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Fui prisionera de mi propio padre, obligada a casarme con un hombre violento para salvar su estatus, hasta que un humilde campesino irrumpió en la iglesia para revelar la peor verdad.

Fui prisionera de mi propio padre, obligada a casarme con un hombre violento para salvar su estatus, hasta que un humilde campesino irrumpió en la iglesia para revelar la peor verdad.

[PARTE 1]

El motor del sedán soltó un último crujido metálico antes de morir por completo en medio del desierto de Coahuila.

Isabella golpeó el volante con ambas manos, sintiendo que el aire hirviendo de la tarde le quemaba la garganta.

A sus veinticinco años, la heredera del imperio ganadero más temido del norte de México estaba sola.

Huía de un destino que le daba más pánico que la propia muerte.

El vestido de diseñador, pensado para los eventos de la alta sociedad de Monterrey, ahora estaba manchado de polvo rojo y sudor.

Miró por el espejo retrovisor con los ojos inyectados en sangre, aterrorizada de ver las camionetas de su padre acercándose en el horizonte.

Don Federico Garza no era un hombre al que se le pudiera decir “no”.

Él ya había empeñado su palabra, y en su mundo, una hija era solo otra moneda de cambio.

La noche anterior, Isabella había escuchado a escondidas la conversación entre su padre y el hombre con el que la obligaban a casarse, el licenciado Ricardo Montes.

“La mujer necesita saber cuál es su lugar desde temprano, Federico”, había dicho Ricardo con una frialdad que le heló la sangre.

“Si la dejas demasiado suelta, después es difícil de controlar a golpes”, añadió, soltando una risa cínica.

Su propio padre no lo reprendió; al contrario, le entregó una copa de tequila para sellar el pacto.

El sonido de unos cascos acercándose la sacó de sus oscuros recuerdos.

Un hombre montado en un caballo bayo se detuvo frente a su vehículo averiado.

Llevaba un sombrero de paja desgastado, botas cubiertas de lodo seco y una camisa de franela que dejaba ver unos brazos marcados por el sol y el trabajo duro.

“¿Problemas con el auto, señorita?”, preguntó con una voz ronca pero sorprendentemente amable.

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