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Le dijo a Antonio Aguilar “Si sabes cantar Amorcito Corazón, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todoo

Le dijo a Antonio Aguilar “Si sabes cantar Amorcito Corazón, sube” — Pero Pedro Infante lo oyó todo

La cantina La Paloma del Sur no aparecía en ningún mapa. Estaba a tres calles de los estudios Churubusco, una de esas callejuelas que solo conoce quien trabaja en el gremio o quien lleva años viviendo en la colonia. El letrero de madera sobre la puerta estaba tan desteñido que solo se leía la mitad del nombre.

 Adentro había 10 mesas,  una barra con taburetes de madera y un ventilador de techo que giraba sin mucha convicción.  Los viernes por la noche, don Bernal, el dueño, despejaba el rincón del fondo y ponía un micrófono. Cualquiera que quisiera cantar podía subir. No había escenario, no había jurado, solo 1 metro cuadrado de suelo libre, una bombilla que colgaba del techo y el silencio de una cantina que había aprendido a escuchar.

 Esa noche de octubre de 1952, la cantina tenía unas 30  personas. La mayoría eran del gremio, tramollistas, maquillistas, extras que habían terminado el rodaje de esa semana, gente que necesitaba un lugar donde dejar el día antes de irse a casa. La gente de los estudios no pretende en las cantinas,  llega con lo que es y se sienta.

 En la mesa más alejada del micrófono había un hombre de 33 años con una cerveza a medio tomar y los ojos puestos en la pared del fondo. Esa noche no era nadie en particular. Se llamaba José Pascual Antonio Aguilar Márquez Barraza. Pero en la cantina, como en la Xudeblo, donde cantaba desde hacía 2 años, todos lo conocían simplemente como Tony.

 Tony Aguilar, un nombre que todavía no significaba mucho. Un hombre de Zacatecas con una voz grande y un camino que aún no había encontrado su forma exacta. Había llegado a la Ciudad de México desde Villanueva siendo casi nadie. Había estudiado canto en Hollywood. Había cantado boleros en Tijuana.

 Había cruzado hasta Puerto Rico buscando algo que todavía no sabía nombrar. Y ahora estaba aquí en una cantina de  tres calles de ancho con su cerveza y su silencio. Llevaba el abrigo con barro en los talones. Había venido desde un rancho en las afueras.  No se había cambiado. No le había parecido necesario.

 Don Bernal puso el micrófono a las 9. Los primeros dos en cantar fueron Gente del gremio, un hombre mayor de producción que cantó un corrido con la voz rota pero honesta, y una muchacha de vestuario que tenía una voz oscura que sorprendió a todos. La gente aplaudió de verdad con ese tipo de aplausos que solo produce quien lleva 12 horas trabajando, quien ya no tiene energía para los falsos.

 El tercero en subir fue Marcos Dueñas.  Antes de que subiera, Antonio había estado mirando el micrófono desde su mesa. Lo miraba con esa mezcla de familiaridad y distancia, la que producen las cosas que uno conoce, pero todavía no ha domado. Llevaba 2 años cantando en la XW, 2 años de boleros en estudios,  técnicos que asintieron, productores que dijeron que sí y luego no pasaba nada.

 2 años buscando algo que Rafael Hernández el jibarito le había dicho que encontraría si cantaba lo suyo, lo suyo, como si uno  supiera siempre dónde está lo suyo. Tenía 25 años y era el tipo de persona que entra a una cantina como si fuera suya, guapo de una manera que él mismo aprovechaba demasiado.

 Había ganado un concurso de canto en Puebla el año anterior. Desde entonces cargaba esa información como si fuera una licencia para opinar sobre todo lo que sonara. Esa noche llevaba una camisa con botones de nácar en una cantina de tramollistas. Marcos Dueñas tenía voz, era lo más complicado. Tenía voz, tenía técnica,  tenía esa manera de pararse ante el micrófono que solo se consigue con años de ensayo.

 

 La gente que lleva años ensayando siempre tiene eso y a veces es suficiente y a veces no, pero mientras uno escuchaba esa voz, faltaba algo, algo difícil de nombrar, lo que hace que una canción no sea solo nota, sino algo más. Cantó tres boleros seguidos, los cantó bien, recibió buenos aplausos  y entonces dijo que quería intentar algo diferente.

 Dijo que quería cantar Amorcito Corazón. En la  cantina hubo un murmullo. Era la canción de Pedro Infante, la que había cantado en nosotros los pobres 4 años antes, la que se silvaba en los mercados y en los camiones y en los talleres de toda la República. No era  una canción cualquiera, era una canción que tenía dueño y el dueño era conocido.

 En la mesa del fondo, Antonio Aguilar dejó de mirar la pared. Marcos Dueñas empezó a cantar. La voz era  buena, la técnica era correcta, los acordes llegaban en su lugar, pero había algo en la manera en que Marcos atacaba cada frase, como empujando la melodía en lugar de dejarla respirar, hacía que la canción perdiera exactamente lo que la hacía hacer esa  canción.

Amorcito corazón no era una canción de demostración, era una canción de ternura y la ternura no se demuestra, se tiene o no se tiene. Antonio escuchó todo sin moverse.  Había escuchado a muchos cantantes en dos años de XW. Cantes que eran buenos, cantantes que eran regulares, cantantes que tenían algo que él todavía no había encontrado en sí mismo.

 Marcos Dueñas tenía voz, no había duda, pero había una diferencia entre tener voz y saber qué hacer con ella. Antonio lo sabía porque él mismo llevaba 2 años buscando esa respuesta. Antonio escuchó sin moverse, con esa manera suya de escuchar, la que venía de años de aprender a oír lo que no estaba en la partitura.

 

 Cuando Marcos terminó, los aplausos fueron educados. Marco sostuvo el micrófono un momento más de lo necesario, miró al pequeño público con esa sonrisa de quien sabe que lo hizo bien y entonces miró hacia la mesa del fondo. Había notado al hombre del abrigo con  barro en los talones desde el principio. Lo había notado porque ese hombre no había aplaudido.

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