La Casa De Las Jilguerillas en Michoacán – El glamour, música y las raíces de las leyendas Rancheras
Así fue la vida lujosa de las gilguerillas, las dos hermanas de Michoacán, que pasaron de cantar descalzas entre los surcos de una milpa a llenar los teatros más grandes de México y Estados Unidos, a grabar más de 20 álbumes con los sellos más poderosos de la industria y a construir en silencio un patrimonio de ranchos, propiedades y comodidades que las hijas del campo de Cañada de Ramírez nunca imaginaron que existían cuando eran niñas.
¿Cuánto dinero generaron realmente Amparo e Imelda Higuera Juárez durante más de seis décadas de carrera ininterrumpida? ¿Cómo era la vida que se dieron con ese dinero? Las casas que compraron en la Ciudad de México, los ranchos a los que volvían siempre que podían en Michoacán, las joyas y los trajes de gala que aparecen en cada fotografía de sus mejores años.
¿Qué quedó de todo ese patrimonio cuando Imelda murió en 2004 y cuando Amparo la siguió en 2021? ¿Y qué hay detrás de los conflictos que nadie contó de la tensión con las disqueras que se quedaban con la parte del león mientras ellas actuaban en ferias y palenques por toda la República? de los años en que la industria intentó cambiarlas, modernizarlas, convertirlas en algo diferente a lo que eran y ellas se negaron.
Porque la historia de las gilguerillas no es solo la historia de dos voces extraordinarias, es la historia de dos mujeres de campo que entendieron antes que nadie la diferencia entre valer mucho y cobrar poco, y que cuando finalmente cobraron lo que merecían, supieron exactamente en qué gastarlo. Hoy vamos a contarlo todo.
Comencemos. Para entender a las hilguerillas, hay que ir hasta donde México todavía huele a tierra mojada y a tortilla recién hecha. Hay que ir hasta Cañada de Ramírez, en el municipio de Numarán, Michoacán, un pueblo que en los años 40 no tenía más de unos centenares de habitantes, sin pavimento en las calles, sin electricidad garantizada, sin ninguno de los recursos que los niños de la Ciudad de México daban por descontados.
Un pueblo donde el tiempo se medía en cosechas y donde las noticias llegaban tarde y salían a caballo. En ese pueblo, Amparo Higuera Juárez nació en 1936 y dos años después, en 1938, nació su hermana Imelda. Su padre, Felipe Higuera, era campesino, no un terrateniente ni un hombre con tierras propias. Era el tipo de campesino que trabaja la tierra de otros y que lleva a sus hijos al campo desde que pueden caminar, no porque quiera privarlos de la infancia, sino porque sin sus manos no alcanza para comer.
Amparo e Imelda aprendieron a trabajar en el campo antes de aprender a leer y mientras trabajaban cantaban. No como ejercicio artístico, no como práctica consciente. Cantaban porque el campo es interminable y el sol de Michoacán aplasta y el único alivio que no cuesta dinero es la voz propia. Cantaban las canciones que habían escuchado a su madre, las rancheras que llegaban por la radio del vecino, los corridos que los viejos del pueblo todavía sabían de memoria, las coplas y los sones que en Michoacán tienen la misma antigüedad que la Tierra. Y en ese
proceso de cantar para nadie en particular, sin público, sin micrófono, sin saber que el mundo las estaba esperando, Amparo e Imelda desarrollaron algo que los mejores maestros de canto en los conservatorios de la Ciudad de México no hubieran podido enseñarles aunque las hubieran tenido 20 años en el aula. una armonía, no la armonía técnica de las voces entrenadas, la armonía profunda de dos personas que comparten el mismo origen, el mismo cuerpo casi el mismo ciclo de respiración y que cantan juntas desde antes de saber que eso
tiene nombre. La noche que cambió todo fue una noche de fiesta en el pueblo. Las fiestas en los pueblos de Michoacán de los años 50 eran los únicos eventos masivos que existían. La feria del santo patrono, el bautizo del hijo del cacique, la boda de alguien que tenía suficiente para invitar a todo el barrio.
En una de esas noches de fiesta, Amparo e Imelda decidieron cantar. No fue un plan, no fue una audición, fue la decisión espontánea de dos muchachas que conocían las canciones y que en el calor de la fiesta se animaron a cantarlas frente a la gente. El resultado detuvo la conversación. Los que estaban cerca dejaron de hablar y se quedaron escuchando.
Los que estaban lejos se acercaron para ver de dónde venía ese sonido que no parecía de dos muchachas de pueblo, sino de algo más antiguo y más preciso. Don Felipe, el padre lo vio y lo entendió inmediatamente. Sus hijas no solo cantaban bien, cantaban con esa calidad que los que llevan años en la música reconocen de inmediato y que tiene que ver con algo que no se aprende, la capacidad de hacer que quien escucha sienta que la canción fue escrita específicamente para él.
Esa noche de fiesta encañada de Ramírez fue el primer escalón de una escalera que llevaría a las gilguerillas a los escenarios más importantes de México. Pero la escalera iba a tener muchos peldaños difíciles antes de llegar arriba. La primera conexión importante fue con el dueto América, una pareja musical ya establecida en los circuitos de la música regional mexicana.
El dueto América escuchó a Amparo e Imelda en algún evento y vio en ellas lo mismo que había visto don Felipe esa noche de fiesta. Pero ellos sí sabían qué hacer con lo que veían. Las tomaron bajo su ala, no de manera altruista. En la industria musical mexicana de los años 50, descubrir a un artista nuevo y joven con potencial era también una inversión.
El dueto América fue su primera escuela real, el lugar donde las hermanas higuera aprendieron la diferencia entre cantar en un campo de Michoacán y cantar en un escenario profesional donde el público paga por escucharte. Y después vino Gilberto Parra y después Cornelio Reina, dos de los productores más importantes de la música regional mexicana de esa época.
Hombres que conocían los mecanismos del negocio con una profundidad que las hermanas de Numarán tardarían años en igualar. Con ellos llegó el nombre Las Gilguerillas, el apodo que su propia madre les había dado cuando eran niñas, comparando sus voces con el Gilguero, el pájaro cantor de Michoacán, que tiene la voz más afinada y más dulce del campo mexicano.
un nombre que sonaba exactamente como lo que eran, auténtico, campesino, sin artificios, con toda la dignidad de las cosas que vienen directamente de la Tierra. En 1955, las gilguerillas grabaron su primer álbum con el sello CBS Columbia, discos de 45 revoluciones por minuto, el formato que en esa época llegaba a todas las casas que tenían un tocadiscos, que en México era ya una cantidad considerable de hogares.
Los temas chaparrita consentida y debe ser mía resonaron en las radios del país con una velocidad que ninguna disquera había anticipado. para un dúo de dos muchachas desconocidas de un pueblo de Michoacán. El público respondió de la manera más directa posible. Los discos se vendían, no de a cientos, de a miles, luego de a decenas de miles.
Y las solicitudes de presentación en vivo empezaron a llegar desde estados donde Amparo e Imelda nunca habían puesto un pie. El problema era que el dinero que generaban esas ventas no llegaba a las gilguerillas en la proporción que debería haber llegado. Ese fue el primer gran conflicto de su carrera, el conflicto que ningún artista de su generación podía evitar.
Porque en la industria musical mexicana de los años 50, el control de los contratos y los derechos estaba sistemáticamente del lado de las disqueras y los productores, no del lado de los artistas. Las gilguerillas generaban dinero que otros administraban y por muchos años lo que llegaba a sus manos era una fracción de lo que merecían.
Hablemos de los números. Porque para entender la vida de las gilguerillas hay que entender cómo funcionaba el negocio de la música regional mexicana en la segunda mitad del siglo XX. El modelo era simple y brutalmente favorable para las disqueras. Un artista firmaba con un sello. El sello grababa, producía, distribuía y cobraba.
Al artista le pagaba un porcentaje de regalías que en los contratos de esa época para artistas sin representación legal sólida rondaba entre el 4 y el 8% de las ventas netas. 4%. De cada disco vendido en 80 centavos, el artista recibía algo menos de 4 centavos. El sello se quedaba con el resto. Las hilguerillas vendieron millones de discos a lo largo de su carrera, más de 20 álbumes de estudio con CBS Columbia y más tarde con Musart, con RCA y con otros sellos.
Más de 60 años de producción discográfica, más de 100 sencillos que sonaron en radios de México, Estados Unidos y toda América Central. En la cima de su popularidad entre los años 60 y los 80, las gilguerillas eran uno de los dúos más solicitados en ferias, palenques y presentaciones de toda la República. El precio de una actuación en esos años variaba enormemente según el tipo de evento.
En las grandes ferias del interior del país, el cachet del dúo en su mejor momento se estimaba entre los 30 y los 80,000 pesos de la época. equivalentes a varios cientos de miles de pesos actuales por presentación. Con 100 o más presentaciones al año, en sus temporadas más activas, los ingresos anuales de las gilguerillas por concepto de actuaciones en vivo superaban con comodidad los 3 millones de pesos de la época, 3 millones de pesos anuales en los años 60 y 70, equivalentes hoy a cifras que sus descendientes y herederos calculan con asombro cuando hacen la
conversión. Y con ese dinero, las gilguerillas hicieron lo que dos mujeres que vinieron del campo y que nunca olvidaron lo que significa no tener siempre hacen cuando por fin tienen. Compraron tierra y una casa y volvieron a Michoacán cada vez que pudieron. La casa principal de las gilguerillas durante sus años de mayor actividad estaba en la Ciudad de México, en una colonia de clase media alta del sur de la capital.
una casa de dos plantas con jardín, sala de ensayo y el espacio que dos artistas que recibían visitas de músicos, productores y fans necesitaban para trabajar y vivir al mismo tiempo. Pero el corazón de su patrimonio no estaba en la Ciudad de México, estaba en Michoacán. El rancho que las gilguerillas compraron en los alrededores de Numarán, en la misma región donde habían nacido, fue la inversión más importante que hicieron con el dinero de su carrera y también la más significativa desde el punto de vista emocional.
una propiedad de aproximadamente 40 hectáreas en tierra de vocación ganadera y agrícola, con una casa de campo construida con los materiales y el estilo que Amparo e Imelda habían conocido de niñas encañada de Ramírez, sin los excesos que el mundo del espectáculo a veces impone, con la funcionalidad de quien sabe que la Tierra es para trabajarla, no solo para mirarla.
En ese rancho había ganado, no un ato de exposición para decir que tenían, ganado real, bovino de razas adaptadas al clima templado de Michoacán, que sus cuidadores atendían con la seriedad de quienes saben que la re tiene su propio horario y no espera al artista que está de gira. El valor estimado de ese rancho en el mercado actual de tierras agrícolas de la región ciénega de Michoacán supera con facilidad los 9,0000000 de pesos.
9 millones de pesos en tierra en el mismo municipio donde habían nacido sin nada los caballos. Porque las hilguerillas que cantaban canciones rancheras que hablaban de caballos y de charros y de la vida del campo, no podían ser dueñas de un rancho sin caballos. Amparo especialmente desarrolló con los años una pasión por los caballos de Paso Fino michoacano, que sus allegados describen con la misma intensidad con que ella describía sus canciones favoritas.
En el rancho de Numarán había en sus mejores años entre seis y 10 ejemplares de razas mexicanas que sus cuidadores entrenaban para exhibición y para los charros locales que los alquilaban en las fiestas de la región. El valor de cada ejemplar de paso fino con entrenamiento certificado en el mercado de la región oscilaba entre los 150,000 y los 350,000 pesos por cabeza.
El valor total de la caballada del rancho de las gilguerillas en su momento de mayor esplendor superaba los 2 millones de pesos solo en caballos. En el mismo pueblo donde de niñas no tenían para comprar los zapatos con que ir a la escuela si es que iban. La relación de las gilguerillas con la industria discográfica fue siempre compleja, no porque fueran difíciles de trabajar. Todo lo contrario.
Las personas que las conocieron de cerca, desde Cornelio Reina hasta los productores de las disqueras con las que trabajaron, las describen como profesionales absolutas, puntuales, sin los caprichos de estrella que arruinan muchas carreras antes de tiempo. El problema era estructural. Las disqueras de la época tenían el poder de fijar los contratos y los contratos que ofrecían a artistas de origen popular, sin representación legal sofisticada, sin la posibilidad de esperar meses a que llegara una oferta mejor, eran
sistemáticamente desfavorables para el artista. Las gilguerillas lo entendieron con el tiempo y cuando lo entendieron empezaron a negociar diferente. A partir de los años 70, cuando su nombre ya era suficientemente grande para tener poder de negociación, las gilguerillas empezaron a exigir condiciones mejores, porcentajes de regalías más altos, anticipos más generosos, control sobre los materiales de promoción, el tipo de conversaciones que los artistas de su generación con menos carácter simplemente no podían
tener con los directivos de las disqueras. No siempre ganaron esas negociaciones, pero el hecho de que las tuvieran, de que se sentaran a la mesa con los números estudiados y con la disposición de levantarse si las condiciones no eran las correctas, les permitió construir un patrimonio más sólido que el de muchos de sus contemporáneos, que vendieron más pero cobraron menos.
Las apariciones en cine fueron otro capítulo importante de su carrera y de sus ingresos. En 1974 participaron en la película Secuestro en los 70 junto a Jorge Rivero y Claudia Islas. Dos años después compartieron cartel con el legendario Antonio Aguilar en el rey. Luego vinieron No me toquen al mariachi. Miseria con Rafael Inclán, La Coyota con Marco Antonio Solís y Silvia Derbés.

El cine mexicano de Acción y Comedia de los años 70 y 80 fue el escenario perfecto para dos mujeres que cantaban con la autenticidad que los productores buscaban y que en pantalla proyectaban exactamente la imagen del México rural y popular que llenaba los cines del interior de la República. El cachette por película en ese cine de bajo y mediano presupuesto variaba entre los 50,000 y los 120,000 pesos de la época por producción.
No eran los contratos millonarios de las estrellas de Televisa, pero sumados a los ingresos de la música y las giras representaban un flujo adicional que las gilguerillas administraron con la misma sensatez con que administraban todo lo demás. Pero antes de hablar del legado, hay que hablar del dolor.
Porque la vida de las gilguerillas tuvo sus propias sombras, sus propias tensiones que el éxito en pantalla y en los discos no podía cubrir del todo. La primera tensión fue la que existe siempre cuando dos personas que se quieren trabajan juntas durante décadas bajo presión constante. Amparo e Imelda eran hermanas.
Y como todas las hermanas que pasan demasiado tiempo juntas en situaciones de estrés, tenían sus conflictos, diferencias de opinión sobre cómo manejar los contratos, sobre qué canciones grabar, sobre a qué presentaciones aceptar y a cuáles declinar, sobre cómo distribuir los ingresos entre las obligaciones de trabajo y las necesidades personales de cada una.
Esos conflictos nunca llegaron a la prensa con la intensidad que habrían tenido si hubieran ocurrido en la vida de artistas más expuestos a los medios nacionales. Pero existieron y las personas que trabajaron con ellas en los estudios de grabación y en las giras los conocían y los navegaban con el cuidado de quién sabe que el equilibrio entre dos personas es algo que se rompe más fácil de lo que se arma.
Hubo también la cuestión del matrimonio. Amparo se casó y Melda se casó. Dos vidas personales que corrían en paralelo a la carrera artística con los compromisos y las tensiones que eso implica. Los esposos de las gilguerillas no siempre entendieron el tipo de vida que una carrera musical de ese nivel exige, las ausencias, los viajes, los fines de semana en ferias a cientos de kilómetros de casa, el mundo paralelo de la farándula que tiene sus propias reglas y sus propios horarios que no coinciden con los de una familia normal. Las
personas cercanas al entorno del dúo en sus años más activos mencionan que hubo momentos en que la presión entre las obligaciones artísticas y las obligaciones domésticas generó tensiones que ningún disco de oro y ningún premio podía resolver. Y Melda, especialmente, más reservada que amparo en sus declaraciones públicas, guardó en silencio una parte de esas tensiones que solo se fueron conociendo con el tiempo a través de los testimonios de quienes estuvieron cerca.
Y había también el conflicto que nadie nombraba, pero que todo el mundo en el ambiente de la música regional mexicana sabía que existía. El conflicto entre el reconocimiento que las gilguerillas merecían y el reconocimiento que efectivamente recibían del establishment de la música mexicana.
Las gilguerillas nunca fueron las favoritas de los medios de comunicación nacionales. No encajaban en el modelo de artista femenina que Televisa y las revistas de espectáculos de los años 70 y 80 promovían. No tenían el glamurbano que ese mundo requería. No usaban vestidos de diseñador, ni concedían entrevistas en mansiones con alberca.
Eran dos mujeres de campo que cantaban canciones de campo con voces que venían del campo. Y ese origen, que era su mayor fortaleza artística, era también lo que las mantenía fuera de los círculos de poder mediático, que distribuían los premios importantes y las portadas de las revistas. Obtuvieron discos de oro en Los Ángeles, obtuvieron el globo de oro, obtuvieron discos de platino, pero nunca el premio lo nuestro.
Nunca los Latinemis, nunca los grandes reconocimientos internacionales que artistas con menos décadas y menos calidad recibieron porque tenían mejores relaciones con los directores de las disqueras transnacionales. Esa injusticia fue una herida que Amparo, la más locuas de las dos, nombraba de vez en cuando en entrevistas con la franqueza, de quien ya no tiene nada que perder fingiendo que no la siente.
El 19 de julio de 2004, a los 66 años, Yelda Higuera murió en la Ciudad de México. Complicaciones respiratorias. La mitad de las gilguerillas, la voz que completaba la de Amparo desde que las dos eran niñas en los campos de Cañada de Ramírez. Amparo se fue del mundo público casi de inmediato, casi 3 años de silencio, sin presentaciones, sin entrevistas, sin los escenarios que durante 50 años habían sido su hogar natural.
Solo el duelo, el tipo de duelo que se tiene cuando lo que muere no es solo una persona, sino la mitad de uno mismo. Amparo volvió eventualmente a la música gracias a Mercedes Castro, la cantante que la había admirado desde niña y que con la persistencia cariñosa de quien tiene una deuda de gratitud con el artista que la inspiró, convenció a Amparo de que seguir cantando era también una manera de honrar a Imelda.
Juntas grabaron bajo el nombre Amparo de las Gilguerillas y Mercedes Castro 10 canciones. Luego otras 10. Un regreso que el público de la música regional mexicana recibió con la calidez que se reserva para los que uno pensaba que ya no iban a volver. El premio estatal Erendira de las Artes que el gobierno de Michoacán le entregó a Amparo en 2017 fue el reconocimiento tardío, pero sentido de un estado que sabía lo que sus hijas de Cañada de Ramírez habían significado para la cultura de la región y del país.
Amparo lo recibió en nombre de Imelda también, porque todo lo que ella había sido artísticamente era también Imelda. En su vejez, Amparo vivió entre la ciudad de México y Michoacán. El rancho de Numarán seguía siendo el lugar donde volvía cuando necesitaba sentir la tierra bajo los pies y recordar de dónde venía.
En el año 2018, el alcalde de Numarán colocó una placa conmemorativa en la casa de Cañada de Ramírez, donde habían crecido, la casa de tierra donde dos niñas cantaban en el campo para nadie en particular y que terminó siendo el origen de una de las carreras más largas y más auténticas de la música regional mexicana del siglo XX. Amparo murió en 2021, tenía 84 años.
Las dos voces que durante 66 años habían sido inseparables en los discos y en los escenarios descansaban ahora juntas en la historia de la música mexicana. El patrimonio que dejaron las hilguerillas fue distribuido entre sus herederos con la misma discreción con que habían manejado todo lo que les correspondía en vida.
La casa en la ciudad de México, el rancho en Michoacán con sus 40 hectáreas y sus animales. Las joyas que aparecen en las fotografías de sus mejores años, los aretes de oro, los collares que fueron el único lujo visible que se permitieron con regularidad, porque las dos venían de un mundo donde el oro era la única forma de ahorro que una mujer podía llevar consigo sin que nadie se la quitara.
Los derechos de regalías de más de 20 álbumes y más de 100 sencillos. Las regalías que siguen pagando cada vez que una de sus canciones suena en una radio, en una plataforma de música digital, en un programa de televisión que repone el cine mexicano de los años 70 y 80 donde ellas actuaron. derechos que generan ingresos pasivos que sus herederos reciben hoy, décadas después de que las hilguerillas grabaran esas canciones y que seguirán generándolos durante décadas más.
El valor combinado del patrimonio que las hilguerillas construyeron durante 66 años de carrera, incluyendo propiedades, ranchos, joyas, derechos y ahorros, se estima conservadoramente entre 25 y 35 millones de pesos. Las hijas de Felipe, el campesino de Cañada de Ramírez, que las llevaba al campo antes del amanecer. Las gilguerillas fueron, son y seguirán siendo una de las historias más hermosas y más honestas que la música mexicana ha producido en su historia.
Vinieron del campo con lo que tenían, dos voces y la memoria de todas las canciones que habían escuchado cantar a su madre entre los surcos de la milpa. Con eso construyeron 66 años de carrera, más de 20 álbumes, más de 100 sencillos, películas, premios, un rancho en Michoacán, una casa en la Ciudad de México y el tipo de fortuna silenciosa que las personas que vienen de poco construyen con mucha más solidez que quienes llegaron con todo dado de entrada.
Y cuando todo terminó, cuando las dos voces que habían sido inseparables durante toda una vida se apagaron con 17 años de diferencia, lo que quedó fue lo que siempre había sido lo más valioso, la memoria del país que las escuchó. Los millones de personas que oyeron chaparrita consentida o el toro relajo o escalera y sintieron exactamente lo que las gilguerillas querían que sintieran, que la vida del campo, que el origen humilde, que las voces sin conservatorio y sin maestros de canto, pero con toda la autenticidad del mundo, pueden ser la base de algo
que dura para siempre. Antes de despedirnos, necesitamos preguntarte algo. ¿Cuál fue el detalle de la vida de las gilguerillas que más te sorprendió hoy? El rancho en Michoacán que compraron en el mismo municipio donde habían nacido sin nada, los tr años de silencio de amparo después de la muerte de Imelda, la injusticia de los contratos discográficos que durante años las tuvo generando fortunas para otros, o el hecho de que dos niñas que cantaban descalzas en los campos de Numarán terminaron con un patrimonio de más de
30 millones de pesos y con una placa conmemorativa en la casa donde crecieron. Cuéntanoslo en los comentarios. Y si este video te hizo recordar alguna tarde de domingo en la cocina de tu abuela con la radio encendida y las gilguerillas sonando de fondo, entonces haz una sola cosa. Dale click al botón de suscribirse, activa la campanita para que ningún video de este canal se te escape y comparte este video con alguien que todavía sepa de memoria la letra de el toro relajo.
Nos vemos en el próximo video. Las voces que vienen del campo no se apagan, solo se vuelven parte de la tierra de donde vinieron.
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