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CANTINFLAS sufrió R4CISMO en el Festival de Cannes por ser MEXICANO, respondió sin decir una palabra

Ritmo eterno. Un fotógrafo lo vio desde el paseo, levantó la cámara, disparó. Cantinflas no se dio cuenta. La fotografía nunca se publicó. Quedó en un archivo. Años después, un investigador la encontró. Un mexicano descalso mirando el mar en can. Solo pensativo, humano. La noche inaugural fue ceremonia pura.

Cantinflas llegó con puntualidad mexicana, que en Europa es llegar temprano. El palacio del festival brillaba con luz artificial. Dentro el techo alto amplificaba las conversaciones en idiomas múltiples. Cantinflas buscó su lugar. Sección media, fila 12, asiento lateral. Ni muy visible ni completamente escondido, el lugar perfecto para quien no debería destacar.

Se sentó junto a un matrimonio alemán que no le dirigió la palabra. Al otro lado, un crítico francés que leía el programa con concentración de cirujano. Cantin flas esperó. Las luces bajaron, comenzó la proyección, una película francesa sobre la resistencia durante la guerra. Drama serio, actuaciones intensas, fotografía expresionista.

El público reaccionaba en los momentos correctos. Lágrimas contenidas, suspiros educados, aplausos medidos. Cantinflas observó más al público que a la pantalla. Fascinante cómo todos parecían sentir lo mismo al mismo tiempo, como si hubiera un protocolo emocional, como si las lágrimas tuvieran reglamento. Pensó en las funciones en México, en cómo la gente gritaba, reía fuerte, lloraba sin pena, comía durante la película, comentaba, vivía la experiencia sin filtro de buenas maneras.

Dos mundos, dos formas de ver cine. Ninguna mejor, ninguna peor, solo diferentes. Al terminar, la gente salió en silencio reverente. Cantinflas escuchó fragmentos de conversaciones. Magistral, conmovedor, una obra maestra, palabras grandes para una película correcta, no mala, pero tampoco tan extraordinaria como los adjetivos sugerían.

¿O sí? ¿O él no entendía por qué venía de otro código cultural? En el lobby, los grupos se formaron naturalmente, franceses con franceses, italianos con italianos, estadounidenses ruidosos en una esquina. Cantinflas quedó solo, literalmente solo, parado junto a una columna sin grupo al cual unirse. Podía acercarse, podía presentarse, pero algo en la dinámica social le decía que no era bienvenido a menos que fuera invitado y no había invitaciones.

Entonces ocurrió el primer encuentro significativo. Una mujer, elegante, cabello blanco perfectamente peinado, se acercó. Habló en español con acento argentino. Ustedes cantinflas, ¿verdad? Él asintió. Soy Delia. Vivo en Buenos Aires. Vi todas sus películas. Mi esposo era mexicano. Murió hace 3 años. Verlo aquí es como ver un pedazo de él.

Se sentaron en un sofá apartado. Delia habló de su esposo, de cómo se habían conocido en la ciudad de México en los años 30, de cómo habían emigrado a Argentina, de cómo él nunca dejó de ser mexicano, aunque viviera en el sur. Y usted, preguntó Delia, ¿cómo se siente aquí? Solo Cantinflas pensó la respuesta, no solo acompañado por muchos, pero rodeado por nadie.

Delia entendió perfectamente. Es el precio de ser diferente, especialmente cuando tu diferencia les recuerda su uniformidad. Conversaron 20 minutos más sobre México, sobre el exilio cultural que es vivir lejos del lugar que te formó, sobre la soledad de los salones llenos. Cuando Delia se despidió, Cantinfla se sintió menos forastero.

No porque Delia fuera importante en Kan, no lo era, sino porque le había recordado que existía un mundo más allá de esas paredes, un mundo que lo valoraba sin traducción. El segundo día comenzó con desayuno de prensa, café, crossans, jugó de naranja, periodistas de 30 países tomando notas, buscando ángulos, construyendo historias antes de que ocurrieran.

Cantinflas fue ubicado en una mesa con otros actores de reparto internacional, un japonés, un griego, una brasileña, los exóticos, los que dan color pero no protagonismo. Un periodista inglés pasó cerca, micrófono en mano, grabadora al hombro, buscaba declaraciones. Se detuvo frente al actor japonés. What brings you to KS? What brings you to KS? El japonés respondió en inglés cuidadoso.

El periodista tomó notas, pasó al griego, misma pregunta, misma atención. Llegó frente a Cantinflas, lo miró, dudó, siguió caminando. El desprecio fue tan evidente que la actriz brasileña lo notó. Le susurró a Cantinflas, “No te preocupes, para ellos América Latina no existe o existe como caricatura.” Cantinflas asintió, pero algo en su interior se endureció.

No era ira, era determinación. Si iban a ignorarlo, que fuera por decisión activa, no por invisibilidad pasiva. Terminado el desayuno, había un panel, el futuro del cine mundial. Cuatro panelistas, un francés, un italiano, un estadounidense y un británico. Cuatro hombres blancos hablando del futuro del cine mundial.

La ironía no pasó desapercibida para Cantinflas, sentado en la tercera fila, el francés habló de Nubel Vag, el italiano de neorrealismo, el estadounidense de espectáculo, el británico de tradición. Todos coincidían en algo. El cine verdadero, el que importa, se hace en Europa o Hollywood. El resto es folklore, entretenimiento local.

Curioso de estudiar antropológicamente, pero no arte en sentido estricto. Durante el turno de preguntas, Cantinflas levantó la mano. El moderador, sorprendido, le dio la palabra. Cantinflas se puso de pie. Habló en inglés sencillo, con acento marcado, pero claro. Pregunta para todos. Un campesino mexicano que llora viendo una película de su pueblo llora menos artísticamente que un parisino llorando con una película francesa.

Silencio incómodo. El francés intentó responder con diplomacia. No es cuestión de lágrimas, es cuestión de sofisticación narrativa. Cantinflas replicó, “¿Y quién decide qué narrativa es sofisticada? ¿El que la hace o el que la ve?” El panel se tensó. El estadounidense tomó la palabra. Señor Moreno, entendemos su punto, pero hay estándares universales de calidad.

Cantinfla sonrió. Universales o europeos. El moderador cerró el turno de preguntas, pero el daño estaba hecho. O el bien según cómo se vea. Cantinflas había dejado de ser invisible. Ahora era problemático, lo cual en cierta forma era mejor. Al salir, varios asistentes lo miraron diferente, algunos con molestia, otros con curiosidad.

Un cineasta polaco se le acercó. Bien dicho. Estos franceses creen que inventaron el cine. Caminaron juntos por el pasillo. El polaco se presentó. Andrecht, director de documentales, también marginado en Kans por venir del este de Europa. Para ellos, dijo Andrej, solo existe el eje París, Roma, Londres, Nueva York. El resto somos nota al pie.

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