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El Tigre Azcárraga: ASQUEROSO Secreto Destruyó a su Familia… Le Dejó Todo a la Amante.

 

16 de abril de 1997. Miami Beach Marina. Un yate de 74 m queda detenido sobre el agua como un palacio flotante. Adentro, entre madera pulida, seda clara y el zumbido frío de las máquinas, Emilio Azcárraga Milmo, el hombre que durante décadas hizo temblar a políticos, artistas, presidentes y periodistas.

 Está muriendo el tigre, el dueño de Televisa, el hombre que convirtió una pantalla en un imperio. Pero en esa habitación no está la esposa que lo acompañó durante 25 años. No está Paula Cusi. Está Adriana Abascal, la exreina de belleza, 40 años menor que él. La mujer que muchos señalarían después como la amante que apareció en el lugar exacto donde comenzaba la destrucción.

 Y antes de irse, según versiones difundidas, el tigre pronunció una frase que parecía salida de una tumba abierta. Ahora voy a ver a Gina. Pero esta no es solo la historia de cómo murió el tigre. Esta es la historia de como un hombre que fue llamado por su propio padre, el príncipe idiota, terminó construyendo un imperio de miles de millones y después lo dejó convertido en una jaula llena de enemigos.

Según documentos e investigaciones periodísticas, su herencia no trajo paz. Trajo una deuda de 1,8,000 millones de dólares. Un testamento dividido en seis partes, una amante puesta al mismo nivel que la esposa y los hijos y una guerra que terminaría con Paula Cusi, la viuda de Televisa, entrando a Santa Marta a Catitla, como si el apellido Azcárraga se hubiera convertido en sentencia.

 Hoy vas a descubrir cuatro cosas. Primero, la tragedia de Gina, la mujer muerta que el tigre nunca pudo soltar. Segundo, como Adriana Abascal pasó de reina de belleza a heredera del imperio. Tercero, el testamento de 1996 que rompió a la familia en seis pedazos. Y cuarto, cómo esa fortuna terminó entre pleitos, offshore, cárcel y traiciones.

Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes guarda esta frase en tu memoria. La herencia no era un regalo, era una condena. Todo comenzó mucho antes del yate Eco, mucho antes de Adriana Vascal, mucho antes de Paula Cusi saliendo de Santa Marta con la cabeza cubierta para esconder la vergüenza. Todo empezó el 6 de septiembre de 1930 en San Antonio, Texas, cuando nació Emilio Azcárraga Milmo, heredero de un apellido que no sonaba a familia, sonaba a orden, a poder, a pantalla encendida en millones de casas. Su padre, Emilio

Azcárraga Vidaurreta no era un hombre cualquiera. Había levantado los cimientos de un imperio de radio y televisión cuando México todavía estaba aprendiendo a mirarse a través de una cámara. Era duro, ambicioso, implacable. Un hombre de esos que no acarician a sus hijos, los evalúan, que no preguntan si están bien, preguntan si sirven.

Y Emilio creció bajo esa sombra enorme, una sombra que no protegía aplastaba. Desde joven, el heredero parecía demasiado inquieto para el molde de su padre. Le gustaba la fiesta, el lujo, las mujeres, la velocidad, la vida fácil que tienen los hijos de los hombres demasiado poderosos. Y eso para Vida Urreta era una vergüenza.

 No veía en él al sucesor perfecto. Veía a un muchacho caprichoso, un playboy, un error con apellido ilustre. Entonces llegó la frase que lo marcó para siempre. Su propio padre lo llamó el príncipe idiota. Piensa en eso un momento. No se lo dijo un enemigo. No se lo gritó un rival de negocios. Se lo clavó el hombre cuya aprobación Emilio necesitaba más que cualquier fortuna.

 el Padre, el fundador, el dueño del trono. Y desde ese día algo se rompió dentro de él, porque hay heridas que no sangran, pero enseñan a mandar. Hay humillaciones que no matan, pero convierten a un hijo en verdugo. El tigre todavía no era el tigre. Era un joven tratando de demostrar que no era idiota, que no era débil, que no era una decepción.

 Y cuando un hijo crece con esa necesidad, no busca amor, busca control, no quiere compañía, quiere obediencia, no quiere familia, quiere súbditos. Pero antes de convertirse en el hombre que haría temblar a Televisa, Emilio tuvo una oportunidad de ser simplemente humano. En 1952 se casó con María Regina Shondu Almada Gina.

Tenía 21 años. Ella era la mujer que, según quienes conocieron esa historia, le dio algo que el poder no podía darle. Refugio, ternura, un lugar donde no tenía que rugir para existir. Por primera vez, Emilio no parecía un heredero bajo examen, parecía un hombre enamorado. Y entonces la vida hizo lo que tantas veces hace con los hombres que creen haber encontrado salvación.

se la arrebató. Gina quedó embarazada. Poco después, los médicos detectaron un tumor cerebral. La enfermedad avanzó como una sentencia. Emilio la llevó a Nueva York desesperado, aferrado a la idea de que el dinero podía abrir cualquier puerta, comprar cualquier tratamiento, vencer cualquier destino. Pero hay puertas que ni los millonarios pueden abrir.

 El bebé nació y murió apenas un día después. Gina cayó en coma y también murió. 8 meses de matrimonio, una esposa perdida, un hijo perdido y Emilio, con apenas 22 años quedó frente a una verdad insoportable. Había tenido amor y lo había perdido todo. Desde entonces, el nombre de Gina dejó de ser un recuerdo y se volvió una sombra.

 Una sombra que caminaría detrás de él durante décadas. Cuando regresó al mundo, ya no volvió. Igual algo se había endurecido, algo se había cerrado. El joven herido aprendió una lección terrible. Amaro, depender de alguien era una debilidad y perder era una humillación que no podía repetirse. La herencia no era un regalo, era una condena.

 Después vinieron otras mujeres, Pamela de Surmont, Nadin Jin, la madre de su único hijo varón y luego Paula Cusi, la gerita, la esposa que durante 25 años pareció ocupar el lugar oficial en el palacio. Actriz, conductora, mujer de sociedad, coleccionista de arte, compañera del hombre más poderoso de la televisión mexicana.

 Desde afuera todo parecía perfecto. Televisa crecía. El PRI encontraba en la pantalla una aliada. Los artistas obedecían, los presidentes escuchaban. México veía lo que el tigre decidía mostrar. Pero dentro de esa casa, detrás del apellido, detrás de las cenas, los museos y los salones privados, seguía respirando la misma herida. Gina.

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