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La Caída de Al Capone: El Verdadero Final del Intocable

 Capone aparece con gesto serio, elegante, pero en el fondo acorralado. Ese día no lo juzgan por asesinatos, ni por extorsión, ni siquiera por la masacre de San Valentín. La acusación que lo sienta frente a los jueces parece casi ridícula frente a su historial. Evasión fiscal 75,000000 en ingresos jamás declarados producto del alcohol ilegal, la prostitución y el crimen organizado.

 El hombre que lo llevó hasta allí no era un político ni una policía común. Era Elot Nes, el joven agente del tesoro, que había jurado derribar al capo intocable de Chicago. Desde el inicio, ambos se miraron como enemigos irreconciliables. Capone se declaró inocente y acusó a Nés de acoso, pero la batalla apenas comenzaba.

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 El primer día del proceso terminó envuelto en una tensión insoportable. Al día siguiente, el tribunal se adentró en la vida del italoamericano que había nacido en Brooklyn en 1899 y que partiendo de los márgenes de la sociedad ascendió hasta convertirse en el amo absoluto de Chicago. Esa noche Capone evitó la compañía de su esposa, Mae.

 En un coche blindado se dirigió a uno de sus lujosos garitos. Lo esperaban música, alcohol y un séquito de mujeres jóvenes y elegantes a las que mantenía con vestidos, joyas y dinero. Todas lo admiraban, todas dependían de él. Pero aquella noche el brillo en los ojos del capo se había apagado. Sabía que al día siguiente no solo se jugaba su fortuna, sino también su libertad.

 7 de octubre de 1931. El segundo día del juicio comenzó con Capone llegando a los tribunales bajo una nube de fotógrafos. Su inconfundible sombrero blanco captó de inmediata la atención de la prensa y del público. Cada gesto suyo, cada mirada era analizada como si se tratara de un espectáculo nacional. 8 de octubre de 1931.

El tercer día del juicio abrió una ventana hacia su pasado. La acusación recordó los orígenes de la familia Capone, inmigrantes napolitanos llegados a Nueva York en 1893 que buscaron un futuro mejor en el barrio italiano de Brooklyn. Su padre, Gabriele, barbero de profesión, obtuvo la ciudadanía estadounidense en 1906.

Era un hombre trabajador, ejemplo del inmigrante que luchaba por progresar. Pero uno de sus nueve hijos eligió un camino distinto. Alfons, el cuarto de la familia, pronto mostró un carácter violento. A los 14 años fue expulsado de la escuela por agredir a una maestra. Desde entonces, las calles se convirtieron en su verdadera escuela, un lugar donde aprendió a obtener respeto a través del miedo.

 Las pandillas juveniles dominaban los barrios neoyorquinos, irlandeses, sicilianos, judíos y otros inmigrantes se disputaban el control de cada esquina. En ese entorno, Capone entendió que la ley de la calle se escribía con sangre. Los napolitanos preferían la navaja de afeitar. los irlandeses, los ladrillos. Entre ambos mundos, Al se abrió paso con brutalidad.

 Muy pronto ingresó en la temida banda de los Five Points, cuna de futuros mafiosos. Allí, entre cuchillos, apuestas y extorsiones, se convirtió en gangster. Años más tarde, un juez resumiría su destino con una frase lapidaria. Con apenas 17 años, usted ya ha entregado su vida al crimen. Durante esa jornada judicial, un nombre inesperado salió a relucir.

 Vincenzo, el hermano mayor de Al, había desaparecido en la adolescencia soñando con participar al espectáculo de Buúfalo Bille en un circo ambulante. Se marchó para escapar de la violencia que consumía a la familia y nunca regresó. Capone jamás habló de él en público, aunque probablemente sintió alivio de no tener que escuchar las lecciones morales de aquel hermano recto y distante.

 8 de octubre de 1931. El juicio continuaba. Los abogados de Capone pasaron a la ofensiva. Aseguraban que su cliente era un chivo expiatorio y que lo que realmente se juzgaba no era a un hombre, sino a la ley seca. El público reaccionó con murmullos de indignación. En 1919, Estados Unidos había aprobado la 18ora enmienda que prohibía la fabricación y venta de alcohol, una medida impulsada por las ligas moralizadoras que pretendían limpiar al país de vicios, pero que terminó convirtiéndose en el caldo de cultivo perfecto para la mayor

expansión del crimen organizado en la historia. Capone fue uno de los que supo aprovechar la oportunidad. En sus inicios trabajó como portero y matón en un club de baile en Cony Island. Para entonces ya se había casado con Mike Kofflin, una joven irlandesa de una familia rival con la que tendría a su único hijo.

 Era joven, pero tenía una reputación temible. Un asesino frío, eficaz, sin escrúpulos. Con él, los contratos se cumplieron siempre al pie de la letra. Ese talento oscuro atrae la atención de un hombre que cambiaría su destino para siempre. Johnny Torrio, su padrino y mentor, considerado el verdadero cerebro de la mafia en Chicago.

 Fue él quien le abrió las puertas de una ciudad. En plena ebullición criminal, Chicago era descrita entonces como la prostituta de América. Casinos, cabarés, policías comprados y políticos corruptos. Todo estaba en venta y el dinero del alcohol ilegal lo contaminaba todo. Bajo la tutela de Torrio, Capone escaló sin freno en la jerarquía del crimen organizado.

 Era un hombre jovial, elegante, de modales refinados, capaz de seducir tanto en un salón de baile como en un despacho político. Pero bajo esa fachada había un lado oscuro imposible de ocultar. La cicatriz que cruzaba su rostro, apenas disimulada con maquillaje, era el recordatorio de su verdadera naturaleza, la de un gangster implacable y sanguinario.

 La prensa le dio un apodo que detestaba y que nadie se atrevía a pronunciar en su presencia. Scarface. Para 1928, Alcapone estaba en la cima. reinaba en Chicago con poder absoluto, convencido de que nada ni nadie podría detenerlo. Mientras tanto, sus abogados insistían en presentarlo como un empresario respetable, un benefactor que simplemente había sabido aprovechar las oportunidades que ofrecía la época.

 9 de octubre de 1931. En el tribunal, el cuarto día del proceso se planteó como un duelo directo. El bien contra el mal, Elliot Nes contra Alcapone. El silencio se apoderó de la sala cuando llamaron al estrado al jefe de los intocables. Nombre Elliot Nes. Nació en Chicago el 19 de abril de 1903. Estudió criminología en la Universidad de Chicago.

 Se entrenó como tirador de precisión y, aunque estaba casado, no tenía hijos. Su profesión, agente del tesoro y jefe de la brigada especial creada para combatir la corrupción. Con apenas 28 años, Elliotes trabajó en una agencia ineficaz y olvidada. Sin embargo, estaba a punto de convertirse en la pesadilla del hombre más poderoso de Chicago.

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