus hijos o
la beneficencia de la iglesia, el establecimiento de un salario mínimo interprofesional que las empresas no pueden ignorar. Cada una de estas medidas genera la misma reacción en los despachos del poder económico español. Cada una de ellas lleva a nuevas reuniones tensas, nuevas presiones, nuevas llamadas telefónicas a personas influyentes del régimen pidiendo que alguien pare a ese ministro que parece no entender para quién trabaja.
Y aquí aparece la pregunta central, la pregunta que define toda la historia de Girón de Velasco. ¿Por qué Franco lo deja hacer? Francisco Franco Baamonde era muchas cosas, pero no era estúpido. Era un hombre de inteligencia fría. calculadora, desprovista casi por completo de ideología en el sentido profundo de la palabra.
Franco no era falangista de convicción como Girón, no era monárquico de convicción como algunos de sus generales, no era un hombre de ideas, era un hombre de poder. Y el poder, Franco, lo entendía como nadie, requiere equilibrios. En 1941, cuando nombra a Girón ministro de trabajo, Franco tiene un problema que nadie menciona en voz alta.
pero que todos los que están cerca de él conocen perfectamente. El problema no es el exterior, no son los aliados, no es Hitler, no es Churchill. El problema está dentro. El problema está en las fábricas de Cataluña, en las minas de Asturias, en los campos de Andalucía. El problema está en esa clase obrera que perdió la guerra y que ahora trabaja bajo condiciones que generan un resentimiento silencioso, invisible.
pero constante y profundo, como el agua que va erosionando la roca. Los informes que llegan al pardo son claros, aunque estén redactados en el lenguaje cuidadoso que usan los funcionarios cuando le dan malas noticias al jefe. La productividad es baja, el absentismo es alto, los trabajadores hacen lo mínimo imprescindible. No hay sabotaje declarado porque el precio del sabotaje es la cárcel o algo peor.
Pero hay una resistencia pasiva, cotidiana, casi molecular que está alastrando la recuperación económica del país. Franco lo entiende perfectamente. Un trabajador que tiene algo que perder trabaja distinto a un trabajador que no tiene nada. Un trabajador que recibe vacaciones pagadas, que tiene una pensión esperándole al final, que sabe que si se accidenta alguien va a cuidar de su familia, ese trabajador tiene un vínculo con el sistema.
Por odioso que ese sistema le parezca, ese trabajador tiene algo que defender. Girón es, en la lógica fría de Franco, una inversión. Es la válvula de escape que impide que la calera explote. Es el rostro humano de un régimen que no tiene ningún otro rostro humano que mostrar. Pero lo interesante, lo verdaderamente fascinante de esta historia es que Girón lo sabe.
Girón sabe perfectamente cuál es su función en el esquema de Franco y la acepta y la utiliza. Porque dentro de esa función, dentro de ese espacio que el dictador le concede por razones puramente pragmáticas, Girirón construye cosas reales, cosas que duran, cosas que van más allá del cálculo político de Franco y que terminan siendo décadas después del tejido social de una España democrática que nunca le va a dar las gracias.
El año 1944 es quizás el más revelador de toda la etapa de Girón como ministro. Es el año en que firma la ley de contrato de trabajo, un texto que en la España franquista suena casi subversivo. La ley establece por primera vez de manera sistemática los derechos y deberes de trabajadores y empresarios. Regula el despido.
Establece las condiciones mínimas que debe cumplir cualquier contrato laboral. obliga a las empresas a justificar los despidos y a compensar económicamente a los trabajadores cuando no pueden hacerlo. Los empresarios reciben la noticia como si desubieran declarado la guerra y literalmente algunos de ellos van a usar esa metáfora.
En las reuniones privadas de las Cámaras de Comercio de Barcelona y Bilbao, en los encuentros discretos de los grandes industriales del acero y del textil, el nombre de Girón se pronuncia con una mezcla de desprecio y de algo que con el tiempo se va a parecer cada vez más al miedo. ¿Por qué Girón no se detiene? Porque cada vez que los empresarios creen que han encontrado la manera de paralizar alguna de sus iniciativas, de enterrarla en los vericuetos de la burocracia franquista, de convencer a alguien con más influencia de que
aquello es peligroso para España. Girón aparece con una nueva propuesta, con un nuevo decreto, con una nueva ley que pone otro ladrillo en ese edificio que está construyendo silenciosamente dentro de la dictadura. Y hay algo más. Algo que los documentos de la época revelan con una claridad que no deja lugar a dudas.
Girón tiene información, información real, directa, sin filtros y la consigue de una manera que ningún otro ministro del régimen habría considerado ni remotamente apropiada. En algún momento de 1945, un funcionario del Ministerio de Trabajo recibe una instrucción que lo deja sin palabras. El ministro quiere visitar fábricas, no visitas oficiales, no de esas en que avisan con dos semanas de antelación para que los dueños pinten las paredes y pongan flores en la cantina y lleven a los obreros más presentables al turno
del día en que viene el ministro. Visitas sin avisar. Visitas donde Girón aparece en la puerta de la fábrica sin más ceremonia que su propia presencia y su escolta y pide hablar con los trabajadores. Lo que ve en esas visitas lo confirma en lo que ya sabe, pero necesita ver con sus propios ojos. Entra en una fábrica textil de las afueras de Barcelona y encuentra mujeres trabajando 12 horas seguidas en naves malventiladas, donde el polvo de los tejidos flota en el aire como una niebla. Le explican que los accidentes
de las máquinas son frecuentes y que cuando ocurren el médico de la empresa firma lo que el dueño le dice que firme. Que los despidos son arbitrarios, caprichosos, a veces vengativas respuestas a una palabra mal dicha o a una mirada que el capataz interpreta como insolencia. Visita una mina en Asturias y habla con mineros que llevan décadas bajo tierra y que saben, con la certeza tranquila de quien ha aceptado su destino, que van a morir de silicosis antes de llegar a los 50.
Le hablan sin miedo porque Girón tiene una cualidad extraña en un ministro de la dictadura. Inspira de alguna manera que los testimonios de la época no terminan de explicar del todo una cierta confianza. Quizás es el acento, quizás es la manera de escuchar, quizás es simplemente que llega sin pompa, sin discursos, sin la distancia glacial que separa normalmente a los poderosos de los que no tienen poder ninguno.
Estos viajes cambian algo en Girón o quizás confirman algo que ya estaba en él desde Extremadura. Y lo que hacen sobre todo es darle argumentos, argumentos reales, concretos, con nombres y apellidos y números y fechas para las batallas que libra cada semana en los despachos del poder franquista. Porque las batallas son constantes y algunos de sus adversarios más feroces no están fuera del régimen, están dentro.
El choque más revelador, el que mejor ilustra la posición imposible que Girón ocupa dentro del franquismo, ocurre a finales de los años 40, cuando empieza a gestarse lo que será el gran viraje económico del régimen. Un grupo de ministros y asesores, muchos de ellos vinculados al Opus Day, empieza a presionar para liberalizar la economía española, para abrirla a la inversión extranjera, para sustituir el modelo autárquico y proteccionista del franquismo por algo más parecido al capitalismo occidental de posguerra.
Para ellos, Girón es un obstáculo. Un ministro anclado en un modelo corporativista que no tiene futuro, que interfiere con la lógica del mercado, que encarece la mano de obra española en un momento en que la mano de obra barata es precisamente el argumento más poderoso que tiene España para atraer inversión extranjera.
Los roces son frecuentes. Las reuniones del Consejo de Ministros se convierten a veces en escenarios de tensión apenas disimulada. Y en esas reuniones, Girón hace algo que sus adversarios no esperaban. Lleva datos, lleva los informes de sus visitas a las fábricas, lleva las estadísticas de accidentes laborales, lleva los números de la mortalidad infantil en los barrios obreros comparados con los varios burgueses de las mismas ciudades y los pone sobre la mesa con una tranquilidad que irrita precisamente porque no admite respuesta fácil. ¿Cómo
rebates un número? ¿Cómo le dices que está equivocado a un ministro que te muestra que en los barrios obreros de Bilbao los niños menores de 5 años mueren a una tasa tres veces superior a la de los niños de las familias acomodadas? No puedes, puedes ignorarlo, puedes cambiar de tema, puedes buscar la manera de quitarle influencia, de recortar su presupuesto, de convencer a Franco de que ese ministro está yendo demasiado lejos, pero no puedes rebatir el número.
Y mientras tanto, en las fábricas y en las minas y en los campos, algo empieza a pasar que nadie esperaba. Los trabajadores españoles, esos trabajadores que no tienen voz, que no tienen sindicato, que no tienen partido político que los represente, que no tienen absolutamente ningún mecanismo formal para expresar lo que piensan de las personas que gobiernan sus vidas, empiezan a hablar de Girón de una manera particular.
No lo llaman camarada, no lo llaman compañero, lo llaman simplemente el ministro. Como si en todo el gobierno de Franco no hubiera más que uno, como si todos los demás fueran de corazón y él fuera lo único real. y en los bares de los barrios obreros, en las cocinas donde las familias comen con lo que hay, en los vestuarios de las fábricas donde los hombres se cambian antes del turno de mañana, corre una historia, una historia que probablemente tiene algo de leyenda, que se ha ido adornando con los años como se adornan
todas las historias que la gente necesita creer, pero que en su núcleo contiene algo verdadero. Cuentan que una vez, en una de sus visitas sin avisar, Girón entró en la cantina de una fábrica y pidió el mismo menú que comían los obreros, que se sentó en los mismos bancos de madera sin pintar, que comió el mismo potaje aguado y que cuando el dueño de la fábrica, avisado a toda prisa, llegó corriendo con una bandeja de comida mejor y una botella de vino para el señor ministro.
Girón lo miró y dijo en voz baja, pero alta suficiente para que lo oyeran todos los que estaban en la cantina. Esto es lo que comen sus trabajadores todos los días. A mí me parece suficiente. ¿Verdad o leyenda? Esa historia dice algo sobre lo que Girón representaba para una clase obrera que en la España de Franco no tenía casi nada.
representaba la posibilidad remota, improbable, casi milagrosa de que alguien con poder supiera lo que era no tenerlo. Y eso en aquella España valía más que cualquier decreto. Hay una fecha que Girón de Velasco recordaría el resto de su vida con una mezcla de rabia y de algo parecido a la náusea.
Una fecha que marcó el momento exacto en que comprendió que la batalla que había estado librando durante casi dos décadas dentro del franquismo estaba a punto de cambiar de naturaleza de una manera que no podía controlar ni detener. El año es 1957, el mes febrero. Franco reorganiza su gobierno. Es una de esas remodelaciones que el dictador hace cada cierto tiempo con la frialdad de quien mueve piezas en un tablero, sin más sentimiento que el cálculo puro.
Salen algunos nombres, entran otros y los que entran esta vez son diferentes a todo lo que ha habido antes en los despachos del poder franquista. Son hombres jóvenes, bien vestidos, con títulos universitarios que brillan en la oscuridad de un gobierno lleno de militares y falangistas envejecidos. Hablan inglés, conocen los mercados internacionales, han estudiado economía en universidades extranjeras o se han formado en los círculos del Opus Day.
Esa organización discreta y eficientísima que lleva años colocando a sus hombres en los puntos estratégicos de la España franquista, como quien siembra un campo con paciencia infinita. Se llaman Ullastres, Navarro Rubio, López Rodó y tienen un plan. El plan se va a llamar plan de estabilización de 1959, aunque sus preparativos empiezan dos años antes, desde el momento mismo en que estos hombres entran en el gobierno.
Es un plan de modernización económica, de apertura al exterior, de abandono del modelo autárquico que Franco había defendido con obstinación durante 20 años. Es, en muchos sentidos, el inicio de la España moderna, el inicio del desarrollo económico que va a transformar el país en las décadas siguientes. Y es al mismo tiempo la sentencia de muerte política de todo lo que Girirón había construido.
Porque el modelo que los tecnócratas del Opus traen consigo descansa sobre una premisa que choca frontalmente con cada decreto, cada ley, cada medida que Girón ha firmado durante 16 años. Para atraer inversión extranjera, para competir en los mercados internacionales, para modernizar la economía española, necesitan mano de obra barata, lo más barata posible.
Y la mano de obra española, gracias en buena medida a las políticas de Girón, ya no es tan barata como les gustaría. Los nuevos ministros no dicen esto en público, no lo pueden decir, pero en los documentos internos, en las memorias y en los informes que circulan entre los técnicos del gobierno, el argumento aparece con una claridad que hoy resulta escalofiante.
Las cargas sociales que soportan las empresas españolas, los costes derivados de las vacaciones pagadas, del seguro de vejez, de la regulación de los despidos, de todos esos mecanismos que Girirón ha construido ladrillo a ladrillo durante casi dos décadas. Son un lastre para la competitividad, son un obstáculo para el desarrollo. Girón, que ha pasado su vida política enfrentándose a los empresarios que le decían exactamente lo mismo, se encuentra de repente con que esos mismos argumentos vienen ahora desde dentro del gobierno, desde compañeros de gabinete,
desde hombres que Franco escucha con una atención que nunca tuvo para los lamentos de los industriales catalanes. Y algo más, algo que Girón entiende con la lucidez fría de quien lleva años navegando en aguas turbias. Estos hombres son más inteligentes que los empresarios a los que se ha enfrentado hasta ahora.
Son más peligrosos porque no atacan sus medidas directamente. No piden que se deroguen las vacaciones pagadas ni que se elimine el seguro de vejez, porque eso levantaría una tormenta política que nadie quiere. Lo que hacen es más sutil y más eficaz. Las vacían de contenido, las dejan como decorado, las convierten en papel mojado mientras construyen a su alrededor un sistema económico que hace exactamente lo contrario de lo que Girón había intentado hacer.
El resultado más brutal de este proceso tiene un nombre que la historia oficial ha preferido no pronunciar demasiado, la emigración. Porque el modelo de desarrollo que los tecnócratas del Opus ponen en marcha en los años 60 necesita trabajadores baratos, pero no necesita todos los trabajadores que tiene España.
El campo español se está vaciando a una velocidad que no tiene precedentes en la historia del país. Los tractores y las máquinas están haciendo el trabajo que antes hacían 200 jornaleros. Y esos jornaleros, esos hombres y mujeres que durante siglos han trabajado la tierra de Extremadura, de Andalucía, de Murcia, no tienen a dónde ir dentro de España.
Van a Alemania, van a Francia, van a Suiza, van a Bélgica, van en trenes nocturnos con una maleta de cartón y 50 pesetas en el bolsillo, sin hablar el idioma, sin conocer a nadie, a trabajar en fábricas y en minas y en obras en condiciones que a veces son mejores que las españolas y a veces no lo son tanto.
Hay más de un millón de españoles que emigran en esa década. Más de un millón de personas que el modelo económico del desarrollismo franquista simplemente expulsa del país porque no los necesita. Girón ve todo esto y lo que escribe en sus diarios privados de esos años, documentos que sus biógrafos han citado con cuidado, pero que existen y son elocuentes.
Revela una furia que contrasta con la imagen pública de ministro leal y disciplinado que sigue manteniendo en los actos oficiales. Escribe sobre los emigrantes como sobre una herida abierta. Escribe que un estado que expulsa a su propia gente ha fracasado en su obligación más básica. Escribe en una frase que sus biógrafos citan con frecuencia que prefiere una España pobre con todos sus hijos dentro a una España rica que necesita vaciar sus pueblos para llenarse de turistas extranjeros.
Es una frase que suena demagógica si la sacas de contexto. Pero en el contexto de lo que está pasando en la España de los años 60, en el contexto de los pueblos del interior que se están quedando sin jóvenes, sin futuro, sin vida, tiene una resonancia que va más allá de la política. tiene la resonancia de alguien que está viendo destruirse sistemáticamente y con la bendición de Franco todo lo que había intentado construir.
Mata a Hari en España. Girón de Velasco. Capítulo 7. Hay una fecha que Girón de Velasco recordaría el resto de su vida con una mezcla de rabia y de algo parecido a la náusea. Una fecha que marcó el momento exacto en que comprendió que la batalla que había estado librando durante casi dos décadas dentro del franquismo estaba a punto de cambiar de naturaleza de una manera que no podía controlar ni detener.
El año es 1957. El mes febrero, Franco reorganiza su gobierno. Es una de esas remodelaciones que el dictador hace cada cierto tiempo con la frialdad de quien mueve piezas en un tablero, sin más sentimiento que el cálculo puro. Salen algunos nombres, entran otros y los que entran esta vez son diferentes a todo lo que ha habido antes en los despachos del poder franquista.
Son hombres jóvenes, bien vestidos, con títulos universitarios que brillan en la oscuridad de un gobierno lleno de militares y falangistas envejecidos. Hablan inglés, conocen los mercados internacionales, han estudiado economía en universidades extranjeras o se han formado en los círculos del Opus Day.
esa organización discreta y eficientísima que lleva años colocando a sus hombres en los puntos estratégicos de la España franquista como quien siembra un campo con paciencia infinita. Se llaman Ullastres, Navarro Rubio, López Rodó y tienen un plan. El plan se va a llamar plan de estabilización de 1959, aunque sus preparativos empiezan dos años antes, desde el momento mismo en que estos hombres entran en el gobierno.
Es un plan de modernización económica, de apertura al exterior, de abandono del modelo autárquico que Franco había defendido con obstinación durante 20 años. Es, en muchos sentidos, el inicio de la España moderna, el inicio del desarrollo económico que va a transformar el país en las décadas siguientes. Y es, al mismo tiempo la sentencia de muerte política de todo lo que Girón había construido.
Porque el modelo que los tecnócratas del Opus traen consigo descansa sobre una premisa que choca frontalmente con cada decreto, cada ley, cada medida que Girón ha firmado durante 16 años. Para atraer inversión extranjera, para competir en los mercados internacionales, para modernizar la economía española, necesitan mano de obra barata, lo más barata posible.
Y la mano de obra española, gracias en buena medida a las políticas de Girón, ya no es tan barata como les gustaría. Los nuevos ministros no dicen esto en público, no lo pueden decir, pero en los documentos internos, en las memorias y en los informes que circulan entre los técnicos del gobierno, el argumento aparece con una claridad que hoy resulta escalofriante.
Las cargas sociales que soportan las empresas españolas, los costes derivados de las vacaciones pagadas, del seguro de vejez, de la regulación de los despidos, de todos esos mecanismos que Girón ha construido ladrillo a ladrillo durante casi dos décadas, son un lastre para la competitividad, son un obstáculo para el desarrollo.
Girón, que ha pasado su vida política enfrentándose a los empresarios que le decían exactamente lo mismo, se encuentra de repente con que esos mismos argumentos vienen ahora desde dentro del gobierno, desde compañeros de gabinete, desde hombres que flanco escucha con una atención que nunca tuvo para los lamentos de los industriales catalanes.
Y algo más, algo que Girón entiende con la lucidez fría de quien lleva años navegando en aguas turbias. Estos hombres son más inteligentes que los empresarios a los que se ha enfrentado hasta ahora. Son más peligrosos porque no atacan sus medidas directamente. No piden que se deroguen las vacaciones pagadas ni que se elimine el seguro de vejez, porque eso levantaría una tormenta política que nadie quiere.
Lo que hacen es más sutil y más eficaz. Las vacían de contenido, las dejan como decorado, las convierten en papel mojado mientras construyen a su alrededor un sistema económico que hace exactamente lo contrario de lo que Girón había intentado hacer. El resultado más brutal de este proceso tiene un nombre que la historia oficial ha preferido no pronunciar demasiado, la inmigración.
Porque el modelo de desarrollo que los tecnócratas de LOPUS ponen en marcha en los años 60 necesita trabajadores baratos, pero no necesita todos los trabajadores que tiene España. El campo español se está vaciando a una velocidad que no tiene precedentes en la historia del país. Los tractores y las máquinas están haciendo el trabajo que antes hacían 200 jornaleros.
Y esos jornaleros, esos hombres y mujeres que durante siglos han trabajado la tierra de Extremadura, de Andalucía, de Murcia, no tienen a dónde ir dentro de España. Van a Alemania, van a Francia, van a Suiza, van a Bélgica, van en trenes nocturnos con una maleta de cartón y 50 pesetas en el bolsillo, sin hablar el idioma, sin conocer a nadie, a trabajar en fábricas y en minas y en obras, en condiciones que a veces son mejores que las españolas y a veces no lo son tanto.
Hay más de un millón de españoles que emigran en esa década. Más de un millón de personas que el modelo económico del desarrollismo franquista simplemente expulsa del país porque no los necesita. Girón ve todo esto y lo que escribe en sus diarios privados de esos años, documentos que sus biógrafos han citado con cuidado, pero que existen y son elocuentes.
Revela una furia que contrasta con la imagen pública de ministro leal y disciplinado que sigue manteniendo en los actos oficiales. Escribe sobre los emigrantes como sobre una herida abierta. Escribe que un estado que expulsa a su propia gente ha fracasado en su obligación más básica. Escribe en una frase que sus biógrafos citan con frecuencia.
¿Qué prefiere una España pobre con todos sus hijos dentro? A una España rica que necesita vaciar sus pueblos para llenarse de turistas extranjeros. Es una frase que suena demagógica si la sacas de contexto, pero en el contexto de lo que está pasando en la España de los años 60, en el contexto de los pueblos del interior que se están quedando sin jóvenes, sin futuro, sin vida, tiene una resonancia que va más allá de la política.
tiene la resonancia de alguien que está viendo destruirse sistemáticamente y con la bendición de Franco todo lo que había intentado construir. Capítulo 8. Existe un documento que muy poca gente conoce. Está en el Archivo General de la Administración en Alcalá de Enares. Es una carta, una carta fechada en noviembre de 1958, firmada por los representantes de las principales organizaciones empresariales de Cataluña, El País Vasco y Madrid.
va dirigida directamente al jefe del estado, Francisco Franco, y su contenido, cuando lo lees hoy, casi 60 años después, te deja sin palabras. La carta pide con toda la educación y los circunloquios propios de quienes escriben al hombre más poderoso del país, la destitución de José Antonio Girón de Velasco como ministro de trabajo.
No es la primera vez que los empresarios españoles intentan algo así. Durante 16 años han presionado de mil maneras distintas para limitar la influencia de Girón, para recortar sus presupuestos, para convencer a Franco de que su ministro de trabajo está yendo demasiado lejos. Pero esta carta es diferente.
Esta carta es un documento formal colectivo, firmado por nombres que representan una parte sustancial del poder económico de la España de la época. Es una declaración de derra. Los argumentos que contiene son una mezcla fascinante de economía y política. Por un lado, el argumento técnico de siempre.
Las cargas sociales que Girona impuesto a las empresas están dañando la competitividad española, están desincentivando la inversión, están poniendo en peligro el crecimiento económico que el país necesita con urgencia. Por otro lado, un argumento nuevo, más político, más peligroso. Las políticas de Girón están creando expectativas en la clase obrera española que el sistema no puede satisfacer a largo plazo.
Están generando una conciencia de derechos que, en un momento de apertura económica y de mayor contacto con el exterior podría convertirse en un problema político serio. Este segundo argumento es el más revelador, porque lo que los empresarios están diciendo, sin decirlo exactamente, es que Girón ha hecho algo que un ministro de la dictadura no debería haber hecho jamás.
Ha enseñado a los trabajadores españoles que tienen derechos y ahora esos trabajadores lo reivindican. Y aquí viene el dato más impactante de toda esta historia, el dato que cambia completamente la perspectiva desde la que hay que ver todo lo demás. Mientras los empresarios escriben esa carta pidiendo la cabeza de Girón, desde las fábricas y los talleres de media España llega al ministerio otro tipo de comunicaciones.
No son cartas formales, no tienen membrete ni firma oficial, son notas manuscritas, peticiones colectivas firmadas por decenas o cientos de trabajadores, mensajes enviados a través de los canales sindicales del régimen. ese sindicalismo vertical oficial que se supone que no debe servir para nada más que para transmitir las consignas del gobierno hacia abajo, pero que en este caso está funcionando al revés, transmitiendo algo desde abajo hacia arriba.
Los trabajadores piden que Girón se quede en un país donde la expresión política está completamente prohibida, donde un obrero que habla de más puede terminar en la cárcel o en el paro. Miles de trabajadores españoles encuentran la manera de hacer llegar al gobierno su apoyo a un ministro. Lo hacen a través de las únicas vías que tienen disponibles.

Lo hacen con el lenguaje del sistema, el único lenguaje que el sistema no puede perseguir y lo hacen de manera masiva. Los historiadores que han estudiado este periodo hablan de decenas de miles de firmas recogidas en todo el país. hablan de reuniones en los locales del sindicato vertical donde los trabajadores discuten abiertamente la posibilidad de perder a su ministro con una libertad que no tienen para hablar de ninguna otra cosa.
Hablan de un nivel de movilización espontánea que en la España de finales de los 50 no tiene ningún precedente y que pilla completamente por sorpresa a las autoridades del régimen porque nadie esperaba esto. Los aparatos de control del franquismo estaban preparados para detectar y reprimir la oposición política, la actividad sindical clandestina, las reuniones secretas de comunistas y socialistas.
No estaban preparados para gestionar algo completamente distinto. Trabajadores que usaban las estructuras del propio régimen para defender a un ministro del mismo régimen. Franco recibe en el Pardo un informe detallado sobre esta situación. El informe elaborado por los servicios de información del gobierno describe con una mezcla de perplejidad y de alarma lo que está pasando y concluye con una frase que sus redactores escriben con toda la cautela burocrática del mundo, pero que en el fondo es una admisión extraordinaria.
La figura del ministro Girón goza de un nivel de apoyo popular entre la clase obrera española que no tiene equivalente en ningún otro miembro del gobierno. Franco lee el informe, lo piensa y toma una decisión que dice más sobre su manera de gobernar que cualquier discurso o declaración pública. No destituye a Girón.
Todavía no, pero tampoco frena a los tecnócratas de Opus. Deja que los dos modelos coexistan en tensión durante su gobierno durante unos años más, con la habilidad característica de quien ha sobrevivido 30 años en el poder, precisamente porque nunca pone todos los huevos en la misma cesta. Es un equilibrio imposible y todos lo saben, incluyendo Girón.
Pero lo que nadie sabe todavía, lo que está a punto de ocurrir y que va a resultar el episodio más dramático y más revelador de toda la historia de este ministro, está relacionado con algo que Girón guarda celosamente en sus archivos privados, algo que los empresarios que firmaron aquella carta nunca imaginaron que podría existir, algo que cuando salga a la luz va a poner patas arriba todo lo que se creía saber sobre el poder real dentro del franquismo.
Capítulo 9. En 1962 ocurre algo que la historia oficial del franquismo preferiría haber borrado del mapa. Algo que los libros de texto no cuentan, que las enciclopedias mencionan de pasada, si es que lo mencionan, que la memoria colectiva de España ha enterrado bajo décadas de silencio con una eficacia que roza lo perfecto.
Ocurre en Asturias y cambia todo. En abril de ese año, los mineros asturianos se declaran en huelga. No es la primera vez que hay conflictividad laboral en las minas desde el final de la guerra civil. Ha habido paros esporádicos, protestas locales, pequeños brotes de resistencia que el régimen ha aplastado con rapidez y con brutalidad.
Pero lo que ocurre en 1962 es diferente en escala y en naturaleza. Es una huelga masiva. Son 30,000 mineros que dejan de trabajar en las cuencas del nalón y del caudal. 30,000 hombres que se plantan en la superficie y dicen que no bajan hasta que las condiciones cambien. Y en cuestión de semanas la huelga se extiende, llega al País Vasco, llega a Cataluña, llega a Madrid.
En total, en el momento de máxima extensión del conflicto, hay más de 100,000 trabajadores en huelga en toda España. Es la mayor movilización laboral que ha visto el país desde el final de la guerra civil. Es un terremoto. El régimen responde como sa de responder. Hay detenciones, hay despidos masivos, hay estado de excepción en Asturias y en otras provincias.
Los aparatos represivos del franquismo se ponen en marcha con la maquinaria bien engrasada de quien lleva 25 años haciendo exactamente lo mismo. Pero algo falla. Algo falla porque esta vez las huelgas no cedenadores aguantan. Esta vez hay una resistencia que las autoridades no esperaban y que no saben muy bien cómo gestionar.
Y una parte de la explicación, solo una parte. Pero una parte real e importante tiene que ver con algo que Girón había construido durante dos décadas sin que nadie terminara de entender del todo para qué servía. Los trabajadores en huelga conocen sus derechos. Los conocen porque alguien se los había explicado, porque alguien se había tomado la molestia de codificarlos en leyes y decretos y reglamentos que los propios trabajadores podían leer y citar.
Saben que tienen derecho a unas condiciones mínimas de trabajo. Saben que los despidos necesitan justificación. Saben que existen mecanismos, aunque sean los mecanismos deformados del sindicalismo vertical franquista, para plantear reclamaciones. Ese conocimiento no detiene la represión. Nada detiene la represión en la España de Franco, pero sí cambia la naturaleza del conflicto, lo hace más articulado, más difícil de deslegitimar, más visible para los observadores internacionales que están siguiendo lo que pasa en
España con una atención creciente. Y en ese momento de crisis, cuando el gobierno está intentando gestionar la mayor oleada de conflictividad laboral desde la posguerra, ocurre algo que ningún documento oficial recoge, pero que varias fuentes de la época mencionan con suficiente consistencia como para tomarlo en serio.
Girón pide audiencia con Franco. La reunión, según estas fuentes, dura casi dos horas. Una eternidad para alguien que conoce los ritmos del pardo y sabe que Franco despacha normalmente a sus ministros en 20 minutos. Lo que se dice en esa reunión no ha quedado registrado en ningún acta oficial, pero lo que se sabe es lo que ocurre después.
Franco da instrucciones para que se inicien negociaciones reales con los representantes de los trabajadores. Negociaciones que incluyen subidas salariales concretas, mejoras en las condiciones de seguridad de las minas, compromisos sobre los plazos de aplicación de medidas que llevaban años prometidas y aplazadas.
No es una capitulación del régimen, no es nada que se parezca remotamente a un reconocimiento de los derechos sindicales, pero es una negociación. Y en la España de Franco, que el gobierno negocie en lugar de simplemente reprimir es en sí mismo un hecho sin precedentes. Los tecnócratas del Opus están furiosos.
Para ellos, ceder a la presión de los huelguistas es exactamente lo que no hay que hacer si quieres construir una economía moderna y estable. Ceder incentiva nuevas huelgas. Ceder manda el mensaje equivocado al capital extranjero que están intentando atraer. Ceder, en resumen, es un error histórico, pero Girón piensa exactamente lo contrario y tiene los argumentos para demostrarlo.
En sus memorias escritas muchos años después, cuando ya no tiene nada que perder, Girón describe su posición en la crisis de 1962 con una claridad que contrasta con el lenguaje cuidadoso que usó durante toda su vida política. Escribe que un estado que solo sabe responder a las demandas de sus trabajadores con porras y detenciones es un estado que ha perdido ya la mitad de la batalla.
que la estabilidad social no se compra con represión, sino con justicia o al menos con algo que se le parezca lo suficiente. Que los empresarios que aplaudían la represión de 1962 estaban poniendo la semilla de los conflictos de los años 70 y 80, conflictos que iban a costarles mucho más que las concesiones salariales que ahora rechazaban.
Era una profecía y era exactamente correcta. Pero lo más impactante de 1962, el dato que deja sin palabras cuando lo encuentras en los archivos y lo pones en contexto, no es la vuelva en sí, no es la negociación, no es la derrota táctica de los tecnócratas del Opus en ese momento concreto. Es lo que aparece en los informes de los servicios de inteligencia del régimen sobre el estado de ánimo de los trabajadores en huelga.
En esos informes que están redactados por funcionarios del aparato represivo del franquismo, gente que no tiene ningún interés en hacer un favor a Girón ni en idealizarlo, aparece una y otra vez la misma observación. Los trabajadores en huelga distinguen claramente entre el régimen que los reprime y el ministro de trabajo que lleva años intentando hacer algo por ellos.
En las conversaciones que los confidentes del gobierno recogen en los bares y en los vestuarios de las fábricas y en las colas de los economío de quien ha aprendido a no esperar nada. Pero de Girón hablan de otra manera. Lo llaman el único. El único que entiende, el único que ha intentado hacer algo real.
En un informe particularmente revelador, un confidente describe una conversación en un bar de mieres en el corazón de la cuenca minera asturiana, donde un grupo de mineros en huelga discute la situación. Uno de ellos dice algo que el Concidente transcribe textualmente porque no sabe muy bien cómo clasificarlo. No sabe si es subversivo o leal o simplemente extraño.
Dice, “Si Girón fuera el ministro de verdad de todo, no estaríamos aquí.” Es la frase más elocuente de toda esta historia. La frase de un minero asturiano en huelga en 1962 en la España de Franco, que resume en 12 palabras 20 años de paradoja política. Un hombre que vive bajo una dictadura que lo oprime, que está arriesgando su trabajo y posiblemente su libertad por reclamar condiciones dignas, que tiene todos los motivos del mundo para odiar a todos y cada uno de los representantes del régimen. Hace una excepción.
hace una excepción con un nombre y un apellido y ese nombre es Girón de Velasco. Hay un tipo de olvido que no es accidental, un tipo de olvido que se construye con la misma deliberación con que se construyen los monumentos, solo que al revés. No se erige nada, se derriba, se borra, se entierra bajo capas de silencio hasta que la figura desaparece del paisaje colectivo como si nunca hubiera existido.
Eso es lo que le pasó a José Antonio Girón de Velasco después de 1975. Cuando Franco muere en noviembre de ese año, España entra en una carrera frenética hacia el futuro. La transición, ese proceso que los españoles aprenderán a escribir con mayúscula, como si fuera un nombre propio, exige un relato limpio, exige héroes y villanos reconocibles, exige que el franquismo sea un bloque monolítico de oscuridad del que España emerge hacia la luz democrática.
Y en ese relato que tiene su lógica política y su necesidad histórica, pero que simplifica hasta la deformación, no hay espacio para las contradicciones, no hay espacio para los grises, no hay espacio para un ministro falangista que construyó derechos laborales dentro de la dictadura. Los partidos de izquierda, los sindicatos que emergen de la clandestinidad, los movimientos obreros que durante décadas han luchado contra el franquismo no pueden reivindicar a Girón.
No pueden decir que algunas de las conquistas sociales que defienden fueron puestas en pie por un hombre que jamás renegó de Franco, que se definió hasta el final de su vida como falangista, que escribió en sus memorias cosas que ningún demócrata de izquierda puede suscribir. sería políticamente suicida, sería ideológicamente incoherente, sería, sobre todo demasiado complicado de explicar a una sociedad que está aprendiendo a pensar en blanco y negro después de 40 años sin poder pensar en voz alta.
Los partidos de derecha, los herederos políticos del franquismo que están tratando de reinventarse como demócratas de toda la vida, tampoco quieren saber nada de él. Girón representa exactamente el tipo de franquismo que más les incomoda, no el franquismo represivo que pueden intentar contextualizar o relativizar. El franquismo social, el franquismo que habló de justicia para los trabajadores, el franquismo que se enfrentó a los empresarios.
Ese Girón les resulta incómodo porque hace más difícil el relato que necesitan. El relato de un régimen que fue duro, pero que modernizó España y sentó las bases del desarrollo económico. Y los empresarios, esos mismos empresarios cuyos predecesores firmaron la carta pidiendo su destitución en 1958, han ganado la batalla definitivamente.
El modelo económico que se consolida en la España de la transición y de los primeros años de democracia es el modelo de los tecnócratas, no el de Girón. el mercado libre, la competitividad, la flexibilidad laboral, todo lo contrario de lo que él defendió durante 16 años desde el Ministerio de Trabajo. Girón pasa sus últimos años en una especie de limbo vivo pero invisible, presente pero ignorado.
Escribe sus memorias que se publican en 1994 bajo el título de Si la memoria no me falla. Un libro que los historiadores del franquismo conocen, pero que el gran público nunca leyó. Concede algunas entrevistas donde habla con una franqueza que resulta casi anacrónica, donde no se arrepiente de nada, donde defiende sus convicciones con la terquedad tranquila de quien ha dejado de importarle lo que piensen los demás.
Muere el 29 de junio de 1995. Tiene 83 años. Los periódicos le dedican notas necrológicas correctas, respetuosas, breves. Nadie organiza ningún acto en su memoria. Ningún sindicato pone su nombre en un comunicado. Ningún partido político reclama su herencia. El hombre que introdujo las vacaciones pagadas en España, que construyó el primer sistema de seguridad social moderno del país, que se enfrentó durante dos décadas a los poderes económicos del franquismo desde dentro del propio franquismo, desaparece de la historia oficial sin
dejar rastro visible. Pero hay una última historia, una última escena que resume todo mejor que cualquier análisis político o cualquier balance histórico. Ocurre en 1985, 10 años antes de su muerte. Girón tiene 73 años. España lleva casi una década siendo democrática. El PSOE de Felipe González gobierna con mayoría absoluta.
Los sindicatos son libres. Los partidos de izquierda llevan carteles con los nombres de sus héroes históricos. Largo Caballero, Indalecio Pablo Iglesias, los nombres de quienes dieron sus vidas por los derechos de los trabajadores en la España que luchó y perdió contra Franco.
Un periodista joven que trabaja para una revista de investigación histórica que ya no existe. Consigue una entrevista con Girón en su casa de Madrid. Le hace la pregunta inevitable. La pregunta que cualquier periodista honesto le haría en ese momento. ¿Cómo se siente usted sabiendo que las cosas que usted hizo, los derechos que usted introdujo, se presentan hoy como conquistas de la democracia y de la izquierda, sin que nadie le reconozca usted el mérito? Girón tarda un momento en responder.
El periodista describe en su crónica ese silencio como un silencio largo, pensativo, sin rastro de amargura. Y luego Girón dice algo que el periodista transcribe y que nadie citó entonces y que casi nadie conoce hoy. Dice, “A mí no me importa quién se lleve el mérito, me importa que los mineros asturianos tengan pensión cuando ya no pueden bajar a la mina.
Me importa que la mujer del tornero de Vallecas tenga algo cuando él muera. Me importa que haya un papel firmado que diga que ese hombre tiene derecho a 15 días de descanso al año. Si eso lo defiende ahora la izquierda, me alegro. Alguien tiene que defenderlo. El periodista le pregunta si se considera un hombre de izquierdas.
Girón sonríe y dice, “Me considero un hombre que vio lo que vio en Extremadura cuando tenía 15 años y que nunca pudo olvidarlo. Y ahí está, ahí está la clave de todo. Ahí está el nudo gordiano de una historia que no cabe en ninguna categoría, que no encaja en ningún relato prefabricado, que incomoda a todo el mundo precisamente porque es demasiado real para ser útil como propaganda de nadie.
Girón de Velasco no era un héroe, era un hombre de su tiempo con las contradicciones brutales de su tiempo, que tomó partido por el bando que perdió la historia moral, aunque ganara la guerra militar, y que desde dentro de ese bando hizo cosas que mejoraron la vida de millones de personas. No por bondad abstracta, no por altruismo sin fisuras, sino porque vio algo de niño que no pudo sacarse de la cabeza y porque tuvo el poder suficiente durante el tiempo suficiente para hacer algo al respecto.
¿Es eso suficiente para reivindicarlo? ¿Es suficiente para ponerle una calle o un monumento o al menos una página decente en los libros de historia? La respuesta honesta es que no lo sabemos, que la historia no es un tribunal que dicta sentencias limpias, sino un espejo que nos devuelve imágenes incómodas de nosotros mismos.
Que Girón de Velasco es una de esas imágenes. Una imagen que dice algo sobre lo que somos capaces de hacer los seres humanos dentro de sistemas que no hemos elegido sobre los límites y las posibilidades de actuar con algo parecido a la justicia en contextos que no tienen nada de justos. Y dice también algo sobre la memoria, sobre a quién recordamos y a quién olvidamos, sobre qué historias nos convienen y cuáles nos resultan demasiado incómodas para contarlas.
Esta es una de las incómodas, por eso era necesario contarla.
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