Posted in

JUAN GARCÍA OLIVER: el hombre que odiaba las leyes.. y le dieron el Ministerio de Justicia en guerra

Una ciudad respetable, burguesa en sus aspiraciones, con sus iglesias y sus cacés y sus pequeños negocios familiares. Una ciudad que no parecía destinada a producir revolucionarios. Juan García Oliver nació allí el 29 de enero de 1901 en el seno de una familia obrera. Su padre trabajaba, su madre trabajaba.

Y desde muy joven, Juan aprendió lo que significaba pertenecer al lado equivocado de la línea que dividía el mundo. No de forma abstracta, de forma concreta, cotidiana, humillante. La ropa que no alcanzaba, la comida que a veces faltaba, la deferencia obligatoria ante los que tenían más, la sensación permanente de que las reglas del juego estaban escritas por otros y para otros.

Con 14 años, Juan García Oliver ya está trabajando. Aprende el oficio de camarero, que en la España de principios del siglo XX es mucho más que servir mesas. Es un oficio de observación. Trabajas en los espacios donde la burdesía se reúne, habla, negocia, ríe, escuchas sus conversaciones, ves cómo se comportan cuando creen que nadie importante los mira y aprendes muy rápido la diferencia entre la imagen pública del orden establecido y su realidad privada.

Barcelona lo atrae como atrae a todos los jóvenes ambiciosos o desesperados de Cataluña. Llega a la ciudad siendo casi un adolescente y encuentra una metrópolis en ebullición permanente. Barcelona en los años 15, 16, 17 del siglo es una ciudad que hierve. Es el centro industrial más importante de España, lo que significa que es también el centro de la lucha de clases más intensa del país.

Las huelgas son constantes, loss patronales son brutales. La Guardia Civil y los pistoleros a sueldo de los empresarios disparan contra los piquetes. Los sindicatos responden con atentados. Es una guerra civil en miniatura que lleva décadas desarrollándose en las calles del Ensanche y el Rabal y que tiene sus propias víctimas, sus propios mártires, sus propios héroes y sus propios villanos, según a quien le preguntes.

En ese ambiente, el joven García Oliver encuentra su destino. Desindica en la CNT, la Confederación Nacional del Trabajo, el Gran Sindicato Anarquista Español. Y allí, entre asambleas y debates y panfletos y reuniones clandestinas, absorbe la doctrina que va a guiar toda su vida. El Estado es el enemigo, la ley es su arma. La revolución es la única respuesta legítima.

Pero García Oliver no es un teórico, nunca lo será. Es un hombre de acción con un temperamento que sus contemporáneos describen de forma consistente, carismático, vehemente, valiente hasta la temeridad y con una capacidad para la violencia que acepta con una naturalidad que resulta inquietante, incluso para muchos de sus camaradas. Cuando se une al grupo conocido como Los Solidarios, que más tarde se llamarán nosotros, da el paso definitivo de la militancia sindical a la acción directa en su forma más extrema.

Los solidarios son la élite combatiente del anarquismo español. Sus miembros incluyen a Buenaventura Durruti, que se convertirá en el símbolo más famoso del anarquismo español. Francisco Ascaso, Ricardo Sanz. Hombres que creen con absoluta convicción que la violencia revolucionaria no es solo justificable, sino necesaria y moralmente superior a la violencia del Estado.

Roban bancos, lo llaman expropiación, tomar de los ricos para financiar la revolución. Cometen atentados, lo llaman justicia directa. Matan a pistoleros patronales y a figuras del establishment que consideran responsables de la represión obrera. Lo llaman ajusticiamiento. García Olider participa en todo esto y no se arrepiente de nada.

Décadas después, en sus memorias, lo recordará con una serenidad que resulta más perturbadora que cualquier fanfarronada. Para él, la coherencia moral de sus actos era perfecta. Si el sistema es violento por definición, responder con violencia no es descender a su nivel. Es el único lenguaje que el sistema entiende.

La policía española lo conoce bien. Es detenido varias veces, pasa temporadas en prisión, lo que no hace sino reforzar sus convicciones, porque las cárceles españolas de la época son exactamente el argumento que los anarquistas necesitan para demostrar que el sistema penal no rehabilita, sino que brutaliza. Cuando la situación se vuelve demasiado peligrosa en España, huye Bélgica, Francia, Argentina, Chile.

Vive en la clandestinidad, mantiene contacto con las redes anarquistas internacionales y regresa a España cuando puede. Es un hombre acostumbrado a vivir en los márgenes, a operar en la sombra, a confiar solo en los camaradas probados. Nadie, absolutamente nadie que lo conociera en esos años, habría apostado un céntimo a que ese hombre acabaría siendo ministro de nada.

El 17 de julio de 1936 cambia todo. El general Francisco Franco, junto con otros militares sublevados, lanza el golpe que pretende terminar en días y que, en cambio, desencadena casi 3 años de la guerra más sangrienta que España ha conocido jamás. El plan era simple, un pronunciamiento rápido, la toma del poder, el restablecimiento del orden.

Lo que nadie en el bando sublevado calculó correctamente fue la respuesta popular. En Barcelona, la noticia del golpe llega la noche del 18 al 19 de julio. Y lo que ocurre en las siguientes horas es, dependiendo de cómo lo mires, o bien el momento más glorioso del Movimiento obrero español, o bien el inicio de un caos que contribuiría decisivamente a la derrota republicana.

probablemente las dos cosas al mismo tiempo. La CNT y la FAI llevan años preparándose para este momento. No exactamente para este golpe militar, pero sí para el enfrentamiento final con las fuerzas del orden establecido. Tienen armas escondidas, tienen cuadros organizados, tienen hombres con experiencia en la acción directa.

Cuando los regimientos sublevados salen a la calle en Barcelona, se encuentran con algo que no esperaban, una resistencia organizada, armada y ferozmente decidida. García Oliver está en el centro de todo esto. Junto con Durruti, Ascaso y otros dirigentes anarquistas, organiza la respuesta.

Se distribuyen armas a los trabajadores, se montan barricadas, se asaltan los cuarteles sublevados. En las calles del Rabal, del Pobla Sec, de Gracia, de Sant Andreu, se libran combates encarnizados durante casi dos días completos. El 20 de julio, la sublevación en Barcelona ha sido aplastada. Los militares sublevados se han rendido o han muerto.

La ciudad está en manos de los trabajadores armados. Y en ese momento extraordinario, con el poder real en la calle y no en los despachos, García Oliver vive algo que muy pocos revolucionarios en la historia han vivido. La sensación de que el mundo que siempre imaginaron es de repente posible, porque en ese momento en Barcelona el anarquismo no es una teoría, es un hecho.

Read More