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Camilo Sesto: Por ESTO Su Hijo Se Gasta la Herencia con Traficantes en la Puerta

Estamos hablando de uno de los artistas más grandes que ha dado la música en español. Solo comparable con Julio Iglesias, solo comparable con los Gigantes. Y todo empezó con una canción. En 1972, un joven de Alcoy, que se acababa de cambiar el nombre a Camilo VI, sacó un tema llamado Algo de mí. Subió en las listas y no paró.

Llegó al número uno y ahí se quedó, desbancando nada menos que a Imagin de John Lennon, un muchacho de pueblo español arriba del mismo vitel al que todos idolatraban. Desde ese momento ya nada lo detuvo. Vinieron amor, amar, fresa salvaje. ¿Quieres ser mi amante? Un número uno detrás de otro. Discos oro en Argentina, en México, en toda América.

Lo llamaban el Sinatra de España. Y en 1977 llenó el Madison Square Garden de Nueva York, ese escenario donde solo actúan los mitos de verdad. Con las colas dando la vuelta a la manzana desde el amanecer. Un chico de pueblo, el hijo del guardia civil triunfando en el corazón de Nueva York. Piénsal un muchacho de un pueblo pequeño de Alicante llenando el Madison Square Garden. Eso era Camilo.

Eso es lo que tú admirabas y tenías toda la razón del mundo para admirarlo. Y para las mujeres de tu generación, Camilo era algo más que un cantante. Era el hombre que decía en voz alta lo que muchos hombres de carne y hueso no sabían decir. Perdóname, te quiero, no me dejes. Devuélveme mi libertad. cantaba el amor con una intensidad que en la vida real casi nadie se atrevía a mostrar.

Con esa voz que subía hasta donde ningún otro llegaba, esas notas altísimas que ponían la piel de gallina, las mujeres cerraban los ojos y ponían la cara de sus propios amores o de los que hubieran querido tener. Camilo era el novio ideal que existía solo en las canciones, el que sentía todo, el que pedía perdón, el que amaba sin límites.

Por eso duele tanto lo que vas a escuchar. Porque el hombre que cantaba El amor perfecto, el que le enseñó a toda una generación cómo debía sonar la ternura, en su propia vida, fue incapaz de dársela a las dos personas que más la necesitaban, a la mujer que le dio un hijo y a ese hijo.

La distancia entre el hombre de las canciones y el hombre de verdad es el corazón de esta historia. Guárdala, porque cada vez que vuelvas a escuchar una de sus canciones, después de hoy la vas a oír distinto. Para que entiendas lo que significaba Camilo, tienes que acordarte de cómo era el mundo entonces. Eran los años 70 y 80. No había internet, no había teléfonos para distraerse.

La música entraba por la radio y por el tocadiscos y una canción buena se quedaba pegada a la vida de la gente durante años. La balada romántica era la banda sonora de todo, de los noviazgos, de las bodas, de las noches en que una mujer planchaba la ropa con la radio encendida pensando en sus cosas. Y en ese mundo la voz de Camilo estaba en todas partes porque así era. Tú no elegías escuchar a Camilo.

Camilo estaba ahí en la radio del camión, en la fiesta de la vecina, en la boda de tu prima. Era parte del aire que se respiraba. 52 semanas seguidas como número uno en las listas de España. Un récord que tardó décadas en igualarse. 52 semanas en que nadie pudo bajarlo del primer lugar.

Más de 600 canciones registradas en 40 discos. Piénsalo bien. La mayoría de los artistas no componen 600 canciones en toda su vida y él las firmó. Perdóname jamás. Amor, amar. Fresa salvaje, melina. Canciones que definieron el romanticismo de toda una generación. La tuya. Canciones que sonaban en cada radio de España y de Latinoamérica.

Que tus padres bailaron en su boda. Que tú misma cantaste alguna vez pensando en alguien que ya no está. Canciones que todavía hoy, décadas después, siguen sonando y siguen haciendo llorar a quien las escucha. Y cada vez que suena una de ellas, en una película, en una serie, en un video de bodas, en la radio del taxi llega dinero.

Los derechos de autor, ese detalle que ahora parece menor no lo es. Guárdalo, porque de esos derechos va a depender el destino final de esta historia. Porque tú las cantaste, tú las pusiste en un tocadiscos una tarde cualquiera. Tú te acuerdas exactamente de dónde estabas la primera vez que escuchaste vivir así es morir de amor. Esa memoria es tuya y es real.

Y aquí viene algo que casi nadie recuerda del joven Camilo, porque lo taparon las canciones de amor. En 1975, dos semanas antes de que muriera Franco, en plena dictadura, Camilo tomó una decisión que todos le dijeron que lo iba a arruinar. Decidió montar en Madrid Jesucristo Superstar, una ópera rock sobre Cristo con guitarras eléctricas, con un Jesús que dudaba, que sufría, que se cuestionaba.

En la España de Franco, con la iglesia vigilando cada palabra, ningún productor quiso poner un peso. Le dijeron que era un suicidio profesional. Le dijeron que la iglesia lo excomularía. Le cerraron las puertas en la cara uno tras otro. “Vas a perderlo todo,”, le advertían. “Ningún teatro va a querer asociarse con esto. ¿Estás loco?” Y Camilo sacó su chequera y lo pagó de su bolsillo.

Millones de pesetas de las de entonces. Él mismo se contradecía sobre la cifra en las entrevistas, quizá porque ni él sabía cuánto había terminado gastando. Pero todos coinciden en que apostó todo lo que tenía, su dinero, su carrera, su reputación, todo a una obra que le juraron que lo destruiría. Se estrenó el 6 de noviembre de 1975, dos semanas justas antes de que Franco muriera y desde el primer día empezaron las amenazas de bomba.

No eran llamadas vacías. describían dónde pondrían los explosivos, a qué hora, cuánta gente moriría. Las taquilleras vivían aterradas. Cada vez que sonaba el teléfono, corrían a avisar. Cada paquete sospechoso significaba evacuar el teatro. Hubo noches en que el público tuvo que salir a mitad de la función. Hubo noches en que la policía rodeó el teatro sin saber si el telón volvería a abrirse y Camilo salía al escenario igual, noche tras noche, amenaza tras amenaza, cuando le preguntaban si tenía miedo, respondía, “El miedo no puede

ganarle al arte. Para el papel de Jesucristo se dejó crecer una barba espesa y oscura que se convirtió en parte de su imagen durante años. la barba que aparecía en todas las fotos, la que las fans adoraban. Y entonces una empresa de máquinas de afeitar le hizo una oferta, una fortuna por quitarse la barba en un anuncio de televisión.

Ajustado a hoy sería casi medio millón de dólares por un simple comercial. Camilo aceptó el dinero y lo donó íntegro a un orfanato. Cada centavo para niños sin padres. Detente un segundo en esa imagen, porque lo dice todo sobre el hombre. El mismo que era capaz de un gesto así de generoso con los hijos de otros, con niños que nunca conocería.

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