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Veterano Colombiano Humilló al Mexicano de 19 Años y Pitbull Le Cerró la Boca

 El estilo mexicano nació en los barrios bravos, en los gimnasios de techo bajo y costal remendado, entre gente que no tenía casi nada, salvo el cuerpo y la voluntad de hierro. De ahí salió una manera de pelear que con el tiempo se volvió casi una religión. Ir siempre al frente, castigar el cuerpo del rival hasta apagarle el motor, aguantar de pie lo que sea, con tal de no dar jamás un paso atrás, el golpe al hígado, el gancho a las costillas, la presión que no perdona y que no descansa.

 Esa es la herencia sagrada, esa es la escuela de los grandes. Y un muchacho criado en esa escuela no concibe otra forma de entender una pelea que no sea caminar derecho hacia el fuego. Isaac Cruz era, hasta en el último de sus detalles, hijo legítimo de esa tradición. Por eso, cuando subió al ring aquella noche en Gómez Palacio, no subió solo, subió con todo un país de guerreros respirándole en la nuca.

Patricio Pitbull laments lack of urgency at UFC 314, names ideal opponents for next fight | MMA Fighting

 Del otro lado del ring lo esperaba un hombre que venía de muy lejos, un veterano forjado en el calor del Caribe colombiano, curtido en decenas de batallas, con la frialdad de quien ya lo ha visto todo y no se asusta de nadie. Un peleador que llegó pisando suelo mexicano con una historia oscura cargada a la espalda, con un secreto que tardaríamos en descubrir y con la etiqueta peligrosa de quien dicen que alguna vez tocó la gloria.

 Lo que ocurrió esa noche entre estos dos hombres, lo que pasó cuando sonó la campana y el orgullo de México se midió contra la experiencia y la desesperación de un extranjero que no tenía nada que perder. Es una de esas historias que el boxeo guarda en silencio. Esta noche te la vamos a contar completa desde la primera amenaza hasta el último golpe, pero todavía no sabes cómo termina y te juro que el final esconde más de lo que parece.

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 La sede fue el auditorio centenario en Gómez Palacio, Durango, en el corazón de la región lagunera, esa tierra norteña donde el boxeo no es un pasatiempo, sino una forma de vida. En la comarca lagunera, el box corre por las calles, se respira en los gimnasios humildes, se hereda de padres a hijos, como se hereda el apellido.

 Es una región de gente recia, de trabajadores que entienden el sacrificio porque lo viven todos los días y que por eso mismo aman a los hombres que se parten el alma arriba de un ring. La función llevaba un nombre que lo decía todo, por mi tierra. El plato fuerte de la velada tenía nombre de leyenda regional, Roberto Ma Ortiz, el ídolo lagunero, defendiendo su prestigio frente a Diego Demoledor Cruz en una batalla por un cinturón regional avalado por el Consejo Mundial de Boxeo.

Aquella pelea estelar terminaría en un final amargo y discutido, un empate que dejó a todos con la sangre caliente. Las tarjetas de los jueces marcaron 114 iguales en dos de ellos y 113 a 113 en el tercero. ni vencedor ni vencido, una noche que se negaba a entregar respuestas fáciles, donde hasta el estelar terminó dejando a la afición con ganas de más.

 Pero esa es otra historia, porque mucho antes de que Maa Ortiz subiera al ring, ya había un joven con cara de niño y puños de hombre esperando su turno para hacer historia. Y ese joven se llamaba Isaac Cruz. Le decían el pitbull. Y nunca un apodo le quedó tan bien a un hombre, porque eso era exactamente lo que parecía cuando subía al ring.

 Un perro de presa que no suelta, que no retrocede, que avanza con la cabeza agachada y los dientes apretados hasta que el rival se quiebra. Un pitbull no busca la pelea elegante, busca cerrar la distancia, meterse al pecho del enemigo y trabajar desde la corta hasta que el otro ya no aguanta. Esa era su naturaleza y esa naturaleza lo definiría por el resto de su carrera.

Isaac Cruz había nacido en la ciudad de México el 23 de mayo del año 1998. Para la noche de esta batalla apenas había cumplido 19 años. un chamaco, un muchacho que en otra vida estaría en la escuela o buscando su primer trabajo. Pero Isaac Cruz no era un muchacho cualquiera, era la tercera generación de una familia entregada en cuerpo y alma al boxeo.

 El guante no era su oficio, era su apellido, su herencia, su destino marcado desde la cuna. Su entrenador no era un extraño contratado por dinero, era su propio padre, Isaac Cruz padre, el hombre que le enseñó a cerrar el puño antes que a escribir su nombre, el que le metió en la cabeza desde niño que un guerrero mexicano se levanta siempre, que el dolor es pasajero, pero la rendición es para toda la vida.

Imagínate lo que significa eso. Imagínate crecer en una casa donde el boxeo no es un sueño lejano, sino el pan de cada día, donde el papá es el maestro, el ring es el patio y el legado familiar pesa sobre cada golpe que tiras, padre e hijo, esquina y ring, sangre y sudor. Esa era la dupla que esa noche se plantaba en Gómez Palacio, una sociedad de toda la vida, de esas que solo se construyen con años de madrugadas, de manoplas, de consejos susurrados entre asalto y asalto.

 Y entre los dos cargaban un sueño que apenas empezaba a tomar forma, pero que ya ardía con la fuerza de mil hogueras. Y es que en el boxeo mexicano los apellidos pesan y pesan mucho. Hay dinastías enteras, familias completas donde el guante pasa de generación en generación como una antorcha encendida que no se puede dejar caer por nada del mundo.

 Ser la tercera generación de boxeadores de una familia no es solo un dato curioso de biografía, es una mochila de responsabilidad enorme que se carga en cada entrenamiento de madrugada, en cada pelea, en cada decisión que se toma arriba y abajo del ring. Es saber que cuando subes a pelear no te representas solo a ti mismo, sino a tu padre, a tu abuelo, a todo lo que tu sangre construyó con sudor mucho antes de que tú nacieras.

 Algunos muchachos se quiebran bajo ese peso aplastante, otros, los elegidos, los de raza brava, lo convierten en su mayor fuente de fuerza. Isaac Cruz pertenecía claramente, sin la menor duda, al segundo grupo. Para él, ese peso nunca fue una carga. Para él, ese peso era un motor que lo empujaba hacia delante. Isaac Cruz había debutado como profesional el 14 de marzo del año 2015, cuando tenía apenas 16 años de edad. 16.

Detente a pensar en eso. La mayoría de los muchachos a esa edad todavía no sabe qué quiere de la vida. Todavía juega, todavía duda. Él ya estaba cobrando por subirse a pelear contra hombres hechos y derechos. Ya estaba poniendo el cuerpo y la cara por un sueño que tenía clarísimo.

 Desde aquel primer día, el pitbull dejó claro de qué estaba hecho. Presión, agresividad, golpeo al cuerpo y una hambre feroz por el knockout. No era un boxeador de finura y de baile. Era un demoledor, un hombre que entendía el boxeo como lo entendieron los grandes guerreros aztecas del ring, como una guerra de voluntades donde gana el que está dispuesto a sufrir más, el que aguanta un golpe para devolver dos, el que convierte su propio cuerpo en un arma y en un escudo al mismo tiempo.

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