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CABINHO CONFESÓ LLORANDO TODO LO QUE HIZO HUGO SÁNCHEZ

Y cuando la sepas, vas a entender por qué Cabiño, hoy, 52 años después, sigue diciendo que le robaron todo desde el principio. Por ahora, quédate con esto. Cabiño salió campeón compartido con el Santos en el Campeonato Paulista de 1973 y un año después la vida le iba a cambiar. Llegó la oferta de los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México. Era el verano de 1974.

El presidente de los Pumas se llamaba Guillermo Aguilar Álvarez. Era un hombre que sabía lo que el club necesitaba. Los Pumas era un equipo joven recién subido a primera división 4 años antes y necesitaba un goleador que les diera la identidad que les faltaba. Cabiño había metido 32 goles en la temporada anterior con la portuguesa.

Era el goleador más codiciado del fútbol amater brasileño, que no había llegado a los grandes, y se lo trajeron a México por una cifra que nunca se hizo pública. 19 de julio de 1974. Cabiño bajó del avión en el aeropuerto Benito Juárez. Llevaba un traje que le habían regalado la noche anterior en Sao Paulo.

Le quedaba grande, tenía 26 años y nunca había salido de Brasil. Lo esperaba un periodista del diario. Esto le hizo una sola pregunta. Le preguntó cuántos goles iba a meter en la Liga Mexicana y Cabiño, que apenas hablaba español, le contestó en portugués mezclado una sola palabra. Dijo muchos. Y cumplió su palabra. Su primer partido con los Pumas fue contra el Toluca en el estadio Olímpico Universitario.

29 de julio de 1974, Cabiño entró a la cancha con el número nueve en la espalda y al minuto 32 recibió un centro por la izquierda, acomodó el pie y disparó. ¡Gol! el primero de los 312 que iba a meter en México. La afición universitaria no sabía que estaba viendo el primer gol del mejor jugador que iba a pisar ese estadio.

Esa temporada 1974 a 75 Cabiño metió 16 goles en 25 partidos. Los Pumas, por primera vez en su historia llegaron a los cuartos de final de la liguilla. Cabiño fue el héroe de Ciudad Universitaria, pero lo mejor estaba por venir porque al año siguiente, 1975 a 76, Cabiño metió 29 goles en 38 partidos y ganó su primer título de goleo de la Liga Mexicana, el primero de los ocho que iba a ganar.

Un récord que nadie ha podido romper en 50 años y al siguiente año metió 34 y al siguiente 33 y al siguiente 26. Cuatro títulos de goleo consecutivos con los Pumas, algo que nadie había logrado en la historia del fútbol mexicano. Y aquí es donde la historia empieza a oscurecerse, porque el éxito en México le trajo todo lo que nunca había tenido en Brasil.

Le compraron una casa en Coyoacán. Le pagaron para que aprendiera a leer y escribir en español. Una directiva le presentó a las hijas de los políticos de la universidad. Lo invitaron a fiestas que él ni siquiera podía pronunciar. Y entre todas esas fiestas conoció a una mujer mexicana que iba a ser la madre de sus hijos y la mujer que iba a aguantar cada caída y cada gol de los siguientes 15 años.

Pero esa historia la conocerás más adelante. Por ahora, quédate con esto. Cabiño era el máximo ídolo de los Pumas. Era el goleador más temido de la liga mexicana. El delantero que recibió el premio Sitlali al mejor jugador dos veces y el extranjero mejor pagado del país. Y un día, en 1977, pasó algo que iba a cambiar para siempre la historia del fútbol mexicano.

Los Pumas llegaron a la final de liga de 1976 a 77 contra los Leones Negros de la Universidad de Guadalajara. Empate 0 a0 en la ida y en la vuelta, minuto 85, empate 0 a0. El estadio a punto de irse a tiempos extras, la afición sin aliento. Spencer Coelo, compañero brasileño, recibió un balón por la izquierda.

levantó la cabeza sin mirar, mandó el balón al centro del área y ahí estaba Cabiño, solo frente al portero con el balón muerto sobre su pie izquierdo y la portería frente a él y y pateó suave como acariciando. El balón entró, la red se infló, el estadio explotó. ¡Gol! Cabiño acababa de darle a los Pumas su primer título de liga mexicana en la historia del club.

Lo cargaron en hombros, le dieron la vuelta olímpica, le gritaban maestro, le gritaban cabiño, le gritaban brasileño. Esa noche cabiño no durmió. Esa noche cabiño era el hombre más feliz del mundo y pensó que México iba a ser su casa para siempre. Pero el universo tenía preparada una traición que iba a cambiarlo todo.

Porque ese mismo año, 1977, en la cantera de los Pumas estaba creciendo un muchacho de 19 años que ya metía goles como cabiño. Un muchacho que tenía la cara redonda, la sonrisa nerviosa, el cabello rizado, un muchacho al que le decían el niño y un día lo subieron al primer equipo. Guarda esto en tu mente, porque a partir de aquí la historia de Cabiño y la historia de ese muchacho se van a entrelazar para siempre de la manera más cruel que te puedas imaginar.

Antes de contarte lo que vino después, debes saber algo que Cabiño confesó en 2016 frente a una cámara de ESPN, después de 40 años de silencio, confesó que ese muchacho le destrozó la vida, que ese muchacho le robó todo, que ese muchacho fue el responsable de que hoy Cabiño viva solo en Bahía, olvidado por México. Ese muchacho se llamaba Hugo Sánchez y aquí, en el otoño de 1978, llegó al vestuario de los Pumas.

Hugo Sánchez, 20 años, cara de niño, sonrisa nerviosa, cabello rizado, recién subido de la cantera. Apenas hablaba en el vestuario por respeto a los más grandes. Y cabiño lo recibió. Le enseñó dónde colgar la camiseta y cómo hacer el calentamiento. Le mostró cómo se metían los goles en la Liga Mexicana.

Lo invitó a su casa en Acapulco. Le presentó a sus amigos, le abrió las puertas de su mundo, lo trató como a un hermano menor. Durante los siete meses siguientes, Cabiño lo entrenó cada tarde después de los entrenamientos oficiales. Se quedaban una hora más tirando a portería. Cabiño le enseñó cómo se hacía el cabeceo en los Pumas, cómo acomodar el cuerpo para definir, cómo leer la portería sin mirarla.

Hugo aprendía rápido y le decía, “Maestro”, le decía mi maestro, le decía, “Un día voy a ser como tú.” Cabiño, se reía. le contestaba, “No vas a ser como yo, vas a ser tú mismo.” Y con eso es suficiente. Esa temporada, 1978 a 79, Hugo Sánchez fue titular al lado de Cabiño. Los Pumas tenían la dupla goleadora más temida del fútbol mexicano.

Cabiño con su técnica brasileña, Hugo con su instinto mexicano, eran imparables. Y al final de la temporada pasó algo que ninguno de los dos esperaba. Empataron en la tabla de goleadores, 26 goles cada uno. Compartieron el título de máximos goleadores de la Liga Mexicana. El cuarto para Cabiño, el primero para Hugo.

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