En enero de 2023 le conté al pastor Camargo lo que estaba leyendo. Fui a verlo un lunes por la tarde a su oficina, que olía café, y a esos libros de teología reformada que tenía pilados en los estantes desde hacía 30 años. Le conté el profesor Quintero, de Ignacio, de Justino, de Ireneo. Le mostré algunas de las citas del cuaderno.
El pastor Camargo me escuchó con la paciencia que siempre le había conocido. Era un hombre de 62 años que había entregado su vida a esa congregación y que me conocía desde que yo tenía 6 años y entraba al templo agarrado de la mano de mi papá. me miró durante un momento y me respondió algo que lo respeto por haber dicho con honestidad, “Roberto, esos documentos son reales.
No te voy a decir que no existen. Lo que te diría es que la Iglesia siempre tuvo que combatir herejías y que el lenguaje que usaban los primeros escritores puede haber sido influenciado por contextos que no eran puramente bíblicos.” Le pregunté si tenía fuentes que apoyaran esa interpretación. me dijo que me conseguiría algo para leer.
Esperé tres semanas. Las fuentes no llegaron, no lo culpo. Él creía de buena fe lo que le habían enseñado, igual que yo había creído de buena fe lo que me había enseñado él. Pero esa conversación me dejó con algo que no sabía qué hacer. La conciencia de que yo había estado enseñándole a otras personas durante 12 años una versión de la historia cristiana que no resistía al examen de las fuentes primarias.
Eso me pesó mucho más que cualquier argumento teológico, porque yo no había engañado a nadie con mala intención, pero había transmitido con convicción y con autoridad una narrativa que resultaba ser en lo histórico inexacta. Y eso [música] para alguien que llevaba 12 años diciéndoles a 14 hombres que siguieran la Biblia con honestidad intelectual.
Era una contradicción que no podía ignorar. En marzo de 2023, a través de una búsqueda en internet sobre los padres de la iglesia, encontré el nombre del padre Sebastián Moreno Castaño, capellán de la Universidad del Valle y doctor en patrística por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Le escribí un correo, le expliqué quién era, cuántos años llevaba en el evangelicalismo, [música] que había leído en los últimos meses y qué preguntas no podía responderme.
Solo me respondió en dos días. me propuso que nos reuniéramos un jueves a las 4 de la tarde en la capilla universitaria. Esa primera conversación duró 2 horas y 40 minutos. Tomé notas en el cuaderno número dos. El padre Sebastián era un hombre de unos 40 años, delgado, con lentes y una manera de hablar que no condescendía, pero tampoco esquivaba nada.
Le hice las preguntas más difíciles que tenía. Le pregunté por la corrupción en la historia de la Iglesia, por las cruzadas, por la Inquisición, por los papas que habían sido indignos de su cargo. Le pregunté, ¿cómo podía una institución con esa historia afirmar autoridad divina? Me respondió con algo que me tomó varios días asimilar.
Roberto, el argumento que usted me está planteando sería válido si yo afirmara que la santidad de los miembros garantiza la verdad de la institución. Pero eso no es lo que la Iglesia afirma. La iglesia afirma que Cristo prometió que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. No prometió que todos sus miembros serían santos.
La historia de la Iglesia es la historia de seres humanos con toda su miseria intentando responder a una verdad que los ese. Que hayan fallado muchas veces no invalida la verdad. Solo confirma que son humanos. Me quedé callado un momento. Luego le dije, “Y la Eucaristía, porque eso es lo que más me ha golpeado en todo lo que he leído, que los primeros cristianos creían literalmente que era el cuerpo de Cristo.
” El padre Sebastián asintió con una calma que no era de alguien que está esperando ganarse un debate. Era la calma de alguien que ya no necesita convencer a nadie porque está hablando de algo que conoce desde adentro. Me dijo, “¿Ha estado alguna vez en una adoración eucarística? Le dije que no.
Antes de decidir nada con la cabeza, me dijo, “Venga a estar una hora en presencia de lo que usted está estudiando. No le pido que crea nada todavía. Le pido que esté.” Fui el martes siguiente a las 6 de la mañana a la capilla de la parroquia de la Sagrada Familia en el barrio El Peñón de Cali, a donde el padre Álvaro Restrepospina, párroco de esa iglesia desde hacía 11 años, había abierto una hora de adoración eucarística todos los martes y jueves desde 2019.
Era temprano y la ciudad todavía estaba apenas despertando cuando llegué. La capilla de adoración era una sala pequeña con unos 20 asientos, separada el cuerpo principal de la iglesia por una puerta de madera. La custodia con el santísimo sacramento estaba expuesta sobre el altar. Una vela encendida a cada lado. Silencio.
Había siete personas cuando entré. Me senté en el último asiento y me quedé quieto. Los primeros 15 minutos fueron incómodos. No sabía qué hacer ni cómo estar. No había nada que escuchar, nada que leer, nada que cantar. Solo aquella custodia de oro con el pan consagrado en el centro y siete personas sentadas en silencio como si estuvieran esperando a alguien.
Y entonces, pasados esos 15 minutos de incomodidad, pasó algo que no había planeado y que no sé cómo describir de manera que suene preciso sin sonar exagerado, empecé a sentir algo que no era producto del ambiente, ni de la música, ni de ninguno de los mecanismos emocionales que yo conocía del culto evangélico. Era algo más quieto que todo eso, algo que no necesitaba amplificadores, ni luces, ni coros para existir.
una presencia que estaba y con independencia de si yo la reconocía o no, como el sol que existe aunque uno le dé la espalda. No fue una visión ni una voz ni ningún fenómeno extraordinario. Fue simplemente la sensación de que en ese cuarto, delante de esa custodia había alguien y que ese alguien me conocía de una manera que no admitía la superficialidad.

Me acordé del capítulo 6 de Juan. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día. Y me acordé de que cuando la gente se fue, porque la enseñanza le resultaba demasiado dura, Jesús no lo llamó de regreso para suavizarla. Se quedó firme y le preguntó a los 12 si ellos también se iban.
Y Pedro respondió lo que llevaba tres meses resonando en mi cabeza. Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna. A las 6:43 de esa mañana de mayo de 2023 me arrodillé. No fue una decisión deliberada. Mis rodillas simplemente bajaron, como si el peso de todo lo que había leído y de todo lo que estaba sintiendo en ese momento necesitara una postura que reconociera algo más grande que yo.
Me quedé arrodillado durante el resto de la hora sin moverme. Cuando salí [música] a la calle, el padre Álvaro Restrepospina estaba cerrando la puerta de la capilla. Me vio la cara y no preguntó nada, solo me extendió la mano y me la sostuvo un momento. Luego me dio una tarjetita con su número de teléfono y me dijo, “Cuando quiera hablar, llame. Llame esa misma tarde.
” El padre Álvaro tenía una manera de escuchar que no tenía prisa. Me recibió en su pequeña oficina de la sacristía con una Biblia abierta sobre el escritorio y una foto del papá Juan 23 en la pared. Y pasamos 2 horas hablando sobre lo que yo había leído y sobre lo que había sentido esa mañana. Fue la primera de 16 conversaciones que tuvimos entre mayo de 2023 y marzo de 2024.
Las conté en el cuaderno. En junio de 2023 le dije a Catalina lo que estaba pasando. [música] Catalina es una mujer de una fe evangélica profunda y genuina y la persona más honesta que conozco. Habíamos estado casados 9 años en ese momento y ella me conoce mejor que nadie. Cuando le conté lo que había leído, lo que había sentido en la capilla, [música] las conversaciones con el padre Álvaro, me escuchó hasta el final sin interrumpirme.
Cuando terminé, me miró con los ojos que pone cuando está procesando algo difícil y me dijo, “Roberto, yo te conozco. Tú no haces esto por rebeldía ni por buscar algo diferente. Tú lo haces porque eres incapaz de quedarte callado cuando encuentras algo que no cuadra.” Eso era exactamente lo que era.
Luego me dijo, “Pero necesito tiempo. Esto es mucho.” Le di todo el tiempo que necesito. No le exigí nada. No la presioné. Seguimos durmiendo en la misma cama, desayunando juntos, hablando de todo lo demás. Y yo seguía leyendo y conversando con el padre Álvaro y ella seguía yendo al templo del pastor Camargo.
Y los dos teníamos la conciencia de que algo importante estaba en proceso sin saber cómo iba a resolverse. En agosto de 2023 tuve que dejar el liderazgo del grupo de estudio bíblico. No me echaron. Fui yo el que le dije al pastor Camargo que no podía seguir enseñando con honestidad cuando mis propias convicciones estaban en un proceso tan abierto.
Él lo recibió con tristeza, pero con respeto. Eso lo valoro. Lo que no esperaba fue la reacción de algunos de los hombres del grupo. Carlos Andrés, con quien llevaba 10 años de amistad y que había sido padrino de bodas de su hijo, no me llamó durante 8 meses después [música] de que circuló en el grupo de WhatsApp la noticia de que yo estaba explorando el catolicismo.
8 meses. Cada vez que yo lo llamaba no contestaba. Cada vez que le mandaba un mensaje me respondía con monosílabos. Fernando, otro del grupo, me mandó un mensaje largo en el que me decía que estaba entristecido y que iba a orar por mi [música] retorno. Lo aprecio, pero duele de una manera específica cuando la persona que fue tu compañero de estudio bíblico durante 4 años te escribe como si ya te hubiera dado por perdido.
Solo Diego, que era el más callado [música] del grupo y el que menos hablaba en las sesiones, me llamó una noche de septiembre de 2023 a las 10:30 para preguntarme sin rodeos. Roberto, ¿puedes recomendarme qué leer? Le mandé la lista del cuaderno. Hoy Diego también está en proceso. No sé dónde va a terminar, pero me alegra que esté buscando.
En noviembre de 2023, Catalina me pidió que la llevara a una misa. No me explicó por qué. Solo me lo pidió una noche después de cenar con la misma voz directa que usa para las cosas importantes. Fuimos el domingo siguiente a la parroquia de la Sagrada Familia a la misa de las 10. Me senté a su lado y la vi observar todo con una atención que me conmovió.
Los movimientos del sacerdote, las respuestas de la congregación, el momento de la consagración en el que todo el mundo se arrodilló. Cuando salimos a la calle no dijo nada durante un rato. Luego me dijo, “Es muy diferente a lo que yo esperaba.” Le pregunté qué esperaba. Me respondió, “Algo más frío, algo más formal, pero no fue frío.” Eso fue todo lo que dijo ese día.
Pero volvió conmigo el domingo siguiente. Y el siguiente, el padre Álvaro nos recibió juntos en una de sus conversaciones en enero de 2024. fue el quien le explicó a Catalina cosas que yo no hubiera podido explicarle con la misma calma y la misma claridad. Le habló de la devoción Mariana sin defensividad, con esa naturalidad de alguien que ama a su madre y no necesita justificar ese amor.
Le habló de la confesión como un sacramento de sanación y no como un mecanismo de control. le habló de la Eucaristía con las mismas palabras de Ignacio de Antioquia que yo le había leído de mi cuaderno meses antes, pero con la voz de alguien que no solo lo conoce intelectualmente, sino que lo recibe todos los días, Catalina escuchó todo.
Al final le preguntó algo que yo no le había oído preguntar nunca, padre, ¿por qué le importa tanto que nosotros entendamos esto? El padre Álvaro la miró un momento antes de responder. Luego le dijo, “Porque Cristo le importa y Cristo está aquí. y usted merece saberlo. El 8 de abril de 2024, sábado santo, en la parroquia de la Sagrada Familia de Cali, fui recibido en la Iglesia Católica.
El padre Álvaro celebró la vigilia pascual. Éramos 11 personas las que íbamos a ser bautizadas o confirmadas esa noche de distintas edades y distintas historias previas. Yo era el único que venía de 20 años de liderazgo evangélico, pero eso no importaba. Lo que importaba era lo mismo para todos.
La misa empezó afuera en el atrio de la iglesia con la oscuridad completa. El padre Álvaro bendijo el fuego nuevo, encendió el sirio pascual y de ese sirio se fue encendiendo la llama de vela en vela hasta que la iglesia entera quedó llena de esa luz que respiraba. Él esultet, el himno de Pascua que el diácono cantó esa noche.
Tiene palabras que yo había leído en la preparación, pero que escuchar cantadas en el silencio de la iglesia me afectó de una manera que no esperaba. Esta es la noche en que Cristo, rompiendo los lazos de la muerte resucitó victorioso del sepulcro. 2000 años de esa misma frase cantaban esa misma noche en todas las iglesias del mundo que vienen de aquella primera comunidad de Antioquia donde Ignacio era obispo.
Esa continuidad me golpeó en el pecho con una fuerza que tardé un momento en recuperar. Cuando el padre Álvaro vertió el agua sobre mi cabeza [música] y pronunció las palabras del bautismo, no sentí lo que esperaba sentir, que era algo grande y espectacular. Sentí algo más quieto. Sentí que algo que había estado buscando sin saber exactamente que era durante años.

Esa inquietud que San Agustín describe en las confesiones con la frase que no he podido olvidar desde que la leí. Esa inquietud finalmente encontraba su lugar. Y cuando caminé hacia el altar para recibir la Eucaristía por primera vez, pensé en Ignacio de Antioquía. Pensé en ese hombre que viajaba encadenado hacia su ejecución en Roma en el año 107 y que encontraba tiempo en ese viaje para escribirles a las comunidades sobre la carne del Salvador presente en el pan consagrado.
Pensé que lo que yo estaba por recibir era lo mismo que él describió. La misma fe, el mismo [música] pan, la misma cadena ininterrumpida de 2000 años me pusieron la en la mano. La sostuve un momento antes de recibirla y lo que sentí en ese instante fue algo para lo que no tengo mejor palabra que reconocimiento.
No fue la primera vez que encontraba algo nuevo. Fue la primera vez que llegaba a casa. Catalina estaba en el banco de la segunda fila. Cuando volví a comulgar y me senté a su lado, ella me tomó la mano sin mirarme. La sostuvo durante el resto de la misa. Eso fue suficiente para saber que ella también estaba procesando algo que iba más allá de acompañarme.
En octubre 2024, Catalina inició el catecumenado en la parroquia de la mano del padre Álvaro. No me lo dijo como una decisión que había tomado por mí. me lo dijo como una decisión que había tomado por ella misma después de meses de ir a la misa y de leer y de hacer sus propias [música] preguntas. Le dije lo que sentí, que era lo más valiente que le había visto hacer.
Carlos Andrés me llamó en noviembre 2024. Después de 8 meses de silencio, me llamó un domingo a la tarde. La conversación fue corta, pero fue real. Me dijo que no entendía lo que había hecho, pero que me extrañaba. Le dije que también lo extrañaba. Quedamos en un café la semana siguiente fuimos. No hablamos de fe ni de iglesia ni de doctrinas.
Hablamos de sus hijos y de mi trabajo y de un partido de fútbol. Y eso después de 8 meses fue exactamente lo que necesitamos. Lo que más me han preguntado desde entonces es si hecho de menos el evangelicalismo. La respuesta honesta es que echo de menos a las personas. Echo de menos la energía del culto del domingo, la informalidad del grupo de los miércoles, la manera en que el pastor Camargo le ponía la mano en el hombro a cualquiera que llegara con algo pesado encima.
Esas cosas fueron reales y fueron buenas y formaron al hombre que hoy soy. Lo que no echo de menos es la sensación de tener preguntas que aprender a no hacer. Lo que no he echo de menos es esa inquietud persistente de que algo no terminaba de llenarse. Lo que no echo de menos es haber enseñado durante 12 años una historia del cristianismo que resultó ser incompleta.
A veces me imagino que hubiera pasado si el profesor Quintero no me hubiera preguntado aquella tarde en la cafetería si había leído a Ignacio de Antioquía. Si me hubiera podido quedar cómodamente instalado en mis certezas durante otros 20 años. Y cuando pienso en eso, lo único que siento es gratitud por ese martes de septiembre de 2022 y por ese hombre sin ninguna fe particular que me hizo la pregunta más importante que nadie me había hecho en cuatro décadas.
La verdad no tiene miedo de que la busques. Eso es lo que aprendí. Una fe que necesita que tú dejes de hacer preguntas para sobrevivir no es una fe que confía en lo que cree. La Iglesia Católica lleva 2000 años siendo examinada por sus enemigos más inteligentes y sigue ahí. Los documentos más antiguos del cristianismo la describen.
Las fuentes más honestas de la historia la reconocen. Y a las 6 de la mañana, en una capilla pequeña de Cali, con siete personas en silencio y una custodia dorada sobre el altar, yo encontré lo que ningún argumento solo hubiera podido darme, la certeza de estar delante de alguien que llevaba esperándome toda la vida.
Mi nombre es Roberto Esteban Valbuena Correa, tengo 44 años y estoy profundamente agradecido de haberme convertido al catolicismo. Busqué la verdad en los libros y la encontré también de rodillas. Las dos llegadas eran necesarias. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal.
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