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A los 75 años, la tragedia de Laura Bozzo realmente conmueve hasta lo más profundo: el precio de quedar atrapada en el personaje

Durante años, bastaba una sola frase para que la televisión latinoamericana se tensara por completo como una cuerda a punto de romperse: “¡Que pase el desgraciado!”. La cámara se movía con rapidez, el público en el estudio murmuraba con agitación, alguien rompía en llanto, otro señalaba con el dedo acusador y, en medio de aquel escenario de furia popular, aparecía Laura Bozzo. No vestía como una jueza formal ni utilizaba un tono conciliador; se presentaba como una figura de combate directo. No hablaba bajo, no pedía permiso a nadie y, definitivamente, no buscaba agradar a las masas. Su personaje televisivo parecía meticulosamente construido para provocar: una abogada de clase alta convertida en presentadora, una mujer que gritaba con vehemencia donde otros moderadores buscaban la calma, y una conductora astuta que hizo del conflicto familiar un espectáculo de masas sumamente rentable.

Sin embargo, el paso del tiempo tiene una forma cruel y silenciosa de reordenar las imágenes y los recuerdos. Lo que en los años de máxima audiencia y gloria parecía una demostración de poder absoluto, hoy en día también puede leerse como una condena perpetua. La misma voz que dominó los estudios de televisión, las cadenas internacionales y los principales titulares de la prensa escrita terminó atrapada durante años en el juicio despiadado del ojo público. La mujer que decía defender fervientemente a las víctimas fue acusada en múltiples ocasiones de convertir el dolor ajeno en un mero entretenimiento comercial. La figura que se presentó como la máxima defensora de las mujeres humildes y desamparadas tuvo que responder ante los tribunales formales por delicados señalamientos políticos, graves escándalos fiscales, a

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