Eran las diez y cuarto de una noche de martes, una de esas noches en las que el aire de Madrid parece pesar más de la cuenta, cargado de contaminación y de silencios domésticos. En el tercero izquierda de la calle Ponzano, la atmósfera no estaba para bromas. Alicia miraba el plato de entrecot con patatas que presidía la mesa del comedor. El corte de carne, que hacía dos horas lucía una costra dorada y una jugosidad envidiable, ahora presentaba un aspecto grisáceo y una capa de grasa blanquecina que empezaba a solidificarse, como si la propia cena se hubiera rendido a la desidia.
Hacía rato que el aroma a romero y ajo se había disipado, dejando paso a ese olor rancio de la comida que muere esperando. Alicia, sentada con la espalda recta como si tuviera una vara de fresno cosida a la columna, no quitaba la vista de la puerta de entrada. Tenía en la mano una copa de vino tinto —un Ribera que ya iba por la segunda vuelta— y el tintineo del cristal contra su anillo de casada marcaba el compás de una impaciencia que ya había mutado en algo más oscuro.
Escuchó la llave. No fue un giro limpio. Fue ese sonido metálico, torpe y vacilante de quien intenta entrar sin hacer ruido pero tiene la psicomotricidad fina algo mermada por la prisa o el remordimiento. La puerta se abrió y entró Sergio. Venía con la chaqueta del traje al hombro, la corbata aflojada al estilo “he tenido un día de perros en la oficina” y esa sonrisa ensayada que se pone uno cuando sabe que entra en campo minado.
—Buenas noches, cari —dijo él, tratando de proyectar una naturalidad que no se creía ni el gato de la vecina—. No veas qué jaleo en la M-30. Un camión de pollos volcado a la altura de Ventas. Una locura, de verdad. He estado parado cuarenta minutos sin moverme un milímetro.
Alicia no se movió. Ni siquiera parpadeó. Se limitó a señalar el plato con la barbilla, con una economía de movimientos que habría asustado a un monje zen.
—La cena se enfrió esperándote, Sergio —soltó ella. Su voz no era un grito; era algo peor, era un susurro gélido, de esos que te calan hasta los huesos aunque lleves un abrigo de plumas.
Sergio dejó el maletín en el suelo, haciendo un ruido seco que pareció retumbar en todo el salón. Se acercó a la mesa, evitando el contacto visual directo, y miró el entrecot como si fuera un espécimen biológico de interés científico.
—Vaya por Dios, qué lástima. Tiene una pinta estupenda, de verdad. Si quieres le doy un golpe de microondas y nos lo comemos en un periquete —intentó él, estirando la mano hacia el plato.
—No —le cortó ella—. No vas a recalentar nada. La comida tiene su momento, Sergio. El punto exacto en el que el calor y el sabor coinciden. Una vez que se pasa, se pasa. Como las explicaciones que llegan tarde.
Sergio soltó un suspiro dramático, de esos que buscan la compasión del interlocutor. Se sentó frente a ella, todavía con la camisa desabrochada por el cuello.
—Ali, de verdad, no te pongas así. Sabes cómo se pone el jefe cuando se acerca el cierre de trimestre. Me ha tenido en una reunión de última hora que no aparecía en el calendario. Que si los KPIs, que si el margen de beneficio, que si la abuela fuma… He salido de la oficina con la cabeza como un bombo. Solo quería llegar a casa y estar tranquilo contigo.
—¿Reunión de última hora? —Alicia enarcó una ceja—. Qué curioso. Porque llamé a la oficina a las ocho y media y la centralita ya estaba en modo automático. Y tu móvil, ese aparato tan útil para avisar de que un camión de pollos ha decidido suicidarse en la carretera, estaba convenientemente apagado o fuera de cobertura.
—Es que… me quedé sin batería —balbuceó él, palpándose los bolsillos—. Y en la sala de juntas de la planta 4 no hay cargadores universales, ya sabes que son todos unos antiguos.
—Ya —Alicia dio un sorbo largo a su copa, sin dejar de mirarlo sobre el borde del cristal—. Qué mala suerte tienes siempre, Sergio. Los astros se alinean para que te quedes incomunicado justo cuando el entrecot está en su punto de sal. Es casi poético, si no fuera porque me estoy empezando a hartar de la poesía barata.
Sergio intentó reírse, una risa corta y nerviosa que murió antes de salir de su garganta. Se inclinó hacia adelante, tratando de invadir el espacio personal de Alicia con una falsa cercanía.
—Venga, mujer. No hagamos una montaña de un grano de arena. He tenido trabajo, mucho trabajo. ¿No puedo tener un día complicado sin que parezca que he cometido un crimen de guerra?
Alicia dejó la copa en la mesa con un golpe seco. Se inclinó también, reduciendo la distancia entre ambos hasta que Sergio pudo ver el brillo de determinación en sus ojos.
—Tuve trabajo —repitió ella, imitando su tono con una precisión cruel—. Eso dices siempre. Pero resulta que el trabajo hoy tiene un aroma muy particular.
Parte 2: El rastro de la Bergamota
Sergio se echó hacia atrás, como si Alicia le hubiera dado un bofetón invisible. Intentó mantener la compostura, pero un leve tic en su párpado izquierdo empezó a bailar con ritmo propio. Se pasó la mano por el cuello de la camisa, un gesto instintivo de quien busca aire donde no lo hay.
—¿Aroma? ¿De qué hablas? Será el olor a café de la máquina de la oficina o el humo del tabaco de los que se ponen en la puerta. Ya sabes que en esa oficina no se respira, se sobrevive.
Alicia soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de alegría. Se levantó de la silla con una elegancia felina y empezó a rodear la mesa, acercándose a él por la espalda. Sergio se quedó rígido, mirando al entrecot frío como si buscara en la grasa solidificada una respuesta o una vía de escape.
—No, Sergio. No es café. Y desde luego no es el Ducados que fuma tu jefe —Alicia se inclinó sobre su hombro, inhalando profundamente cerca de su cuello—. Es algo mucho más sofisticado. Algo con notas de salida de bergamota, un corazón de jazmín y un fondo de sándalo que no es precisamente el desodorante de oferta que te compré en el súper la semana pasada.
Sergio se tragó un nudo que se le había formado en la garganta. El silencio en el salón era tan denso que se podía cortar con el cuchillo de la carne que seguía intacto sobre la mesa.
—Y perfume ajeno también —sentenció ella, alejándose un paso pero manteniendo la presión psicológica.
—Estás exagerando, Alicia. De verdad, te lo digo con todo el cariño, te estás montando una película de Almodóvar tú sola —respondió él, tratando de recuperar el tono de superioridad condescendiente que solía usar para cerrar discusiones—. Habrá sido en el metro, o al pasar al lado de alguien en el ascensor. Madrid está lleno de gente, y la gente usa perfume. Es una ciudad civilizada, ¿sabes? No voy por ahí en una burbuja estéril.
—En el metro —repitió Alicia, como si estuviera saboreando una palabra extranjera—. En el metro, ese lugar donde la gente va tan apretada que los aromas se transfieren por ósmosis. Qué conveniente. Pero es que este perfume no está solo en tu chaqueta, Sergio. Está impregnado en tu piel. Se ha quedado a vivir en los poros de tu cuello, justo debajo de la oreja. Ese sitio donde uno no suele rozarse con desconocidos en el vagón de la línea 6, a menos que la hora punta sea mucho más íntima de lo que yo recuerdo.
Sergio se levantó de golpe, la silla chirrió contra el parqué, un sonido estridente que rompió la calma tensa del salón. Se puso a caminar de un lado a otro, gesticulando con las manos, buscando ese aire de indignación del hombre injustamente acusado.
—¡Esto es el colmo! Llego cansado, muerto de hambre, con la cabeza a punto de explotar por los informes de ventas, y me encuentro con un interrogatorio de la Gestapo porque dices que huelo a jazmín. ¿Te escuchas? ¡Te estás volviendo loca, Alicia! Los celos te están nublando el juicio.
—No me llames loca, Sergio. Es el recurso más viejo del mundo y te queda fatal —dijo ella, cruzándose de brazos—. La locura sería ignorar lo que tengo delante de las narices. Nunca mejor dicho. Llevas ese olor pegado como una segunda piel. Es un perfume caro, de los que no se compran en la sección de perfumería del centro comercial de la esquina. Es algo que alguien se pone para ser recordado. Y vaya si lo ha conseguido.
Sergio se detuvo frente a la ventana que daba a la calle Ponzano. Abajo, el bullicio de los bares y las risas de la gente que disfrutaba de la noche madrileña subía hasta el tercero, subrayando la soledad de su conflicto. Se miró en el reflejo del cristal, viendo su propia figura desdibujada por la oscuridad exterior.
—Fue una cena de negocios, ¿vale? —soltó de repente, cambiando de táctica—. Con los clientes coreanos. Vinieron con sus intérpretes y sus asistentes. Estábamos todos apelotonados en un reservado pequeño de un restaurante de esos modernos donde no hay espacio ni para mover los codos. Una de las asistentes se sentó a mi lado. Era una mujer muy amable, me estuvo explicando los detalles técnicos del contrato. Quizás se le pegó el perfume, yo qué sé. Estábamos trabajando, Alicia. Trabajando para que podamos pagar esta hipoteca y esas vacaciones en Formentera que tanto te gustan.
Alicia se acercó a él, paso a paso, hasta quedar justo detrás.
—¿Coreanos? —preguntó ella con una suavidad peligrosa—. Qué interesante. Porque tu jefe, ese que supuestamente te tenía retenido en la oficina, publicó hace una hora una foto en Instagram. Estaba en su casa, con un pijama de cuadros y un bol de palomitas, celebrando que habían cerrado el trato por la mañana. Por la mañana, Sergio. Antes de que el sol llegara al cenit.
Sergio se dio la vuelta lentamente, con el rostro pálido. La mentira se le estaba desmoronando entre los dedos como arena seca.
—Bueno… él se fue antes. Yo me quedé con los de segunda línea. Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, las relaciones públicas, el copeo… Ya sabes cómo funciona esto. No todo es firmar papeles.
—No, desde luego que no —asintió Alicia—. Hay mucho “copeo” involucrado. Y mucho “trabajo sucio” que requiere usar perfume de alta gama. Lo que no entiendo es por qué, si estabas con coreanos, hueles a “Aire de Sevilla” mezclado con algo que me recuerda sospechosamente a la secretaria nueva de tu departamento. Esa que, según tú, era “un poco limitada” pero muy “entusiasta”.
Parte 3: El naufragio del discurso
La mención a la secretaria fue como un dardo envenenado que dio justo en la diana. Sergio abrió la boca para replicar, pero no salió ningún sonido. Se quedó ahí, a medio camino entre la defensa y la capitulación, mientras su cerebro buscaba desesperadamente una salida de emergencia en un laberinto sin puertas.
Alicia volvió a la mesa y, con una calma que resultaba aterradora, cogió el tenedor y pinchó un trozo del entrecot frío. Lo elevó a la altura de sus ojos, examinándolo con un desprecio absoluto.
—¿Sabes qué es lo que más me duele, Sergio? No es que me mientas. Eso ya lo esperaba, de alguna manera. Lo que me duele es que me creas tan estúpida. Que pienses que voy a comprarte la historia del camión de pollos y de la reunión maratoniana con coreanos imaginarios mientras llevas el cuello marcado por una fragancia que grita “culpabilidad” a los cuatro vientos.
—Ali, escúchame… —empezó él, intentando usar un tono meloso, acercándose a ella con las manos extendidas como si fuera a domar a una fiera—. Estás exagerando las cosas. Es verdad que no estuve en la oficina todo el tiempo. Salimos a tomar una copa después del trabajo, un grupo de compañeros. Estaba ella, sí, Vanesa. Pero no pasó nada. Fue solo una charla, un desahogo después de un día tenso. La gente se ríe, se acerca para hablar porque el bar estaba a tope de música… de ahí viene el olor. Es el ambiente, el roce social inevitable. Nada más. Te lo juro por lo que más quieras.
Alicia dejó caer el tenedor. El ruido metálico chocando contra la porcelana sonó como un disparo en la habitación.
—¡No jures! —le gritó por primera vez en toda la noche—. No ensucies más las cosas. ¿Un desahogo? ¿Una charla? Sergio, te he lavado las camisas durante cinco años. Conozco tu olor. Conozco el olor de tu sudor cuando estás estresado, el olor del suavizante que uso, el olor de tu colonia diaria. Y esto que traes hoy… esto es otra cosa. Es el olor de la traición disfrazado de elegancia francesa.
Sergio sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se sentó pesadamente en la silla, frente al plato que tanto había ignorado. De repente, el hambre que no sentía antes apareció como una punzada dolorosa, un vacío en el estómago que no tenía nada que ver con la falta de comida y mucho con el miedo.
—Vale, me pillaste —dijo en voz baja, dejando caer la cabeza entre las manos—. Estuvimos en un bar de copas en la calle Jorge Juan. Solo nosotros dos. Ella se sentía mal por un tema personal y yo… yo solo quería ser un buen compañero. Escucharla. Me acerqué para oírla bien porque, ya te digo, la música estaba altísima. Hubo un momento en que se emocionó y se apoyó en mi hombro un segundo. Solo fue eso, Alicia. Un segundo de debilidad ajena que se me ha quedado pegado. ¿Tan grave es? ¿Tan poco confías en mí después de todo este tiempo?
Alicia se quedó mirándolo, y por un momento, solo por un brevísimo instante, Sergio pensó que la técnica de la victimización iba a funcionar. Pero luego vio cómo la expresión de ella se endurecía, convirtiéndose en una máscara de mármol.
—Confiar es un verbo que se conjuga entre dos, Sergio. Y tú has decidido dejar de participar en la oración. Lo de Vanesa, el bar de copas, la “emoción”… es una historia muy bonita, de verdad. Podrías escribir un guion para una telenovela de tarde. Pero hay un detalle que se te escapa. Un detalle que siempre se os escapa a los que creéis que sois más listos que la realidad.
—¿Qué detalle? —preguntó él con un hilo de voz.
—El hecho de que hoy es nuestro aniversario —soltó ella con una sonrisa triste—. Hoy hacíamos seis años desde la primera vez que salimos. Por eso compré este entrecot. Por eso abrí el Ribera caro. Por eso te estuve esperando con las velas encendidas hasta que se consumieron y se convirtieron en charcos de cera fría. Y tú estabas “consolando” a una secretaria en Jorge Juan mientras yo contaba los minutos en este salón vacío.
Sergio se quedó helado. Sus ojos recorrieron la mesa con una nueva luz. Vio los posavelas metálicos, vio las servilletas de tela que Alicia solo sacaba en ocasiones especiales, vio el esfuerzo que ella había puesto en una noche que él había borrado de su calendario mental para sustituirla por una aventura de oficina.
—Ali… yo… se me pasó por completo. Con tanto lío… no tengo perdón.
—No, no lo tienes —asintió ella, recuperando su tono gélido—. Y no es solo el olvido. Es el perfume, Sergio. Ese perfume no se pega por un apoyo momentáneo en el hombro. Ese perfume se queda así cuando dos personas están mucho más cerca de lo que permite el protocolo de “compañeros de trabajo”. Se queda así cuando hay besos en el cuello, cuando hay susurros al oído, cuando hay una intimidad que no me pertenece.
Sergio intentó articular otra mentira, pero se encontró con que el almacén de excusas estaba vacío. Se limitó a mirar sus propios zapatos, sintiéndose pequeño, ridículo y, sobre todo, descubierto.
Parte 4: La sentencia del olfato
El silencio volvió a reinar, pero esta vez no era un silencio de espera, sino de finalización. Alicia rodeó de nuevo la mesa y se detuvo ante la puerta del pasillo que conducía al dormitorio. Se dio la vuelta una última vez, mirando a Sergio con una mezcla de lástima y resolución.
—La cena se enfrió, Sergio. Y nosotros también. Es curioso cómo funciona el cuerpo humano, ¿verdad? Podemos engañar a los ojos con una sonrisa ensayada. Podemos engañar al oído con una voz firme y una historia bien estructurada sobre camiones de pollos y reuniones en la planta cuatro. Pero el olfato… ah, el olfato es primitivo. El olfato no sabe de diplomacia ni de conveniencias sociales.
Sergio levantó la vista, con los ojos húmedos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó con miedo.
—Voy a dormir en la habitación de invitados —respondió ella con una frialdad absoluta—. Y mañana, cuando te despiertes, espero que ya hayas decidido qué vas a hacer con tu vida, porque en la mía ya no queda espacio para alguien que huele a otra persona mientras me jura amor eterno sobre un plato de carne fría.
—Ali, por favor, podemos hablarlo. Fue un error, una tontería. No significa nada.
—Significa todo, Sergio. Significa que mi tiempo no te importa. Significa que nuestra historia te aburre. Significa que prefieres el aroma de una novedad barata al calor de un hogar que yo me he encargado de mantener vivo mientras tú te perdías por los bares de Madrid.
Alicia dio un paso hacia el pasillo, pero se detuvo. Regresó a la mesa, cogió la copa de vino y la vació de un trago largo y decidido. Luego, miró el entrecot por última vez.
—Por cierto —dijo, con un tono de voz casi conversacional que resultó más hiriente que cualquier grito—, no te molestes en usar el microondas. La grasa ya ha sellado el sabor de la derrota. Cómetelo así, tal como está. Frío, duro y difícil de tragar. Exactamente como me siento yo ahora mismo.
Sergio se quedó solo en el comedor. La luz de la lámpara de techo, que Alicia siempre decía que era demasiado intensa, ahora le parecía un foco de interrogatorio que exponía cada una de sus miserias. Se llevó la mano al cuello de la camisa y volvió a oler. Sí, allí estaba. El jazmín, la bergamota, el rastro de Vanesa. Lo que antes le había parecido una fragancia embriagadora y excitante, ahora le resultaba un olor nauseabundo, la marca del cainita que lo señalaba ante la única persona que realmente le importaba.
Se dio cuenta de que Alicia tenía razón. Las palabras pueden disfrazarse, las miradas pueden desviarse, pero el rastro químico de lo que hacemos es implacable. El olor también delata, y el suyo apestaba a final de trayecto.
Cogió el tenedor con mano temblorosa y cortó un trozo de carne fría. Estaba correosa, insípida, casi desagradable. Pero se la comió. Se la comió toda, bocado a bocado, mientras escuchaba el sonido de la puerta de la habitación de invitados cerrándose con un clic definitivo.
Aquella noche, en la calle Ponzano, el menú no fue entrecot al romero. El menú fue una ración doble de realidad servida a temperatura ambiente, sin guarnición y con un regusto amargo que ninguna cantidad de perfume, por caro que fuera, conseguiría borrar jamás de su memoria. Porque en el juego de las apariencias, uno puede ganar muchas batallas, pero siempre acaba perdiendo la guerra contra la verdad que emana de los propios poros. Y Sergio, sentado ante su plato vacío en una casa que empezaba a sentirse extraña, comprendió que el frío no estaba en la cena, sino en el espacio irremediable que acababa de abrirse entre sus manos.