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Quedó atrapada en la tormenta con un viudo campesino; al amanecer, su fortuna de 800 millones ya no valía nada.

Quedó atrapada en la tormenta con un viudo campesino; al amanecer, su fortuna de 800 millones ya no valía nada.

[PARTE 1]

El lodo oscuro de la sierra de Jalisco devoró los tacones de aguja de Valeria Garza en el instante en que sus pies tocaron la tierra.

La lluvia azotaba sin piedad el fuselaje del helicóptero Augusta, obligándola a entrecerrar los ojos mientras el viento helado le cortaba la respiración.

Llevaba puesto un traje blanco de lino italiano que costaba más de lo que muchas familias mexicanas ganaban en un año.

Ahora, esa tela exclusiva se pegaba a su piel temblorosa, teñida de un marrón sucio y humillante.

“¡Maldita sea, Héctor, saca el teléfono satelital!”, gritó Valeria, su voz casi ahogada por el rugido del trueno.

El piloto, pálido y con las manos temblando sobre los controles apagados, negó con la cabeza lentamente.

“Está muerto, licenciada. El rayo frió los sistemas de comunicación antes del aterrizaje forzoso”.

Valeria apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas esculpidas se clavaron en las palmas de sus manos hasta casi sangrar.

Eran las cinco de la tarde.

Mañana a las nueve de la mañana, en la suite presidencial de un hotel en Los Cabos, debía firmar un contrato de 800 millones de dólares.

El complejo turístico más grande en la historia de su constructora dependía de una firma, y ella estaba atrapada en medio de la nada.

Se arrancó los zapatos arruinados y caminó descalza sobre el fango, respirando de forma errática.

La CEO de Garza Construcciones, la mujer que había levantado un imperio inmobiliario desde las calles de Monterrey a base de frialdad y sacrificios, ahora no tenía control de absolutamente nada.

A lo lejos, a través de la cortina espesa de agua, distinguió el tenue resplandor de una bombilla amarilla.

Una casa rústica de madera y piedra, con un porche desgastado y un techo de lámina que resistía la furia del cielo.

Comenzó a caminar hacia la luz, arrastrando los pies entumecidos, cuando una pequeña figura se interpuso en su camino.

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