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TONGOLELE: Por ESTO la REINA de la NOCHE PERDIÓ hasta su PROPIO NOMBRE

Sí, ahora. Aunque el video acabe de empezar y todavía no te haya contado nada, porque cada me gusta en estos primeros segundos le dice al algoritmo de YouTube que esta historia merece llegar a muchísima más gente que creció viendo a Tongolele en las pantallas y en los teatros de México.

A ti no te cuesta nada, es gratis. Y para este canal lo es todo, pero sobre todo, y esto es lo que de verdad me importa, déjame ya un comentario, aunque sea una sola palabra. Escríbeme de qué ciudad o de qué país me estás viendo en este momento. Me encanta abrir los comentarios y ver el mapa de toda la gente que se reúne aquí, desde México hasta Argentina, desde España hasta Estados Unidos, desde Colombia hasta Chile, todos juntos recordando a nuestras leyendas.

Quiero ver hasta dónde llega hoy la historia de Tongolele. Hazlo ahora. De corazón te lo pido y te espero allí abajo en los comentarios. Te voy a abrir cinco archivos en este expediente. Cinco archivos cruzados de hemerotecas mexicanas, biografías y archivos de prensa. El Universal, Milenio, Infobae, Excelsior, El Financiero, La Nación, Ecurred, Wikipedia, declaraciones de la propia tongolele recogidas por agencias como Associated Press y comunicados oficiales de la Secretaría de Cultura del Gobierno de México. Cero invención, todo

documentado, todo verificable. Y te voy a avisar cuando lleguemos a cada uno de los archivos, porque cada uno te va a sorprender, te va a indignar o te va a emocionar más que el anterior. Te lo prometo. Archivo número uno, El origen imposible. La niña de Spokin en Estados Unidos con sangre mexicana estadounidense y según algunas fuentes hasta Tajitiana de las islas del Pacífico.

La muchacha que se encerraba a bailar durante las tormentas eléctricas y se convertía, en sus propias palabras en relámpago. como una adolescente de apenas 15 años acabó cruzando la frontera sola para conquistar un país que no era del todo el suyo. Archivo número dos, el nacimiento de Tongolele y el escándalo.

El cabaret Tíboli, el nombre que ella no quería y que el destino le impuso. el mechón blanco, el baile descalzo y la guerra abierta brutal que le declaró la liga de la decencia por algo tan inocente, tan ridículo, visto desde hoy como enseñar el ombligo. Archivo número tres, la reina de la noche y el cine. Las películas, los grandes con los que trabajó Pedro Infante Tintán, el director Roberto Gabaldón, su paso del cabaret a la pantalla grande y cómo se convirtió en la vedet más famosa y más imitada de todo México. Archivo número

cuatro, El gran amor de su vida. Joaquín González, el mago del tambor, el percusionista cubano que fue su marido, su compañero de escenario y el amor de cuatro décadas, una de las historias de amor más bonitas y más sólidas de todo este archivo y la pérdida que la cambió para siempre.

Y archivo número cinco, el más doloroso, el que te va a tocar el corazón, el final. La enfermedad silenciosa que le robó la memoria a la reina del baile, los 15 años de lento declive, la danza como última y conmovedora terapia contra el olvido. Y aquella mañana de febrero de 2025 en una casa de Puebla rodeada de sus dos hijos.

Recuerda activar la campanita y suscribirte ahora mismo si todavía no lo has hecho, porque lo que viene en el archivo uno te va a sorprender y porque cada suscriptor nuevo le dice al algoritmo que esta mujer merece ser recordada por mucha más gente. Vamos. Para entender cómo una mujer termina escandalizando a todo un país y acabando sus días sin memoria, hay que volver primero al principio, al origen de todo.

Y el principio de Tongolele está muy lejos de México, en un lugar que no podría ser más distinto de los cabarets calientes y bulliciosos, donde un día reinaría. Yolanda Ivón Montes Farrington. Nació el 3 de enero de 1932 en Spokan, en el estado de Washington, Estados Unidos. Sí, has oído bien y conviene repetirlo porque es de las cosas que más sorprende a la gente.

La mujer que se convertiría en uno de los símbolos más mexicanos del siglo XX, la reina de la noche de la Ciudad de México, la que para millones de personas encarnó lo más sensual, lo más exótico y lo más nuestro del espectáculo nacional. No nació en México, nació en Estados Unidos, en una ciudad fría, lluviosa y gris del noroeste americano, a miles de kilómetros de distancia y de temperatura de los escenarios ardientes, donde la esperaba la gloria.

Su origen era una mezcla fascinante, casi de novela. Según consignan Milenio y otras hemerotecas, su padre Elmer Ben Montes, tenía raíces mexicanas. Su madre, Edna Pearl Farrington era estadounidense y según algunas fuentes, por parte de una de sus abuelas corría por sus venas, además sangre tajitiana de las islas del Pacífico.

Esa mezcla de sangres mexicana, estadounidense y Polinesia. Esa fusión de tres mundos tan distintos explicaría en parte esa belleza tan particular, tan difícil de clasificar, que años después dejaría sin palabras a México entero. Una belleza que no se parecía a ninguna otra, ni a la de las actrices mexicanas ni a la de las estrellas de Hollywood.

una belleza de ninguna parte y de todas partes a la vez. Sus ojos, según contarían después las crónicas, parecían cambiar de color según la luz. A veces azules, a veces violeta, casi siempre verdes. Unos ojos imposibles, hipnóticos, de fiera, que iban a formar parte de su leyenda.

Desde muy niña, Yolanda mostró algo que la marcaría para toda la vida, algo que era más fuerte que ella, una conexión casi mística, casi sobrenatural con el baile. Según narra Milenio en un hermoso retrato publicado tras su muerte de niña, en medio de las tormentas eléctricas, Yolanda se encerraba a bailar en su cuarto y en sus propias palabras y las de quienes la conocieron, se convertía en relámpago.

Imagina la escena, porque lo dice todo de quién era. una niña pequeña sola en su habitación, mientras afuera retumban los truenos y los rayos iluminan la ventana con destellos blancos. Y ella, en lugar de esconderse asustada bajo las sábanas como cualquier otro niño, se levanta y empieza a bailar, a moverse al ritmo de la tormenta, como si el cuerpo le pidiera responder a la electricidad del cielo.

Esa niña no bailaba para gustar a nadie. No había público, no había aplausos, no había escenario. Bailaba porque el baile era su forma de existir, su idioma natural, lo que ella era en lo más profundo antes que cualquier otra cosa. El baile no era para tongolele una profesión que eligió, era su esencia, lo que ya era desde antes de saber hablar.

Guárdate ese detalle, grábatelo, porque es la clave de toda su vida y sobre todo de su tragedia final, que entenderás del todo al llegar al último archivo, su talento, esa fuerza que la habitaba, la llevó pronto a formarse en serio, a convertir el instinto en arte, según consignan las hemerotecas, entró a formar parte del ballet internacional de San Francisco en California, donde recibió formación de danza de verdad, disciplina, técnica, horas y horas de ensayo.

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