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“Pedro Infante interrumpió su concierto ante miles de personas al ver a un anciano en primera fila”

Y esos lentes oscuros, gruesos, del tipo que usan las personas con problemas severos de visión. Don Jacinto mantenía la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, como si estuviera escuchando el mundo en lugar de verlo, como si sus oídos hubieran tenido que compensar lo que sus ojos ya no podían hacer. Pedro se arrodilló frente a él en el piso del teatro, sin importarle que su traje blanco de 800 pesos rozara el piso polvoriento que no había sido barrido adecuadamente antes del show.

Sus rodillas tocaron el suelo con un sonido sordo que el micrófono inalámbrico prendido en su solapa captó y amplificó. Don Jacinto”, dijo Pedro con voz entrecortada, que emergía más como un gemido que como palabras. “Don Jacinto, ¿qué le sucedió? ¿Por qué porta esos lentes? ¿Por qué está así?” Su voz salía quebrada, cargada de una emoción que no intentaba disimular, y el micrófono inalámbrico recogía cada palabra, cada respiración entrecortada, transmitiéndola a todo el teatro a través de los altavoces. Don Jacinto

extendió una mano temblorosa, con dedos nudosos y manchados, buscando el rostro de Pedro en el aire frente a él. Sus dedos se desplazaban con incertidumbre. palpando el espacio vacío hasta que finalmente hallaron la mejilla de Pedro. Cuando lo tocó, sus dedos se detuvieron ahí temblando, reconociendo los contornos de ese rostro con la ternura de alguien que reencuentra algo que creía perdido para siempre.

“Me quedé ciego hace 8 años, muchacho.” dijo don Jacinto con voz ronca por la edad y la emoción. Diabetes. Primero fue el ojo izquierdo. Se nubló paulatinamente durante 6 meses hasta que solo distinguía sombras. Luego el derecho. Ese se fue más rápido. En tres meses. Los médicos dijeron que no había nada que hacer.

Pedro sintió que algo se fracturaba dentro de su pecho. Era una sensación física, real, como si una mano invisible le estuviera comprimiendo el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas que comenzaron a descender por sus mejillas sin que hiciera nada por detenerlas. “¿Y por qué no me buscó?”, preguntó Pedro con voz desesperada.

“¿Por qué no me mandó a avisar? ¿Por qué no me escribió? Yo hubiera venido. Yo hubiera sufragado los médicos. Yo hubiera don Jacinto lo interrumpió con una sonrisa triste que mostraba dientes amarillentos y desiguales. Negó con la cabeza lentamente mientras sus dedos todavía reposaban sobre la mejilla húmeda de Pedro.

“Buscarte”, repitió con una risa amarga que no tenía nada de alegría. Pedro, tú eres Pedro Infante, el hombre más célebre de México, el ídolo de millones. apareces en las películas, en las revistas, en todos los periódicos. Habitas en un mundo completamente distinto al mío. Hizo una pausa tragando saliva con dificultad.

¿Cómo iba yo, un viejo músico ciego de Guamuchil que apenas puede pagar su renta a encontrarte? ¿Cómo iba a sortear los guardias, los secretarios, los managers? toda esa gente que resguarda a las estrellas de la gente común como yo. Su voz se quebró aún más. Ni siquiera sabía si te acordabas de mí. Han pasado tantos años.

Pensé que quizás ya me habías olvidado, que yo solo había sido uno más de los tantos que cruzaron por tu vida antes de que fueras famoso. Las palabras cayeron como piedras sobre Pedro. Cada una era un golpe directo a su conciencia, a su culpa, a su vergüenza de haber permitido que esto ocurriera. Toda la audiencia escuchaba en silencio absoluto, tan denso que se podía percibir la respiración colectiva de 18 personas conteniendo el aliento.

Algunas mujeres en las primeras filas ya lloraban abiertamente sin conocer todos los detalles de lo que acontecía. pero sintiendo el peso emocional del momento como si fuera una ola que las arrastraba. Hombres que habían asistido al concierto únicamente para acompañar a sus esposas se encontraban limpiándose los ojos sin percatarse.

Pedro se incorporó lentamente, apoyándose en el respaldo de la butaca frente a él. se volvió hacia el público sin soltar el hombro huesudo de don Jacinto. Su maquillaje estaba arruinado por las lágrimas. Su traje blanco tenía manchas de polvo en las rodillas, pero no le importaba nada de eso. Su voz emergió fuerte, aunque cargada de una emoción cruda, cuando habló por el micrófono.

Este señor que ven aquí sentado en primera fila es don Jacinto Medina. Él fue mi primer maestro de música cuando yo era un niño pobre en Guamuchil, Sinaloa. Tenía 11 años y trabajaba en la carpintería de mi padre desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche, fabricando sillas y mesas de madera de pino para vender en el mercado.

Pedro hizo una pausa para dominar su voz que amenazaba con quebrarse completamente. Mi padre deseaba que yo aprendiera el oficio de carpintero porque decía que era un trabajo honesto y seguro. Pero yo detestaba ese trabajo. Detestaba el olor a barniz, el dolor en las manos llenas de astillas, la monotonía de lijar durante horas.

Yo quería hacer algo distinto, pero no sabía qué. Señaló a don Jacinto con la mano que tenía libre. Un sábado, don Jacinto llegó a nuestro barrio con un violín bajo el brazo. Buscaba estudiantes para impartir clases de música. Cobraba dos pesos al mes por alumno, que en ese tiempo era casi nada, pero para mi familia era muchísimo.

2 pesos era lo que costaba un kilo de frijoles y medio de arroz. La audiencia escuchaba cada palabra como si estuviera hipnotizada. Yo le dije a don Jacinto que quería aprender, pero que no tenía dinero. Y él me miró directo a los ojos con esa forma que tienen los maestros de ver más allá y me dijo, “No importa el dinero, si tienes ganas de aprender, yo tengo ganas de enseñar.

” Pedro se secó las lágrimas con el dorso de la mano, manchando aún más su maquillaje. Durante dos años completos, don Jacinto vino cada sábado a las 3 de la tarde a mi casa. me prestó un violín de madera de cedro que era su segundo instrumento. Me enseñó las notas, los acordes, las escalas, todo desde cero.

Y nunca, nunca en esos dos años me cobró un solo centavo. La voz de Pedro se elevó con emoción creciente. Pero don Jacinto no solo me instruyó en música, me enseñó algo más valioso. me enseñó que yo valía algo, que poseía un talento especial, que no estaba destinado a pasarme la vida lijando sillas en un taller oscuro de Guamuchil.

Hizo una pausa dejando que las palabras resonaran en el teatro. Después de año y medio de clases, don Jacinto me reveló algo que transformó mi vida para siempre. Y me dijo, “Pedro, tú no estás hecho para ser carpintero. Tienes algo especial en la voz, algo que no se puede enseñar y tú lo tienes.” Pedro dirigió su mirada a la audiencia barriendo desde el balcón hasta las primeras filas.

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