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ULTIMINIO RAMOS : CONFESÓ ANTES DE MORIR POR QUE MATÒ A 2 BOXEADORES EN 5 AÑOS

y le dijo,  “Está bien, pero si vas a esa arena y te lastiman, yo no voy a poder pagar la medicina. Tienes que aguantar.” El niño caminaba 12 km cada  noche para llegar a la arena. Se sentaba afuera pegado a la pared  y escuchaba los golpes sin haber pagado entrada. Por la  rendija de la puerta veía los rings, los guantes rojos, la sangre en el lienzo  y soñaba.

Una tarde de 1949, el niño regresó a su casa con un puñado de centavos  en el bolsillo y se encontró a su padre llorando en la cocina. Domingo Ramos, el  hombre flaco de manos enormes, estaba sentado en una silla con la cabeza entre las manos y le caían las lágrimas. Encima de un papel arrugado, el niño se acercó despacio, le preguntó qué pasaba y el padre le entregó el papel.

Era una carta  de un primo lejano que vivía en Florida. La carta decía que los hijos de ese primo habían terminado la escuela y se iban a trabajar a una fábrica  de cigarros por un sueldo de $ semanales. Domingo Ramos miró al niño  limpiabotas y le dijo una frase que el chamaco iba a recordar toda su vida.

Le dijo, “En esta familia nadie llega lejos. Ninguno de mis hermanos llegó a nada. Tu abuelo se murió de hambre. Yo me romperé el lomo lavando los pisos del muelle  hasta que se me acabe el resuello. Y ahora veo a los primos de Florida que van a ganar más en  una semana de lo que yo gano en un mes. Y soltó otra lágrima.

Encima del papel,  el niño limpiabotas de 8 años recién cumplidos le tomó la mano a su padre y le hizo una  promesa. Una promesa que le iba a costar. 40 años después  pedirle perdón a Dios, le dijo, “Papá, yo voy a llegar a ser el mejor del mundo en algo,  no sé en qué, pero tú vas a estar orgulloso de llamarte  como yo me llamo.

” Domingo Ramos miró a su hijo y le sonrió sin  creerle, pero le sonrió. Número cumputo. Número cumpo. Esa noche  el niño guardó el cajón de limpiabotas debajo de su cama y nunca más lo volvió a sacar. Al día  siguiente caminó 3 km hasta un gimnasio de boxeo  que quedaba en la calle Independencia.

Un gimnasio modesto con un solo ring de madera y olor a sudor viejo.  El dueño del gimnasio era un hombre negro con una cicatriz en la ceja izquierda. le decían  el mulato Sandoval. Era el entrenador más respetado de la provincia de Matanzas.  El niño llegó, se paró enfrente del mulato y le dijo que quería ser boxeador.

El mulato lo miró de arriba a abajo,  le calculó los huesos, le tocó los brazos y le contestó, “Estás muy  chiquito, estás muy flaco. Aquí no aceptamos niños limpiabotas.”  El chamaco no se movió. El mulato le repitió que se fuera. El chamaco siguió ahí parado. Al cuarto día consecutivo, de ver al niño parado en la puerta del gimnasio, el mulato Sandoval soltó la  toalla, le dio un par de guantes viejos y le dijo, “Sube al ring traes adentro.

Lo que el niño limpiabotas traía adentro.  Cambió la historia del boxeo cubano para siempre. Número. El primer  rival del chamaco fue un muchacho de 15 años, hijo de un panadero, el mulato  Sandoval. Pensó que sería un calentamiento, una manera de medir las ganas del chico de Matanzas.  El chamaco de 8 años recién cumplidos le metió tres  golpes seguidos al panadero, le rompió el labio y abrió la ceja  del muchacho con el último. El mulato Sandoval.

se paró en el centro del  ring, levantó al panadero y miró al chamaco con otros ojos y le dijo, “Mañana vuelve a las 5 de la mañana.” Esa fue la primera  frase que recibió el chamaco. Como hombre, no  como niño limpia botas. El mulato Sandoval lo empezó a entrenar 5 horas todos los días desde las 5 de la mañana  hasta las 10.

Después lo mandaba a la escuela y por la tarde, otra vez al gimnasio hasta las 8 de la noche le enseñó a saltar la cuerda, a moverse  de lado, a esquivar con la cintura, pero sobre todo le enseñó a soltar el golpe en un solo  movimiento, sin avisar. Domingo Ramos, el padre  iba a verlo entrenar.

Los sábados se sentaba en una banca de madera sin decir nada. Solamente lo observaba durante 3 horas seguidas. Una tarde le preguntó al mulato Sandoval si su hijo iba a llegar  a algo. El mulato Sandoval lo miró fijo y le contestó.  Le dijo, “Domingo, tu hijo va a llegar a ser lo que ningún cubano  ha podido llegar a hacer, pero también va a cargar.

lo que ningún cubano ha podido cargar. Domingo Ramos asintió sin entender bien  y se fue caminando hasta su casa. Número fue Domingo Ramos.  A los 11 años, Ultimio ya tenía 30 peleasur a los 12, 70, a los 13, más de 100. Su récord era casi perfecto, solo había  perdido dos veces y siempre por decisión, nunca por knockout.

Pero había algo extraño, algo que el mulato Sandoval notó desde la  primera semana de entrenamiento. El chamaco tenía las manos más duras que cualquier boxeador  que el mulato había visto en su vida. algo extraño en los nudillos, algo en la densidad del hueso que volvía a cada uno de sus  golpes.

En una pequeña explosión, a los 14 años, el chamaco rompió la mandíbula de un boxeador adulto en un combate a Mateur en 100 fuegos.  Al joven adulto se lo llevaron al hospital y le tuvieron que poner alambres en la cara. En  en en el mulato Sandoval se asustó, lo llevó a un médico, le pidió  que le revisara las manos al chamaco.

El médico le dijo que las manos del muchacho eran un fenómeno raro que tenía los  huesos del puño más densos que el promedio, como si tuviera pequeños bloques  de piedra bajo la piel. El médico le advirtió al mulato que con ese tipo de pegada, el chamaco iba a lastimar gravemente a más de un rival. El mulato Sandoval guardó esa advertencia para él solo.

No se la  contó al chamaco, no se la contó al padre y empezó a pensar cómo podía aprovechar comercialmente esa pegada para el público  de la época. Un noqueador, era una mina de oro. Las arenas se llenaban.  Los apostadores ponían dinero. Los promotores hacían carteles enormes con el nombre del noqueador  en letras rojas.

El mulato Sandoval le dijo a sus contactos en la  Habana que tenía una joya en su gimnasio de Matanzas y empezó a moverlo  hacia la capital. El chamaco viajó por primera vez a La Habana a los 15  años en un autobús viejo, sin asientos, lleno de campesinos que iban  a vender frutas. Llegó cargando una mochila de tela donde había guardado tres camisas,  un pantalón y los guantes que le había regalado el mulato.

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