El destierro es, sin lugar a dudas, una de las condenas más crueles y despiadadas que puede llegar a sufrir un ser humano. Arrastrar las raíces, dejar atrás los rostros amados, abandonar el polvo de las calles que nos vieron crecer y ser expulsados por la fuerza de la tierra a la que se pertenece, constituye un trauma que desgarra el alma. Sin embargo, para el obispo nicaragüense Silvio José Báez, el exilio forzoso no ha logrado apagar la llama ardiente de su amor por Nicaragua. Al contrario, la injusticia de la distancia ha encendido aún más su voz profética, convirtiéndola en un faro de esperanza inquebrantable para una nación sumida en una oscuridad que parece interminable.
En una reveladora, íntima y profunda entrevista con el medio Confidencial, Monseñor Silvio Báez abrió las puertas de su corazón para compartir las heridas que aún sangran, pero también la fe indestructible que lo mantiene de pie frente a los embates de una de las dictaduras más implacables de América Latina. Con una claridad meridiana y un tono que mezcla la brillante erudición de un académico con la cercanía genuina de un pastor enamorado de su rebaño, el obispo desgranó los momentos más dramáticos de su destierro, las horas de terror durante el estallido social de 2018 y su firme convicción de que Nicaragua, cual Cristo en el Calvario, resucitará de entre las cenizas.
El desgarrador reclamo al Papa Francisco y el amargo sabor del exilio

Corría el año 2019 cuando la vida del obispo Báez dio un giro radical y traumático. Las amenazas de muerte en su contra, orquestadas por las fuerzas del régimen, habían alcanzado niveles críticos. El Vaticano, en un movimiento desesperado para proteger su integridad física, tomó la decisión de sacarlo del país. Pero la obediencia no llegó sin una agonía profunda. Con la valentía que caracteriza a los grandes profetas de la historia, Báez no dudó en confrontar cara a cara al mismísimo Papa Francisco.
“Discutí con el Papa Francisco largamente. Tuve el valor de decirle: ‘Lo que no entiendo, Santo Padre, es que usted esté salvando al pastor en vez de salvar a las ovejas'”, relató el obispo con una honestidad que estremece hasta las lágrimas. En su visión puramente pastoral, el líder espiritual debe estar dispuesto a derramar su sangre por el pueblo oprimido. El Papa, sin embargo, comprendía la magnitud del peligro inminente. Tomándolo fuertemente del brazo, Francisco le dijo unas palabras que sellarían su destino: “No quiero otro obispo mártir más en Centroamérica. Haceme caso, yo sé lo que te digo”.
Aceptar aquella ordenanza fue un proceso impregnado de dolor, de resistencia íntima y de incomprensión inicial. Abandonar a un pueblo masacrado, aterrorizado y reprimido, justo en el momento en que más necesitaban a sus guías, fue una estocada al corazón. No obstante, con el paso ineludible del tiempo, Báez ha logrado encontrar la paz en esa obediencia. Hoy, desde la distancia física, reconoce la sabiduría divina detrás de aquella acción papal y entiende que su misión sigue viva, trascendiendo las fronteras físicas impuestas por un caprichoso decreto dictatorial.
De los pergaminos europeos al fuego de la represión callejera
Para comprender la magnitud de la figura monumental de Silvio Báez, es imperativo mirar hacia su fascinante pasado. Nacido en Masaya en 1958 y marcado por la ausencia de su padre durante su adolescencia, Báez encontró refugio, amor y propósito en la fe. Su excepcional brillantez intelectual lo llevó a estudiar a Roma y Jerusalén, donde se doctoró en Teología Bíblica, dominando a la perfección lenguas milenarias como el arameo, el hebreo antiguo y el griego. Parecía destinado a pasar el resto de sus días en la plácida erudición de las aulas europeas, rodeado de manuscritos antiguos, bibliotecas y alumnos.
Sin embargo, en 2009, la historia lo requería en las trincheras. Fue llamado de regreso a Nicaragua para asumir como obispo auxiliar de Managua. Renunció a su vida religiosa en la comunidad de los padres carmelitas descalzos y a su prestigiosa carrera académica para volver a una patria que apenas reconocía.
“Creí que me iba a encontrar un país en donde se respetaba el pensar diferente… creí que habíamos erradicado la violencia para siempre. Sin embargo, mi primera impresión fue como que llegué a una jungla”, confesó abiertamente. El choque con la realidad fue brutal. En lugar de encontrar un ambiente de tolerancia, se topó con una maquiavélica estructura de poder diseñada para eternizarse, manipulando vilmente la religión y atropellando de manera sistemática los derechos de los más vulnerables. Ante esta injusticia rampante, el obispo tomó una decisión inquebrantable: no quedarse en silencio. Comenzó a denunciar la opresión a todo pulmón, prestando su voz a los que no la tenían y educando la conciencia cívica de un pueblo valiente que rápidamente lo acogió como a un líder irremplazable.
El sangriento 2018: “Ni un muerto más”
El estallido social de abril de 2018 representa una herida abierta que sigue latiendo en la memoria colectiva de Nicaragua. Báez estuvo allí, plantado en la primera línea espiritual del conflicto. Cuando los jóvenes universitarios y los abuelos salieron a las calles a protestar de manera pacífica y fueron recibidos con feroces lluvias de balas de francotiradores, el obispo no titubeó. Apoyó con firmeza la justa protesta ciudadana y apuntó directamente a los responsables del derramamiento de sangre.
“Hago un llamado a Daniel Ortega y a su esposa para que detengan la violencia y la represión… Tengan la madurez de rectificar tantos errores por el bien de Nicaragua”, proclamó valientemente en aquellos días teñidos de terror. Hoy afirma con contundencia que repetiría exactamente las mismas palabras en la cara de los dictadores. La irracionalidad y la crueldad absoluta del régimen, que dejó cientos de asesinados, miles de heridos y decenas de miles de exiliados, es un episodio que su corazón de pastor jamás podrá olvidar ni justificar. Arriesgó su propia vida viajando a Masaya para evitar masacres, experimentando el terror, pero sin permitir jamás que ese miedo condicionara su inquebrantable defensa de la vida.
El Faraón moderno y el silencio como crimen de lesa humanidad
La profunda destreza académica de Báez le permite leer la trágica realidad nicaragüense a través del espejo de la historia bíblica. Para el obispo, el régimen autoritario guarda un paralelismo asombroso, directo y aterrador con los sistemas totalitarios y esclavistas de la antigüedad.
“En la Sagrada Escritura, la realidad de la opresión, de la esclavitud y de la injusticia está más presente de lo que uno piensa. El Faraón sigue existiendo”, advierte con agudeza. Así como el histórico faraón de Egipto sometía al pueblo para su propio enriquecimiento y delirio de grandeza, la actual élite en el poder exprime y asfixia a sus ciudadanos. Pero Báez recuerda a todos una promesa divina inamovible: el Dios de la Biblia escucha el clamor de los oprimidos, y jamás, bajo ninguna circunstancia, se pondrá del lado de un faraón tiránico.
Un aspecto fascinante y estremecedor de sus reflexiones radica en su análisis sobre el “silencio”, el cual fue el tema central de su tesis doctoral. Báez distingue categóricamente entre un silencio positivo, que genera comunión y empatía, y un silencio negativo, que destruye el tejido social. En la Nicaragua actual, el silencio impuesto mediante la feroz censura, las amenazas y el encarcelamiento es “uno de los crímenes más tremendos contra la dignidad humana y contra el proyecto de Dios”. Arrancarle a un pueblo el derecho fundamental a expresarse, obligarlo a tragar sus lágrimas en mudez, es un acto diabólico que la historia terminará condenando sin apelación.
Una Iglesia en el destierro que se niega a morir
La persecución gubernamental ha transformado a la Iglesia católica en Nicaragua en una auténtica iglesia mártir y sufriente del siglo XXI. Con obispos desterrados —incluyendo el atroz cautiverio y posterior expulsión de Monseñor Rolando Álvarez, por quien Báez abogó incansablemente ante el mundo y el Papa—, cientos de sacerdotes y religiosas forzados al exilio y decenas de propiedades arrebatadas de forma ilegal, el panorama pareciera desolador.
A pesar de las embestidas, Báez reinventa su labor pastoral desde su actual residencia en Miami, Florida. Haciendo un uso ingenioso de la tecnología, lidera reuniones mensuales por Zoom con cientos de miembros del clero nicaragüense dispersos por el mundo. La iglesia desterrada se mantiene viva, articulada y resistiendo de pie, encontrando canales creativos para sostener la frágil esperanza de una inmensa diáspora doliente.
El retorno anhelado a Masaya y la profecía de la resurrección
Al caer el telón de las adversidades, el obispo Báez se reafirma como un nicaragüense puro al que le han intentado borrar su nacionalidad por un decreto absurdo; un acto burocrático, patético y vacío contra un hombre cuyo amor por su tierra no conoce los límites trazados en un mapa. “La patria va en el corazón y yo amo Nicaragua”, proclama con una emoción vibrante que contagia a cualquiera que escuche su testimonio. ¿Cuál es su mayor anhelo al volver a una Nicaragua verdaderamente libre y democrática? Caminar, abrazar y respirar de nuevo por las cálidas calles de su amada Masaya.
La resiliencia de Báez no es producto de un optimismo superficial ni pasajero. Es una convicción profunda, cimentada en la fe y templada en el crisol del sufrimiento colectivo. Al observar el calvario de su país, envía un mensaje inamovible que retumba como un trueno de victoria: “Un pueblo crucificado siempre resucitará”.
La reconstrucción de una nueva patria, donde pensar diferente deje de ser penalizado con la cárcel o el destierro, donde no haya excluidos y donde reine una paz fundada sobre los sólidos cimientos de la justicia social, no vendrá impuesta desde el exterior. Depende enteramente de los nicaragüenses, de su coraje y de su fuerza indomable. Mientras llega ese luminoso y esperado amanecer, Silvio José Báez continúa siendo esa voz profética insobornable, el refugio de los que no pueden hablar y la prueba irrefutable de que, por más que se prolongue la tiranía, nadie podrá jamás arrebatarle el alma y la esperanza a un pueblo decidido firmemente a ser libre.
Disclaimer : This content may be created by AI for entertainment purposes. Any resemblance to real persons, events, or places is coincidental.