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MATA HARI: la espía más famosa del mundo usó Madrid como base de operaciones y nadie lo sabe

Fue un desastre desde el primer día. Macleot era alcohólico, violento, infiel de manera sistemática y absolutamente incapaz de aceptar que se había casado con una mujer que le superaba intelectualmente en todos los aspectos posibles. Se fueron a vivir a Java, en las Indias orientales holandesas.

Tuvieron dos hijos. El mayor Norman murió envenenado en circunstancias que nunca se aclararon del todo. Margareta siempre sospechó que había sido un acto de venganza de algún soldado nativo contra Magleot, pero nunca pudo probarlo. Perdió a su hijo, perdió su matrimonio, perdió la poca seguridad que le quedaba. Cuando volvió a Europa en 1902, llegó a París con una hija pequeña, sin dinero, sin contactos y sin ningún plan concreto.

Lo único que traía de las Indias era un conocimiento superficial de las danzas y rituales locales que había observado durante años y una comprensión instintiva de algo muy poderoso, que los hombres europeos proyectaban sobre lo exótico una fantasía que no tenía ninguna relación con la realidad y que esa fantasía podía convertirse en dinero.

Así nació Matahari. El nombre significaba Ojo del amanecer en malayo. El personaje era una sacerdotisa de un templo hindú iniciada desde niña en los misterios de una danza sagrada que en Europa nunca habían visto. Era completamente falso. Ella misma lo admitió en varias ocasiones privadas, pero en la París de la Beppo, donde la burguesía adinerada estaba hambrienta de exotismo y los teatros de variedades competían por ofrecer cada semana algo más sorprendente que la semana anterior.

La verdad importaba bastante menos que el espectáculo. El espectáculo fue extraordinario. En 1905 debutó en el Muse Guimet de París ante una audiencia de invitados selectos que incluía diplomáticos, aristócratas y periodistas de los principales diarios de la ciudad. Se quitó casi toda la ropa, bailó y al día siguiente toda París hablaba de ella.

En semanas tenía contratos en los mejores teatros de Europa. En meses tenía amantes entre los hombres más poderosos del continente. En años había construido una red de relaciones personales que cruzaba todas las fronteras, todas las ideologías y todos los uniformes. Eso, exactamente eso, es lo que la convirtió en un objetivo para los servicios secretos.

No su cuerpo, no su belleza, aunque ambas cosas formaban parte del arsenal. La convirtió en un objetivo su agenda. Los nombres que conocía, los secretos que le contaban hombres que deberían haber sabido callar. Un general francés que le habló de movimientos de tropas, un oficial alemán que mencionó nombres en código, un diplomático austríaco que le describió la situación real en el Frente Oriental mientras tomaban champán en un hotel de Berlín.

Ella escuchaba, recordaba y durante años no supo exactamente qué hacer con todo lo que sabía, más allá de usarlo para navegar con más habilidad entre los poderosos. hasta que los poderosos vinieron a buscarla. Existe un mapa, no un mapa famoso, no un mapa que encuentres en los libros de texto. Es un mapa operativo que el contraespionaje británico, el famoso MI5, elaboró en 1916 para visualizar los flujos de agentes e información entre los países beligerantes y los neutrales.

Un mapa de trabajo lleno de anotaciones a mano, líneas de colores y nombres en clave. Ese mapa existe en los archivos del Public Office en Londres y cualquiera puede consultarlo hoy. Y en ese mapa, el nodo más denso, el punto donde más líneas convergen, donde más nombres aparecen anotados en los márgenes, no es Ginebra, no es Lisboa, no es Estocolmo, que también fueron ciudades de espionaje activo durante la guerra. Es Madrid.

Para entender por qué, hay que entender qué significaba la neutralidad española en el contexto de la Primera Guerra Mundial. España había declarado su neutralidad en agosto de 1914, cuando el conflicto comenzó. Una decisión que en apariencia era de simple supervivencia. El país estaba económicamente agotado, políticamente inestable y militarmente en condiciones de no poder sostener ningún tipo de participación bélica relevante.

La neutralidad no era una postura moral, era una necesidad. Pero la neutralidad tiene consecuencias que van mucho más allá de no mandar soldados al frente. La neutralidad significa que los ciudadanos de países enemigos pueden vivir en el mismo país, que los diplomáticos de potencias en guerra pueden tener embajadas en la misma ciudad a pocas manzanas de distancia, que los bancos pueden procesar transacciones de ambos bandos, que los puertos pueden recibir barcos de cualquier bandera y que los hoteles, los cafés, los teatros y los salones

privados de una ciudad neutral pueden convertirse en espacios donde Personas que en cualquier otro lugar serían enemigos mortales, se encuentran, negocian, intercambian información y hacen los tratos que las trincheras hacen imposibles. Madrid en 1915 y 1916 era exactamente eso, una ciudad donde la embajada alemana y la embajada francesa estaban separadas por 15 minutos a pie, donde los agregados militares de ambos bandos frecuentaban los mismos restaurantes del centro, donde los servicios secretos de media Europa

habían establecido redes de agentes locales, correos, casas de seguridad y buzones de información. El gobierno español lo sabía, el rey Alfonso XI lo sabía y tomaron una decisión que en términos diplomáticos se llama tolerancia activa, pero que en términos más directos significa que dejaron que todo ocurriera porque les beneficiaba económicamente y políticamente mantener líneas de comunicación abiertas con todos los bandos simultáneamente.

En ese contexto, en esa ciudad convertida en tablero de ajedrez de la inteligencia mundial, llegó Matahari por primera vez en 1915. Llegó en trendes de París. Llegó con un nombre falso en el pasaporte, con dos maletas de ropa que habría sido excesiva para cualquier viaje ordinario y con una serie de contactos que le habían proporcionado los oficiales del desien buró francés.

Antes de partir, su misión oficial, según los documentos franceses, era contactar con el Crown Prince alemán a través de intermediarios en Madrid y extraer información sobre las disposiciones del alto mando alemán en el frente occidental. Era una misión de alto riesgo para una mujer sin entrenamiento formal en operaciones de campo.

Pero Matajari llevaba 15 años haciendo exactamente eso en los salones más elegantes de Europa, sin que nadie le hubiera enseñado nada. Llevaba 15 años entrando en habitaciones llenas de hombres poderosos, identificando al más relevante, generando una conexión, creando confianza y extrayendo información. Lo hacía de manera natural, instintiva, con una habilidad social que los manuales de espionaje modernos tardarían décadas en codificar.

Madrid la recibió como siempre la recibían las ciudades, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Se instaló en el Palace Hotel, en la suit que daba a la cúpula. empezó a frecuentar el casino de Madrid, que entonces no era solo un lugar de juego, sino el espacio social más importante de la ciudad, donde la aristocracia, la diplomacia y los negocios se mezclaban en una misma sala cada noche.

Empezó a aparecer en los teatros, en los conciertos, en las cenas privadas de las embajadas. Y en pocas semanas, Madrid sabía que había llegado Matajari y Madrid quería verla. Y Madrid quería cenar con ella y Madrid quería contarle sus secretos. Porque eso es lo que hace una ciudad con una leyenda cuando la tiene delante.

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