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El día que un actor CELOSO intentó arruinar a Pedro Infante, hizo algo que pocos vieron

Esa noche alguien en los estudios Churubusco  dijo algo que se quedó flotando en el aire como humo de cigarro, algo que llegó a oídos de Pedro Infante y que lo dejó quieto, muy quieto,  con esa quietud que no es calma, sino todo lo contrario. La quietud de un hombre que está aguantando algo muy grande adentro.

 Lo que se dijo esa noche no fue un insulto directo, fue peor.  Fue de esas cosas que se dicen por la izquierda, que se susurran en los pasillos, que llegan dobladas y envenenadas. Y venía de alguien con nombre, con fama, con poder suficiente para hacerle daño de verdad a un muchacho  que apenas estaba encontrando su lugar en el cine mexicano.

 Pedro tenía en ese momento una carrera que iba subiendo, sí, pero todavía no era el ídolo que todos conocemos. Eh, todavía Deche era el muchacho de Mazatlán que llegó aé a la ciudad de México con más ganas que contactos, que había tenido que tocar puertas  que no siempre se abrían, que había dormido en cuartos prestados y comido de lo que hubiera.

 Y ahora que  las cosas empezaban a irle bien, que la gente lo reconocía en la calle, que las estaciones de radio empezaban a poner sus canciones,  alguien quería apagar esa luz. Pero para entender por qué pasó todo esto,  necesitas saber cómo era el mundo del cine mexicano en esos años.

 Y cuando lo sepas, vas a entender por qué lo que hizo Jorge Negrete aquella vez fue tan poderoso, tan inesperado  y tan definitivo. Porque esto no es solamente la historia de un ataque y una defensa, es la historia  de dos hombres muy diferentes que se encontraron en el momento exacto en que uno necesitaba al otro.

 Y lo que pasó entre ellos cambió para siempre la  historia del cine de oro mexicano. Quédate porque esto se pone bueno. Y antes de que sigamos, que si eres de las personas que ama a  Pedro Infante de verdad, que creció con su voz, que se sabe de memoria sus películas, que siente que cuando escucha sus canciones algo adentro se mueve, suscríbete a este canal y activa la campanita.

 Aquí contamos a Pedro Infante como era, de verdad, sin adornos, sin mitos inventados,  con respeto y con cariño, como se merece. Ahora sí, vamos  a la historia. México en los años 40 era un país que estaba despertando. Después de décadas de revolución, de inestabilidad, de pobreza  extendida, el país empezaba a sentir algo parecido a la esperanza.

 Las ciudades crecían,  las fábricas trabajaban, la radio llenaba las casas de música y de voces y el cine, pues ese cine  maravilloso que se hacía en los estudios de la capital se había convertido  en el sueño compartido de millones de mexicanos. No había televisión  todavía. La gente iba al cine como quien va una misa,  con devoción, con expectativa, con esa sensación de que lo que va a ver en esa pantalla grande es algo importante.

 Los actores no eran simplemente actores, eran algo más. Eran los rostros del país, eran los que ponían cara y voz a los sueños, que la gente común no se podía permitir soñar en voz alta.  Y en ese mundo había una jerarquía, una jerarquía muy  clara, muy rígida, muy celosa de sí misma.

 Arriba de todo estaba Jorge Negrete, cuando dices el nombre de Jorge Negrete en aquellos años, la gente no nada más reconocía a un actor o a un cantante, reconocía a una institución, a un símbolo. Ella Negret era guapo como pocos hombres lo son, a alto de mandíbula cuadrada, con esos ojos que  parecían hechos para la pantalla grande y una voz de barítono que se te metía en el pecho  y ahí se quedaba.

 Era el charro cantor, era el México que quería verse a sí mismo en el espejo.  Piril. elegante, apasionado, orgulloso. Pero Negrete  no era solamente un artista, era un hombre de poder. Había fundado la Asociación Nacional de Actores, la Anda,  y desde ahí manejaba buena parte de lo que pasaba en la industria del espectáculo mexicano.

 ¿Quién trabajaba y quién no,  quién tenía contratos buenos y quién se quedaba en el camino, quién subía y quién se quedaba atorado. Negret tenía mucho que ver con todo eso, aunque no siempre de manera directa, a veces nada más con una palabra, con una mirada y con el silencio que guardaba cuando alguien esperaba que hablara a su favor.

Ese era el mundo en el que llegó Pedro Infante. Pedro llegó a la Ciudad de México a finales de los años 30. Un venía de Guamuchil, Sinaloa, aunque había crecido en Mazatlán. Era hijo de un músico don Delfino Infante. Y desde niño había aprendido que la música  no era un lujo, sino una forma de vivir, de respirar, de decirle a la vida lo que las palabras  normales no alcanzan a decir.

 Tocaba la guitarra, cantaba y tenía, además, algo que no se aprende ni se compra, una presencia natural que hacía que la gente volteara a verlo cuando entraba a un cuarto. Pero en la ciudad de México esa presencia natural valía poco si no tenías padrinos,  si no tenías contactos, si no eras de familia conocida. Y Pedro no tenía nada de eso.

Tenía talento y tenía ganas. Y que son dos cosas maravillosas, pero que solas no abren todas las puertas. Sus primeros años en la capital fueron duros. Tocó en cantinas, en pequeños foros, en fiestas particulares. Dormía donde podía, comía lo que alcanzaba. Hubo noches en que la duda lo visitaba en que esa voz chiquita que todos tenemos adentro le decía que se regresara a su tierra que para qué seguir.

 Pero Pedro era de esa madera que no se dobla fácil. Sonreía aunque por dentro estuviera bregando, seguía tocando puertas. La radio fue su primer gran aliado. Cuando empezó a cantar en estaciones de radio de la Ciudad de México, la gente respondió de una manera que sorprendió a todos, incluyendo a Pedro mismo. Había algo en esa voz, en esa manera de cantar con el corazón en la boca que llegaba a la gente de una forma directa y verdadera.

 No cantaba para impresionar, se cantaba para contar algo y la diferencia se siente. Las cartas de los radioescuchas empezaron a llegar. Primero de a pocas, luego de a montones. Señoras que decían que cuando escuchaban a Pedro pensaban en sus hijos. Jóvenes que decían que cuando lo escuchaban pensaban en sus amores.

 Hombres que no habrían podido explicar por qué,  pero que sentían que esa voz hablaba de algo que ellos conocían, algo que tenían guardado muy adentro y que no sabían cómo sacar.  Ese fenómeno llegó a los oídos del cine y el cine lo llamó. Sus primeras películas  no fueron grandes papeles, eran participaciones pequeñas, apariciones, el personaje que sale en una escena y ya.

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