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TESTIMONIO CATÓLICO: Mi pastor no pudo responderme. Los cristianos del año 107 d.C. sí lo hicieron

 Y esa era, resultó ser, la pregunta más importante de todas. El profesor que me desafíó esa tarde en la cafetería se llamaba Jorge Aurelio Quintero, doctor en historia medieval por la Universidad de los Andes, un hombre de unos 55 años que no tenía ningún interés en convertirme a nada porque él mismo no practicaba ninguna fe.

 Lo que tenía era una irritación profesional genuina con lo que él llamaba el analfabetismo histórico de los evangélicos colombianos. Me lo dijo con esas palabras y sin ninguna hostilidad, como alguien que describe un fenómeno que he observado muchas veces. No es que estén equivocados en sus creencias”, me explicó [música] mientras tomaba su café.

 Es que construyen sus creencias sin conocer la evidencia histórica más básica. Y eso es un error metodológico que yo no le permitiría a ningún estudiante de primer semestre. Le pregunté a qué evidencia se refería. me dijo que si yo creía que la Iglesia Católica era un invento de la Edad Media o incluso del siglo IIV con [música] tenía un problema de fechas muy serio.

Porque Ignacio de Antioquía que fue obispo de la ciudad de Antioquía, la misma ciudad del libro de los Hechos, donde los discípulos fueron llamados por primera vez cristianos, [música] fue condenado a muerte en Roma aproximadamente en el año 107 después de Cristo. Y durante el viaje a Roma, mientras esperaba ser ejecutado, escribió siete cartas a distintas comunidades cristianas.

Y en esas cartas aparecían cosas que yo, con 20 años de evangelicalismo hubiera catalogado, sin dudarlo como doctrina católica medieval. me prestó el libro esa misma tarde. Era una edición académica de las cartas de los padres apostólicos con el texto original en griego y la traducción en español al frente.

 Pesaba poco, no tenía más de 200 páginas. Pero esa noche, sentado en la mesa del comedor de mi apartamento en el barrio Granada, mientras mi esposa Catalina veía televisión en la sala, abrí ese libro y empecé a leer. Encontré la carta de Ignacio a los Esmirnenses en la página 87. Y en el capítulo 7 encontré esto. Ignacio estaba escribiendo a quienes se negaban a creer en la resurrección física de Cristo y decía que esas personas se abstienen [música] de la Eucaristía y de la oración porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que

padeció por nuestros pecados y que el Padre en su bondad resucitó. Me quedé mirando esa frase durante varios minutos. Ignacio estaba escribiendo la Eucaristía como la carne real de Cristo, no como un símbolo, no como una conmemoración, como la carne. Y lo estaba diciendo en el año 107 después de Cristo, cuando todavía había personas vivas que habían conocido a los apóstoles en persona.

 El propio Ignacio era discípulo del apóstol Juan, el mismo Juan que escribió el evangelio. Seguí leyendo. En la carta a los Romanos, capítulo 7, Ignacio escribía sobre su propio martirio y decía, “No me deleito con el alimento de la corrupción ni con los placeres de esta vida. Quiero el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, [música] que es del linaje de David y por bebida quiero su sangre, que es amor incorruptible.

” Cerré el libro, lo abrí de nuevo, lo volví a cerrar, no podía descartarlo como una interpolación medieval porque el texto era del año 107. No podía decir que era una exageración retórica de un individuo porque el profesor Quintero me había dicho que encontraría el mismo lenguaje en otros autores del mismo periodo y no podía decir que Ignacio no sabía lo que la Iglesia Apostólica creía, porque Ignacio había sido formado directamente por Juan, el apóstol que había estado presente en la última cena. Esa noche no

dormí bien y no dormí bien durante varios meses porque lo que empecé esa noche no terminó con Ignacio. El libro del profesor Quintero tenía mucho más. Tenía las cartas de Clemente Romano, que fue obispo de Roma en el año 96, un año antes de que terminara el siglo iero, y que escribía a la comunidad de Corinto ejerciendo una autoridad que iba más allá de la de un simple pastor local.

La carta de Clemente a los corintios es el documento cristiano más antiguo fuera del Nuevo Testamento. Y en ella, Clemente no solo ofrece consejo, sino que corrige y ordena una comunidad que está a cientos de kilómetros de distancia con una autoridad que la comunidad reconoce sin cuestionarla.

 Eso era problemático para mi marco teológico, porque yo había enseñado durante años que el papado era una institución medieval, que en la Iglesia primitiva todos los obispos eran iguales, que la idea de que el obispo de Roma tuviera autoridad especial era una invención política posterior. Y ahí estaba Clemente en el año 96, haciendo exactamente eso, fui a buscar más.

Compré en una librería de segunda mano en el centro de Cali una edición de la apología de Justino Marti. Justino escribió en el año 155 dirigiéndose al emperador romano, explicándole que hacían los cristianos [música] en sus reuniones. Era una descripción pensada para un no creyente, un informe objetivo de las prácticas de la comunidad.

 Y en el capítulo 66 describe a la Eucaristía de una manera que me resulta imposible leer como algo diferente a lo que la Iglesia Católica cree hoy. Decía que el alimento que los cristianos reciben no es pan ordinario ni bebida ordinaria. sino que es la carne y la sangre de ese Jesús encarnado, año 155, no el año 1215, cuando el concilio de Laterán 4 definió el término transubstancia.

El año 155, 30 años después de que el último apóstol había fallecido, luego leía Ireneo de Lion, que escribió su obra principal alrededor del año 180, y que había sido discípulo de Policarpo, y Policarpo había sido discípulo del apóstol Juan. La cadena era directa y verificable. E Ireneo describía la Eucaristía, la sucesión apostólica de los obispos, la autoridad de la Iglesia de Roma y la importancia de la tradición oral transmitida desde los apóstoles.

 Todo con una claridad que no dejaba margen de interpretación. Pasé tres meses leyendo. Leían las noches después de que Catalina se dormía. Leía los sábados en la mañana mientras ella iba al mercado. Compraba libros que el profesor Quintero me recomendaba. Bajaba textos en PDF que encontraba en bibliotecas digitales universitarias.

 Tomaba notas en un cuaderno que fui llenando página por página con citas y con las preguntas que esas citas me generaban. Mi cuaderno de ese periodo tiene 143 páginas escritas. Lo tengo todavía. El problema no era que los padres de la iglesia me parecieran poco inteligentes o poco honestos. El problema era exactamente el contrario.

 Me parecían extraordinariamente inteligentes, extraordinariamente honestos y extraordinariamente cercanos a las fuentes. Estos no eran hombres de la Edad Media construyendo doctrinas nuevas. Eran hombres que habían conocido a los apóstoles o a los discípulos de los apóstoles que habían recibido la fe de primera o de segunda mano y que escribían una práctica y una creencia que se parecía mucho más a la misa del domingo que a mi servicio del miércoles por la noche en el salón trasero de la iglesia del pastor Camargo.

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