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Elba Esther Gordillo: La ‘Maestra’… El ASQUEROSO Privilegio de su Prisión de Lujo.

devolviéndole bienes y dejándola salir de la historia penal, aunque no de la condena pública. Pero antes de entender cómo una cárcel pudo convertirse en privilegio, hay que regresar al principio. Cuando Elva Ester todavía era solo una niña pobre de Chiapas y nadie imaginaba que aquella maestra terminaría dándole lecciones de poder a todo México.

 Todo comenzó lejos de los salones alfombrados, lejos de los jets privados, lejos de las boutiques de San Diego y de los edificios blindados de Polanco. Comitán, Chiapas, 1945. Un rincón del sur de México donde la pobreza no era una palabra de discurso político, sino una forma diaria de respirar. Calles humildes, casas marcadas por la carencia, familias acostumbradas a estirar lo poco hasta que ya no quedaba nada que estirar.

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 Ahí nació Elva Ester Gordillo Morales el 6 de febrero de 1945. Nadie podía imaginar entonces que esa niña terminaría convertida en una de las mujeres más temidas del país. Nadie veía en ella a la futura dueña del sindicato más poderoso de América Latina. Era solo una niña del Chiapas profundo, una niña nacida en un territorio donde para muchos el destino ya venía escrito desde la cuna.

 A los 3 años perdió a su padre, una edad en la que un niño todavía no entiende la muerte, pero ya siente el hueco. La ausencia se instala antes que las palabras. El hogar se vuelve más duro, más silencioso, más incierto. Y en ese México de mediados del siglo 20, una niña pobre no tenía demasiado tiempo para preguntarse por qué la vida era injusta.

 Tenía que aprender pronto a sobrevivir. A los 12 años, cuando otros niños apenas empiezan a entender el mundo, Elva Ester ya estaba frente a un aula, una niña enseñando a otros niños. Piensa en eso un momento. 12 años. Una edad para jugar, para equivocarse, para tener miedo. Pero ella ya cargaba con una responsabilidad que no le correspondía.

 Desde ahí nació su primer rostro público. La maestra, la mujer que enseña, la mujer que guía, la mujer que viene de abajo y entiende a los pobres. Pero también ahí empezó otra cosa, algo más oscuro, porque la pobreza puede formar compasión, sí, pero también puede formar hambre. Hambre de poder, hambre de control, hambre de no volver nunca más al lugar donde te miraban como si no valieras nada.

 El Baest Ester entendió muy pronto que en México la educación no solo era un salón de clases, era una estructura política. Y si uno sabía subir por esa estructura, podía llegar mucho más lejos que cualquier maestro común. Se acercó al PRI, el partido que durante décadas controló el país como si México fuera una maquinaria de puertas cerradas.

 Ahí aprendió el verdadero idioma del poder. Lealtades, favores, silencios, amenazas, disciplina. No era la más visible al principio, no necesitaba hacerlo. Escuchaba, observaba, medía a la gente. Sabía cuándo sonreír, cuándo callar, cuándo obedecer y cuándo empezar a mandar. Poco a poco fue construyendo una red propia hecha de maestros, operadores, dirigentes, funcionarios, personas que le debían algo o que temían de verle demasiado.

 Y entonces llegó 1989. Carlos Salinas de Gortari decidió mover una pieza enorme en el tablero. El viejo liderazgo del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación fue desplazado y el Baer Gordillo llegó a la cima del SNTE. No llegó como una simple representante sindical. Llegó como una enviada del sistema para controlar a los maestros, contener protestas, ordenar la casa y convertir la inconformidad en obediencia.

 Pero ella hizo algo más grande, tomó esa estructura y la transformó en su reino. El SNT e no era cualquier sindicato. Hablamos de cerca de 1,5 millones de maestros. Una fuerza capaz de entrar en cada estado, en cada municipio, en cada escuela, en cada casilla electoral, en un país donde los maestros podían vigilar elecciones, organizar comunidades y mover voluntades.

Controlar al SNT era controlar una parte secreta del poder nacional. Así nació la maestra. Ya no la niña pobre de Comitán, ya no la huérfana que empezó a trabajar demasiado pronto. Ahora era la mujer a la que presidentes escuchaban, candidatos buscaban y gobernadores temían. Pero detrás de esa imagen de líder dura, de defensora de los trabajadores, empezó a crecer una obsesión peligrosa.

 No solo quería mandar, quería vivir como si el país le debiera una corona. Cirugías, escoltas, ropa cara, autos, gestos de gran señora. El rostro de la maestra rural fue desapareciendo bajo la máscara de una mujer que necesitaba demostrar que ya no pertenecía al mundo de donde venía. El poder no le bastó.

 Quería lujo, quería eternidad, quería que nadie volviera a verla como una niña pobre de Chiapas. Y ahí, justo ahí, empezó el veneno. Porque cuando una persona confunde representar a los pobres con gobernarlos como propiedad privada, la caída deja de ser una posibilidad, se vuelve una cuestión de tiempo y entonces aparece el dinero.

 No el dinero visible, no el que se declara en discursos, no el que aparece en los presupuestos con palabras bonitas como educación, capacitación, apoyo sindical o defensa laboral. No, el otro dinero, el que se mueve en silencio, el que cruza cuentas, el que cambia de nombre, el que desaparece de un sindicato y reaparece convertido en bolsas, casas, cirugías, cuadros, favores y poder.

 Durante años, millones de maestros entregaron cuotas al Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, creyendo que ese dinero servía para protegerlos. Maestros de comunidades rurales, maestras que viajaban horas para llegar a escuelas sin techo, trabajadores que vivían con salarios modestos, que compraban con su propio bolsillo gises, cuadernos, material para niños que llegaban al aula con hambre.

 Cada descuento parecía pequeño, cada aportación parecía parte normal de la vida sindical. Pero cuando juntas millones de pequeñas cuotas, cuando las repites mes tras mes, año tras año, lo que tienes no es una caja de apoyo, tienes un océano. Y según los expedientes de la Procuraduría General de la República, entre 2009 y 2012, ese océano empezó a ser drenado con una precisión que parecía diseñada para que nadie pudiera seguir el rastro completo.

El dinero salía de cuentas del SNTE, pasaba por intermediarios, tocaba cuentas de personas cercanas, se repartía en rutas difíciles de explicar y terminaba alimentando una vida que ya no se parecía en nada a la de una dirigente sindical. No era un error contable, no era una transferencia aislada, era, según la acusación una maquinaria.

 Aquí viene el detalle que muestra el nivel de frialdad. Los investigadores señalaron que parte del dinero habría pasado por una empresa ligada a Soila Estela Ochoa Morales, la madre de Elva Ester, una mujer que ya había muerto y que según los documentos aparecía como dueña del 99% de esa compañía. Piensa en eso un momento.

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