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El incienso no olía a divinidad en la madrugada de Sevilla; olía a carne quemada

El incienso no olía a divinidad en la madrugada de Sevilla; olía a carne quemada, a azufre y a un terror primitivo que se colaba por las fosas nasales hasta envenenar la sangre. Mateo, el hermano nazareno número cuatrocientos veintisiete de la cofradía, caminaba bajo el peso de su cirio encendido, pero el verdadero peso, el que le estaba triturando la cordura, residía sobre su cabeza.

No podía respirar. El capirote de terciopelo oscuro, la sagrada penitencia que había portado con devoción durante más de quince años en cada Semana Santa, se había convertido de repente en una trampa asfixiante, en un sarcófago a medida para su cráneo. Comenzó como un picor sutil en la base del cuello, justo donde la tela rozaba la piel empapada en sudor. Luego, una rigidez antinatural se apoderó del esparto interior. Cuando Mateo intentó disimuladamente introducir dos dedos por debajo del embozo para buscar una bocanada del aire sofocante de abril, el pánico lo golpeó con la fuerza de un latigazo.

La tela no cedía.

No es que estuviera apretada; es que se había fusionado con su piel. Las fibras del terciopelo parecían haber echado raíces microscópicas, clavándose en sus poros, entrelazándose con su epidermis en una aberración biológica e impía. Tiró con más fuerza, ignorando el protocolo, ignorando los murmullos de los devotos que se agolpaban en las aceras de la calle Cuna. Un dolor desgarrador, como si le estuvieran arrancando el cuero cabelludo con tenazas al rojo vivo, le hizo soltar un gemido sordo que se ahogó contra la tela de su propia máscara. Estaba atrapado dentro de sí mismo. Atrapado en el anonimato de Dios.

Y entonces, a través de los dos estrechos orificios del antifaz, el mundo real desapareció.

La cálida luz de los faroles de forja, el mar de cabezas fervorosas, el paso majestuoso de la Virgen que flotaba metros atrás entre un bosque de candelería… todo fue barrido por un destello blanco, cegador y absoluto, que le perforó las retinas. Mateo tropezó. Su cirio osciló peligrosamente, derramando lágrimas de cera hirviendo sobre el asfalto. El hermano que marchaba a su lado le susurró una reprimenda áspera, pero Mateo no lo escuchó. Sus oídos estaban llenos de un zumbido ensordecedor que rápidamente mutó en un rugido apocalíptico.

A través de los agujeros del capirote, ya no veía la calle Cuna en el presente. Estaba viendo el futuro, proyectado directamente sobre sus globos oculares con la nitidez de una pesadilla hiperrealista.

Vio la Carrera Oficial. Vio la calle Sierpes, el embudo más estrecho, abarrotado y emblemático del recorrido de la cofradía. El reloj de la esquina marcaba exactamente las tres y catorce de la madrugada. Faltaban apenas cuarenta minutos.

En su visión, la marcha fúnebre de la banda se detenía abruptamente. Había un hombre en la tercera fila de sillas plegables, un individuo de rostro anodino con una chaqueta gris demasiado gruesa para la temperatura primaveral. El hombre se levantaba, abría una mochila negra de lona y gritaba algo ininteligible. Después, el infierno.

La visión de Mateo estalló en una onda expansiva de fuego naranja y rojo. Vio cómo la metralla —rodamientos de acero, clavos oxidados y trozos de vidrio— atravesaba los cuerpos de los nazarenos como si fueran de papel. Vio la sangre de los niños salpicando los escaparates de las confiterías centenarias. Vio cómo la onda de choque levantaba el mismísimo paso de la Virgen, de más de dos mil kilos de peso, arrancando a los costaleros de sus posiciones y aplastándolos bajo la madera tallada y la plata de ley. Vio el manto bordado en oro ardiendo como una antorcha pagana, iluminando los cadáveres destrozados de cientos de personas.

Y luego, el silencio. Un silencio sepulcral, roto únicamente por el llanto agónico de los mutilados y el crujir de la madera consumiéndose en las llamas.

La visión se desvaneció tan repentinamente como había llegado, devolviéndolo a la oscuridad aterciopelada de su capirote. Mateo cayó de rodillas, golpeando los adoquines con una violencia que le fracturó la rótula derecha. El dolor fue intenso, pero completamente insignificante en comparación con la monstruosidad que acababa de presenciar.

—¡Hermano, levántate! —siseó el diputado de tramo, acercándose rápidamente, su rostro oculto tras su propio antifaz—. Estás rompiendo la formación. ¡Levántate ahora mismo!

Mateo intentó hablar, intentó gritar: «¡Una bomba! ¡Va a haber una matanza!». Pero de sus labios solo salió un gorgoteo incomprensible. La tela de la máscara se había tensado sobre su boca, pegándose a sus labios, sellándolos casi por completo. El capirote no solo le había mostrado la muerte; lo había silenciado.

Lo obligaron a ponerse en pie. El dolor en su rodilla era un latido ardiente, pero la procesión, la inmensa serpiente de luz y duelo, no se detenía por un solo hombre. A su alrededor, la ciudad entera respiraba devoción. Las mujeres lloraban en los balcones, los padres alzaban a sus hijos para que vieran al Cristo, el olor a azahar se mezclaba con la cera derretida. Era la noche más hermosa del año en Sevilla, y Mateo sabía con absoluta, terrorífica certeza, que estaba a punto de convertirse en una fosa común.

Comenzó a caminar, arrastrando la pierna herida. Cada paso era un debate agónico, una tortura moral que superaba cualquier penitencia física jamás concebida por la Iglesia. La mente de Mateo giraba a mil revoluciones por minuto. ¿Qué debía hacer? ¿Qué podía hacer?

Si intentaba advertir a la multitud, si rompía filas, atacaba al diputado y comenzaba a gesticular y a emitir ruidos ahogados como un poseso, el pánico se desataría. Estaban en calles estrechas, valladas por multitudes impenetrables. El simple rumor de un atentado, el movimiento brusco de un nazareno enloquecido, provocaría una estampida. Sevilla ya había vivido el terror de las avalanchas en la Madrugá: la gente corriendo a ciegas, aplastándose unos a otros contra las paredes, dejando tras de sí zapatos, sillas rotas y cuerpos magullados. Si provocaba una estampida aquí, en este embudo de fervor y claustrofobia, decenas de personas morirían aplastadas antes siquiera de que el terrorista detonara la carga. Arruinaría la tradición más sagrada de su pueblo, pasaría a la historia como el loco que destruyó la Semana Santa y causó una masacre por una “visión” que nadie podría probar.

Pero si callaba… Si bajaba la cabeza y aceptaba su destino bajo la excusa de la inacción y la parálisis, el hombre de la chaqueta gris detonaría la bomba. Y entonces no serían decenas de muertos por asfixia. Serían miles. Cuerpos destrozados. Familias aniquiladas. La ciudad perdería su alma, su patrimonio y a sus hijos en un abrir y cerrar de ojos. Él moriría con ellos, incinerado en la calle Sierpes, llevándose el secreto a la tumba, con las manos limpias de la culpa directa, pero con el alma negra por la cobardía.

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