El Ebro no se desbordó aquel octubre; el Ebro, simplemente, decidió reclamar lo que la humanidad le había robado durante milenios. Zaragoza amaneció ahogada en un apocalipsis de fango, escombros y un silencio sepulcral que solo era roto por el crujir de los cimientos cediendo ante la furia del agua. No fue una inundación ordinaria. El cielo sobre Aragón se había tornado de un púrpura negruzco, vomitando océanos de lluvia durante siete días y siete noches, como si los antiguos dioses celtíberos hubieran despertado de su letargo para lavar la tierra de la plaga humana. La Basílica del Pilar, con sus majestuosas cúpulas, parecía una isla a punto de ser engullida por un dragón de lodo hirviente. El Puente de Piedra, testigo inquebrantable de asedios y batallas, temblaba bajo la embestida de árboles arrancados de cuajo y coches arrastrados como si fueran juguetes de hojalata.
Mateo no era un héroe. Era un hombre de río, un pescador de piel curtida y ojos cansados que conocía cada corriente, cada remolino y cada traición del Ebro. Pero aquella mañana, mientras remaba en su pequeña barca de aluminio esquivando cadáveres de animales y restos de vidas destrozadas, sintió un terror primitivo que le heló la sangre. El agua no era marrón por el barro; tenía un tono enfermizo, casi metálico, y desprendía un olor a ozono y a piedra antigua, a catacumbas abiertas por la fuerza bruta de la naturaleza.
Fue entonces cuando lo vio.
Estaba a un kilómetro río abajo del casco antiguo, en una zona donde el Ebro se ensanchaba antes de abrazar los meandros. La tormenta había amainado, dejando paso a una niebla densa y pegajosa que se arrastraba sobre la superficie del agua. Mateo detuvo los remos. El silencio era absoluto, antinatural. De repente, el agua debajo de su barca comenzó a hervir en un círculo perfecto. No era un escape de gas ni el forcejeo de un siluro gigante. Era luz. Una luz pura, cegadora, de un amarillo líquido y ardiente que perforaba la oscuridad del río fangoso como la mirada de un dios tuerto.
El corazón de Mateo golpeaba contra sus costillas con la violencia de un martillo. Se asomó por la borda, desafiando el vértigo. A quince metros de profundidad, en un lecho donde solo debería haber cieno y rocas, algo brillaba con una intensidad imposible. No era un reflejo. Era una estructura. A medida que la corriente disipaba momentáneamente el fango, la forma se reveló ante los ojos incrédulos del pescador.
Un puente. Un puente de oro macizo, inmaculado, perfecto, ajeno a la devastación que lo rodeaba.
No era una construcción moderna. Sus arcos apuntados sugerían una arquitectura que desafiaba los libros de historia, una mezcla grotesca y hermosa de ingeniería gótica y algo mucho más antiguo, anterior a los romanos, anterior a los íberos. Las barandillas estaban talladas con relieves que, incluso desde la superficie, parecían moverse, retorcerse, narrando historias de civilizaciones que el mundo había olvidado. El oro no estaba oxidado ni cubierto de algas; resplandecía con una energía interna, como si el metal estuviera vivo, respirando bajo las aguas turbulentas del Ebro.
Una curiosidad malsana, casi hipnótica, se apoderó de Mateo. La lógica le gritaba que encendiera el motor, que regresara a la orilla, que buscara a su esposa, a sus vecinos, que huyera de aquella anomalía aberrante. Pero la luz dorada tejía hilos invisibles alrededor de su mente. Era un canto de sirena visual, una promesa de secretos que ningún hombre vivo había contemplado. Sin ser plenamente consciente de sus actos, Mateo apagó el motor fueraborda. Echó el ancla, escuchando el sonido sordo del metal al golpear contra la estructura sumergida.
Se quitó las botas, el pesado abrigo de lona. El aire helado de la mañana cortaba su piel, pero él no sentía frío. Solo sentía el llamado. Agarró sus gafas de buceo, el pequeño tanque de oxígeno de emergencia que siempre llevaba para desenganchar redes atrapadas, y el regulador. No era equipo para una inmersión profunda, pero la cordura había abandonado a Mateo en el mismo instante en que sus ojos se encontraron con el oro.
Se dejó caer de espaldas al agua.
El impacto fue brutal, pero el frío del Ebro desapareció en cuanto se sumergió un par de metros. Extrañamente, el agua alrededor de la columna de luz dorada estaba tibia, casi caliente. Mateo ajustó su regulador y comenzó a descender. El mundo de la superficie, la ciudad destruida, el cielo plomizo, todo se desvaneció. Solo existía el descenso hacia el abismo resplandeciente.
A los cinco metros, la visibilidad debería haber sido nula debido al barro en suspensión. Sin embargo, el puente emitía una especie de campo de fuerza que repelía las impurezas. El agua aquí era cristalina, pura, de un tono turquesa que no pertenecía a este río.
A los diez metros, el terror inicial de Mateo se transformó en un asombro reverencial. El puente era colosal. Sus pilares, gruesos como troncos de secuoyas milenarias, estaban incrustados con gemas que palpitaban al ritmo de su propia respiración. A los quince metros, sus pies tocaron la calzada de oro. No era liso; estaba grabado con un idioma de glifos geométricos que parecían girar cuando intentaba enfocarlos.
Mateo se arrodilló, tocando la superficie dorada. Estaba caliente. Emitía una vibración grave, un zumbido subacuático que penetraba por sus huesos y resonaba en sus sienes. Se puso de pie, asombrado por la falta de resistencia del agua. La presión debería estar aplastando sus tímpanos, pero se sentía ligero, ágil.
Levantó la vista. El puente no estaba aislado.
Más allá del arco principal, la luz se extendía, revelando la verdadera magnitud del descubrimiento. El Ebro no ocultaba solo un puente; ocultaba un mundo.
Una ciudad entera se extendía ante él, sumergida en el fondo del río, conservada en una cápsula del tiempo acuática y resplandeciente. No había ruinas. Las torres de mármol blanco y basalto negro se alzaban intactas hacia la superficie lejana. Cúpulas de cristal y oro atrapaban la luz, multiplicándola. Amplias avenidas pavimentadas con piedras preciosas se entrelazaban como venas en un cuerpo gigantesco. Había estatuas, colosales figuras de seres humanoides de proporciones perfectas, con rostros serenos y ojos que parecían seguir los movimientos del pescador.
No había señales de destrucción, ni de que el agua hubiera invadido violentamente el lugar. Más bien, parecía que la ciudad había sido construida para estar bajo el agua, o que el río entero había nacido de sus cimientos.
Mateo dio un paso hacia adelante. La gravedad aquí funcionaba de manera distinta. Con cada paso, flotaba suavemente, como un astronauta en un planeta alienígena. Avanzó por el puente dorado, cruzando el umbral hacia la metrópolis submarina.
El manómetro de su tanque de oxígeno marcaba que le quedaban apenas cinco minutos de aire. Era el momento crítico. Debía dar la vuelta. Pensó en Lucía, su mujer, que seguramente estaría en un refugio en las afueras, aterrorizada por su ausencia. Pensó en las facturas, en su casa inundada, en la vida real que lo esperaba arriba.
Pero al pensar en la superficie, una punzada de dolor agudo le atravesó el cráneo. La imagen de Lucía parpadeó en su mente, perdiendo color, como una fotografía antigua expuesta al sol.
¿Lucía?, se preguntó a sí mismo. El nombre sonaba extraño en su propia cabeza. Una palabra hueca.
Miró hacia arriba. La superficie del agua parecía ahora un techo de plomo líquido, amenazante, hostil. El mundo de arriba era un lugar de sufrimiento, barro y ruido. Aquí abajo, en la ciudad de oro y mármol, había una paz absoluta.
Un pez plateado, fosforescente, pasó nadando frente a su máscara. No era un pez de río. Tenía aletas translúcidas que ondeaban como seda y ojos dorados que lo miraron con una inteligencia perturbadora. El pez no huyó; nadó en círculos alrededor de Mateo y luego se dirigió hacia la ciudad, como invitándolo a seguirlo.
Mateo lo siguió.
Llegó al final del puente y pisó la primera gran plaza de la ciudad. El zumbido que había sentido antes se convirtió en una melodía sutil, un coro de voces sin palabras que resonaba directamente en su mente. Era una canción de cuna antigua, cálida, que prometía descanso eterno.
Miró su manómetro. Cero. El aire se había agotado.
El pánico debería haber estallado en su pecho, ahogándolo en espasmos incontrolables. Intentó tragar saliva, preparándose para la agonía de la asfixia. La válvula del regulador se cerró, seca. Por inercia, por un instinto suicida o bajo el hechizo del lugar, Mateo se arrancó el regulador de la boca. Se quitó la máscara de buceo, dejando que cayera al fondo dorado con un leve repiqueteo.
Cerró los ojos y abrió la boca, esperando que los pulmones se le inundaran del agua gélida y letal del Ebro.
Inhaló.
No hubo dolor. No hubo asfixia. El líquido que llenó sus pulmones no se sentía como agua; era denso, rico, cargado de oxígeno y de una energía chispeante. Tosi un poco al principio, expulsando el aire viciado de sus pulmones, y luego, simplemente, respiró. Respiró el agua.
Abrió los ojos. Su visión, sin la máscara, era increíblemente nítida. Los colores de la ciudad estallaron con una intensidad abrumadora. Las estatuas parecían sonreírle. Los obeliscos de cristal vibraban en armonía con sus propios latidos.
Ya no hay necesidad de subir, susurró una voz en su mente. No era una voz ajena; era su propio pensamiento, pero moldeado por la voluntad inmensa de la ciudad sumergida.
Mateo comenzó a caminar por las calles de aquel imperio olvidado. La arquitectura desafiaba la geometría euclidiana; los edificios parecían curvarse sobre sí mismos, creando arcos infinitos. Entró en lo que parecía ser un inmenso anfiteatro. En el centro, una esfera de luz sólida latía rítmicamente. A su alrededor, sentados en las gradas de piedra pulida, había formas.
Al principio pensó que eran más estatuas. Pero a medida que se acercaba, vio que estaban vivos. Eran humanos, o al menos lo habían sido. Llevaban ropas de diferentes épocas: armaduras romanas oxidadas que ahora brillaban con un lustre renovado, ropajes árabes de seda intacta, trajes decimonónicos e incluso ropa moderna, como la suya. Estaban sentados, inmóviles, con los ojos abiertos y fijos en la esfera de luz. Sus rostros reflejaban una extática placidez, una felicidad congelada en el tiempo.
No estaban muertos. Estaban absortos. Alimentando a la ciudad, o siendo alimentados por ella.
Un hombre vestido con un uniforme militar de la Guerra Civil Española giró lentamente la cabeza hacia Mateo. Sus ojos estaban completamente dorados, sin pupilas ni esclerótica. Le sonrió pacíficamente.
—Bienvenido a casa —pareció decir, aunque sus labios no se movieron. Las palabras resonaron en la mente de Mateo.
Mateo intentó recordar cómo había llegado allí. Recordaba un barco… un bote pequeño. Recordaba una tormenta. Pero los detalles se escurrían entre sus dedos como arena fina. ¿Qué era una tormenta comparada con la eternidad de esta luz? ¿Qué era un bote comparado con las avenidas de zafiro y oro?
¿Por qué querría alguien volver a un lugar donde hace frío, donde hay hambre y donde la muerte acecha en cada esquina?
Avanzó hacia la esfera central. Con cada paso, una parte de su vida anterior se desprendía de él. El recuerdo de su nombre de pila, Mateo, se disolvió. Luego, el recuerdo de su profesión. La imagen de Lucía, que antes había parpadeado, se apagó por completo, borrada del lienzo de su mente sin dejar rastro de tristeza, solo un espacio vacío que fue rápidamente llenado por el cálido fulgor de la ciudad.
Se detuvo frente a la esfera pulsante. El calor que emanaba era embriagador. Sintió un deseo irrefrenable de tocarla, de fundirse con ella.
—Solo los que olvidan pueden permanecer —susurró la ciudad entera en su cabeza, un coro de miles de voces amalgamadas en un suspiro acuático.
Levantó la mano. Su piel había perdido su tono bronceado y curtido por el sol; ahora era pálida, translúcida, casi luminiscente. Sus venas brillaban con la misma luz dorada del puente que lo había traído hasta aquí.
Miró a su alrededor. Vio un asiento vacío en las gradas de piedra, justo al lado de una mujer vestida con ropas íberas antiguas. El asiento parecía estar esperándolo a él, tallado a la medida de su alma cansada.
La ciudad sumergida de Zaragoza no era un cementerio. Era un refugio. Una trampa perfecta tejida con hilos de belleza absoluta y paz infinita. El Ebro no fluía sobre ella para ocultarla; fluía para protegerla, para mantener a raya el caos del mundo exterior.
El hombre que una vez fue pescador bajó la mano. Se dio la vuelta, dándole la espalda a la superficie para siempre. Sus pies lo llevaron flotando hacia el asiento vacío. Se sentó. La piedra se amoldó a su espalda como un abrazo maternal.
Fijó su mirada en la esfera central. La luz dorada inundó sus retinas, borrando el último resquicio de identidad humana, el último átomo de voluntad.
Y allí se quedó, respirando agua, soñando el sueño eterno del oro y la luz, mientras arriba, a quince metros de profundidad, la tormenta amainaba y el río Ebro, guardián de secretos insondables, volvía a teñirse del marrón oscuro del barro y el olvido, cerrando sus fauces sobre la ciudad sumergida hasta la próxima gran inundación, esperando paciente a su próximo visitante.
El tiempo, en la ciudad sumergida, no fluía; se estancaba. Arriba, en la superficie del mundo que Mateo había abandonado, los días se devoraban a sí mismos en una frenética sucesión de amaneceres grises y anocheceres sangrientos. Las estaciones giraban como la rueda de un molino desbocado. Zaragoza se recuperó de aquella inundación apocalíptica, reconstruyó sus puentes de hormigón y acero sobre las aguas del Ebro, y la vida continuó su curso ruidoso, implacable y doloroso. La esposa de Mateo, Lucía, envejeció esperando a un marido que las autoridades declararon muerto, arrastrado hacia el Mediterráneo por la furia del temporal. Ella lloró, guardó luto, finalmente sanó, rehízo su vida, tuvo hijos con otro hombre, y, tras largas décadas, exhaló su último aliento en una cama de hospital, llevándose consigo el recuerdo de aquel pescador de ojos cansados.
Pero abajo, en el anfiteatro de luz sólida, Mateo no envejecía. Su cuerpo físico había entrado en una estasis perfecta, suspendido en un líquido amniótico de energía dorada y olvido. Su mente, despojada de su individualidad, se había fusionado con la inmensa red de consciencia que formaba la entidad a la que llamaban “La Ciudad”. No era un lugar; era un ser vivo, un parásito antiguo, quizás extraterrestre, quizás de otra dimensión, que había anidado en el lecho del río eones antes de que el primer homínido caminara por la península ibérica. Se alimentaba no de carne, sino de la energía emocional, de la memoria y del dolor humano, ofreciendo a cambio una anestesia eterna, una felicidad sintética y hueca.
Durante lo que parecieron siglos, Mateo flotó en sueños que no eran suyos. Vio la construcción de las pirámides a través de los ojos de un esclavo sumerio que había sido arrastrado por otra corriente; sintió el calor de los incendios de Roma; escuchó los cánticos de los monjes medievales y el tronar de los cañones de la Guerra de la Independencia. Las mentes de los miles de cautivos en la ciudad se entrelazaban, compartiendo un eco perpetuo de la historia humana, desprovisto de todo sufrimiento. Era una existencia de pura contemplación, un éxtasis narcótico donde el “yo” no existía, solo el “nosotros” bañado en la luz de la esfera palpitante.
Y así pasaron los años. Cien. Doscientos. Trescientos años.
En la superficie, el mundo humano se precipitaba hacia su propio abismo. El cambio climático, que en la época de Mateo era una amenaza latente, se convirtió en un verdugo despiadado. Los glaciares de los Pirineos, que durante milenios habían alimentado las arterias fluviales de Aragón, se derritieron hasta desaparecer, dejando tras de sí roca estéril. Las lluvias cesaron casi por completo. El sol, antaño fuente de vida, se transformó en un ojo blanco y colérico que calcinaba las llanuras. La Zaragoza del siglo XXIV era una megalópolis blindada, cubierta por cúpulas de cristal tintado que protegían a sus habitantes de la radiación solar y de las tormentas de arena tóxica.
El Ebro, el río caudaloso y traicionero que había sido el alma de la región, comenzó a morir.
Primero, sus orillas retrocedieron, dejando expuestas extensiones de barro resquebrajado como la piel de un lagarto muerto. Luego, los meandros se desconectaron, formando charcas putrefactas que se evaporaban bajo el calor implacable. Finalmente, el caudal principal se redujo a un hilo pálido y agonizante.
A quince metros bajo tierra, en la ciudad dorada, el primer síntoma de la catástrofe fue un leve parpadeo.
Mateo, o la partícula de consciencia que alguna vez fue Mateo, sintió una vibración disonante en la melodía eterna que arrullaba su mente. La esfera central de luz sólida, el corazón del parásito arquitectónico, emitió un zumbido agudo y su luz amarilla y cálida se tornó momentáneamente verdosa, enfermiza. La ciudad necesitaba el agua no solo para ocultarse, sino como conductor de su energía, como barrera contra la entropía del mundo físico. Al disminuir la presión del río, la burbuja de estasis comenzó a perder estabilidad.
El agua que Mateo y los demás respiraban, ese líquido denso y oxigenado, comenzó a adelgazarse. Se volvió fría. Perdió su sabor a eternidad y empezó a saber a lo que realmente era: cieno, minerales muertos y estancamiento.
El proceso de despertar no fue suave; fue un desgarramiento brutal, un nacimiento a la inversa, arrancándolos de la matriz de la eternidad para arrojarlos de bruces a la podredumbre del tiempo real.
La esfera central parpadeó por segunda vez, más violentamente, y luego, con un sonido que resonó como el chasquido de un látigo de cristal en las mentes de los durmientes, su luz se redujo a la mitad. La ilusión óptica que revestía la ciudad se desmoronó. El oro inmaculado reveló su verdadera naturaleza: no era oro, sino un material orgánico, similar a la quitina de un insecto, que ahora se mostraba agrietado, pálido y cubierto de una mucosidad grisácea. Las joyas latentes eran pústulas calcificadas; las hermosas cúpulas, membranas coriáceas que latían con debilidad.
Pero el mayor horror no fue visual, sino mental. Al debilitarse la red neuronal de la ciudad, el muro de amnesia se derrumbó.
Los recuerdos de Mateo regresaron en un maremoto devastador. Su infancia en las calles estrechas, el olor a pescado frito, el tacto áspero de las redes entre sus manos, el sonido de su pequeño motor fueraborda. Y entonces, como una lanza de fuego atravesando su pecho: Lucía.
Recordó su rostro, el sonido de su risa, el tacto de su piel. Recordó la mañana en que la dejó en casa, prometiéndole que volvería pronto, antes de enfrentarse al río inundado. El dolor de la separación, comprimido y almacenado durante más de tres siglos, estalló en su consciencia en una fracción de segundo.
Abrió los ojos físicos. Ya no brillaban con la luz dorada; eran los ojos aterrorizados de un ser humano. Sus pulmones se rebelaron violentamente. El líquido que antes le daba la vida ahora lo ahogaba. Mateo se inclinó hacia adelante en su asiento de piedra (que ahora se revelaba como una estructura ósea, similar a un coral gigante) y comenzó a toser con convulsiones salvajes. Vomitó agua negra y bilis.
A su alrededor, el anfiteatro era un coro de agonía. Los miles de cautivos estaban despertando simultáneamente. Pero no todos tuvieron la suerte de Mateo.
La estasis había conservado sus cuerpos, pero el parásito había absorbido su vitalidad celular a cambio. Al romperse el vínculo, el tiempo acumulado cobró su deuda con una rapidez aterradora.
Mateo, aún asfixiándose, vio cómo el soldado de la Guerra Civil que le había dado la bienvenida siglos atrás se ponía en pie, con los ojos desorbitados por el pánico. El hombre intentó gritar, pero de su boca solo salió una nube de polvo gris. En cuestión de segundos, la piel del soldado se arrugó como papel quemado, sus huesos se volvieron quebradizos y colapsó sobre sí mismo, reduciéndose a un montón de cenizas y tela carcomida antes de tocar el suelo.
La mujer íbera sentada cerca de Mateo corrió la misma suerte, disolviéndose en una bruma de polvo antiguo. Los que llevaban milenios allí no podían existir en el mundo físico ni un segundo más. Eran fantasmas sostenidos por una magia parásita, y al desaparecer la magia, fueron borrados de la existencia. Decenas, cientos, miles de figuras en el anfiteatro se desmoronaron en cenizas en un macabro efecto dominó, dejando las gradas cubiertas de una espesa capa de polvo humano.
Solo sobrevivieron unos pocos: aquellos que, como Mateo, llevaban “apenas” un par de siglos atrapados. Sus cuerpos envejecieron de golpe, pero no lo suficiente como para morir instantáneamente. Mateo sintió cómo su cabello se volvía blanco y caía en mechones. Su piel se llenó de manchas y arrugas profundas; sus músculos, atrofiados por la inactividad de trescientos años, gritaban de dolor. Era un hombre de treinta años atrapado en el cuerpo de un anciano decrépito de más de noventa.
La luz de la esfera se apagó por completo.
La oscuridad reinó durante unos instantes, acompañada por el sonido agónico de la entidad derrumbándose sobre sí misma. Las estructuras de quitina crujían y se partían bajo el peso del fango y la escasez de agua.
Y entonces, una nueva luz perforó la negrura. No era dorada, ni mágica, ni cálida. Era blanca, cegadora, dura y despiadada.
El Ebro se había secado casi por completo en esa zona. La cúpula de agua que protegía la ciudad había desaparecido. El sol inclemente del siglo XXIV, filtrado a través de una atmósfera rojiza y contaminada, se abría paso por primera vez hasta las entrañas de la fosa del río.
Mateo, jadeando, respirando aire caliente y polvoriento que le quemaba la garganta reseca, se obligó a ponerse de pie. Sus articulaciones estallaron con un dolor agudo. Se apoyó en la barandilla ósea del asiento. El agua a sus pies apenas le llegaba a los tobillos, un charco fangoso y maloliente lleno de peces mutados que se retorcían asfixiándose en el lodo.
Miró hacia arriba.
Donde antes estaba la superficie del río, ahora veía un cielo de un color ocre enfermo, cruzado por gigantescas estructuras metálicas y vehículos voladores que zumbaban como avispones mecánicos. Los pilares de los nuevos puentes de Zaragoza no eran de piedra, sino de aleaciones sintéticas, hundiéndose profundamente en el lecho seco del río.
La majestuosa “Ciudad de Oro” se estaba desintegrando a la luz del sol. Sin la protección del agua, las estructuras orgánicas se pudrían a una velocidad vertiginosa, emitiendo un hedor insoportable a descomposición marina y amoníaco. El famoso puente dorado que lo había atraído no era más que el apéndice reseco de una criatura muerta, crujiendo y desprendiendo escamas bajo los implacables rayos ultravioleta.
Mateo no era el único sobreviviente. Vio a una mujer vestida con ropas de la década de 1980, arrastrándose por el fango, llorando histéricamente y agarrándose un rostro repentinamente surcado por profundas arrugas. Vio a un adolescente con una camiseta de un equipo de fútbol de principios del siglo XXI que corría en círculos, enloquecido, hasta que su corazón prematuramente envejecido cedió y cayó boca abajo en el barro estancado.
El instinto de supervivencia, oxidado pero aún presente, empujó a Mateo a moverse. Tenía que salir de aquella fosa. Tenía que saber qué había sido del mundo, qué había sido de Lucía. Su mente lógica aún se aferraba a la esperanza de que su letargo hubiese durado solo unas horas, días a lo sumo, y que la decrepitud de su cuerpo fuera solo un efecto secundario temporal de las aguas tóxicas.
Inició el penoso ascenso por las laderas del lecho del río. Cada paso era una tortura. Sus botas de pesca, extrañamente intactas, se hundían en el barro agrietado. El calor era sofocante, más de cincuenta grados centígrados bajo un sol sin filtros. El sudor, un líquido que su cuerpo no había producido en siglos, resbalaba por su rostro arrugado, arrastrando el polvo grisáceo de los muertos que cubría su ropa.
Tardó horas en escalar el talud de quince metros. A mitad de camino, se detuvo, exhausto, y miró hacia atrás.
La fosa donde se encontraba la ciudad parásita parecía ahora una inmensa herida abierta en la tierra. Restos de quitina gigante, pedazos de esferas rotas y el polvo de miles de almas formaban un paisaje macabro. Drones pequeños y esféricos, con luces parpadeantes y logotipos de corporaciones desconocidas, ya estaban descendiendo desde el cielo ocre, escaneando los restos de la anomalía biológica con haces de láser azul. El futuro había detectado la tumba del pasado.
Finalmente, Mateo llegó a la cima. Se aferró a las raíces secas de un árbol fosilizado y se impulsó para rodar sobre el suelo firme. Se quedó tendido boca arriba, respirando con dificultad, contemplando el cielo alienígena.
Lentamente, se incorporó. Se encontraba en lo que solía ser el Paseo de Echegaray. Pero no había árboles, ni aceras de baldosas, ni tráfico rodado. Todo estaba cubierto por una capa de arena rojiza. Ante él se alzaba un gigantesco muro de polímero transparente y oscuro, curvo, que se elevaba cientos de metros hacia el cielo: la cúpula climática que encerraba la “Nueva Zaragoza”.
A través del cristal oscurecido, Mateo pudo vislumbrar edificios que desafiaban la gravedad, torres aguja que perforaban el cielo interior, pantallas holográficas del tamaño de rascacielos enteros proyectando anuncios en idiomas que él no comprendía —una amalgama de español, chino, inglés y lenguajes sintéticos—. No quedaba rastro de la Basílica del Pilar, ni de la Seo, ni del casco antiguo. Todo lo que él conocía, todo lo que amaba, había sido barrido por la mano implacable del tiempo y la desesperación humana por sobrevivir al apocalipsis ecológico.
Un vehículo aéreo descendió en picado con un silbido silencioso y se detuvo a pocos metros de él, levantando una nube de polvo rojo. La puerta lateral se abrió, y de su interior descendieron dos figuras humanoides vestidas con trajes herméticos de color blanco mate, con cascos de viseras opacas. Llevaban instrumentos que parecían armas, pero también escaners médicos.
Se acercaron a Mateo con cautela. Uno de ellos levantó un dispositivo rectangular, emitiendo un haz de luz que barrió a Mateo de arriba a abajo.
La voz del humanoide resonó a través de un altavoz externo, metálica y carente de emoción. El idioma era una variante rápida y cortante del español, pero Mateo pudo entenderlo a duras penas.
—Anomalía temporal detectada. Marcadores genéticos del siglo XXI. El sujeto presenta envejecimiento celular acelerado. Peligro de contaminación biológica desconocido.
El otro guardia se acercó. A través de la visera oscura, Mateo no podía ver sus ojos, pero sintió la fría curiosidad con la que lo examinaba.
—Señor —dijo el segundo guardia, su voz transmitida por un sintetizador—. Está usted en una Zona de Exclusión de Nivel Cinco. El lecho del antiguo Ebro es área restringida por toxicidad. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿De dónde ha salido?
Mateo intentó hablar, pero su garganta estaba tan seca que solo produjo un graznido patético. Cayó de rodillas, la debilidad finalmente venciendo a la adrenalina. Miró sus propias manos temblorosas, llenas de manchas del hígado, la piel colgando como pergamino viejo sobre los huesos nudosos.
Recordó el río hirviendo de oro. Recordó la falsa promesa de paz eterna. Recordó haber elegido el olvido sobre el dolor, la anestesia sobre la lucha. El río no se lo había llevado por la fuerza; él se había entregado a él. Había renunciado a Lucía, a su sufrimiento, a su vida, por el espejismo de la ciudad sumergida.
Y ahora, el río lo escupía de vuelta. No había devuelto al pescador joven y fuerte que se lanzó al agua, sino a un fantasma, una cáscara vacía, un error estadístico en una época a la que no pertenecía.
El guardia más cercano le ofreció una cantimplora de aluminio. Mateo la tomó con manos temblorosas y bebió. El agua era sintética, filtrada, sin el sabor a tierra y a vida del agua real. Sabía a metal, al mismo metal opaco y sin vida del mundo que lo rodeaba.
—Identifíquese —repitió el guardia, apuntándole con el escáner—. Su huella genética no está en la base de datos de la Confederación Europea.
Mateo levantó la vista hacia el colosal muro de la cúpula, y luego miró hacia el abismo seco donde los restos podridos del parásito ancestral eran diseccionados por máquinas voladoras. Una risa seca, quebrada y dolorosa escapó de sus labios agrietados. Era la risa de un hombre que ha descubierto el remate final de la peor broma del universo.
—Mateo… —susurró, con una voz que sonaba como hojas secas aplastadas—. Me llamo Mateo. Fui a pescar.
Los guardias intercambiaron una mirada confundida a través de sus cascos.
—¿Pescar? —preguntó el primero—. ¿Qué es eso? No hay vida biológica en el sector exterior desde hace ochenta años.
Mateo no respondió. Cerró los ojos, dejando que la brisa cálida y contaminada acariciara su rostro arrugado. En el silencio de su propia mente, ya no resonaban cantos de sirena dorados, ni melodías de eternidad. Solo quedaba el eco sordo del tiempo perdido, el rugido fantasma de un río Ebro que ya no existía, fluyendo amargamente a través del paisaje desolado de su propia memoria. Y comprendió, con una claridad absoluta y desgarradora, que la verdadera prisión nunca había sido la ciudad bajo el agua; la prisión era estar condenado a recordar lo que habías permitido que te robaran.
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