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Cómo la Revolución Mexicana cambió a México para SIEMPRE | DOCUMENTAL.

 Porque sobre aquel mar de cadáveres se construyó el México moderno con todas sus virtudes y todas sus heridas todavía sin cerrar. Esta es la historia que el muralismo no pintó, que los discursos oficiales no mencionan y que la memoria popular ha empezado lentamente a rescatar. Para entender por qué la revolución estalló con tanta violencia, hay que mirar primero la sociedad que la precedió, el llamado Porfiriato, los  34 años en que Porfirio Díaz gobernó México con una mezcla de modernización tecnológica  y autoritarismo personalista.

La imagen del porfiriato que sobrevivió fue durante mucho tiempo una caricatura, un viejo militar  tirano que oprimía al pueblo con una élite de científicos arrogantes. Pero la realidad fue más matizada y en cierto sentido más cruel. Bajo días, México vivió un crecimiento económico extraordinario. Se tendieron  19000 km de vía férrea en menos de tres décadas.

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Se modernizaron los puertos, se construyeron palacios postales, teatros de mármol, edificios bancarios  afrancesados. Se electrificaron las grandes ciudades. La capital tuvo iluminación eléctrica  antes que muchas ciudades europeas. Se desarrolló una industria petrolera incipiente en el Golfo.

Las exportaciones agrícolas, eneken, café, azúcar alcanzaron niveles que nunca antes  se habían visto. El producto interno bruto del país se cuadruplicó, pero todo aquel progreso se concentró  en una porción minúscula de la población. Los grandes terratenientes, los banqueros, los empresarios extranjeros, los altos funcionarios.

Mientras tanto, en el campo donde vivía el 80% de los mexicanos, las condiciones empeoraban año tras año. Las leyes de desamortización del siglo XIX, originalmente diseñadas para romper el poder territorial de la Iglesia, fueron usadas por las élites porfiristas para arrebatar  tierras comunales a los pueblos indígenas y campesinos.

Las haciendas crecieron de modo monstruoso. Algunas en Chihuahua y en Coahuila llegaron a tener extensiones del tamaño de pequeños países europeos. La familia Terrazas en Chihuahua, poseía 7 millones de hectáreas. La hacienda del Cándido en Yucatán encerraba a sus peones en condiciones que los visitantes extranjeros describieron como esclavitud  abierta.

El campesino mexicano promedio hacia 1910 era más pobre, más analfabeto y más sometido que su abuelo 50 años antes. La desigualdad era una herida abierta que solo esperaba un detonante para reventar. El sistema de las tiendas de raya, instituido en la mayoría de las haciendas del centro y del sur del país, condenaba a los peones a una forma de esclavitud por deuda perpetua.

El peón cobraba en vales no  en dinero. Los vales solo se podían canjear en la tienda de la hacienda, donde los precios eran fijados arbitrariamente por el patrón. Las cuentas se transmitían de padres a hijos. Un peón nacía debiendo a la hacienda lo que su padre había debido al morir. Era imposible saldarlo.

Era imposible mudarse. Cualquier intento de fuga era perseguido por la guardia rural que llevaba al fugitivo de vuelta, lo azotaba en público y le aumentaba la deuda con el costo de su propia captura. En Yucatán, las haciendas enqueneras importaban indígenasquis del norte deportados como castigo por sus rebeliones contra el gobierno federal.

Aquellos yaquis morían a tasas que llegaban al 50% durante el primer año de cautiverio. En Valle Nacional, en Oaxaca, las fincas de tabaco eran  descritas por el periodista estadounidense John Kenneth Turner en su libro México bárbaro, publicado en 1910. como peores que los campos de trabajo forzado de la Cuba española.

Los peones llegaban en grupos encadenados después de haber sido secuestrados o engañados con falsas ofertas de empleo en las ciudades. Trabajaban hasta el agotamiento, mal alimentados,  vigilados día y noche, durmiendo en barracones sin ventanas. La mortalidad era tan alta que se necesitaba reemplazar continuamente a la fuerza laboral.

Turner calculó que la esperanza de vida de un peón en Valle Nacional, una vez llegado allí, era de menos de un año. Aquellos testimonios circularon discretamente, primero en periódicos extranjeros, después clandestinamente en México. La élite porfirista los desmintió o los ocultó. Pero la verdad de aquel sistema, vivida directamente por millones de campesinos a lo largo de un país enorme, era pólvora seca esperando una chispa.

Y la chispa cuando llegó no fue ideológica ni propiamente revolucionaria. Fue en su origen una disputa electoral entre élites. Francisco Ignacio Madero González. El hombre que terminaría siendo recordado como el apóstol de la democracia mexicana. Era el menos probable de los revolucionarios. Provenía de una de las familias más ricas del norte.

Los Madero, ascendados, mineros, industriales, banqueros, eran una de las dinastías económicas más sólidas del régimen porfirista. Francisco había estudiado en París y en California. Hablaba francés con elegancia. Era  espiritista convencido, vegetariano y abstemio. Leía libros de teosofía, hacía ayunos.

 creía recibir mensajes de su hermano muerto Raúl en sesiones de comunicación con el más allá. Medía apenas 1,60. tenía una voz aguda, carecía absolutamente de carisma militar y sin embargo, en 1908 dio el paso que cambiaría su vida y el destino del país. publicó un libro titulado La sucesión presidencial  en 1910, en el cual proponía con tono moderado, que Porfirio Díaz se reeligiera por última vez, pero permitiera la elección democrática del vicepresidente,  abriendo así el camino a una transición pacífica. Aquel libro modesto escrito

por un hacendado provinciano se convirtió en un fenómeno editorial. Se vendieron miles de ejemplares en pocos meses. Madero comenzó a recibir invitaciones para hablar en clubes políticos en todo el país. Recorrió ciudades, dio discursos, fundó el Partido Antireeleccionista. La gente acudía a verlo por curiosidad primero, por convencimiento después.

 En una conocida entrevista que el propio Díaz concedió al periodista estadounidense James Krillman en 1908, el viejo dictador había dicho que México estaba listo para la democracia y que él no se reelegiría. Era una declaración para consumo internacional. Probablemente no era sincera, pero Madero la tomó en serio y le exigió que la cumpliera.

 Cuando llegaron las elecciones de 1910, Díaz cambió de opinión. Mandó arrestar a Madero en Monterrey bajo cargos falsos. Lo encerró en San Luis Potosí. Ganó las elecciones con un fraude tan grosero que ni siquiera los periódicos oficialistas pudieron disimular. Madero prófugo después de pagar una fianza y huir hacia Texas. Hizo entonces algo que probablemente él mismo no había planeado del todo.

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